Disclaimer

Nombres y personajes de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer (menos los que no salieron en la saga original). Lo único mio es la historia que va uniendo a tan maravillosos personajes.
Esto es un homenaje a una de mis sagas favoritas, sin fines de lucro, por mera distracción.
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domingo, 17 de enero de 2010

TRAICIÓN


¿Dónde estás?”, pregunté para mis adentros sin dejar de mirar ansiosa por la ventana desde el sillón de dos plazas de la sala. Lo único que se extendía hasta donde me alcanzaba la vista era nieve y árboles cubiertos por ésta. Inconscientemente, traté de estirar el cuello un poco más, como si con eso fuera posible ver más allá de lo que mis ojos percibían.

Con el movimiento, de alguna forma terminé dándome un buen jalón de pelo, recordándome que eso de andar cómodamente con una melenita tipo “bob” se había acabado. Sentía la cabeza un tanto adolorida y me pregunté una vez más cómo era que me había dejado convencer por tía Alice.

Tienes que pasar desapercibida. Y como hacerte cirugía plástica no es viable, entonces, hay que atenernos a la solución más a la mano”, me había explicado con el mismo tono de voz que siempre utilizaba cuando estaba más que dispuesta a salirse con la suya.

La gran solución a para nuestros problemas con la ley, consistían en un cambio de look express (o por lo menos para mí). Sabrá el cielo de dónde habría sacado todo (alguna vez había llegado a creer que poseía una varita mágica), pero el caso es que la tía había llegado la tarde anterior a la cabaña con cinco cajas de tinte en tono 6.70 rubio oscuro chocolate y dos series de extensiones de cabello.

Me había sometido a la tortura de, no sólo teñirme el pelo, sino además, tuve que aguantar lo que me parecieron horas mientras trenzaba mi cabello para poder fijar con precisión las extensiones. La experta en cabello siempre había sido tía Rose, y aunque Alice hacía un trabajo que podía considerarse como bueno, no se comparaba. Me había trenzado tan fuerte que ahora tenía un permanente dolor de cabeza, y temía que de un momento a otro empezaran a brotarme llagas en el cuero cabelludo.

“Lo siento, la gente elegante se aguanta, y los fugitivos de la ley con mayor razón”, había expresado con sorna mi tía la quinta vez que me había quejado de los jalones que me estaba prodigando al estarme poniendo las extensiones.

Y así fue que doce horas después, me encontraba con el cabello oscurecido (pero nada comparable con el cabello broncilineo de los Masen) y de un largo que me llegaba a media espalda.

–¿Cómo estás? –pronunció mamá de repente, desde el umbral que separaba lo que era la sala y comedor de la cabaña, con la cocina.

–Salvo por sentir adolorida la cabeza, pues bien –suspiré sin poder evitar la nota de melancolía con la que le respondí a mi madre. El clima y estar a una semana de navidad me ponían así. Llevaba dos días encerrada en la cabaña, gracias a tormenta de nieve de proporciones casi bíblicas que estaba cayendo sin cesar sobre todo el Olympic.

Bueno, no era sólo el clima y las fechas lo que me tenían así, sino que no hubiéramos avanzado mucho con respecto al paradero del abuelo y a la especie de ley de hielo que Stan había decidido aplicarme. Después de que me atrapara besando a Jacob, Stan me había condenado al ostracismo; yo hacía como que no me importaba, no permitía que nadie se diera cuenta que el silencio de Stanislav me dolía. Mi orgullo me impedía demostrarle a todos, pero sobre a todo a él, que el que me tratara con fría indiferencia me hería hondo.

Había contado las palabras que me había dicho en los últimos dos días. Cuatro, dos de las cuales habían sido “Con permiso” cuando me había parado frente al inmediatamente después de que me separara de Jacob. Las otras dos habían sido “Déjame pasar”, cuando había tratado de cortarle el paso nuevamente para obligarle a hablarme. Había tratado de explicarme, pero Stan me brindó una dura mirada, esquivándome y entrando a la cabaña como alma que llevaba el diablo.

Sí, en los dos últimos días, para Stan, una pared, el aire y yo teníamos el mismo valor e importancia.

Debo confesar que había temido que él se abalanzara sobre Jacob y se enzarzaran en una nueva pelea. Había “sentido” la rabia, los celos y el dolor de Stanislav, pero para mi sorpresa, simplemente nos dejó ahí de pie, dándonos la espalda. El gesto fue mucho más contundente que un millón de palabras airadas o un montón de certeros golpes.

Y tampoco me sentía muy bien conmigo misma con respecto a Jacob.

“¿Qué va a ser ahora, Nessie?”, había dicho, pero no con un tono esperanzador; oh, no. Ese “¿Qué va a ser ahora, Nessie?”, era más bien del tipo “¿qué más daño quieres hacerme?”.

Había respondido su beso, esa era la verdad. Tal vez hablar del pasado, tener tantos sentimientos a flor habían contribuido a ello, pero eso no era una excusa suficiente para haber sucumbido. No tenía derecho a hacerle eso a Jacob, no podía seguir jugando con sus sentimientos de esa manera; no lo merecía.

­–Deberías hablar con Stanislav. –Soltó sin más mamá, tomándome por sorpresa y sacándome de mis pensamientos.

–Lo haría… pero primero tengo que lograr que él se quede en la misma habitación que yo. –Con mamá no tenía sentido fingir que realmente estaba bien. Me conocía perfectamente como para leer mis estados de ánimos con una simple mirada.

–No me gusta verte así.

–Lo siento yo… voy a estar bien, de verdad. Es sólo que….

–Es sólo que Stanislav no es el único cabezota por aquí. –Atajó mamá con suave voz mientras yo arqueaba la mirada. –Vamos, cariño, tienes que reconocer que cuando quieres, eres terriblemente terca y orgullosa.

–Gracias, mami por el apoyo –pronuncié un poco sarcástica. ¿Dónde estaba la solidaridad femenina cuando se necesitaba?

–Hija… –Mamá se sentó a mi lado izquierdo en el sofá donde estaba sentada en “flor de loto”. –No me gusta verte así, con la mirada triste, perdida… Con esa aura de soledad y desolación.

–Claro que no, sólo estoy… sólo estoy contemplando el paisaje… y leyendo un libro.

Ajá, contemplando el paisaje… No te engañes a ti misma, que lo que estás haciendo es esperar el regreso de Stan. Hace horas que salió y temes que no regrese”, pronunció mi vocecita interior haciendo eco de mis terrores.

–¿Checo para Dummies? –Leyó en voz alta antes de arquear las cejas y mirarme de una forma bastante peculiar. Esperé que dijera algo más al respecto, pero sólo es limitó a lanzarme una larga mirada antes de dejar a un lado el libro y continuar. –No intentes engañarme, señorita. Soy tu madre y te conozco mejor que nadie. –Mamá estiró su mano y enlazó sus dedos con los míos, dándome un ligerísimo apretón –¿Por qué, Renesmee? –continuó mi madre acariciando mi mejilla con su mano. –¿Por qué te castigas de esta manera?

–¿A qué te refieres?

–A que no te permites ser feliz. Es como si estuvieras decidida a auto-flagelarte por toda la eternidad. ¿Por qué?

–Ma… no sé de qué hablas… Yo… yo… –exhalé frustrada al contemplar en el rostro de mi madre que no me dejaría salirme por la tangente. Estaba decidida a llegar al fondo del asunto –Mamá… es sólo que… –me tallé la frente con el dorso de la mano de forma nerviosa –Sólo que me he equivocado tanto, he hecho tanto daño que simplemente… creo que si alguna vez tuve derecho de se feliz, lo he perdido por completo. Tengo demasiados pecados encima.

–¿Lo dices por Claire y por lo que pasó con tu bebé? Renesme…

–No… sí… es, no sé… Es por ellos, por Jacob, por la familia, los lobos…. Es como si le hubiera ido arruinando la existencia todo aquél que se cruzara por mi camino. Y al hacerlo, creo que perdí cualquier oportunidad de ser feliz.

–Hija, eso es una locura. Todos, escúchame bien, todos tenemos el derecho y la obligación de buscar ser felices.

–Tal vez… o tal vez aquellos que no tenemos alma estamos excluidos de ello.

–¡Eres igualita a tu padre! –murmuró con gesto exasperado. Durante años, en lo único que mis padres diferían, era en el concepto de si los vampiros tenían o no alma. –A tu alma no le pasa nada malo, sigue ahí como desde el primer día.

»Incluso nosotros, tenemos derecho a ser felices. Míranos a tu padre y a mí, o a tus abuelos o a Alice y Jasper. No ha sido fácil, pero lo conseguimos.

–Será que ustedes son casos excepcionales…

–No, nada de eso. Simplemente decidimos luchar por aquello que amamos… No te voy a mentir, por lo menos mi historia con tu padre distó mucho de ser fácil y un camino de rosas; tuvimos que pasar por demasiadas pruebas y obstáculos para poder estar juntos.

»La clave es no darse por rendido, luchar por aquello que quieres. Abrirte al amor, dejar que de lado los temores, ser sincera con el otro.

Enarqué la ceja, escéptica. Ok, todo se escuchaba muy bonito en teoría, pero en la práctica…

–No me mires así. Ya te dije que no es tan sencillo, pero todo el esfuerzo vale la pena. El chiste es encontrar el coraje necesario para dar ese paso.

–Supongo que tienes razón –concedí con aire cansado –Supongo que si alguna vez encuentro a ese alguien por quien dar el paso…

–Mmm…

–¿Mmm, qué?

–Que sabes tan bien como yo quién ese alguien. ¿Es necesario que te deletree su nombre?

–Mamá… si lo dices por… No, no… En estos momentos ni siquiera sé donde estoy parada ni lo que siento.

–Más bien creo que lo que te da miedo es reconocer tus sentimientos.

Desvié la mirada un tanto incómoda. Si había alguien que me conocía bien, que era capaz de saber lo que me pasaba sin esfuerzo alguno, era mi madre. No necesitaba de dones como el de papá o como el que yo poseía, ella simplemente sabía.

–Nena… –mamá posó su mano bajo mi mentón, y con suavidad me obligó a mirarle al rostro –Creo que es más que suficiente con lo que te has castigado durante estos años. Ya basta.

–Como si fuera tan fácil –no pude evitar la nota de amargo sarcasmo. –Regresar a Forks ha sido demasiado duro; es revivir en mi cabeza día a día lo que viví aquí, el daño que le hice a Jacob por mi egoísmo, por mi tozudez… por ser el monstruo que soy.

–Renesmee, yo sé muy bien todo lo que has tenido que pasar en estos años; sé que has tenido que luchar contra tu propia esencia, reprimir aquello que eres.

»No sé, tal tenemos la culpa de lo que te ha tocado vivir al estarte metiendo en la cabeza desde niña que ser vampiro es malo, que debes despreciar aquello que está en ti desde el principio. Tú no pediste nacer en las circunstancias en las que lo hiciste y, es un tanto hipócrita de nuestra parte pretender que rechazaras tu propia naturaleza, sobre todo cuando yo misma luché con uñas y dientes por ser parte de ella.

»Pero escúchame bien, tú no eres ninguna clase de monstruo despiadado… Simplemente eres una niña que ha querido dar pasos tan grandes y rápidos que has terminado por tropezarte y hacerte daño. Pero de eso se trata la vida, de caerse, levantarse y seguir adelante. No eres perfecta, es verdad, pero tampoco hay algo malo en ti.

–Lo dices porque eres mi madre.

–Lo digo porque yo también he pasado por ahí.

Guardamos silencio por un momento.

Era extraño escuchar a mamá reconocer que no era perfecta, cuando ella siempre había sido para mi la viva imagen de la perfección.

–Supongo que lo dices por Jacob… –pronuncié al fin. –Después de todo, tú también le hiciste daño al escoger a papá sobre él.

–Renesmme, créeme que jamás quise lastimarlo. Simplemente, no era nuestro destino.

–Lo sé, pero es imposible no pensar que las mujeres Swan no paramos de hacerle daño.

–¿Puedo preguntarte algo?

–Dime.

–¿De alguna forma influyó mi historia con Jacob para que no resultaran las cosas entre ustedes? Dime la verdad, por favor.

–Yo… –me mordí el labio inferior, en gesto de incomodidad. –N-n-no…

–La verdad.

–¿La verdad? La verdad es que… es que nunca hablamos de eso –dije casi con un hilo de voz, carraspeando con molestia. –Era algo de lo que me costaba hablar, o mejor dicho, que aún me cuesta. No quiero pensar en ustedes dos juntos, no sin sentir que se me eriza la piel de… –me detuve antes de que la palabra “repulsión” saliera de mis labios. –Porque siendo sinceros, si papá no hubiera estado de por medio, tú hubieras terminado con Jacob y entonces él sería mi… mi… tú entiendes.

»Tal vez fue un error, pero siempre evité tocar ese tema. Simplemente no puedo… Así que, eso mas un montón de cosas, terminaron por hacer que mi relación con Jacob se fuera al carajo.

–Lo siento…

–¿Por qué? Simplemente… simplemente es lo que nos tocó vivir.

–¿Has hablado con Jacob?

–Un poco… sí.

–¿Y?

–Y… y nada. No hay mucho que podamos decir sin lastimarnos, sin hacerle daño. Hay muchas heridas entre nosotros, mucho dolor.

–Tal vez sea el momento para sanarlas. Si hablaras con él, tal vez parte de tus fantasmas se desvanezcan y puedas seguir adelante. Tal vez encuentres la luz al final del túnel.

–Tal vez… aunque me conformaría con que él pudiera seguir adelante. Es lo mínimo que puedo hacer por él después de todo.

–Suenas como si él no tuviera ninguna culpa en todo esto.

–Y así es.

–Te equivocas, para arruinar una relación se necesitan dos. Deberías de empezar a reconocer que él también tuvo culpa en muchas cosas.

–¿Cómo qué? ¿Enamorarse de mí?

–Como no ponerle freno a las cosas cuando empezaron a pasar demasiado a prisa. Fue bastante egoísta de su parte permitir que te fueras a vivir con él así nada más, dejarte embarazada.

»El amor nos vuelve egoístas y él, siendo más grande y más maduro, debió hacer que te tranquilizaras un poco. Te lanzaste de forma precipita a una relación que no estaba lo suficientemente cimentada para poder sobrevivir a la primera dificultad.

–Creí que el amor sería suficiente. Además, se suponía que era el destino al que estaba irremediablemente ligada.

–Pero no sólo era amor lo que te trajo a Forks en busca de Jacob. También eran los remordimientos y el sentimiento de culpa. Viniste dispuesta a enmendar lo que creías que era tu deuda con Jake, buscabas la manera de compensarle todo aquello que creías deberle.

–Lo traicioné, mamá. Conocí a Stan y perdí la cabeza…. Y para colmo, casi mato a Jake aquella noche. Estuve a punto de condenarlo a vivir en una silla de ruedas.

–¿Ves? Ese fue el problema. Quisiste cumplir un estúpido sentido del deber sin estar completamente segura de que eso era lo que deseabas. Lo hiciste por hacer feliz a todo mundo, pero olvidándote de ser feliz tú también.

–¿Crees que no lo sé? ¡Todas mis buenas intenciones me explotaron en la cara! –Cerré los ojos un instante, mientras exhalaba con cansancio. Deseé poder tener a la mano un cigarro o un buen trago de alcohol, lo que fuera que pudiera relajarme. Pero claro, tía Alice se había asegurado que ninguno de los dos estuviera a mi alcance. Maldije una vez más los intentos de mi tía por rehabilitarme. –Sé que me equivoqué, que no debía hacer o decir muchas cosas, pero ya es tarde para lamentaciones. No hay forma de que borre el pasado… Lo único que deseo es que Jacob sea feliz y que algún día pueda perdonarme.

–¿Crees que él no es feliz?

–No lo sé.

–Tal vez está mal que yo te lo diga, pero él no detuvo su vida. Jacob está con Emma Young.

–Lo suponía.

–¿Por qué?

–¿Recuerdas lo que te conté de cómo nos habíamos reencontrado? Bueno, esa noche recibió una llamada a su teléfono de una tal “Em”, o por lo menos así la llamó. Até cabos y… en fin. Espero que Emma lo haga feliz.

–¿Te duele?

–De cierta forma, sí. Porque sé que Emma puede darle todo aquello que yo no pude. Puede darle todo lo que yo perdí… Ella estaba enamorada de él y tal vez, si yo no hubiera regresado por Jake, entonces ellos estarían juntos desde entonces, ahorrándoles tanto sufrimiento.

–¿Ahorrándoles?

–Sí, porque yo sabía que ella lo amaba y en un acto puramente egoísta, decidí que no permitiría que me arrebatara a Jacob. ¡¿Cómo iba a permitirlo si él era mi destino, mi final feliz?!

»Así que ya vez, Emma Young es una más en mi lista de “deudas pendientes

–Renesmee…

En ese momento, el sonido de un celular rompió el silencio de la cabaña.

–¿Es tu teléfono?

–No, mamá. El mío no tiene batería desde hace días.

–Y el mío no suena así… ¿De quién será?

Casi al mismo instante, papá apareció moviéndose a súper velocidad con dirección a la puerta. Sin decir ni media palabra, salió al exterior.

–¿Y eso?

–No sé. Tu padre tiene días medio extraño. No hace más que ir a los alrededores del pueblo y los bosques; dice que está investigando la desaparición de Charlie, pero se niega a decirme algo en concreto. Y no me gusta nada, siento que hay algo malo detrás de todo esto y tu padre no quiere decírmelo para protegerme.

–Lo hace porque te adora.

–Lo hace porque es un testarudo sobreprotector que no entiende que ya no soy una indefensa humana.

»Y hablando de testarudos… ¿Qué pasa con Stan?

–Mamá…

–¿Quiero saber dónde encaja él en toda esta ecuación?

–Pues… no lo sé. Sobre todo porque me evita como si fuera una estaca de plata bañada en agua vendita con aroma a ajos.

–Ja, chistosa… Estoy hablando en serio.

Esbocé una sonrisa torcida. Mamá estaba decidida a no dejarme darle la vuelta al tema.

–No lo sé. No tengo cabeza para ello… pero…

–¿Pero…?

–Pero no quiero que se vaya. La sola idea me duele.

–Tal vez no debería hacerte esta pregunta, pero, ¡qué va! Soy tu madre y por eso tengo derecho a hacerlo.

–¿Qué cosa?

–Preguntarte si estás enamorada de Stanislav. ¿Lo amas?

Sentí como si la sangre se me fuera a los pies. ¡No me esperaba esa clase de pregunta! De pronto era como si todo el aire hubiera sido succionado a mí alrededor, provocándome una sensación de ahogo. Era cuestión de nada que empezara a hiperventilar.

Traté de formular una respuesta coherente, pero lo único que podía era abrir y cerrar la boca torpemente, emitiendo sonidos sordos.

¿Qué iba a responder cuando ni siquiera había tenido el valor de plantearme esa pregunta a mi misma? Lo de Stanislav y yo era algo bastante complicado, demasiado fuerte como para responder a la ligera. Había un vinculo entre nosotros tan fuerte como el que había habido entre Jacob y yo.

–Yo… yo…

–Tenemos que hablar.

La voz de mi padre sonó de repente, haciendo que el corazón casi se me saliera por la boca del susto. Había aparecido prácticamente de la nada, abriendo la puerta de la cabaña de par en par. Atrás de él estaba Stan, y un poco más atrás el abuelo Carlisle y tío Jasper, quienes habían salido desde temprano hacia Seattle con la misión de que J. Jenkins me consiguiera a la voz de “¡ya!” documentos para una nueva identidad.

–Alice, Esme, vengan por favor. –Papá levantó su voz un poco, lo suficiente como para que ellas le escucharan desde donde quiera que estuvieran en el interior de la cabaña.

Había un tono de gravedad en la voz de papá, mientras su rostro y el de los demás era serio. Sin poderlo evitar, el corazón empezó a latirme tan rápido como las alas de un colibrí y me esperé lo peor: que hubieran encontrado el cadáver del abuelo Charlie.

Las lágrimas brotaron, deslizándose torpemente por mis mejillas. Tenía miedo de lo que pudiera oír. De repente me sentí culpable de no haber visto a mi abuelo en tantos años, de haberme perdido tantas cosas, tanto amor…

–¿Por qué lloras, Renesmee?

–Porque creo que lo que vas a decirnos, papá, no va a ser nada bueno… tengo miedo.

Papá guardó silencio, mientras esperaba que los demás se acomodaran en la sala. Ese silencio me pareció un mal designio. Realmente algo iba mal.

El ambiente estaba tenso, tanto que fácilmente se hubiera podido cortar el ambiente con un cuchillo. Mamá se mantenía completamente seria, pero la tensión de sus hombros evidenciaba que ella también temía por lo que pudiera escuchar de los labios de mi padre.

Stanislav se limitaba a mirarme fijamente, con una leve estela de sorpresa en sus ojos. Supuse que no se esperaba mi cambio de look. No había sido testigo del procedimiento así que supuse que tampoco había estado al tanto del plan de tía Alice.

–Stan recibió noticias de Emmett.

–¿Emmett? ¿Cómo…? ¿Ha regresado?–La abuela Esme sonó esperanzada, tal como una madre que escucha por primera vez en mucho tiempo noticias del hijo ausente. La muerte de tía Rose y la consecuente marcha de tío Emmett eran dos huecos enormes en el “corazón” de la abuela. No era necesario ser ningún genio para saber que mi abuela no perdía la esperanza de que él algún día regresara al seno familiar.

–No… él le ha enviado un mensaje de texto.

Supuse que ese había sido el timbre que habíamos escuchado antes. Y por lo visto, papá había olvidado las buenas maneras y se había lanzado a leerlo sin más.

–¿Qué es lo que dice? –agregó el abuelo.

–Dice: “ La desaparición de Charlie apesta a lobo y a Vulturi. Alerta a la familia, los que creíamos nuestros amigos nos han traicionado. Sácalos de inmediato de ahí….Emmett

“¿Qué?” Repasé rápidamente en mi mente una y otra vez el mensaje de tío Emmett. ¿Qué quería decir con que la desaparición del abuelo Charlie apestaba a lobo?

–No entiendo qué quiere decir eso, Edward.

–Bella… –la mueca de papá era clara, no quería decirle a mi madre lo que iba a decir a continuación –Los quileutes nos han traicionado.

–¡Eso es una locura! Ellos son nuestros amigos.

–No, teníamos un trato que ha terminado por romperse. Tal vez un par de ellos realmente fueran nuestros amigos, pero… Lo siento, Bella.

–No puedo creerlo… ¿Y cómo es eso de que nos han traicionado?

–Que ellos están detrás de las fotos de nuestra hija en la revista; ellos informaron a la policía que Renesmee estaba aquí… Y ellos se han llevado a tu padre.

El silencio cayó como si fuera una bomba en la habitación.

Sentí el corazón desgarrándoseme por la traición… ¿Cómo era eso posible? Ok, reconozco que cualquier cosa que hicieran contra mí estaba más que merecida, pero ¿mi abuelo? ¿Por qué? Charlie era el único realmente inocente en esta locura.

–¿Estás completamente seguro, hermano? –con voz tímida, tía Alice fue la primera en romper el incómodo silencio. –Podría creerlo de cualquiera, pero ¿Jacob?

–¡Exacto! –salté de inmediato, completamente decidida a no dar crédito a lo que decían. Las palabras “Jacob” y “traición” no las imaginaba en la misma oración. –A pesar de todo, Jacob no es capaz de vengarse de esa manera.

–Verán, estos días he pasado los límites del tratado… Me arriesgué a internarme en territorio quileute.

–¿¡Qué hiciste que?! –chilló mi madre, con los ojos un tanto desorbitados –¿Estás loco? Pudieron atraparte y no quiero ni imaginarme lo que hubiera podido pasar…

–Lo sé, lo sé… pero tenía que arriesgarme. Estaban pasando demasiadas cosas que no cuadraban, así que necesitaba llegar al fondo de todo.

–Y no estaba solo –agregó tío Jacob, con un ligero carraspeo –Yo le acompañé.

Al unísono, mi madre, mi tía y la abuela gimieron. Obviamente, disgustadas por la idea de que los hombres estuvieran arriesgándose la existencia de esa manera.

–¿Y sirvió de algo? –añadió mamá con molestia.

–Sí…. Descubrí que la hermana de Jacob ayudó a Leah Clearwater con el asunto de las fotos y el reportaje en la revista.

–¿Rachel? –exclamé yo, con voz aguda. Ok, no se podría decir que era santo de la devoción de la hermana de Jacob, pero jamás se me hubiera ocurrido que hiciera algo así. De Leah no me extrañaba, pero ¿Rachel?

–Sí. Y no sólo eso, ella fue quien le avisó anónimamente a la policía de Forks que tú y Stanislav estaban aquí.

»Al parecer, tanto Billy como ella están dispuestos a lo que sea con tal de que te mantengas lo más lejos de Jacob.

Era de suponerse que Billy Black me quisiera lejos. Yo conocía el secreto que le atormentaba, aquello que le quitaría la careta de rectitud no solo ante el pueblo, sino ante sus amados hijos.

–¿Cómo lo supiste? –era un tanto ridículo preguntarlo, sabía la respuesta.

–Los “escuché”… No fue fácil, pero logré descubrirlo.

–¿Y Jacob? ¿El también está detrás de todo esto o sabe lo que sucede?

–No lo sé con certeza. Tal vez sí, recuerda que nada se le pasa por alto al líder de la manada.

Me quedé muda y con la vista clavada en el suelo de madera, mientras el resto de la habitación se llenaba de las voces de los otros. Estaba tan aturdida, que todo lo de alrededor se convirtió en un incoherente murmullo.

No podía creerlo, no podía ser posible que Jacob estuviera al tanto de lo que Rachel y Leah habían hecho, y se hubiera quedado de brazos. Por ese par de actos llenos de odio, mi vida corría peligro; habían logrado que llamara la atención en exceso, y los Vulturi habían encontrado la excusa perfecta para ir tras de mí sin que el resto de los clanes pudiera poner objeción.

Sí, la forma más efectiva de cortar de tajo cualquier relación entre Jake y yo, era que a mi me mataran los italianos.

Sentí una incisiva mirada sobre mí, así que levanté los ojos para encontrarme con los de Stan. Los demás parecían demasiado enredados en su propia plática como para ignorarme.

–¿Estás bien? –Dejo con un suave susurro justo cuando había recorrido con dos fuertes zancadas la distancia que nos separaba. Me sorprendí un poco, puesto que no me había dado ni la hora durante los dos últimos días.

–No sé… es que no puedo creerlo. No me esperaba algo así de… de los quileutes. Siempre los vi como nuestros amigos.

–¿No esperabas una traición de los quileutes o una de Jacob? –preguntó con interés y sin una sola gota de sarcasmo o burla. Realmente le importaba que yo me sintiera dolida por la traición.

–Supongo que… de ninguno de los dos.

–Lo siento.

–¿Por qué?

–Porque no me gusta verte así. No me gusta sentir cómo te lastima esta situación.

Esbocé una sonrisa triste a modo de respuesta. Stan estiró su mano y acarició con suavidad mi mejilla. No necesitó hacer más, pero en ese breve pero tierno gesto encontré alivio.

–Ok, ok –la voz de mi madre se alzó más que la del resto, acaparando nuestra atención en el acto –Pero la desaparición de Charlie, ¿cómo encaja en esto? Por mucho resentimiento que puedan tener los Black hacia nosotros, Billy siempre consideró a mi padre su mejor amigo, casi un hermano.

–Lo cierto es que en la reserva no saben nada de Leah. Su madre y Seth están realmente preocupados por ella; incluso Rachel, que parece ser su cómplice, no tiene idea de dónde pudiera estar.

–Pero el mensaje de Emmett es claro: los lobos tuvieron algo que ver en la desaparición de tu padre –mencionó Stan, tajante.

–Llámalo para que nos explique bien cómo están las cosas –demandó mamá.

–No es tan sencillo.

–¿Por qué? ¡Si te mandó un mensaje a tu celular, es obvio que Emmett debe tener uno!

–Sí, pero mira –extendió el teléfono hacia mamá para que observara la pantalla del aparato –dice “Número desconocido”. Emmett y los demás usan un sistema de comunicación altamente codificado. Sé que fue él quien envió el mensaje porque así lo menciona, pero por lo peligroso de sus actividades, cubren muy bien su rastro.

»Tengo una idea de dónde pudiera localizarlo, pero no es seguro que se encuentre ahí. El grupo se mantiene en constante movimiento para evitar se atrapados.

La abuela volvió a gemir con preocupación. Parecía que Stanislav hablaba de una banda de proscritos de la ley.

–¡Pues llama de una vez!... ¡Renesmee, dile que haga algo, por el amor de Dios!

–Mamá, cálmate… Stan, ¿por favor?

–Ok, pero no les prometo nada…

Stanislav empezó a marcar frenéticamente una larga serie de números sobre el teclado del móvil.

Marcó una y otra vez, pero al parecer, nadie respondía del otro lado de la línea.

–No responde nadie… Por la hora, supongo que deben estar camino al nevěstinec.

Papá y tía Alice arquearon la ceja de forma sugerente. Ya había leído la palabra nevěstinec antes, sólo que no recordaba el significado. Recordé que el libro que tía Alice me había dado todavía estaba por ahí, a la vista de los demás. Recé porque nadie se percatara de ello, mucho menos Stan. No podía explicarlo exactamente, pero sabía que me sentiría bastante abochornada si descubrían mi “Checo para Dummies”.

Estuve a punto de preguntar qué era nevěstinec cuando noté la forma en que se iban tensando uno a uno los músculos de papá; era como si estuviera a punto de adoptar una actitud de ataque.

Y no sólo él. El rostro de tía Alice se crispó en una mueca tensa.

–¿Qué sucede? –pregunté nerviosa, con la voz un tanto atribulada.

–Los lobos… Al parecer, vienen por nosotros.

domingo, 25 de octubre de 2009

Huellas

Salí de la casa de Charlie Swan sabrá Dios cómo, pero lo había logrado. Claro, me había costado todos los años de práctica que tenía encima para mantener el férreo control sobre mi temperamento.

No es que la presencia de Alice o de Jasper hubiera podido afectarme. Claro que no, había pasado ocho años al lado de ellos, tiempo más que suficiente para que mi propia naturaleza aprendiera a sobrellevar la convivencia con ellos. Había sido el regreso de ella lo que había hecho que todo hubiera estado a punto de evaporarse; su regreso y que además estuviera al lado de él, la eterna sombra entre nosotros, había estado a nada de borrar de un plumazo el fuerte dominio que poseía de mí mismo.

Subí a mi camioneta, poniendo en marcha el motor con un potente rugido. Quería largarme de ahí cuanto antes. No me detuve a comprobar si ellos se marchaban o no de ahí, simplemente necesitaba irme cuanto antes, estar sólo y poner en orden mis pensamientos.

Enfilé mi pick-up rumbo a La Push, sin estar realmente seguro si ir directo a casa fuera lo más inteligente. Ahí estaría mi padre y dudaba ser capaz de aparentar normalidad delante de él. Tal vez sería un hombre mayor y su salud estuviera mermada últimamente, pero eso no le restaba ni un ápice en inteligencia y astucia. Mi padre era capaz de leer en mí como si yo fuese un libro abierto, y por eso no podía llegar a casa, porque no quería tener que contarle la verdad y alterarlo con la notica del regreso de ella.

Al principio, papá había aceptado lo que parecía ser mi irremediable destino al lado de ella. Ella era mi alma gemela, mi gran amor; ella era mi destino, mi vida, mi presente y mi futuro. Ella era todo: alma, vida, existencia… Ella, ella, ella, no podía ni siquiera pensar en su nombre sin que escociera.

Sacudí la cabeza, impotente mientras hacía alto en uno de los dos semáforos que había en el pueblo.

“Renesmee, mi Nessie…”, murmuró con dolor mi voz interior. Pero tenía que reconocer que ella jamás había sido mía. Lo había creído, lo había deseado, pero lo cierto es que a pesar de todos nuestros intentos, jamás logramos pertenecernos.

Como había dicho antes, mi padre había aceptado nuestra unión ya que según las leyendas de nuestro pueblo, la impronta era algo divino, irrompible e irremediable. Papá no estaba realmente convencido de que dos seres de naturaleza opuesta, de dos razas enemigas desde el inicio de los tiempos, pudieran estar juntos. A pesar de sus renitencias, decidió apoyarme porque “¿quién soy yo para oponerme a las leyes del pueblo?” había dicho. Sólo cuando las cosas se hubieron torcido tanto, fue imposible que él no terminara por recelar de ella.

Y no había sido el único; el resto de la manada había tomado una actitud parecida. Bueno, todos salvo Seth, quien había sido el único que desde un principio se había sentido realmente cómo rodeado de vampiros.

El claxon del auto que estaba haciendo alto atrás de mí me sacó de mis ensoñaciones un momento. Volví a poner en marcha la camioneta, sin molestarme en meterle velocidad.

Vampiros y licántropos, o metamorfos según la explicación de Edward Cullen, sonaba una completa locura pronunciarlo siquiera. Éramos parte de una historia milenaria, dos mundos obligados a permanecer ocultos del resto del universo, siempre enemigos naturales. Entonces, ¿realmente era de extrañar que mi pueblo, mi gente no pudieran aceptarla del todo?

Yo sabía que el hecho de que Nessie hubiera ido a vivir conmigo a La Push había caído como plomo en los miembros de la manda. La toleraban por ser el objeto de mi impronta. Respetaban la ley quileute, pero eso no quería decir que la respetaran a ella.

–¿Po qué deberíamos respetar a la causante de la muerte de nuestros hermanos? – había pronunciado con coraje Paul en medio de una de las tantas discusiones que habíamos tenido en esos tiempos. Aún cuando era el marido de mi hermana, no se quedaba callado ante nada. No ponía ni un reparo para expresar su desacuerdo con mi relación con Nessie; incluso había limitado sus visitas a casa de papá en lo más mínimo.

Ella es el amor de mi vida –pronuncié decididamente, sin dejarme avasallar por el más volátil de mis hermanos.

–¿Cómo puedes preferirla sobre nosotros, tu familia, sobre tus amigos, sobre tu gente?

–¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? Tú sabes lo que es la impronta, ¡por Dios! Ella está conmigo ahora así como mi hermana está a tu lado; es parte de mi vida y…

–Pero eso no significa que debamos aceptarla así como si nada. O dime, ¿cómo puedo verla a la cara sin recordar a Sam, a Embry y a Colin? ¿Cómo le hago para no ver en su rostro la causa del sufrimiento de Leah o el de las madres de nuestros hermanos?¡Ella tiene la culpa! Incluso te hizo daño a ti, casi te mata sin misericordia.

–Ella no tuvo la culpa de nada; fue una víctima más en toda esta situación.

–Tal vez ella no haya matado de propia mano a Sam y a los otros, pero eso no quita que ella es tan culpable como el resto de las sabandijas… Es hija de unos monstruos, de unos asesinos. Es lógico que lo lleve en su sangre.

–¿Y eso la convierte en un monstruo?¡Ella no tiene la culpa tampoco de las circunstancias de su nacimiento! –bufé con sequedad. No podía permitir que hablaran así de ella. Podía entender el sentir de Paul y del resto de la manada, pero eso no era excusa para hablar de esa forma de Nessie. Y así se los hice saber.

–Ya, ya… –el tono burlón de mi cuñado empezaba a fastidiarme –Realmente espero que el sexo con ella sea tan bueno como para compensar que nos des la espalda.

No me detuve a pensarlo y le lancé un puñetazo, partiéndole el labio en el proceso.

Todos los demás tuvieron que intervenir para detenernos, pues habíamos estado a punto de entrar en fase y lanzarnos a la lucha como un par de bestias salvajes. El recuerdo aún me estremecía al sólo imaginarme lo que hubiera pasado si nos hubiéramos lanzado de lleno al ataque en nuestra forma lupina. Dos lobos salvajes en medio de una brutal batalla sólo hubiera llevado a que uno de los dos, o ambos, termináramos muertos.

“¿No te cansas de ser el perrito faldero de los Cullen?”, había gritado Paul mientras Jared, Seth y Quil se lo llevaban a rastras de ahí. “¿No estas harto de que crean que te acostumbraste a ser el mantenido de los chupasangre?”.

Las duras palabras de Paul me habían calado hondo; aunque después se había disculpado por perder los estribos, lo cierto es que sus acusaciones dejaron huella en mí. Por eso prácticamente le había prohibido a Nessie hacer uso del dinero de su familia. Tal vez se pudiera pensar que mi actitud era algo machista pero, ¡diablos!, uno tenía su orgullo y quería demostrarle a ella, a su familia y a todos aquellos que nos conocían que era capaz de hacerla feliz y dale una buena vida con el productor de mi trabajo. No importaba si me tomaba cinco, diez o 30 años, pero yo le daría el mundo entero a Nessie y a nuestros hijos…

Hijos. Sólo pensar en la palabra me hacía torcer la boca en un rictus que reflejaban amargura y dolor.

Respiré profundamente mientras tomaba una curva de la solitaria carretera. La nieve apenas caía con suavidad del cielo, pero eso no quitaba el hecho de ser precavido tras el volante. Faltaban unos quince minutos para divisar las primeras luces e la reserva. Quince minutos para recomponer la máscara de fría tranquilidad que había forjado y perfeccionado con el paso de los años.

Hijos… Isaiah, mi pequeño Isaiah. Parecía como si hubiera sido ayer...

El dolor no había remitido ni un ápice; había aprendido a sobrellevarlo, a vivir con ello cada día, pero seguía calando tanto o más como al principio. Nunca había querido hablar del tema con nadie, pues sabía que no podrían entenderme. Y la única persona con la que hubiera podido hacerlo, me había dejado de lado.

Renesmee se había encerrado en su propio dolor, en su propia pérdida, sin dejarme compartirla con ella. Y en cierta forma, eso había producido en mí cierto resentimiento hacia ella ya que Isaiah era también mi hijo, yo también le había amado desde el primer instante, le había esperado con ilusión, y…

Sentí un picor en los ojos al recordarlo, pero bastaba con respirar profundamente un par de veces para controlarlo sin esfuerzo; desde hacía años que mis lágrimas se habían secado... Isaiah había muerto en mis brazos. Apenas había podido sobrevivir unos cinco minutos después del parto, pero esos minutos habían bastado para amarlo incondicionalmente y para que su muerte me desgarrara el alma. Sólo aquellos que han pasado por lo mismo son capaces de entender la clase de dolor que representa perder un hijo.

No recuerdo haber llorado nunca antes, ni siquiera cuando murió mi madre o cuando me dijeron que era poco probable que volviera a caminar otra vez. Pero sentir como mi pequeño exhalaba su último aliento, cómo perdía la batalla aún siquiera antes de comenzarla, me había arrancado el sollozo más desgarrador que alguien pudiera oír jamás.

Esa noche había sido espantosa. Perdí a mi hijo, creí que Nessie también moriría. Y luego, Emma había dicho que aunque mi mujer sobreviviría, la posibilidad de que pudiera volver a embarazarse apenas era de un 5%.

Tendré cuidado al decírselo, te lo prometo… Pero es mejor contárselo cuanto antes… En casos como este, es preferible encarar la verdad de una vez por todas.”, había dicho Emma con el más profesional de los tonos. Pedí ser yo quien le dijera a Nessie lo sucedido, tanto con Isaiah como con lo de no poder tener más bebés.

Cuando llegó el momento… fue terrible, aterrador. Vi como nada más pronunciar las palabras, algo en ella iba muriendo. Ese día no sólo había perdido a mi hijo, sino también a mi mujer. Renesmee se encerró en su dolor, dejándome al margen para lidiar con el mío propio. Rechazaba cualquier intento de acercarme a ella; quería decirle que no importaba que no pudiéramos tener hijos biológicos, pues yo le amaba a ella por completo. Ella era más que una matriz dañada o la capacidad para parir. Ella era el amor de mi vida y en el último de los casos, siempre podríamos recurrir a la adopción, tal y como lo habían hecho sus abuelos.

“¿Eres estúpido o qué? ¡Mi bebé no es una cosa que se pueda reemplazar así nada más!”, me había gritado furiosamente, casi rayando en la histeria, negándose a hablar del tema. No sabía qué dolía más, si su silencio o su rechazo, pues rehuía a cualquier contacto de mi parte por más mínimo o accidental que fuera. Se sumía en largos periodos de silencio, con la mirada perdida y la mente sabrá Dios dónde. Nunca quise preguntar o intentar ver a través de sus manos mientras dormía; temía la respuesta.

Si no estaba encerrada en la habitación, se pasaba las horas en el cementerio, sentada contemplando la pequeña lápida de nuestro hijo, al que habíamos enterrado a un lado de la tumba de mi madre.

Supongo que está de más decir que nuestra vida íntima, de pareja se había desvanecido por completo. Era como si una gruesa muralla se hubiera erigido entre nosotros. Y a cada día que pasaba, la muralla se iba haciendo más gruesa y difícil de penetrar.

Había llegado a temer por su seguridad, pues tanto Quil como Leah estaban coléricos por lo sucedido con Claire. Prácticamente me habían exigido en charola de plata la cabeza de Nessie. El resto de la manada se mostraba recelosa, pues si bien la consideraban un peligro para nosotros, ella seguía siendo la mujer del jefe, el objeto de la impronta del macho alfa.

Pensar en el montón de problemas y tensiones a los que había tenido que hacer frente en ese tiempo, aún me provocaban jaqueca. Reconozco que había tenido que echar mano de mi poder como líder para mantener la situación controlada, pero había odiado hacerlo pues la vez que Sam lo había utilizado en mí, había sido por demás humillantemente desagradable. ¿Pero qué más podía hacer? Si cualquiera de ellos le hacía daño, eso significaría que tenía que enfrentarme en una lucha a muerte con agresor y no, jamás podría hacer tal cosa. Incluso contemplé la posibilidad de marcharme con ella, renunciar a mi condición de jefe, dejar una vez más mi pueblo por ella. Aunque había llegado a considerar la idea, tuve que descartarla pues no podía dejar en la estocada a tanta gente que tenía fe en mí. Ya lo había hecho una vez con tal de alcanzar la felicidad, sin importarme el dolor que le había provocado a mi padre. Cuando regresé a la reserva, pensando en que tendría que tomar momentáneamente el lugar de Sam (aunque al final no fue así), comprendí mejor el legado de mis antepasados; empecé a entender lo que significaba ser el descendiente de Eprhaim Black y las responsabilidades que eso conllevaba. Ya no era tan fácil irme, tenía que pensar en toda mi gente.

Semanas después del parto, cuando ella parecía físicamente más fuerte, me abandonó dejándome únicamente una fría nota sobre la encimera de la cocina a modo de despedida.

Jake, lo siento, pero ya no puedo seguir contigo. De verdad lo intenté, creí que podría hacerte feliz, pero no es así. Quise engañarme con el cuento de que tú y yo éramos almas gemelas, la pareja perfecta del otro. Y fue un terrible error.

Espero que algún día puedas perdonarme por todo este desastre, pero sobre todo, espero que encuentres a quién sí pueda amarte como te lo mereces.

No me busques, no pienso regresar. Vuelvo con los míos, a donde pertenezco y donde mi corazón siempre ha estado.

R.

Así de frío y escueto, pero no por eso menos doloroso. Aún recordaba perfectamente cada palabra de esa nota. La había leído miles de veces, hasta que el papel terminó tan arrugado que empezó a deshacerse.

En un tris me había quedado sólo, hundido en un abismo negro de profunda amargura y dolor. Creí que al fin había alcanzado la felicidad y en menos de un suspiro perdí a la mujer que amaba, a mi hijo y nuestro radiante futuro juntos.

Parpadeé sorprendido al darme cuenta que ya estaba en casa. Había estado tan metido en mis pensamientos que no me había dado cuenta que prácticamente había conducido como en una especie de “piloto automático”.

Metí la camioneta en el garaje antes de entrar a la casa. Esa noche habría una buena nevada y si no quería tener problemas con el motor o los frenos, era mejor que guareciera bien mi pick-up.

Seguía viviendo con mi padre, puesto que era un hombre mayor y enfermo. No le había encontrado caso mudarme de ahí, puesto que había seguido soltero durante esos años y no había contemplado la posibilidad de cambiar la situación. O por lo menos así había sido hasta hace un par de semanas atrás.

Metí la llave en la cerradura y entré al cálido interior de mi casa. El taller iba bien y aún cuando no era precisamente millonario, ganaba lo suficiente como para hacerle algunas mejoras al viejo inmueble. La última había sido la instalación de un nuevo sistema de calefacción. No era que yo lo necesitara particularmente (con facilidad podía andar sin camisa en pleno invierno) pero los huesos reumáticos de papá sí. Las bajas temperaturas eran terribles para él.

Como todos los días, me encontré con la lámpara de la sala encendida y un plato con la cena sobre la encimera, listo para meterlo en el horno de microondas en cuanto llegara a casa. Todo gracias a mi hermana Rachel, que se pasaba algunas horas ahí para cerciorarse que papá estuviera bien.

–¿Jacob? –pronunció mi padre con voz fuerte pero algo amodorrada, desde su habitación. Aunque Rachel se encargaba de que a más tardar a las ocho de la noche él ya estuviera metido en la cama, papá pedía que la puerta de su habitación se quedara entreabierta para poder escuchar cuando yo llegara a casa.

No es que quiera vigilarte como un chiquillo, sólo es que soy tu padre y no puedo dejar de preocuparme por ti”, había dicho papá a modo de explicación.

–Sí papá –respondí con calma mientras introducía el plato de la cena en le refrigerador y después sacaba una lata de cerveza. No tenía apetito en lo absoluto, y después de lo sucedido, sentía la necesidad de un trabo bastante fuerte.

No es que fuera aficionado a la bebida particularmente, pero de vez en cuando una cerveza servía para relajarme. –Ya llegué a casa, vuelve a dormirte.

Papá murmuró algo parecido al “buenas noches” y un par de cosas más. Sinceramente no le presté demasiada atención; mi mente estaba en otro lado.

Me dejé caer torpemente sobre una de las sillas del pequeño comedor de la cocina, la cual estaba sumida en una especie de semi-penumbra. Abrí la lata de una Coors Light y empecé a darle largos tragos a la bebida mientras contemplaba la negra noche a través de la ventana.

Sabía que tenía que reunir a los chicos y contarles las nuevas. Imaginé el desagrado con el que recibirían la noticia de que los Cullen y sobre todo Nessie, estaban de vuelta en el pueblo.

Había pasado ¿cuánto?, ¿un año?, desde la última vez que nos habíamos transformado en lobos. Lo cierto es que desde que ella se había marchado, la necesidad de entrar en fase había sido cada vez menor para el alivio de los chicos. Claro, la mayoría ya tenían familia, hijos y la idea de quedarse eternamente jóvenes, viendo cómo sus seres queridos iban muriendo, no era precisamente atractiva. Incluso había quien deseaba fervientemente que el destino de sus hijos no fuera el de un lobo como nosotros. Sabía muy bien que la marcha de Nessie había sido un alivio para todos, porque eso significaba que ya no tendrían que estarse convirtiendo constantemente y, a la larga, llegaría el momento en que dejaríamos de entrar en fase lo suficiente como para envejecer y dejar que el paso del tiempo tomara su curso natural.

¿Por qué había tenido que regresar? ¿Por qué tenía que haber vuelto precisamente con él?

Apreté la lata vacía y prácticamente la convertí en una bola de aluminio. Casi con descuido, la arrojé directamente al bote de la basura y me paré para sacar otra lata del refrigerador.

Sabía que debía concentrarme en el hecho de que Leah y Charlie habían desaparecido misteriosamente, y dado lo que me habían contado los Cullen durante nuestro encuentro en casa del jefe Swan, todo apuntaba a que los Vulturis habían regresado a la carga; y una vez más, los quileutes terminábamos implicados en la guerra entre dos clanes de vampiros.

También era consciente de que debía ponerme a investigar el asunto ese de las fotos publicadas en la revista. Nunca me había sentido particularmente atraído por esa clase de lectura, por eso no me había enterado de nada sobre el asunto, pero aún así, alguien de la reserva probablemente sí lo había visto entonces, ¿por qué no me habían advertido?

Tal vez porque saben lo que ella ha significado para ti”, respondió mi voz interior.

Resople molesto. Ello no habían lanzado ninguna acusación directa, pero yo no era ningún tonto y podía leer entre líneas: realmente creían que alguien de la tribu había estado detrás de las fotos. Y era hasta cierto punto lógico llegar a esa conclusión; las fotos de las que habló Renesmee eran las mismas que estaban en un par de álbumes que había guardado junto al resto de sus cosas, en un par de cajas que había terminado amontonando en el garaje de la casa. ¿Quién podría estar detrás de esto? Era una incógnita, pero de ninguna manera podía creer que alguno de los míos me hubiera podido traicionar de esa manera.

Tal vez alguien se había enterado de lo que estaba sucediendo en Nueva York y había reconocido a Nessie. Y tal vez ese alguien había encontrado con la forma de ganarse un dinero extra a costa nuestra. Incluso se podía pensar que ese alguien también estaba detrás de la desaparición de Leah y Charlie.

–Imposible… –murmuré mientras movía ligeramente la cabeza en forma negativa. Le di un buen trago a la fría cerveza. Claro que era imposible porque si era la misma persona quien estaba involucrada tanto en las desapariciones como en las fotos publicadas en la revista, y si mis sospechas fueran ciertas, ese alguien estaría relacionado con los Vulturis. ¡Y era imposible que un Vulturi pudiera haber estado en la reserva pasando completamente desapercibido!

Vacié de un último trago lo que quedaba de cerveza antes de ponerme de pie. Debía llamar por teléfono a los demás y convocar una reunión de inmediato.

Descolgué el teléfono y mientras marcaba las teclas del número de la casa de Paul y Rachel, observé el exterior por la ventana. La nieve empezaba a caer con más ritmo e imaginé que la temperatura ya habría bajado por lo menos unos cinco grados más. Eran pasadas las diez de la noche, la mayoría ya estaría en cama con sus esposas, e incluso algunos ya estarían dormidos. Rachel me mataría por sacar a Paul de casa a esas horas y después de un agotador día de trabajo.

Colgué el teléfono, sin terminar de marcar el número. Tenía qué pensar bien las cosas, tratar de darle un enfoque imparcial a la situación. Pero sobre todo, tenía que encontrar las palabras adecuadas para decirles que los Cullen al completo regresarían al pueblo y que era importante que no se lanzaran sobre ellos. La tregua seguía en pie, a pesar de lo que Nessie había hecho con Claire.

Y también, tenía qué pensar en lo que iba a decirle a Emma….

–¡Diablos! –maldije mientras me rascaba la frente en gesto nervioso.

Emma había sido un increíble apoyo durante estos años, ¿cómo decirle que ella había vuelto? Claro, con la naturaleza apacible que poseía, era impensable que Emma pudiera hacerme una escena, pero yo sabía que el regreso de Nessie podía hacerle daño.

Volvía preguntarme una vez más, ¿por qué ella tenía que haber regresado? Y justamente ahora, que mi vida al fin parecía normal; justo ahora que había estado dándole vueltas a la idea de pedirle a Emma que se casara conmigo.

Emma había sido mi amiga desde niños, la conocía tan bien y no sé… después de tantas cosas, creí que lo más natural era estar juntos. Ella era afín a mí en varios sentidos, comprendía quién era yo y lo que significaba ser el líder de la manada. Conocía mi mundo (no por que yo se lo hubiera contado, sino que se había enterado de forma accidental años atrás) y aunque jamás pidió una explicación, lo respetaba y sabía que era algo inherente a mi herencia quileute. Ella era increíblemente tímida y durante nuestra infancia, más de una vez tuve que defenderla de los bravucones que se reían por su forma de ser y por las horas que pasaba entregada a los libros. Se podía decir que Emma había sido una especie de “niña genio”, de la que sus padres estaban orgullosos. Incluso, a los 15 años consiguió una beca para entrar a la Escuela de Medicina de Stanford.

Cuando ella se fue, justo entró en mi vida Bella Swan y de ahí…. mi vida jamás fue la misma. Perdí todo contacto con Emma, pues nuestras vidas habían tomado un rumbo completamente distinto. Y de alguna forma, el destino nuevamente nos cruzó aquella noche, cuando Sam y los demás perdieron la vida; nunca se nos pasó por la cabeza que Sam decidiera nombrarnos a ella y a mí tutores de sus hijos. Algo realmente sorpresivo para todos, ya que dábamos por hecho que la responsabilidad recaería en Leah, quien desde la muerte de Emily Uley, había sido prácticamente una madre para sus dos hijos.

Y cuando creían que tal vez yo no volvería a caminar a causas de las heridas que recibí aquella noche, ella estuvo ahí para apoyarme y no dejarme caer. Jamás permitió que me dejara llevar por la autocompasión, jamás permitió que me sintiera derrotado o que tirara la toalla. Era inflexible y me presionaba hasta el límite, hacía que resurgieran fuerzas en mí cuando creía que ya no podía más; eso sí, jamás se mostró cruel.

–¡Vamos, Jacob! Tú puedes hacerlo… eres mucho más duro y fuerte que esto. No necesitas mi compasión ni la de nadie más, porque no eres un patético pelele que se da por vencido ante la adversidad. Tú pues hacerlo, tú puedes levantarte de esa silla si tú así lo quieres.

Una y otra vez me repetía esas palabras durante las largas y dolorosas sesiones de rehabilitación. Ella no se encargaba de mis terapias, pero siempre estuvo ahí para apoyarme. Y se lo agradecí, porque era la única que no me veía con ojos de angustia y desolación. Ella no era como los demás, que decían “No te preocupes, todo va a salir bien. Ya lo verás”, mientras en sus ojos se leía que no creían en sus propias palabras. Emma siempre tuvo fe en mí, y se lo agradecí.

Incluso, se podría decir que empecé a sentirme verdaderamente cercano a ella. Y tal vez las cosas hubieran dado para más si Nessie no hubiera decido volver y luchar por lo nuestro, o al menos así había dicho ella. Fuera como fuera, el hecho es que cualquier indicio de algo entre Emma y yo murió en el acto, pues ¿cómo fijarme en ella cuando la mujer de mi vida estaba dispuesta a pasar el resto de la suya al lado mío?

Llegué a creer que eran figuraciones mías, pues Emma jamás dio muestras de un corazón herido. Siempre tímida, siempre callada, pero aún así siguió mostrándome su amistad. Incluso, llegó a ser una especie de confidente, cuando las cosas entre la manada no estaban bien a causa de la presencia de Nessie. A Emma podía contarle todo esto, pues lo último que deseaba era preocupar a mi mujer con esas cosas; de por sí ya la estaba pasando bastante mal con el embarazo como para cargarle más mortificaciones por la tensión con los chicos.

Nunca le conté el secreto en torno a Renesmee y su familia, pero Emma era lo bastante inteligente para deducir que había algo inexplicable alrededor de los Cullen.

Jacob, recuerda que amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos hacia el mismo lado. Y mientras sea así entre ustedes, los demás se darán cuenta que sus recelos no tienen razón de ser. La aceptarán y toda esta tormenta será apenas un mal recuerdo.

–¿Realmente lo crees?

–Sí.

–¿Por qué?

–Porque tú, Jacob Black, no podrías amar a una mujer que no valiera la pena luchar por ella.

Y cuando mis sueños me explotaron en la cara, Emma estuvo ahí. Luchó por salvar la vida de mi hijo, luchó para evitar que Nessie muriera y después, incluso peleó porque yo no me dejara arrastrar por la desesperación cuando ella se fue. Sí, durante estos años Emma se convirtió en una especie de roca para mí, una amiga incondicional sin esperar nada a cambio.

Apenas meses atrás decidí darme una oportunidad con ella. ¿Por qué no hacerlo si nos conocíamos de tanto tiempo? Ella me conocía aún en mis momentos más negros e incluso compartíamos la responsabilidad de educar a los hijos de Sam. Yo ya había perdido la esperanza de que Renesmee regresara, supuse que era momento de continuar con mi vida o lo que quedaba de ella, y Emma parecía la mejor opción.

Tengo que ser honesto, principio me costaba un mundo no comparar a Emma con Nessie, aún en el más mínimo detalle. Sabía que era una bajeza pero no podía evitarlo, y para colmo, Emma siempre salía mal parada en esas comparaciones. Estaba mal, era consciente de ello pero, era difícil tener a tu lado a tu alma gemela y perderla. Por muchas bondades y virtudes que poseyera Emma, siempre sería un premio de consolación ante lo que había perdido.

Y poco a poco, de alguna forma, dejé de compararlas y empecé a preciar los pequeños detalles que hacían a Emma especial. Había empezado a encontrar encantadora la forma en que se mordía el labio inferior cuando había algo que le preocupaba, o la forma en que jugaba con la montura de sus lentes cuando estaba concentrada en algún caso médico. Era excelente con sus sobrinos, Sam jr y Mary, y con respecto a nosotros, no se mostraba exigente o posesiva. Era dulce y afable, pero eso no significaba que fuera una blandengue o que le faltara carácter. Podía llegar a ser realmente inflexible cuando era necesario.

Sí, había empezado a apreciar esas cualidades. Y por eso, había estado dándole vueltas al asunto de proponerle que nos casáramos. ¿Por qué no? No nos iba tan mal juntos, sus sobrinos me querían y yo a ellos, y… no sé, ella de alguna forma me daba paz y serenidad. Había sido insufrible después de que Nessie me dejara, no sé cómo le hizo Emma para aguantar mis momentos de depresión seguidos de estallidos de cólera.

Papá parecía contento con mi relación. Incluso una vez me dijo que al fin me había fijado en la mujer indicada, una que comprendía quién era y no me exigía hacer sacrificios inútiles.

Sí, yo creía que al fin tenía mi vida normal, que por fin había empezado a asentarme y que estaba listo para seguir adelante. Oh, pero es que la vida es una maldita bruja traicionera, capaz de borrar todos tus planes de un plumazo.

El regreso de ella, de Nessie, lo cambiaba todo. No podía mentirme, verla de nuevo había sido como recibir un golpe seco al corazón. Aunque había puesto mi mejor máscara de frialdad y había tenido que emplearme a fondo para controlar mis impulso, lo cierto es que verla había supuesto poner mi mente y mis sentimientos de cabeza.

Ella había cambiado tanto. Estaba demasiado delgada, su cabello cobrizo antes largo, ahora apenas era una melena rubia platinada. Las ojeras debajo de sus tristes ojos mostraban el cansancio.

Si estaba con él, ¿por qué se veía en ese estado? Claro, durante la charla ella había mencionado su estadía en Nueva York y el lío en el que se había visto envuelta con la muerte de un tal Jordan. Ella no aclaró y yo no quise saber la naturaleza de esa relación, pero era algo que no me cuadraba. ¿El tal Jordan habría sido una especie de venganza contra algo que el vampiro le había hecho? ¿O había sido algo meramente circunstancial? ¿Él la trataría bien? ¿Habría sido capaz de darle la felicidad que no pudo encontrar conmigo?

Estaba seguro que cuando ella me dejó, lo hizo para irse con él. Stanislav Masaryk, ex miembro de los Vulturis y el primer hombre con el que se acostó…

No pude evitar rechinar los dientes. Sí, yo sabía quién era él, aún y cuando jamás nos habíamos encontrado frente a frente antes de esa noche. Yo sabía que había dejado una huella profunda en la vida de Nessie, en su corazón, en su mente. Sí, lo había descubierto de la forma más dura, cuando ella dormía y, a pesar de haber estado en mis brazos, susurraba con desesperado anhelo su nombre.

Trataba de pensar que todo era producto de sus pesadillas, que era algo de su inconsciente que no podía controlar. Cuando soñaba con él, a la mañana siguiente ella parecía no recordar nada y se mostraba amorosa conmigo. Sí, quise convencerme de que no significaba nada, pero un día no pude más, y cuando ella susurró su nombre entre sueños, tomé su mano para posarla en mi mejilla. Y ahí lo vi, vi sus sueños, sus recuerdos o una mezcla de ambos. Y entendí que no eran pesadillas, sino algo mucho más profundo que podía siguiera imaginar.

¿Y que hice yo? Nada, ignorarlo y aparentar que todo estaba bien, impulsado por mi orgullo y mi egoísmo. Ella había decidido estar conmigo, ella llevaba a mi hijo en sus entrañas, ella decía que era a mí a quien amaba, así que ¿para qué echarlo a perder?

A la distancia, puedo ver que fue un error. Sí, un cobarde error al querer eludir las cosas importantes, aquello que no hacía más que agregar piedras en nuestro camino. Aunque yo no fui el único que le dio la vuelta a los asuntos importantes. Ella jamás quiso tocar el tema de Bella y yo.

–No quiero saberlo, no necesito saberlo… Pensar en ti y en mamá, aunque no hubieran… No, no puedo hablarlo sin que me estremezca y... ¡yiuk! Porque por donde lo vea, si papá no hubiera aparecido, entonces tú… ¡yiuk! ¡yiuk!. –Así se había negado una y otra vez cuando quise tocar el tema. Supongo que eso le dio poder para evadir el tema de Stanislav.

Y ahí estuvo él, como una sombra en nuestra relación. Era una almohada para tres, que tratábamos de ignorar, pero que cada vez iba haciéndose más fuerte, más presente entre nosotros.

Por eso siempre tuve la certeza de que me había dejado por él. Y el encuentro en casa de Charlie no hizo más que confirmar mis sospechas. Y dolió, claro que sí; fue como si me abrieran en carne viva. Verla trajo muchas cosas a mi mente, a mi cuerpo… ¿qué iba a hacer con ellas? Mi Nessie me había sacado de su vida.

Mi Nessie. ¡Que tonto era al pensar así de ella! Nunca había sido mía y jamás lo sería. Incluso, me aferraba a pensar en ella, a llamarla “Nessie”, cuando lo cierto es que ella me había pedido que ya no la llamara así, “Eso suena más propio para una niña, y yo ya no lo soy.”, me había dicho. Pero es que yo quería pensar que había vuelto a ser la misma que era antes de que fuera secuestrada. Pero aquella vez que fue a verme al hospital, después del enfrentamiento con los Vulturis, pude detectar que algo había cambiado en ella. Cuando volvió a mi, quise creer que todo podía volver a ser como antes de que todo se torciera para nosotros. A pesar de nuestros anhelos, no podemos ignorar la realidad, porque si intentamos hacerlo, al final terminará por explotarnos.

Tomé una decisión de inmediato, sin detenerme a pesarlo mucho. Agarré las llaves de la casa y sin hacer mucho ruido para no despertar a mi padre, salí en plena nevada; total, a donde me dirigía no estaba lejos.

No tenía frío, pero aún así era incómoda la forma en que la nieve caía sobre mí. Decidí acelerar un poco más el paso, aún cuando mis pies se hundían torpemente entre la nieve.

En un par de minutos llegué a la que alguna vez fue la casa de Sam y Emily Uley, y que ahora era ocupada por Emma y sus sobrinos. Por un momento dudé en llamar o no a la puerta, pues los niños de seguro ya estarían en la cama y no deseaba despertarlos; incluso, Emma podía estar dormida ya. Aunque los fines de semana acostumbraba quedarme a dormir con ella, cuando me llamó hacía rato, de laguna manera había quedado implícito el que esa noche no iría a verla.

Aún así, al final terminé por llamar a la puerta con la mayor suavidad posible. Pude escuchar ruido al otro lado de la puerta y en el fondo recé porque hubiera sido Emma y no alguno de los niños quien hubiera escuchado mi llamado.

–¿Jacob? –Abrió la puerta con cuidado, después de observar por la mirilla. Al parecer, aún no se había dormido, aunque ya llevaba puesta un pijama de franela a cuadros azules y grises. Su largo cabello negro, que me recordaba a las alas de un cuervo, lo llevaba recogido en una coleta, a la vez que todavía traía puestos sus lentes de montura negra. Supuse que habría estado leyendo.

–Hola Emm..

–¿Qué pasa? –noté cierta preocupación en su voz.

–¿Puedo pasar? Hay algo que debemos hablar.

–Sí, adelante. –pronunció mientras se hacía a un lado para dejarme entrar al interior de la casa.

Respiré hondo, dudando si después de todo, sería buena idea soltarle lo que tenía que decir.

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