Disclaimer

Nombres y personajes de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer (menos los que no salieron en la saga original). Lo único mio es la historia que va uniendo a tan maravillosos personajes.
Esto es un homenaje a una de mis sagas favoritas, sin fines de lucro, por mera distracción.
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domingo, 25 de octubre de 2009

Huellas

Salí de la casa de Charlie Swan sabrá Dios cómo, pero lo había logrado. Claro, me había costado todos los años de práctica que tenía encima para mantener el férreo control sobre mi temperamento.

No es que la presencia de Alice o de Jasper hubiera podido afectarme. Claro que no, había pasado ocho años al lado de ellos, tiempo más que suficiente para que mi propia naturaleza aprendiera a sobrellevar la convivencia con ellos. Había sido el regreso de ella lo que había hecho que todo hubiera estado a punto de evaporarse; su regreso y que además estuviera al lado de él, la eterna sombra entre nosotros, había estado a nada de borrar de un plumazo el fuerte dominio que poseía de mí mismo.

Subí a mi camioneta, poniendo en marcha el motor con un potente rugido. Quería largarme de ahí cuanto antes. No me detuve a comprobar si ellos se marchaban o no de ahí, simplemente necesitaba irme cuanto antes, estar sólo y poner en orden mis pensamientos.

Enfilé mi pick-up rumbo a La Push, sin estar realmente seguro si ir directo a casa fuera lo más inteligente. Ahí estaría mi padre y dudaba ser capaz de aparentar normalidad delante de él. Tal vez sería un hombre mayor y su salud estuviera mermada últimamente, pero eso no le restaba ni un ápice en inteligencia y astucia. Mi padre era capaz de leer en mí como si yo fuese un libro abierto, y por eso no podía llegar a casa, porque no quería tener que contarle la verdad y alterarlo con la notica del regreso de ella.

Al principio, papá había aceptado lo que parecía ser mi irremediable destino al lado de ella. Ella era mi alma gemela, mi gran amor; ella era mi destino, mi vida, mi presente y mi futuro. Ella era todo: alma, vida, existencia… Ella, ella, ella, no podía ni siquiera pensar en su nombre sin que escociera.

Sacudí la cabeza, impotente mientras hacía alto en uno de los dos semáforos que había en el pueblo.

“Renesmee, mi Nessie…”, murmuró con dolor mi voz interior. Pero tenía que reconocer que ella jamás había sido mía. Lo había creído, lo había deseado, pero lo cierto es que a pesar de todos nuestros intentos, jamás logramos pertenecernos.

Como había dicho antes, mi padre había aceptado nuestra unión ya que según las leyendas de nuestro pueblo, la impronta era algo divino, irrompible e irremediable. Papá no estaba realmente convencido de que dos seres de naturaleza opuesta, de dos razas enemigas desde el inicio de los tiempos, pudieran estar juntos. A pesar de sus renitencias, decidió apoyarme porque “¿quién soy yo para oponerme a las leyes del pueblo?” había dicho. Sólo cuando las cosas se hubieron torcido tanto, fue imposible que él no terminara por recelar de ella.

Y no había sido el único; el resto de la manada había tomado una actitud parecida. Bueno, todos salvo Seth, quien había sido el único que desde un principio se había sentido realmente cómo rodeado de vampiros.

El claxon del auto que estaba haciendo alto atrás de mí me sacó de mis ensoñaciones un momento. Volví a poner en marcha la camioneta, sin molestarme en meterle velocidad.

Vampiros y licántropos, o metamorfos según la explicación de Edward Cullen, sonaba una completa locura pronunciarlo siquiera. Éramos parte de una historia milenaria, dos mundos obligados a permanecer ocultos del resto del universo, siempre enemigos naturales. Entonces, ¿realmente era de extrañar que mi pueblo, mi gente no pudieran aceptarla del todo?

Yo sabía que el hecho de que Nessie hubiera ido a vivir conmigo a La Push había caído como plomo en los miembros de la manda. La toleraban por ser el objeto de mi impronta. Respetaban la ley quileute, pero eso no quería decir que la respetaran a ella.

–¿Po qué deberíamos respetar a la causante de la muerte de nuestros hermanos? – había pronunciado con coraje Paul en medio de una de las tantas discusiones que habíamos tenido en esos tiempos. Aún cuando era el marido de mi hermana, no se quedaba callado ante nada. No ponía ni un reparo para expresar su desacuerdo con mi relación con Nessie; incluso había limitado sus visitas a casa de papá en lo más mínimo.

Ella es el amor de mi vida –pronuncié decididamente, sin dejarme avasallar por el más volátil de mis hermanos.

–¿Cómo puedes preferirla sobre nosotros, tu familia, sobre tus amigos, sobre tu gente?

–¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? Tú sabes lo que es la impronta, ¡por Dios! Ella está conmigo ahora así como mi hermana está a tu lado; es parte de mi vida y…

–Pero eso no significa que debamos aceptarla así como si nada. O dime, ¿cómo puedo verla a la cara sin recordar a Sam, a Embry y a Colin? ¿Cómo le hago para no ver en su rostro la causa del sufrimiento de Leah o el de las madres de nuestros hermanos?¡Ella tiene la culpa! Incluso te hizo daño a ti, casi te mata sin misericordia.

–Ella no tuvo la culpa de nada; fue una víctima más en toda esta situación.

–Tal vez ella no haya matado de propia mano a Sam y a los otros, pero eso no quita que ella es tan culpable como el resto de las sabandijas… Es hija de unos monstruos, de unos asesinos. Es lógico que lo lleve en su sangre.

–¿Y eso la convierte en un monstruo?¡Ella no tiene la culpa tampoco de las circunstancias de su nacimiento! –bufé con sequedad. No podía permitir que hablaran así de ella. Podía entender el sentir de Paul y del resto de la manada, pero eso no era excusa para hablar de esa forma de Nessie. Y así se los hice saber.

–Ya, ya… –el tono burlón de mi cuñado empezaba a fastidiarme –Realmente espero que el sexo con ella sea tan bueno como para compensar que nos des la espalda.

No me detuve a pensarlo y le lancé un puñetazo, partiéndole el labio en el proceso.

Todos los demás tuvieron que intervenir para detenernos, pues habíamos estado a punto de entrar en fase y lanzarnos a la lucha como un par de bestias salvajes. El recuerdo aún me estremecía al sólo imaginarme lo que hubiera pasado si nos hubiéramos lanzado de lleno al ataque en nuestra forma lupina. Dos lobos salvajes en medio de una brutal batalla sólo hubiera llevado a que uno de los dos, o ambos, termináramos muertos.

“¿No te cansas de ser el perrito faldero de los Cullen?”, había gritado Paul mientras Jared, Seth y Quil se lo llevaban a rastras de ahí. “¿No estas harto de que crean que te acostumbraste a ser el mantenido de los chupasangre?”.

Las duras palabras de Paul me habían calado hondo; aunque después se había disculpado por perder los estribos, lo cierto es que sus acusaciones dejaron huella en mí. Por eso prácticamente le había prohibido a Nessie hacer uso del dinero de su familia. Tal vez se pudiera pensar que mi actitud era algo machista pero, ¡diablos!, uno tenía su orgullo y quería demostrarle a ella, a su familia y a todos aquellos que nos conocían que era capaz de hacerla feliz y dale una buena vida con el productor de mi trabajo. No importaba si me tomaba cinco, diez o 30 años, pero yo le daría el mundo entero a Nessie y a nuestros hijos…

Hijos. Sólo pensar en la palabra me hacía torcer la boca en un rictus que reflejaban amargura y dolor.

Respiré profundamente mientras tomaba una curva de la solitaria carretera. La nieve apenas caía con suavidad del cielo, pero eso no quitaba el hecho de ser precavido tras el volante. Faltaban unos quince minutos para divisar las primeras luces e la reserva. Quince minutos para recomponer la máscara de fría tranquilidad que había forjado y perfeccionado con el paso de los años.

Hijos… Isaiah, mi pequeño Isaiah. Parecía como si hubiera sido ayer...

El dolor no había remitido ni un ápice; había aprendido a sobrellevarlo, a vivir con ello cada día, pero seguía calando tanto o más como al principio. Nunca había querido hablar del tema con nadie, pues sabía que no podrían entenderme. Y la única persona con la que hubiera podido hacerlo, me había dejado de lado.

Renesmee se había encerrado en su propio dolor, en su propia pérdida, sin dejarme compartirla con ella. Y en cierta forma, eso había producido en mí cierto resentimiento hacia ella ya que Isaiah era también mi hijo, yo también le había amado desde el primer instante, le había esperado con ilusión, y…

Sentí un picor en los ojos al recordarlo, pero bastaba con respirar profundamente un par de veces para controlarlo sin esfuerzo; desde hacía años que mis lágrimas se habían secado... Isaiah había muerto en mis brazos. Apenas había podido sobrevivir unos cinco minutos después del parto, pero esos minutos habían bastado para amarlo incondicionalmente y para que su muerte me desgarrara el alma. Sólo aquellos que han pasado por lo mismo son capaces de entender la clase de dolor que representa perder un hijo.

No recuerdo haber llorado nunca antes, ni siquiera cuando murió mi madre o cuando me dijeron que era poco probable que volviera a caminar otra vez. Pero sentir como mi pequeño exhalaba su último aliento, cómo perdía la batalla aún siquiera antes de comenzarla, me había arrancado el sollozo más desgarrador que alguien pudiera oír jamás.

Esa noche había sido espantosa. Perdí a mi hijo, creí que Nessie también moriría. Y luego, Emma había dicho que aunque mi mujer sobreviviría, la posibilidad de que pudiera volver a embarazarse apenas era de un 5%.

Tendré cuidado al decírselo, te lo prometo… Pero es mejor contárselo cuanto antes… En casos como este, es preferible encarar la verdad de una vez por todas.”, había dicho Emma con el más profesional de los tonos. Pedí ser yo quien le dijera a Nessie lo sucedido, tanto con Isaiah como con lo de no poder tener más bebés.

Cuando llegó el momento… fue terrible, aterrador. Vi como nada más pronunciar las palabras, algo en ella iba muriendo. Ese día no sólo había perdido a mi hijo, sino también a mi mujer. Renesmee se encerró en su dolor, dejándome al margen para lidiar con el mío propio. Rechazaba cualquier intento de acercarme a ella; quería decirle que no importaba que no pudiéramos tener hijos biológicos, pues yo le amaba a ella por completo. Ella era más que una matriz dañada o la capacidad para parir. Ella era el amor de mi vida y en el último de los casos, siempre podríamos recurrir a la adopción, tal y como lo habían hecho sus abuelos.

“¿Eres estúpido o qué? ¡Mi bebé no es una cosa que se pueda reemplazar así nada más!”, me había gritado furiosamente, casi rayando en la histeria, negándose a hablar del tema. No sabía qué dolía más, si su silencio o su rechazo, pues rehuía a cualquier contacto de mi parte por más mínimo o accidental que fuera. Se sumía en largos periodos de silencio, con la mirada perdida y la mente sabrá Dios dónde. Nunca quise preguntar o intentar ver a través de sus manos mientras dormía; temía la respuesta.

Si no estaba encerrada en la habitación, se pasaba las horas en el cementerio, sentada contemplando la pequeña lápida de nuestro hijo, al que habíamos enterrado a un lado de la tumba de mi madre.

Supongo que está de más decir que nuestra vida íntima, de pareja se había desvanecido por completo. Era como si una gruesa muralla se hubiera erigido entre nosotros. Y a cada día que pasaba, la muralla se iba haciendo más gruesa y difícil de penetrar.

Había llegado a temer por su seguridad, pues tanto Quil como Leah estaban coléricos por lo sucedido con Claire. Prácticamente me habían exigido en charola de plata la cabeza de Nessie. El resto de la manada se mostraba recelosa, pues si bien la consideraban un peligro para nosotros, ella seguía siendo la mujer del jefe, el objeto de la impronta del macho alfa.

Pensar en el montón de problemas y tensiones a los que había tenido que hacer frente en ese tiempo, aún me provocaban jaqueca. Reconozco que había tenido que echar mano de mi poder como líder para mantener la situación controlada, pero había odiado hacerlo pues la vez que Sam lo había utilizado en mí, había sido por demás humillantemente desagradable. ¿Pero qué más podía hacer? Si cualquiera de ellos le hacía daño, eso significaría que tenía que enfrentarme en una lucha a muerte con agresor y no, jamás podría hacer tal cosa. Incluso contemplé la posibilidad de marcharme con ella, renunciar a mi condición de jefe, dejar una vez más mi pueblo por ella. Aunque había llegado a considerar la idea, tuve que descartarla pues no podía dejar en la estocada a tanta gente que tenía fe en mí. Ya lo había hecho una vez con tal de alcanzar la felicidad, sin importarme el dolor que le había provocado a mi padre. Cuando regresé a la reserva, pensando en que tendría que tomar momentáneamente el lugar de Sam (aunque al final no fue así), comprendí mejor el legado de mis antepasados; empecé a entender lo que significaba ser el descendiente de Eprhaim Black y las responsabilidades que eso conllevaba. Ya no era tan fácil irme, tenía que pensar en toda mi gente.

Semanas después del parto, cuando ella parecía físicamente más fuerte, me abandonó dejándome únicamente una fría nota sobre la encimera de la cocina a modo de despedida.

Jake, lo siento, pero ya no puedo seguir contigo. De verdad lo intenté, creí que podría hacerte feliz, pero no es así. Quise engañarme con el cuento de que tú y yo éramos almas gemelas, la pareja perfecta del otro. Y fue un terrible error.

Espero que algún día puedas perdonarme por todo este desastre, pero sobre todo, espero que encuentres a quién sí pueda amarte como te lo mereces.

No me busques, no pienso regresar. Vuelvo con los míos, a donde pertenezco y donde mi corazón siempre ha estado.

R.

Así de frío y escueto, pero no por eso menos doloroso. Aún recordaba perfectamente cada palabra de esa nota. La había leído miles de veces, hasta que el papel terminó tan arrugado que empezó a deshacerse.

En un tris me había quedado sólo, hundido en un abismo negro de profunda amargura y dolor. Creí que al fin había alcanzado la felicidad y en menos de un suspiro perdí a la mujer que amaba, a mi hijo y nuestro radiante futuro juntos.

Parpadeé sorprendido al darme cuenta que ya estaba en casa. Había estado tan metido en mis pensamientos que no me había dado cuenta que prácticamente había conducido como en una especie de “piloto automático”.

Metí la camioneta en el garaje antes de entrar a la casa. Esa noche habría una buena nevada y si no quería tener problemas con el motor o los frenos, era mejor que guareciera bien mi pick-up.

Seguía viviendo con mi padre, puesto que era un hombre mayor y enfermo. No le había encontrado caso mudarme de ahí, puesto que había seguido soltero durante esos años y no había contemplado la posibilidad de cambiar la situación. O por lo menos así había sido hasta hace un par de semanas atrás.

Metí la llave en la cerradura y entré al cálido interior de mi casa. El taller iba bien y aún cuando no era precisamente millonario, ganaba lo suficiente como para hacerle algunas mejoras al viejo inmueble. La última había sido la instalación de un nuevo sistema de calefacción. No era que yo lo necesitara particularmente (con facilidad podía andar sin camisa en pleno invierno) pero los huesos reumáticos de papá sí. Las bajas temperaturas eran terribles para él.

Como todos los días, me encontré con la lámpara de la sala encendida y un plato con la cena sobre la encimera, listo para meterlo en el horno de microondas en cuanto llegara a casa. Todo gracias a mi hermana Rachel, que se pasaba algunas horas ahí para cerciorarse que papá estuviera bien.

–¿Jacob? –pronunció mi padre con voz fuerte pero algo amodorrada, desde su habitación. Aunque Rachel se encargaba de que a más tardar a las ocho de la noche él ya estuviera metido en la cama, papá pedía que la puerta de su habitación se quedara entreabierta para poder escuchar cuando yo llegara a casa.

No es que quiera vigilarte como un chiquillo, sólo es que soy tu padre y no puedo dejar de preocuparme por ti”, había dicho papá a modo de explicación.

–Sí papá –respondí con calma mientras introducía el plato de la cena en le refrigerador y después sacaba una lata de cerveza. No tenía apetito en lo absoluto, y después de lo sucedido, sentía la necesidad de un trabo bastante fuerte.

No es que fuera aficionado a la bebida particularmente, pero de vez en cuando una cerveza servía para relajarme. –Ya llegué a casa, vuelve a dormirte.

Papá murmuró algo parecido al “buenas noches” y un par de cosas más. Sinceramente no le presté demasiada atención; mi mente estaba en otro lado.

Me dejé caer torpemente sobre una de las sillas del pequeño comedor de la cocina, la cual estaba sumida en una especie de semi-penumbra. Abrí la lata de una Coors Light y empecé a darle largos tragos a la bebida mientras contemplaba la negra noche a través de la ventana.

Sabía que tenía que reunir a los chicos y contarles las nuevas. Imaginé el desagrado con el que recibirían la noticia de que los Cullen y sobre todo Nessie, estaban de vuelta en el pueblo.

Había pasado ¿cuánto?, ¿un año?, desde la última vez que nos habíamos transformado en lobos. Lo cierto es que desde que ella se había marchado, la necesidad de entrar en fase había sido cada vez menor para el alivio de los chicos. Claro, la mayoría ya tenían familia, hijos y la idea de quedarse eternamente jóvenes, viendo cómo sus seres queridos iban muriendo, no era precisamente atractiva. Incluso había quien deseaba fervientemente que el destino de sus hijos no fuera el de un lobo como nosotros. Sabía muy bien que la marcha de Nessie había sido un alivio para todos, porque eso significaba que ya no tendrían que estarse convirtiendo constantemente y, a la larga, llegaría el momento en que dejaríamos de entrar en fase lo suficiente como para envejecer y dejar que el paso del tiempo tomara su curso natural.

¿Por qué había tenido que regresar? ¿Por qué tenía que haber vuelto precisamente con él?

Apreté la lata vacía y prácticamente la convertí en una bola de aluminio. Casi con descuido, la arrojé directamente al bote de la basura y me paré para sacar otra lata del refrigerador.

Sabía que debía concentrarme en el hecho de que Leah y Charlie habían desaparecido misteriosamente, y dado lo que me habían contado los Cullen durante nuestro encuentro en casa del jefe Swan, todo apuntaba a que los Vulturis habían regresado a la carga; y una vez más, los quileutes terminábamos implicados en la guerra entre dos clanes de vampiros.

También era consciente de que debía ponerme a investigar el asunto ese de las fotos publicadas en la revista. Nunca me había sentido particularmente atraído por esa clase de lectura, por eso no me había enterado de nada sobre el asunto, pero aún así, alguien de la reserva probablemente sí lo había visto entonces, ¿por qué no me habían advertido?

Tal vez porque saben lo que ella ha significado para ti”, respondió mi voz interior.

Resople molesto. Ello no habían lanzado ninguna acusación directa, pero yo no era ningún tonto y podía leer entre líneas: realmente creían que alguien de la tribu había estado detrás de las fotos. Y era hasta cierto punto lógico llegar a esa conclusión; las fotos de las que habló Renesmee eran las mismas que estaban en un par de álbumes que había guardado junto al resto de sus cosas, en un par de cajas que había terminado amontonando en el garaje de la casa. ¿Quién podría estar detrás de esto? Era una incógnita, pero de ninguna manera podía creer que alguno de los míos me hubiera podido traicionar de esa manera.

Tal vez alguien se había enterado de lo que estaba sucediendo en Nueva York y había reconocido a Nessie. Y tal vez ese alguien había encontrado con la forma de ganarse un dinero extra a costa nuestra. Incluso se podía pensar que ese alguien también estaba detrás de la desaparición de Leah y Charlie.

–Imposible… –murmuré mientras movía ligeramente la cabeza en forma negativa. Le di un buen trago a la fría cerveza. Claro que era imposible porque si era la misma persona quien estaba involucrada tanto en las desapariciones como en las fotos publicadas en la revista, y si mis sospechas fueran ciertas, ese alguien estaría relacionado con los Vulturis. ¡Y era imposible que un Vulturi pudiera haber estado en la reserva pasando completamente desapercibido!

Vacié de un último trago lo que quedaba de cerveza antes de ponerme de pie. Debía llamar por teléfono a los demás y convocar una reunión de inmediato.

Descolgué el teléfono y mientras marcaba las teclas del número de la casa de Paul y Rachel, observé el exterior por la ventana. La nieve empezaba a caer con más ritmo e imaginé que la temperatura ya habría bajado por lo menos unos cinco grados más. Eran pasadas las diez de la noche, la mayoría ya estaría en cama con sus esposas, e incluso algunos ya estarían dormidos. Rachel me mataría por sacar a Paul de casa a esas horas y después de un agotador día de trabajo.

Colgué el teléfono, sin terminar de marcar el número. Tenía qué pensar bien las cosas, tratar de darle un enfoque imparcial a la situación. Pero sobre todo, tenía que encontrar las palabras adecuadas para decirles que los Cullen al completo regresarían al pueblo y que era importante que no se lanzaran sobre ellos. La tregua seguía en pie, a pesar de lo que Nessie había hecho con Claire.

Y también, tenía qué pensar en lo que iba a decirle a Emma….

–¡Diablos! –maldije mientras me rascaba la frente en gesto nervioso.

Emma había sido un increíble apoyo durante estos años, ¿cómo decirle que ella había vuelto? Claro, con la naturaleza apacible que poseía, era impensable que Emma pudiera hacerme una escena, pero yo sabía que el regreso de Nessie podía hacerle daño.

Volvía preguntarme una vez más, ¿por qué ella tenía que haber regresado? Y justamente ahora, que mi vida al fin parecía normal; justo ahora que había estado dándole vueltas a la idea de pedirle a Emma que se casara conmigo.

Emma había sido mi amiga desde niños, la conocía tan bien y no sé… después de tantas cosas, creí que lo más natural era estar juntos. Ella era afín a mí en varios sentidos, comprendía quién era yo y lo que significaba ser el líder de la manada. Conocía mi mundo (no por que yo se lo hubiera contado, sino que se había enterado de forma accidental años atrás) y aunque jamás pidió una explicación, lo respetaba y sabía que era algo inherente a mi herencia quileute. Ella era increíblemente tímida y durante nuestra infancia, más de una vez tuve que defenderla de los bravucones que se reían por su forma de ser y por las horas que pasaba entregada a los libros. Se podía decir que Emma había sido una especie de “niña genio”, de la que sus padres estaban orgullosos. Incluso, a los 15 años consiguió una beca para entrar a la Escuela de Medicina de Stanford.

Cuando ella se fue, justo entró en mi vida Bella Swan y de ahí…. mi vida jamás fue la misma. Perdí todo contacto con Emma, pues nuestras vidas habían tomado un rumbo completamente distinto. Y de alguna forma, el destino nuevamente nos cruzó aquella noche, cuando Sam y los demás perdieron la vida; nunca se nos pasó por la cabeza que Sam decidiera nombrarnos a ella y a mí tutores de sus hijos. Algo realmente sorpresivo para todos, ya que dábamos por hecho que la responsabilidad recaería en Leah, quien desde la muerte de Emily Uley, había sido prácticamente una madre para sus dos hijos.

Y cuando creían que tal vez yo no volvería a caminar a causas de las heridas que recibí aquella noche, ella estuvo ahí para apoyarme y no dejarme caer. Jamás permitió que me dejara llevar por la autocompasión, jamás permitió que me sintiera derrotado o que tirara la toalla. Era inflexible y me presionaba hasta el límite, hacía que resurgieran fuerzas en mí cuando creía que ya no podía más; eso sí, jamás se mostró cruel.

–¡Vamos, Jacob! Tú puedes hacerlo… eres mucho más duro y fuerte que esto. No necesitas mi compasión ni la de nadie más, porque no eres un patético pelele que se da por vencido ante la adversidad. Tú pues hacerlo, tú puedes levantarte de esa silla si tú así lo quieres.

Una y otra vez me repetía esas palabras durante las largas y dolorosas sesiones de rehabilitación. Ella no se encargaba de mis terapias, pero siempre estuvo ahí para apoyarme. Y se lo agradecí, porque era la única que no me veía con ojos de angustia y desolación. Ella no era como los demás, que decían “No te preocupes, todo va a salir bien. Ya lo verás”, mientras en sus ojos se leía que no creían en sus propias palabras. Emma siempre tuvo fe en mí, y se lo agradecí.

Incluso, se podría decir que empecé a sentirme verdaderamente cercano a ella. Y tal vez las cosas hubieran dado para más si Nessie no hubiera decido volver y luchar por lo nuestro, o al menos así había dicho ella. Fuera como fuera, el hecho es que cualquier indicio de algo entre Emma y yo murió en el acto, pues ¿cómo fijarme en ella cuando la mujer de mi vida estaba dispuesta a pasar el resto de la suya al lado mío?

Llegué a creer que eran figuraciones mías, pues Emma jamás dio muestras de un corazón herido. Siempre tímida, siempre callada, pero aún así siguió mostrándome su amistad. Incluso, llegó a ser una especie de confidente, cuando las cosas entre la manada no estaban bien a causa de la presencia de Nessie. A Emma podía contarle todo esto, pues lo último que deseaba era preocupar a mi mujer con esas cosas; de por sí ya la estaba pasando bastante mal con el embarazo como para cargarle más mortificaciones por la tensión con los chicos.

Nunca le conté el secreto en torno a Renesmee y su familia, pero Emma era lo bastante inteligente para deducir que había algo inexplicable alrededor de los Cullen.

Jacob, recuerda que amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos hacia el mismo lado. Y mientras sea así entre ustedes, los demás se darán cuenta que sus recelos no tienen razón de ser. La aceptarán y toda esta tormenta será apenas un mal recuerdo.

–¿Realmente lo crees?

–Sí.

–¿Por qué?

–Porque tú, Jacob Black, no podrías amar a una mujer que no valiera la pena luchar por ella.

Y cuando mis sueños me explotaron en la cara, Emma estuvo ahí. Luchó por salvar la vida de mi hijo, luchó para evitar que Nessie muriera y después, incluso peleó porque yo no me dejara arrastrar por la desesperación cuando ella se fue. Sí, durante estos años Emma se convirtió en una especie de roca para mí, una amiga incondicional sin esperar nada a cambio.

Apenas meses atrás decidí darme una oportunidad con ella. ¿Por qué no hacerlo si nos conocíamos de tanto tiempo? Ella me conocía aún en mis momentos más negros e incluso compartíamos la responsabilidad de educar a los hijos de Sam. Yo ya había perdido la esperanza de que Renesmee regresara, supuse que era momento de continuar con mi vida o lo que quedaba de ella, y Emma parecía la mejor opción.

Tengo que ser honesto, principio me costaba un mundo no comparar a Emma con Nessie, aún en el más mínimo detalle. Sabía que era una bajeza pero no podía evitarlo, y para colmo, Emma siempre salía mal parada en esas comparaciones. Estaba mal, era consciente de ello pero, era difícil tener a tu lado a tu alma gemela y perderla. Por muchas bondades y virtudes que poseyera Emma, siempre sería un premio de consolación ante lo que había perdido.

Y poco a poco, de alguna forma, dejé de compararlas y empecé a preciar los pequeños detalles que hacían a Emma especial. Había empezado a encontrar encantadora la forma en que se mordía el labio inferior cuando había algo que le preocupaba, o la forma en que jugaba con la montura de sus lentes cuando estaba concentrada en algún caso médico. Era excelente con sus sobrinos, Sam jr y Mary, y con respecto a nosotros, no se mostraba exigente o posesiva. Era dulce y afable, pero eso no significaba que fuera una blandengue o que le faltara carácter. Podía llegar a ser realmente inflexible cuando era necesario.

Sí, había empezado a apreciar esas cualidades. Y por eso, había estado dándole vueltas al asunto de proponerle que nos casáramos. ¿Por qué no? No nos iba tan mal juntos, sus sobrinos me querían y yo a ellos, y… no sé, ella de alguna forma me daba paz y serenidad. Había sido insufrible después de que Nessie me dejara, no sé cómo le hizo Emma para aguantar mis momentos de depresión seguidos de estallidos de cólera.

Papá parecía contento con mi relación. Incluso una vez me dijo que al fin me había fijado en la mujer indicada, una que comprendía quién era y no me exigía hacer sacrificios inútiles.

Sí, yo creía que al fin tenía mi vida normal, que por fin había empezado a asentarme y que estaba listo para seguir adelante. Oh, pero es que la vida es una maldita bruja traicionera, capaz de borrar todos tus planes de un plumazo.

El regreso de ella, de Nessie, lo cambiaba todo. No podía mentirme, verla de nuevo había sido como recibir un golpe seco al corazón. Aunque había puesto mi mejor máscara de frialdad y había tenido que emplearme a fondo para controlar mis impulso, lo cierto es que verla había supuesto poner mi mente y mis sentimientos de cabeza.

Ella había cambiado tanto. Estaba demasiado delgada, su cabello cobrizo antes largo, ahora apenas era una melena rubia platinada. Las ojeras debajo de sus tristes ojos mostraban el cansancio.

Si estaba con él, ¿por qué se veía en ese estado? Claro, durante la charla ella había mencionado su estadía en Nueva York y el lío en el que se había visto envuelta con la muerte de un tal Jordan. Ella no aclaró y yo no quise saber la naturaleza de esa relación, pero era algo que no me cuadraba. ¿El tal Jordan habría sido una especie de venganza contra algo que el vampiro le había hecho? ¿O había sido algo meramente circunstancial? ¿Él la trataría bien? ¿Habría sido capaz de darle la felicidad que no pudo encontrar conmigo?

Estaba seguro que cuando ella me dejó, lo hizo para irse con él. Stanislav Masaryk, ex miembro de los Vulturis y el primer hombre con el que se acostó…

No pude evitar rechinar los dientes. Sí, yo sabía quién era él, aún y cuando jamás nos habíamos encontrado frente a frente antes de esa noche. Yo sabía que había dejado una huella profunda en la vida de Nessie, en su corazón, en su mente. Sí, lo había descubierto de la forma más dura, cuando ella dormía y, a pesar de haber estado en mis brazos, susurraba con desesperado anhelo su nombre.

Trataba de pensar que todo era producto de sus pesadillas, que era algo de su inconsciente que no podía controlar. Cuando soñaba con él, a la mañana siguiente ella parecía no recordar nada y se mostraba amorosa conmigo. Sí, quise convencerme de que no significaba nada, pero un día no pude más, y cuando ella susurró su nombre entre sueños, tomé su mano para posarla en mi mejilla. Y ahí lo vi, vi sus sueños, sus recuerdos o una mezcla de ambos. Y entendí que no eran pesadillas, sino algo mucho más profundo que podía siguiera imaginar.

¿Y que hice yo? Nada, ignorarlo y aparentar que todo estaba bien, impulsado por mi orgullo y mi egoísmo. Ella había decidido estar conmigo, ella llevaba a mi hijo en sus entrañas, ella decía que era a mí a quien amaba, así que ¿para qué echarlo a perder?

A la distancia, puedo ver que fue un error. Sí, un cobarde error al querer eludir las cosas importantes, aquello que no hacía más que agregar piedras en nuestro camino. Aunque yo no fui el único que le dio la vuelta a los asuntos importantes. Ella jamás quiso tocar el tema de Bella y yo.

–No quiero saberlo, no necesito saberlo… Pensar en ti y en mamá, aunque no hubieran… No, no puedo hablarlo sin que me estremezca y... ¡yiuk! Porque por donde lo vea, si papá no hubiera aparecido, entonces tú… ¡yiuk! ¡yiuk!. –Así se había negado una y otra vez cuando quise tocar el tema. Supongo que eso le dio poder para evadir el tema de Stanislav.

Y ahí estuvo él, como una sombra en nuestra relación. Era una almohada para tres, que tratábamos de ignorar, pero que cada vez iba haciéndose más fuerte, más presente entre nosotros.

Por eso siempre tuve la certeza de que me había dejado por él. Y el encuentro en casa de Charlie no hizo más que confirmar mis sospechas. Y dolió, claro que sí; fue como si me abrieran en carne viva. Verla trajo muchas cosas a mi mente, a mi cuerpo… ¿qué iba a hacer con ellas? Mi Nessie me había sacado de su vida.

Mi Nessie. ¡Que tonto era al pensar así de ella! Nunca había sido mía y jamás lo sería. Incluso, me aferraba a pensar en ella, a llamarla “Nessie”, cuando lo cierto es que ella me había pedido que ya no la llamara así, “Eso suena más propio para una niña, y yo ya no lo soy.”, me había dicho. Pero es que yo quería pensar que había vuelto a ser la misma que era antes de que fuera secuestrada. Pero aquella vez que fue a verme al hospital, después del enfrentamiento con los Vulturis, pude detectar que algo había cambiado en ella. Cuando volvió a mi, quise creer que todo podía volver a ser como antes de que todo se torciera para nosotros. A pesar de nuestros anhelos, no podemos ignorar la realidad, porque si intentamos hacerlo, al final terminará por explotarnos.

Tomé una decisión de inmediato, sin detenerme a pesarlo mucho. Agarré las llaves de la casa y sin hacer mucho ruido para no despertar a mi padre, salí en plena nevada; total, a donde me dirigía no estaba lejos.

No tenía frío, pero aún así era incómoda la forma en que la nieve caía sobre mí. Decidí acelerar un poco más el paso, aún cuando mis pies se hundían torpemente entre la nieve.

En un par de minutos llegué a la que alguna vez fue la casa de Sam y Emily Uley, y que ahora era ocupada por Emma y sus sobrinos. Por un momento dudé en llamar o no a la puerta, pues los niños de seguro ya estarían en la cama y no deseaba despertarlos; incluso, Emma podía estar dormida ya. Aunque los fines de semana acostumbraba quedarme a dormir con ella, cuando me llamó hacía rato, de laguna manera había quedado implícito el que esa noche no iría a verla.

Aún así, al final terminé por llamar a la puerta con la mayor suavidad posible. Pude escuchar ruido al otro lado de la puerta y en el fondo recé porque hubiera sido Emma y no alguno de los niños quien hubiera escuchado mi llamado.

–¿Jacob? –Abrió la puerta con cuidado, después de observar por la mirilla. Al parecer, aún no se había dormido, aunque ya llevaba puesta un pijama de franela a cuadros azules y grises. Su largo cabello negro, que me recordaba a las alas de un cuervo, lo llevaba recogido en una coleta, a la vez que todavía traía puestos sus lentes de montura negra. Supuse que habría estado leyendo.

–Hola Emm..

–¿Qué pasa? –noté cierta preocupación en su voz.

–¿Puedo pasar? Hay algo que debemos hablar.

–Sí, adelante. –pronunció mientras se hacía a un lado para dejarme entrar al interior de la casa.

Respiré hondo, dudando si después de todo, sería buena idea soltarle lo que tenía que decir.

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