Disclaimer

Nombres y personajes de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer (menos los que no salieron en la saga original). Lo único mio es la historia que va uniendo a tan maravillosos personajes.
Esto es un homenaje a una de mis sagas favoritas, sin fines de lucro, por mera distracción.
Mostrando entradas con la etiqueta Jacob Black. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jacob Black. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de noviembre de 2021

ZURICH

 

 

Había creído que no volvería a ver un amanecer, que mis ojos se cerraría con la última campanada del Año Viejo.

Pero aquí estaba yo, sentada sobre una fría banca de piedra en el patio trasero de la casa que nos había conseguido tío Jasper en Zurich, Suiza, a mitad de la madrugada, envuelta en la oscuridad y el gélido clima que calaba hasta los huesos.

Sí, dentro de los mil y un resultados posibles que pudiera haber imaginado que sucederían después de nuestra pelea contra los Vulturis, jamás imaginé que estaría sentada un 3 de enero, congelándome el trasero en el patio del número 46 de la calle  Kurhausstrasse mientras fumaba el que juré sería el último cigarrillo de mi vida.

Los últimos días habían sido como un borrón en mi memoria, a veces tenía retazos de recuerdos de lo que había pasado desde que salimos prácticamente volando de la destrucción del centro de Volterra (se le había pasado bastante la mano al socio de tío Emmett, Alejandro, con eso de los explosivos) hasta que llegamos en un vuelo privado a Zurich y metimos al abuelo Charlie al Hospital Universitario.

Recuerdo el cuerpo de mi abuelo contorsionándose de dolor, sufriendo por el veneno de Aro; recuerdo también, la frenética carrera por detener su conversión… había sido un caos: mamá gritando, debatiéndose entre el deseo egoísta de dejar que mi abuelo se convirtiera y nunca perderlo, o evitar que se convirtiera en algo que probablemente detestara una vez que abriera los ojos. Y luego, la decisión de quién detendría el avance del veneno en el torrente sanguíneo del abuelo, quién se encargaría de beber la sangre contaminada.

Ni mamá ni yo tuvimos el estómago de hacerlo, papá no estaba seguro cómo se tomaría el abuelo saber que Edward Cullen había bebido de él (a pesar de tanto tiempo, los bonos de papá no eran precisamente los más altos con su suegro); así que al final había sido mi Stan el encargado de evitar la conversión de Charlie.

–Realmente, no conozco a tu abuelo –me había dicho después de que había logrado retirar toda la ponzoña Vulturi –Es más sencillo pensar en él como un extraño cualquiera y así beber de su vena.  

Di la última y larga calada al cigarro, reteniendo el humo en mis pulmones hasta que sentí el ardor en el pecho y la garganta; el dolor me hacía sentir viva, reafirmándome que habíamos logrado salir con vida de Volterra.

–Creí que ya no ibas a volver a fumar… tvrdohlavá žena

La voz de Stan me sacó de mis pensamientos, al tiempo que soltaba el humo que había estado reteniendo. Al verlo y olerlo, mi vampiro checo frunció el ceño con desagrado

–Es el de la despedida –pronuncié con una ligera sonrisa ladeada –Me lo merecía, después de la locura de estos días, me lo tengo ganado.

Stan negó con la cabeza, encogiéndose de hombros. Sabía que no había mucho sentido discutir conmigo por una tontería así.

–Deberías volver a la cama. No has dormido nada en los últimos días. –Dijo con suavidad, mientras se acomodaba a mi lado en el banco antes de levantarme y dejarme sobre su regazo. No me había percatado que traía una frazada bajo el brazo hasta que me envolvió en ella, proporcionándome un cálido refugio.

–No puedo conciliar el sueño –un profundo suspiró escapó entre mis palabras, mientras apoyaba mi mejilla en el hueco entre su hombro y cuello –Empiezo a caer dormida y mi corazón empieza a latir como si fuera un colibrí atrapado en mi pecho. Es como si mi cuerpo se pusiera alerta, porque si cierro los ojos, puedo despertar y darme cuenta que realmente no vencimos a Aro, que todo fue un sueño y estamos atrapados por los Vulturi

–Estás a salvo, Můj anděl, nadie volverá a aterrorizar tus sueños. Todos estamos a salvo.

 La Señora… –no pude evitar que un escalofrío recorriera mi espina dorsal mientras pronunciaba quedito su nombre. Recordaba perfecto que prácticamente le había prometido depositar mi vida en sus manos en el momento que ella quisiera a cambio de que no nos retirara su apoyo al borde de la pelea en Volterra

–Nadie –Stan me obligó a sentarme recta, posando su mano bajo mi barbilla, obligándome a enlazar mi mirada a la suya –absolutamente nadie, ni monstruo, ni humano, jamás volverá a romper tu tranquilidad. No lo permitiré.

»Este es el inicio de nuesto “vivimos felices para siempre”. No pienso permitir que te conformes con menos, que vuelvas a vivir con miedo.

–Stan… –me abracé a él, rodeándolo por el cuello, deseando fervientemente que así fuera, que ninguna otra oscuridad se cerniera sobre nosotros, amenazando nuevamente aquellos a quienes amamos.

Milagrosamente, no habíamos perdido a nadie de la familia; solo los rumanos y una Erinia habían caído ante la guardia Vulturi… y claro, Leah. Al parecer, había muerto al interponerse entre un Vulturi y Seth, salvando a su hermano de la letal mordida del vampiro. El cielo me perdonara, pero realmente no me sentía triste por ninguna de esas pérdidas. A los tres vampiros no los conocía realmente, y su adición a nuestro grupo había sido más por sus intereses que por “amor” a nosotros.

En cuanto a Leah… ella había ocasionado todo este desastre. Y realmente quería ser empática, tratar de entender que un corazón roto te lleva a hacer demasiadas locuras, yo podía dar testimonio de ello, pero no podía perdonarle haber expuesto a un inocente, al abuelo Charlie, con tal de llevar a cabo su venganza. Lo sentía mucho por Seth, porque estaba destrozado con la muerte de su hermana, sin saber cómo enfrentar el dolor de su madre, quien estaba a miles de kilómetros de distancia sobrellevando la pena, sola.

Me avergonzaba no poder sentir pena por ella, y tal vez pareciera una perra sin corazón, pero este desastre empezó gracias a ella. Si no hubiera movido los hilos para sacarme de mi escondite de la manera que lo hizo,… ¡Demonios! No se debe hablar mal de los muertos, pero yo distaba mucho de ser perfecta. Tal vez fuera la parte vampírica en mí, la que me hacía guardar un intenso rencor difícil de diluir.  

Sacudí ligeramente la cabeza, esforzándome en alejar esos pensamientos de mi cabeza, mientras que lentamente soltaba mis brazos alrededor de Stan, volviendo a acurrucarme entre sus brazos, el único lugar en el que me sentía segura y en paz.

–¿Sabes si hay alguna noticia de Charlie? –pregunté, cambiando un poco el tema

–Ninguna desde la última que nos dieron ayer por la tarde. –sentí los labios de Stan posarse en un ligero beso en mi coronilla –Pero él estará bien; los doctores le dijeron a tus padres que le empezarían a retirar los calmantes, en unos días despertará del coma inducido.

Dada la gravedad de las heridas del abuelo, y su historial de cardiopatías, los médicos habían acordado mantenerlo sedado para darle tiempo a su cuerpo a mejorarse. La familia había tenido qué inventar un montón de mentiras y pagar otro tanto de dinero para evitar las preguntas y asegurar la mejor atención que mi abuelo pudiera recibir. Mamá se había negado a abandonar su lado, así que le habían acondicionado una habitación en el hospital, cerca del abuelo. Quería quedarme con ella, pero de la manera más dulce y enérgica, me había mandado a casa a dormir. Y les había ordenado a Stan y a papá que se aseguraran de que así fuera.

–No sé qué va a pasar cuando el abuelo se despierte –me mordí el labio, nerviosa –tanto qué explicar, y no sé si él…

–Él te seguirá amando como desde el primer día –Stan interrumpe mi retahíla nerviosa, sabiendo a qué me refería.

–¿Lo crees?

–Lo sé.

–¿Cómo es eso?

–Porque, ángel mío, así fue conmigo. Te he amado desde el primer momento,  nunca dejé de hacerlo y jamás dejaré de amarte.

Enderecé mi posición, hasta que mis ojos quedaron prácticamente a la altura de los suyos. Respiré profundo, llenándome los pulmones no solo del frío aire, sino del dulce aroma tan característico de Stanislav Masaryk, mi vampiro, mi alma gemela… mi marido hasta mi último aliento en esta tierra.

–Te amo –dije mientras atrapaba su rostro entre mis manos. Recorrí con el pulgar derecho su labio inferior, maravillándome de la suavidad de su piel. –Para siempre… para esta vida y la que sigue.

–¿Recuerdas lo que te dijo la adivina en Volterra? –Stan acercó su rostro aún más al mío, hablando en un bajo susurro, provocando mi boca con la suya, anticipando el contacto. Sentí que mi sangre empezaba a correr elevando su temperatura, sintiendo un agradable calor que empezaba a expenderse de mi pecho hacia el resto de mi cuerpo.

–Aja... –apenas si pude jadear esa brevísima respuesta, más concentrada en lo que estaba pasando entre mi cuerpo y el de Stan que en hacer memoria de eventos del pasado. Parecía algo tan lejano, como si hubiera sido en otra vida.

–Sibila –recordó el nombre nos había sido develado por la Señora, así como el hecho de que también era una mestiza, como yo –Ella dijo que éramos destinos enlazados desde siempre, sin un fin

No tenía idea a dónde quería llegar, y bien podría decirme que Sibila me había recitado en el alfabeto en gaélico y le hubiera la razón, con tal de que guardara silencio y me besara hasta quitarme el aliento.

Desesperada por sentir su sabor en mí, y más esclava de mis deseos que de mi conciencia, me abalancé sobre él, necesitando de su contacto, de sus caricias… no habíamos podido estar juntos en los últimos días, así que mi cuerpo empezaba a protestar por la abstinencia de Stan.

En algún lugar muy profundo y recóndito de mi cabecita, una vocecita intentaba hacerme recordar que estaba a la intemperie, que mi padre, mi ex y el mejor amigo de mi ex estaban dentro de la casa y que sería muy bochornoso si alguno de ellos nos atrapara haciendo el amor sobre la banca.

Chci vás. Potřebuji tě... Potřebuji být v tobě, cítit v tobě, zemřít a znovu se v tobě narodit…

Su tono tan bajo, su urgencia, sus labios en mi cuello y sus manos por mi cuerpo, era imposible no sentir que me derretía por él. Prácticamente soldé mi cadera sobre la de él, enterrando mis manos en su cabello, ofreciéndole mi cuello, mi vena… cerré los ojos, sintiéndome libre, salvaje, como no lo  había hecho durante mucho tiempo.

Ejem… ejem…

Así, con los ojos cerrados, lo único que me permitía era sentir sus caricias y el retumbar alocado de mi corazón.

Mío, mío” gritaba cada parte de mi cuerpo, reclamándolo, dando gracias porque que había regresado a mí, y prometiéndole al cielo jamás dejarlo ir.

Y sabía que Stan sentía lo mismo, pensaba lo mismo… nuestro sellamiento era completo, éramos capaz de sentir al otro, una conexión no sólo física, sino que iba más allá de lo que cualquier pudiera entender.

Un fuerte silbido, seguido de unos enérgicos “¡Renesmee!, “¡Stanislav!” bastaron para sacarnos de nuestra pequeña y caliente burbuja que habíamos creado.

Sabía muy bien a quién pertenecía esa enojada voz. Y no quería abrir los ojos, oh no.

Re-nes-mee –Papá no necesitó gritar, el bajo y apretado tono de su voz era más que suficiente para hacer que un pelotón completo se cuadrara en posición.

Con toda la dignidad posible, me acomodé rápidamente la ropa bajo la manta, que gracias a Dios, todavía nos cubría a Stan y a mí. A velocidad del rayo, me puse de pie, quitando la suave manta de mis hombros y dejándola a un lado de la banca.

Tosí ligeramente, intentando aclarar mi garganta para que las palabras me salieran lo más firmes posibles.

–¿Nos buscabas, pa? –me puse de pie, consciente de la mirada asesina que mi padre le lanzaba a Stan, y de que mi cara había adquirido por lo menos unos siete diferentes tono de rojo.

–Es hora de que los chicos se vayan – por “chicos” entendí que se trataba de Jake y Seth. Al parecer, tío Jasper había logrado echar andar su magia de billetes y al fin había arreglado el vuelo privado que llevaría a los Quileutes de regreso a casa. Y eso implicaba que también había logrado recuperar el cuerpo de Leah. –Creí que tal vez querrías decirles “adiós”.

Me mordí el labio con aprehensión, pero sabía que era lo justo y lo correcto. Era el momento de darle un cierre a una historia que había traído bastante dolor.

Asentí ligeramente y enfilé mis pasos al interior de la casa, preparándome para pronunciar el “adiós” que no dije tantos años atrás.

–Será mejor que te quedes aquí, Stanislav –pronunció mi padre, deteniendo el paso de Stan.

Giré el rostro al tiempo que Stan se preparaba para contradecir la orden de mi padre, quien ni siquiera lo dejó pronunciar palabra al soltarle un seco: –Te caería bien un rato en el frio, necesitas bajar el “ánimo” después de… –soltó un violento resoplido, como el de un toro  detectando algo rojo – y tal vez deberías de cubrirte con la manta que ha dejado mi hija, mi cordura te lo agradecería.

Sentí la cara arder, luchando entre la mortificación y soltar una risa nerviosa antes de entrar a la casa; algún día, sería capaz de reírme de la situación de “la gran casa de campaña dentro de los pantalones de Stan y la ira de mi padre”. Pero ahora tenía algo importante qué hacer.

 

 

 

Observé a través de la alargada ventana que daba del recibidor a la calle, cómo se alejaban las luces traseras del automóvil que llevaban a Jake y a Seth hacia el aeropuerto. No pude evitar que una solitaria lágrima se deslizara por mi mejilla. Decir “adiós” nunca había sido mi fuerte, y menos cuando en mi corazón sabía que esta vez era el definitivo.

Mi amor por Stanislav no quitaba el hecho de que Jacob Black siempre ocuparía una parte importante y especial en mi corazón. No era el hombre de mi futuro, pero lo había sido de mi pasado.

Habíamos compartido una historia de amor, corta y trágica, pero también con destellos de radiante felicidad. Y por eso, deseaba que fuera feliz, que lograra tener todo lo que merecía y necesitaba al lado de Emma.

“–La impronta dice que seremos aquello que el otro necesita: un amor, un amigo, o un aliado – me dijo antes de salir por la puerta, de regreso a América –pero creo que en nuestro caso, lo que necesitamos es saber que el otro es feliz. Que nuestros corazones han sanado y podemos seguir adelante.

»Así que dime, pequeña Nessie, ¿lo eres? ¿Eres feliz? ¿Tanto que ya no necesitas correr para sentirte libre?

Sus palabras me sacudieron, dándome cuenta que tenía razón. Había corrido toda mi vida, siempre encontrando un pretexto tras otro para no quedarme en un solo lugar, sin darme tiempo a sentir pertenencia.

Encontré mi lugar, mi corazón… soy libre al fin. – mi voz sonó con emoción, al darme cuenta que era verdad. Ya no sentía el miedo que me hacía huir, había llegado a donde mi corazón podía echar raíces, libre de cualquier remordimiento o de algún necio sentido del deber. Era libre para decidir, para amar. –Así que sí, soy completa y estúpidamente feliz.

Ambos esbozamos una suave sonrisa, felices el uno por el otro, quitándonos una pesada lápida de amarguras. Sin pensarlo mucho, nos fundimos en un abrazo, uno que contenía tantas emociones y sentimientos compartidos, de una historia de cuando uno él era protagonista de la vida del otro.

Hermano, el chofer dice que hay que salir ya – la monótona voz de Seth rompió nuestro abrazo. Me dolía verlo así, como un autómata, con un vacío en la mirada que me recordaba al mismo que tenía tío Emmett cuando perdimos a la tía Rose. Esperaba que una vez que regresara a la reserva, junto a su madre y el resto de la manada, pudiera encontrar la manera de sanar.

Me despedí de ellos, segura que sería la última vez que los vería.

La vida es larga, y el mundo es pequeño… tal vez algún día nuestros caminos vuelvan a toparse

Asentí mientras veía como Seth salía, despidiéndose con un pequeño gesto con la cabeza. Cuando Jake estaba a punto de salir por la puerta, pronuncié:

Cuídalo por mí, Jake. –Jacob frunció el ceño un momento, no entendiendo –Y la próxima vez que visites a nuestro Isaiah, llévale un ramo de “No me olvides” y dile… dile que su mamá lo ama, siempre.

Los ojos de Jake se volvieron vidriosos al escuchar mis palabras; supuse que la emoción no lo permitía emitir palabra alguna, ya que simplemente asintió con la cabeza.

Con un profundo suspiro, atravesó la puerta, listo para subir al automóvil que los llevaría al aeropuerto privado a las afueras de Zurich. El viaje de 11 horas los esperaba, y con la diferencia horaria de nueve horas menos, esperaban llegar a las 7 de la mañana de Seattle.

Abrió la puerta trasera izquierda del vehículo y antes de subirse, me dedicó una sonrisa ladeada. Cerró suavemente y el automóvil emprendió su marcha. Cerré con suavidad la puerta de la casa, y no pude evitar quedarme viendo mientras se alejaban del lugar.

–¿Estás bien? –Stan me rodeó por detrás con sus fuertes brazos, mientras apoyaba su rostro contra el mío; detecté la preocupación en su voz, así que giré para quedar de frente a él, mientras atrapaba su rostro en mis manos.

–Lo estoy.  Estoy con los que amo, ¿qué más puedo pedir? Y… –Lo que fuera a decir, murió en mis labios al sentir la presencia de mi padre en la habitación contigua a nosotros –Y, creo que es hora que tú, papá y yo solucionemos unas cosas… es hora de empezar nuestro “y vivieron felices por siempre” haciendo las paces con tu suegro.

No pude evitar soltar una risa divertida y poner los ojos en blanco al escuchar el resoplido molesto de Stan y de mi padre. Iba a ser un largo camino antes de que este par se llevaran bien.

No tenía idea cuan largo sería.

lunes, 15 de marzo de 2010

Oferta

Golpeé con firmeza la puerta de madera con los nudillos de la mano derecha. Respiré profundamente mientras esperaba a que abrieran la puerta; pude escuchar los pasos al otro lado de la entrada y por un segundo me pregunté si ella me abriría o se limitaría a fingir que no había nadie en casa en espera de que yo me marchara.

La vieja perilla rechinó un poco al girar, mientras la pesada hoja de pino se abría con lentitud. Ahí estaba ella, con el mismo aire sereno de siempre, pero en lugar de recibirme con una sonrisa suave como acostumbraba cada vez que le visitaba, en esa ocasión su rostro se mostró impasible, limitándose a mirarme parado en el umbral de la casa.

–Jacob…

–Hola, Emm –traté de que mi voz sonara relajada, casual. Pero fracasé en el intento, pues yo mismo detecté el dejo de tensión en ella.

–¿En qué puedo ayudarte? –pronunció con una sonrisa forzada, sin invitarme a pasar. De pronto me sentí como uno de esos molestos vendedores a domicilio o como uno de esos predicadores a los que la gente les cerraba la puerta en las narices.

–Vine a preguntarte si quieres que pase por ti y los chicos para ir a casa de Sue a cenar. Ya sé que con lo de Leah, los ánimos no están como para celebrar la Navidad, pero los niños, bueno, ellos… –me rasqué la cabeza, incómodo. Extrañé la camaradería que había habido entre nosotros hasta hace un par de días; las cosas siempre habían sido tan fáciles con Emma, sin situaciones forzadas ni exigencias tontas. Había sido una buena amiga, apoyo incondicional, una gran pareja… Sí, lo había sido hasta la noche en que Renesmee regresó a Forks.

–No era necesario que vinieras hasta acá para preguntármelo, podías haber llamado por teléfono… Además, ya arreglé que Seth viniera por Sammy y por Mary alrededor de las siete de la noche.

–¿Por qué? ¿No vienes?

–No. Tengo guardia en la clínica.

–Pensé que te tocaría descansar. Me dijo Seth que habías estado trabajando durante 48 horas seguidas…

–Sí, pero por las fiestas, siempre falta personal… Me preguntaron si podía apoyarlos, y bueno… –se encogió de hombros, como quitándole importancia a su respuesta.

Me parecía un tanto extraño que Emma decidiera trabajar esa noche, cuando sabía perfectamente que detestaba perderse las fiestas con los chicos. Cada año era lo mismo, antes de navidad o de año nuevo, trabajaba dos o tres días seguidos para evitar las guardias en esas fechas. Decía que para ella no había nada más importante que pasar esos días con los niños y conmigo, disfrutarlos con aquellos que amas.

–Así que vas a pasar la Navidad en el hospital.

–Ajá.

–Sue y Seth te echarán de menos, al igual que los niños.

–Si bueno, no soy la primera médico que tiene qué trabajar en este día.

Se instaló un breve e incómodo silencio entre nosotros. Emma paseó la mirada de un lado a otro, sin detenerse mucho en mí. Estaba casi seguro que ella deseaba cerrar la puerta y dar por terminado el incómodo encuentro. Pero no iba a permitirlo.

–¿Y si yo no voy?

¿?

–Puedo dejar a papá en casa de Sue y recogerlo después.

Emma esbozó una sonrisa torcida mientras se acomodaba los mechones sueltos de su coleta atrás de ambas orejas.

–¿Crees que decidí trabajar esta noche sólo para no estar cerca de ti? –Pronunció con incredulidad mientras se cruzaba de brazos, en un gesto que se me antojaba un tanto defensivo –Jacob, lamento decirte que mi mundo no gira en torno a ti. Es cierto que no me gusta la idea de no estar con mi familia esta noche, pero es una emergencia.

Comprendí lo egocéntrico y pagado de mí que había sonado al pronunciar esas palabras. Pero no era fácil, no sabía cómo cerrar el abismo que se iba abriendo más y más entre Emma y yo.

–En fin, tengo que preparar las cosas de los chicos antes de que llegue Seth… –Emma empezó a dar la media vuelta, dispuesta a dar por terminada el encuentro un tanto incómodo.

–Emma, espera… –pronuncié mientras la agarraba por el antebrazo, impidiéndole su marcha.

–¿Qué quieres, Jake? –su voz sonaba cansada, como si fuera bastante duro para ella seguir ahí de pie, a mi lado.

–Tenemos que hablar… lo sabes, ¿no?

–¿De qué? No tenemos nada qué decirnos… no viene al caso ahora que ya no estamos juntos.

La miré fijamente y noté cosas que hasta hacía un momento no había detectado, como el aire de tristeza en su rostro, las profundas ojeras, el cansancio con el que caían sus hombros. Pero, a pesar de todo eso, había un brillo en su mirada bastante peculiar, algo que no había estado ahí antes, pero ¿él qué?

–¡Jacob! ¡Emma! ¡Feliz Navidad! –detrás de mí, sonó de repente la anciana voz. Ladeé el rostro, en busca de la dueña del saludo.

–Feliz Navidad para usted también, señora Hawkins. –respondió Emma con rapidez, forzando una sonrisa. Yo, por mi parte, me limité a inclinar la cabeza a forma de respuesta.

Esperé que la anciana siguiera su camino, antes de seguir donde lo habíamos dejado.

–¿Podemos pasar?

–Jacob…

–No creo que estar en la calle, a la vista de todos sea lo más indicado.

No me respondió, simplemente se hizo a un lado, indicándome que podía entrar, aunque era una invitación más bien forzada.

–Toma asiento –pronunció mientras cerraba la puerta tras de mí.

Caminé hasta la pequeña sala, permaneciendo de pié en espera de que ella fuera la primera en sentarse. Tal vez tuviera una naturaleza salvaje, pero eso no quería decir que hubiera olvidado los modales que mi difunta madre me había inculcado.

Emma se sentó en el sillón de una pieza, como si temiera que de sentarse en alguno de los otros amplios sillones, yo me atreviera a sentarme a su lado.

–¿Y los niños?

–Están en casa de los vecinos. Así que… ¿de qué quieres hablar?

–Fuiste a ver a Nessie… –solté sin más, y en cuanto salieron las palabras de mi boca, me arrepentí. Lo sabía por Seth, no tanto porque me lo hubiera contado, sino por el lazo que compartíamos una vez que nos transformábamos en lobos.

Sabía lo que se habían dicho, pero lo que quería entender era ¿por qué había ido Emma? No pretendía preguntarlo de forma tan directa, pero ¡diablos!, era algo que traía en mi cabeza desde que me había enterado el día anterior.

–Sí –contestó sin rodeos y sin mostrar un ápice de arrepentimiento. Cualquiera que fuera la razón por la que había decidido hacerlo, Emma creía que había hecho lo correcto. –Supongo que está de más preguntarte cómo lo supiste. Seth te lo dijo.

No lo negué, pero me sentí mal al dejar a mi amigo como un bocazas. Emma no sabía nada acerca de los lobos ni de todo lo que implicaba nuestro mundo, así que ¿cómo explicarle lo del lazo mental? Ella se había enterado por accidente que Sam podía transformarse en una bestia, cuando aquél había perdido el control de sus emociones el día que Emily murió y terminó entrando en fase delante de los ojos de su cuñada.

Emma lo sabía, pero había pretendido que no había visto ni escuchado nada. Ella era una mujer de ciencia, así que todo lo sobrenatural no entraba en su cabeza. Era un poco como Charlie Swan, quien prefería saber lo menos posible de todo aquello que era imposible de explicar.

–¿Por qué fuiste a verla?

–Tenía que hacerlo. Había un par de cosas que teníamos de qué hablar.

–Emma…

–No, no fui a pelear por tu amor ni a rogarle que se apartara para que me dejara el camino libre. No soy tan patética como pudieras creer.

–Nunca he pensado que lo fueras.

–Yo… simplemente quería dejar un par de cosas en claro. Era un charla de mujer a mujer…

–Fuiste a interceder por mí, a pedirle que dejara de hacer mi vida un desastre, ¿no? –era una pregunta más bien retórica.

–Haces que suene peor de lo que fue. Pero si quieres verlo así…

–Gracias, pero no tenías por qué hacerlo. Lo que sea que hubo o haya entre Renesmee y yo, sólo nos concierne a ella y a mí.

–En síntesis: que no meta mis narices donde no me llaman… –sonrió forzadamente. –Yo… lo siento, supongo que simplemente no puedo dejar de preocuparme por ti. No importa cómo hayan salido las cosas entre nosotros, siempre voy a querer que seas feliz.

–¿Aunque no sea contigo?

–Aunque no sea conmigo –una cierta tristeza se dejó traslucir en el tono de su voz. Sabía que la pregunta le había hecho daño, y de verdad era lo último que deseaba, pero tuve qué preguntarlo. –Hemos sido amigos desde… no sé, hace tanto tiempo, y aunque no resultaron las cosas entre nosotros, eso no quiere decir que no me preocupe por ti, que no quiera verte feliz, bien… Tal vez me extra limité, y si es así, lo siento; sólo quería asegurarme que esta vez ella te va a tratar bien.

–Suena como si te hubieras rendido en cuanto a nosotros.

–No se trata de si tiré la toalla o no, simplemente… soy consciente de cómo son las cosas. Yo nunca seré el amor de tu vida, nunca seré la mujer con la que realmente quisieras estar.

–¡Hace una semana te pedí que te casaras conmigo! ¿Y cuál fue tu respuesta? Un no y rompiste conmigo.

Seguía sin entender por qué lo había hecho. Le había pedido que nos casáramos, que les diéramos una familia a Sam Jr. y a Mary; nos llevábamos bien, estábamos a gusto juntos, así que ¿por qué no intentarlo?

–Si Jake, me pediste que nos casáramos, me diste un montón de razones de por qué era una buena idea pasar por el registro civil… Pero seamos sinceros, si las cosas hubieran sido de otra manera, si ella no se hubiera marchado, tú y yo jamás hubiéramos llegado hasta… nunca habríamos pasado de ser simplemente amigos.

–El hubiera no existe… las cosas son como son. De verdad, te juro que trato de entenderte pero no puedo.

–¿De verdad? Jacob, si hay alguien que pudiera entenderme, ese serías tú.

»Al igual que tú, yo también quiero ser elegida por amor, no por un estúpido sentido del deber o simplemente por un acto conformista. Y siento que eso es lo que te está pasando con nuestra relación, que te conformas conmigo porque crees que ella no volverá a ti.

»Y disculpa, pero yo no soy el premio de consolación de nadie. Siento si sueno egoísta, pero quiero que me elijan por las razones correctas, por amor, porque simplemente me necesitan, porque no pueden imaginar la vida sin mí.

»Tal vez siempre he sido bastante tímida y callada, tal vez no soy la mujer más bella o la más interesante pero… pero no quita que no tenga los mismos deseos que cualquier mujer, anhelo que me amen, que me deseen con locura. Y creo que puedo tenerlo, simplemente me resisto a conformarme con menos.

–Yo te quiero, Emm y bueno, creo que nos va bien juntos… –me sentí un tanto incómodo, no quería sonar petulante o egocéntrico, pero la verdad es que en cuanto a nuestra vida sexual, no era nada mala o aburrida.

–Sé que me quieres, pero no me amas… –Emma emitió un largo suspiro, como si intentara reorganizar sus pensamientos. Decidí no presionarla, mientras recorría la pequeña casa con la mirada. Era pequeña, sí, pero muy limpia y ordenada; Emma, a pesar de su duro trabajo como médico, era capaz de organizarse para llevar una vida lo más hogareña posible. Los hijos de Sam y Emily estaban creciendo bien, bajo el cuidado de su tía. Era cierto que compartíamos la custodia de los niños apartes iguales, y aunque trataba de pasar con ellos el mayor tiempo posible, sentía que en realidad no estaba haciendo mucho por ellos. Todo se debía al esfuerzo de Emma y no podía evitar admirarla por eso.

–Seth me ha dicho que te ofrecieron trabajo en Seattle. –Solté sin más, intentando rellenar el silencio que se había instalado entre nosotros.

–Así es.

–¿No será por eso que decidiste romper conmigo?

–No –pronunció enfática mientras movía negativamente la cabeza, como intentando ponerle más fuerza a sus palabras. –No tiene nada qué ver pues la oferta la recibí apenas anteayer.

»Es un puesto en Medicina Interna, en el Northwest Hospital. Me ofrecen un buen sueldo y es una gran oportunidad para mi carrera.

–¿Piensas irte?

–No sé… lo estoy pensando, sí, pero aún no tomo ninguna decisión al respecto. Sería bastante estúpida no considerarlo siquiera.

–¿Y los niños?

–Se irían conmigo, por supuesto. Y en caso de que decida irme, espero que no pongas reparo en ello.

–La Push es su hogar, su pueblo… no creo que sea buena idea que los arranques de aquí así sin más.

–Que nos mudemos a otra ciudad, buscando un mejor nivel de vida no quiere decir que olvidemos lo que somos. Yo también soy parte del pueblo, ¿lo olvidas? –preguntó casi con sorna.

–No será fácil para ti estar sola y dos niños pequeños a tu cargo.

–No veo por qué… No es como si fuera a ser la primera madre soltera del mundo. –noté cierto quiebre de su voz al pronunciar las palabras, e incluso, podría jurar que un par de lágrimas habían brillado amenazadoras en sus ojos. Emma parpadeó rápidamente, y de pronto pensé que todo había sido meras figuraciones mías.

–No quiero que te vayas.

–Eso no depende de ti.

–Quédate, por favor… podemos hacer que las cosas funcionen entre nosotros.

–Jackey… –pronunció con ternura el apelativo con el que solía llamarme cuando éramos niños. Rara vez lo utilizaba ahora de adultos. Estiró la mano hacia mí para posarla en mi antebrazo, dándome un suave apretón con su delicada mano; me sorprendió un tanto, pues durante todo nuestro encuentro, Emma había parecido decidida a evitar cualquier contacto físico entre nosotros. –La decisión que tome sobre la oferta de trabajo en Seattle no tendrá nada qué ver con lo que sea que pase entre nosotros.

»No me pidas que me quede, no me pidas que lo retomemos donde lo dejamos porque simplemente no se puede. No cuando tienes tantas cosas por resolver, cuando ella ha vuelto y tienen asuntos pendientes entre ustedes.

»No puedo aprovecharme de la situación y aceptar tu propuesta porque, si después descubres que no es lo que quieres, o que las cosas entre Renesmee y tú tienen solución, sé que por tu sentido de la honorabilidad jamás me dejarías ni retirarías tu oferta de matrimonio. Entonces, sería yo quien tendría que liberarte de tu promesa, pero terminaría con el corazón roto… Y no quiero pasar por eso, así que, vamos ahorrándonos todo el drama de por medio.

De pronto tuve la sensación de que había algo que Emma no me estaba diciendo; había algo en ella, no sé si en su mirada o en su forma de moverse, o no sé como explicarlo, pero había algo que me estaba ocultado. Tenía esa extraña sensación, y me pregunté qué podría ser.

No seas tonto. Emma es una mujer íntegra y sin dobleces. Jamás te ha ocultado algo, así que no veo por qué debería de hacerlo ahora.”, me reñí a mi mismo, intentando despejar el pensamiento de mi cabeza.

No me gustaba la idea de que Emma se marchara, pero debía reconocer que tenían sentido sus palabras. Tal vez el egoísta en esa situación era yo, porque no quería perder la calma y la paz que Emma me había traído a mi vida; ella me había ayudado a salir del pozo de miseria en el que me había hundido desde que Renesmee me había abandonado; Emma, con su infinita paciencia y ternura, había logrado que no terminara por convertirme en un ser completamente amargado y resentido con la vida. Emma había sido mi roca, y de alguna forma, se me hacía difícil imaginar que ya no la tendría cerca.

–¿Y si?

–Jake...

Sonreímos al ver que habíamos hablado al mismo tiempo.

–Tú primero, Emma…

–No, no era algo importante, así que… dilo tú.

–Verás…

En ese momento, llamaron a la puerta con fuertes golpes. Aquél que estuviera tocando, parecía más que dispuesto a echarla abajo si no le abrían de inmediato.

Emma y yo nos miramos desconcertados, preguntándonos con la mirada quién podría ser.

–No –la detuve cuando hizo el ademán de levantarse –Yo abro.

Caminé a prisa, recorriendo la breve distancia en apenas un par de zancadas.

Abrí la puerta, encontrándome con Seth como el responsable de esos golpes tan fuertes; el pequeño Clearwater estuvo a punto de irse de bruces por lo rápido y brusco que había abierto.

–¿Seth? ¿Qué demonios…?

–Tu padre me dijo que estabas aquí… –Seth parecía completamente agitado, aún cuando poseía una excelente condición física. Respiró profundamente, tal y como lo haría un corredor de una maratón mal entrenado.

–¿Qué pasa, Seth? –preguntó Emma detrás de mí, con cierta nota de alarma en su voz. Desde la desaparición de Leah, toda su familia estaba a la espera de noticias de ella, fueran para bien o para mal. –¿Qué sucede? ¿Tía Sue…?

–No… no, mamá está bien…

–¿Entonces? –le apremié –¡Habla, hombre!

–Es… es Leah.

Giré el rostro hacia Emma e imaginé que la perplejidad con la que me miró era un claro reflejo de la mía propia. Casi simultáneamente, regresamos nuestra atención a Seth, en espera de que se explicara de una bendita vez.

–¿Ha vuelto?

–No, Jake… mi hermana no ha vuelto.

–¿Entonces?

–Llamó a casa. Mamá fue quién respondió y…

–¿Y…? Seth, por el amor de Dios, ¿qué dijo mi prima?

–Fue raro, mamá dice que Leah estaba sollozando, que hablaba casi incoherentemente. No quiso responder dónde estaba, simplemente se limitó a murmurar que lamentaba mucho lo que había hecho, que jamás… que …

–¡¿Qué?! –gritamos al unísono Emma y yo.

–Que… que jamás quiso hacerle daño realmente a Charlie, que todo se había salido de control. Le pidió perdón a mamá por no ser la hija que esperaba y… y colgó. Mamá está como pasmada, sin querer creer lo que las palabras de Leah implican.

Seth bajó la mirada, apenado, dolido de que Leah pudiera verse envuelta en la desaparición de Charlie Swan.

Guardamos silencio, consientes de lo que esta información implicaba, pero sin atrevernos a decirlo en voz alta.

Leah estaba detrás de la desaparición de Charlie, y por sus palabras, parecía que algo aún más terrible había sucedido. No quise ni imaginarlo, porque la simple idea me producía un helado escalofrío que recorría toda mi espina dorsal.

–Jake, sabes lo que esto significa, ¿verdad? –pronunció al fin Seth, con el dolor completamente plasmado en tono ronco de su voz.

Asentí con decisión, sabiendo perfectamente lo que seguía a continuación.

–Errr… Emma, supongo que tendremos que seguir con nuestra charla en otra ocasión. Tenemos qué irnos.

–Está bien. Si no les importa, voy con ustedes a ver a mi tía. Quiero asegurarme de que esté bien.

–Nosotros no vamos a casa de Sue –respondí con cautela.

–¿No? ¿Entonces…?

–Vamos a ver a los Cullen.

Y sin más, palmeé el hombro de Seth, para sacarlo de la especie de trance en que estaba. Emma permaneció en silencio, limitándose a mirarnos con algo de confusión y tristeza. No me detuve a darle explicaciones del por qué teníamos qué ir con los Cullen en esos momentos, simplemente me eché a correr a toda velocidad, con Seth pisándome los talones.

Tenía que reunir cuanto antes a la manada, ponerlos al tanto de las novedades.

Porque si Leah le había hecho daño a Charlie Swan, las implicaciones de sus actos eran graves. Eso significaría que el pacto se había roto al fin.

Y eso nos dejaría irremediablemente en guerra con el clan de los Cullen.

domingo, 25 de octubre de 2009

Huellas

Salí de la casa de Charlie Swan sabrá Dios cómo, pero lo había logrado. Claro, me había costado todos los años de práctica que tenía encima para mantener el férreo control sobre mi temperamento.

No es que la presencia de Alice o de Jasper hubiera podido afectarme. Claro que no, había pasado ocho años al lado de ellos, tiempo más que suficiente para que mi propia naturaleza aprendiera a sobrellevar la convivencia con ellos. Había sido el regreso de ella lo que había hecho que todo hubiera estado a punto de evaporarse; su regreso y que además estuviera al lado de él, la eterna sombra entre nosotros, había estado a nada de borrar de un plumazo el fuerte dominio que poseía de mí mismo.

Subí a mi camioneta, poniendo en marcha el motor con un potente rugido. Quería largarme de ahí cuanto antes. No me detuve a comprobar si ellos se marchaban o no de ahí, simplemente necesitaba irme cuanto antes, estar sólo y poner en orden mis pensamientos.

Enfilé mi pick-up rumbo a La Push, sin estar realmente seguro si ir directo a casa fuera lo más inteligente. Ahí estaría mi padre y dudaba ser capaz de aparentar normalidad delante de él. Tal vez sería un hombre mayor y su salud estuviera mermada últimamente, pero eso no le restaba ni un ápice en inteligencia y astucia. Mi padre era capaz de leer en mí como si yo fuese un libro abierto, y por eso no podía llegar a casa, porque no quería tener que contarle la verdad y alterarlo con la notica del regreso de ella.

Al principio, papá había aceptado lo que parecía ser mi irremediable destino al lado de ella. Ella era mi alma gemela, mi gran amor; ella era mi destino, mi vida, mi presente y mi futuro. Ella era todo: alma, vida, existencia… Ella, ella, ella, no podía ni siquiera pensar en su nombre sin que escociera.

Sacudí la cabeza, impotente mientras hacía alto en uno de los dos semáforos que había en el pueblo.

“Renesmee, mi Nessie…”, murmuró con dolor mi voz interior. Pero tenía que reconocer que ella jamás había sido mía. Lo había creído, lo había deseado, pero lo cierto es que a pesar de todos nuestros intentos, jamás logramos pertenecernos.

Como había dicho antes, mi padre había aceptado nuestra unión ya que según las leyendas de nuestro pueblo, la impronta era algo divino, irrompible e irremediable. Papá no estaba realmente convencido de que dos seres de naturaleza opuesta, de dos razas enemigas desde el inicio de los tiempos, pudieran estar juntos. A pesar de sus renitencias, decidió apoyarme porque “¿quién soy yo para oponerme a las leyes del pueblo?” había dicho. Sólo cuando las cosas se hubieron torcido tanto, fue imposible que él no terminara por recelar de ella.

Y no había sido el único; el resto de la manada había tomado una actitud parecida. Bueno, todos salvo Seth, quien había sido el único que desde un principio se había sentido realmente cómo rodeado de vampiros.

El claxon del auto que estaba haciendo alto atrás de mí me sacó de mis ensoñaciones un momento. Volví a poner en marcha la camioneta, sin molestarme en meterle velocidad.

Vampiros y licántropos, o metamorfos según la explicación de Edward Cullen, sonaba una completa locura pronunciarlo siquiera. Éramos parte de una historia milenaria, dos mundos obligados a permanecer ocultos del resto del universo, siempre enemigos naturales. Entonces, ¿realmente era de extrañar que mi pueblo, mi gente no pudieran aceptarla del todo?

Yo sabía que el hecho de que Nessie hubiera ido a vivir conmigo a La Push había caído como plomo en los miembros de la manda. La toleraban por ser el objeto de mi impronta. Respetaban la ley quileute, pero eso no quería decir que la respetaran a ella.

–¿Po qué deberíamos respetar a la causante de la muerte de nuestros hermanos? – había pronunciado con coraje Paul en medio de una de las tantas discusiones que habíamos tenido en esos tiempos. Aún cuando era el marido de mi hermana, no se quedaba callado ante nada. No ponía ni un reparo para expresar su desacuerdo con mi relación con Nessie; incluso había limitado sus visitas a casa de papá en lo más mínimo.

Ella es el amor de mi vida –pronuncié decididamente, sin dejarme avasallar por el más volátil de mis hermanos.

–¿Cómo puedes preferirla sobre nosotros, tu familia, sobre tus amigos, sobre tu gente?

–¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? Tú sabes lo que es la impronta, ¡por Dios! Ella está conmigo ahora así como mi hermana está a tu lado; es parte de mi vida y…

–Pero eso no significa que debamos aceptarla así como si nada. O dime, ¿cómo puedo verla a la cara sin recordar a Sam, a Embry y a Colin? ¿Cómo le hago para no ver en su rostro la causa del sufrimiento de Leah o el de las madres de nuestros hermanos?¡Ella tiene la culpa! Incluso te hizo daño a ti, casi te mata sin misericordia.

–Ella no tuvo la culpa de nada; fue una víctima más en toda esta situación.

–Tal vez ella no haya matado de propia mano a Sam y a los otros, pero eso no quita que ella es tan culpable como el resto de las sabandijas… Es hija de unos monstruos, de unos asesinos. Es lógico que lo lleve en su sangre.

–¿Y eso la convierte en un monstruo?¡Ella no tiene la culpa tampoco de las circunstancias de su nacimiento! –bufé con sequedad. No podía permitir que hablaran así de ella. Podía entender el sentir de Paul y del resto de la manada, pero eso no era excusa para hablar de esa forma de Nessie. Y así se los hice saber.

–Ya, ya… –el tono burlón de mi cuñado empezaba a fastidiarme –Realmente espero que el sexo con ella sea tan bueno como para compensar que nos des la espalda.

No me detuve a pensarlo y le lancé un puñetazo, partiéndole el labio en el proceso.

Todos los demás tuvieron que intervenir para detenernos, pues habíamos estado a punto de entrar en fase y lanzarnos a la lucha como un par de bestias salvajes. El recuerdo aún me estremecía al sólo imaginarme lo que hubiera pasado si nos hubiéramos lanzado de lleno al ataque en nuestra forma lupina. Dos lobos salvajes en medio de una brutal batalla sólo hubiera llevado a que uno de los dos, o ambos, termináramos muertos.

“¿No te cansas de ser el perrito faldero de los Cullen?”, había gritado Paul mientras Jared, Seth y Quil se lo llevaban a rastras de ahí. “¿No estas harto de que crean que te acostumbraste a ser el mantenido de los chupasangre?”.

Las duras palabras de Paul me habían calado hondo; aunque después se había disculpado por perder los estribos, lo cierto es que sus acusaciones dejaron huella en mí. Por eso prácticamente le había prohibido a Nessie hacer uso del dinero de su familia. Tal vez se pudiera pensar que mi actitud era algo machista pero, ¡diablos!, uno tenía su orgullo y quería demostrarle a ella, a su familia y a todos aquellos que nos conocían que era capaz de hacerla feliz y dale una buena vida con el productor de mi trabajo. No importaba si me tomaba cinco, diez o 30 años, pero yo le daría el mundo entero a Nessie y a nuestros hijos…

Hijos. Sólo pensar en la palabra me hacía torcer la boca en un rictus que reflejaban amargura y dolor.

Respiré profundamente mientras tomaba una curva de la solitaria carretera. La nieve apenas caía con suavidad del cielo, pero eso no quitaba el hecho de ser precavido tras el volante. Faltaban unos quince minutos para divisar las primeras luces e la reserva. Quince minutos para recomponer la máscara de fría tranquilidad que había forjado y perfeccionado con el paso de los años.

Hijos… Isaiah, mi pequeño Isaiah. Parecía como si hubiera sido ayer...

El dolor no había remitido ni un ápice; había aprendido a sobrellevarlo, a vivir con ello cada día, pero seguía calando tanto o más como al principio. Nunca había querido hablar del tema con nadie, pues sabía que no podrían entenderme. Y la única persona con la que hubiera podido hacerlo, me había dejado de lado.

Renesmee se había encerrado en su propio dolor, en su propia pérdida, sin dejarme compartirla con ella. Y en cierta forma, eso había producido en mí cierto resentimiento hacia ella ya que Isaiah era también mi hijo, yo también le había amado desde el primer instante, le había esperado con ilusión, y…

Sentí un picor en los ojos al recordarlo, pero bastaba con respirar profundamente un par de veces para controlarlo sin esfuerzo; desde hacía años que mis lágrimas se habían secado... Isaiah había muerto en mis brazos. Apenas había podido sobrevivir unos cinco minutos después del parto, pero esos minutos habían bastado para amarlo incondicionalmente y para que su muerte me desgarrara el alma. Sólo aquellos que han pasado por lo mismo son capaces de entender la clase de dolor que representa perder un hijo.

No recuerdo haber llorado nunca antes, ni siquiera cuando murió mi madre o cuando me dijeron que era poco probable que volviera a caminar otra vez. Pero sentir como mi pequeño exhalaba su último aliento, cómo perdía la batalla aún siquiera antes de comenzarla, me había arrancado el sollozo más desgarrador que alguien pudiera oír jamás.

Esa noche había sido espantosa. Perdí a mi hijo, creí que Nessie también moriría. Y luego, Emma había dicho que aunque mi mujer sobreviviría, la posibilidad de que pudiera volver a embarazarse apenas era de un 5%.

Tendré cuidado al decírselo, te lo prometo… Pero es mejor contárselo cuanto antes… En casos como este, es preferible encarar la verdad de una vez por todas.”, había dicho Emma con el más profesional de los tonos. Pedí ser yo quien le dijera a Nessie lo sucedido, tanto con Isaiah como con lo de no poder tener más bebés.

Cuando llegó el momento… fue terrible, aterrador. Vi como nada más pronunciar las palabras, algo en ella iba muriendo. Ese día no sólo había perdido a mi hijo, sino también a mi mujer. Renesmee se encerró en su dolor, dejándome al margen para lidiar con el mío propio. Rechazaba cualquier intento de acercarme a ella; quería decirle que no importaba que no pudiéramos tener hijos biológicos, pues yo le amaba a ella por completo. Ella era más que una matriz dañada o la capacidad para parir. Ella era el amor de mi vida y en el último de los casos, siempre podríamos recurrir a la adopción, tal y como lo habían hecho sus abuelos.

“¿Eres estúpido o qué? ¡Mi bebé no es una cosa que se pueda reemplazar así nada más!”, me había gritado furiosamente, casi rayando en la histeria, negándose a hablar del tema. No sabía qué dolía más, si su silencio o su rechazo, pues rehuía a cualquier contacto de mi parte por más mínimo o accidental que fuera. Se sumía en largos periodos de silencio, con la mirada perdida y la mente sabrá Dios dónde. Nunca quise preguntar o intentar ver a través de sus manos mientras dormía; temía la respuesta.

Si no estaba encerrada en la habitación, se pasaba las horas en el cementerio, sentada contemplando la pequeña lápida de nuestro hijo, al que habíamos enterrado a un lado de la tumba de mi madre.

Supongo que está de más decir que nuestra vida íntima, de pareja se había desvanecido por completo. Era como si una gruesa muralla se hubiera erigido entre nosotros. Y a cada día que pasaba, la muralla se iba haciendo más gruesa y difícil de penetrar.

Había llegado a temer por su seguridad, pues tanto Quil como Leah estaban coléricos por lo sucedido con Claire. Prácticamente me habían exigido en charola de plata la cabeza de Nessie. El resto de la manada se mostraba recelosa, pues si bien la consideraban un peligro para nosotros, ella seguía siendo la mujer del jefe, el objeto de la impronta del macho alfa.

Pensar en el montón de problemas y tensiones a los que había tenido que hacer frente en ese tiempo, aún me provocaban jaqueca. Reconozco que había tenido que echar mano de mi poder como líder para mantener la situación controlada, pero había odiado hacerlo pues la vez que Sam lo había utilizado en mí, había sido por demás humillantemente desagradable. ¿Pero qué más podía hacer? Si cualquiera de ellos le hacía daño, eso significaría que tenía que enfrentarme en una lucha a muerte con agresor y no, jamás podría hacer tal cosa. Incluso contemplé la posibilidad de marcharme con ella, renunciar a mi condición de jefe, dejar una vez más mi pueblo por ella. Aunque había llegado a considerar la idea, tuve que descartarla pues no podía dejar en la estocada a tanta gente que tenía fe en mí. Ya lo había hecho una vez con tal de alcanzar la felicidad, sin importarme el dolor que le había provocado a mi padre. Cuando regresé a la reserva, pensando en que tendría que tomar momentáneamente el lugar de Sam (aunque al final no fue así), comprendí mejor el legado de mis antepasados; empecé a entender lo que significaba ser el descendiente de Eprhaim Black y las responsabilidades que eso conllevaba. Ya no era tan fácil irme, tenía que pensar en toda mi gente.

Semanas después del parto, cuando ella parecía físicamente más fuerte, me abandonó dejándome únicamente una fría nota sobre la encimera de la cocina a modo de despedida.

Jake, lo siento, pero ya no puedo seguir contigo. De verdad lo intenté, creí que podría hacerte feliz, pero no es así. Quise engañarme con el cuento de que tú y yo éramos almas gemelas, la pareja perfecta del otro. Y fue un terrible error.

Espero que algún día puedas perdonarme por todo este desastre, pero sobre todo, espero que encuentres a quién sí pueda amarte como te lo mereces.

No me busques, no pienso regresar. Vuelvo con los míos, a donde pertenezco y donde mi corazón siempre ha estado.

R.

Así de frío y escueto, pero no por eso menos doloroso. Aún recordaba perfectamente cada palabra de esa nota. La había leído miles de veces, hasta que el papel terminó tan arrugado que empezó a deshacerse.

En un tris me había quedado sólo, hundido en un abismo negro de profunda amargura y dolor. Creí que al fin había alcanzado la felicidad y en menos de un suspiro perdí a la mujer que amaba, a mi hijo y nuestro radiante futuro juntos.

Parpadeé sorprendido al darme cuenta que ya estaba en casa. Había estado tan metido en mis pensamientos que no me había dado cuenta que prácticamente había conducido como en una especie de “piloto automático”.

Metí la camioneta en el garaje antes de entrar a la casa. Esa noche habría una buena nevada y si no quería tener problemas con el motor o los frenos, era mejor que guareciera bien mi pick-up.

Seguía viviendo con mi padre, puesto que era un hombre mayor y enfermo. No le había encontrado caso mudarme de ahí, puesto que había seguido soltero durante esos años y no había contemplado la posibilidad de cambiar la situación. O por lo menos así había sido hasta hace un par de semanas atrás.

Metí la llave en la cerradura y entré al cálido interior de mi casa. El taller iba bien y aún cuando no era precisamente millonario, ganaba lo suficiente como para hacerle algunas mejoras al viejo inmueble. La última había sido la instalación de un nuevo sistema de calefacción. No era que yo lo necesitara particularmente (con facilidad podía andar sin camisa en pleno invierno) pero los huesos reumáticos de papá sí. Las bajas temperaturas eran terribles para él.

Como todos los días, me encontré con la lámpara de la sala encendida y un plato con la cena sobre la encimera, listo para meterlo en el horno de microondas en cuanto llegara a casa. Todo gracias a mi hermana Rachel, que se pasaba algunas horas ahí para cerciorarse que papá estuviera bien.

–¿Jacob? –pronunció mi padre con voz fuerte pero algo amodorrada, desde su habitación. Aunque Rachel se encargaba de que a más tardar a las ocho de la noche él ya estuviera metido en la cama, papá pedía que la puerta de su habitación se quedara entreabierta para poder escuchar cuando yo llegara a casa.

No es que quiera vigilarte como un chiquillo, sólo es que soy tu padre y no puedo dejar de preocuparme por ti”, había dicho papá a modo de explicación.

–Sí papá –respondí con calma mientras introducía el plato de la cena en le refrigerador y después sacaba una lata de cerveza. No tenía apetito en lo absoluto, y después de lo sucedido, sentía la necesidad de un trabo bastante fuerte.

No es que fuera aficionado a la bebida particularmente, pero de vez en cuando una cerveza servía para relajarme. –Ya llegué a casa, vuelve a dormirte.

Papá murmuró algo parecido al “buenas noches” y un par de cosas más. Sinceramente no le presté demasiada atención; mi mente estaba en otro lado.

Me dejé caer torpemente sobre una de las sillas del pequeño comedor de la cocina, la cual estaba sumida en una especie de semi-penumbra. Abrí la lata de una Coors Light y empecé a darle largos tragos a la bebida mientras contemplaba la negra noche a través de la ventana.

Sabía que tenía que reunir a los chicos y contarles las nuevas. Imaginé el desagrado con el que recibirían la noticia de que los Cullen y sobre todo Nessie, estaban de vuelta en el pueblo.

Había pasado ¿cuánto?, ¿un año?, desde la última vez que nos habíamos transformado en lobos. Lo cierto es que desde que ella se había marchado, la necesidad de entrar en fase había sido cada vez menor para el alivio de los chicos. Claro, la mayoría ya tenían familia, hijos y la idea de quedarse eternamente jóvenes, viendo cómo sus seres queridos iban muriendo, no era precisamente atractiva. Incluso había quien deseaba fervientemente que el destino de sus hijos no fuera el de un lobo como nosotros. Sabía muy bien que la marcha de Nessie había sido un alivio para todos, porque eso significaba que ya no tendrían que estarse convirtiendo constantemente y, a la larga, llegaría el momento en que dejaríamos de entrar en fase lo suficiente como para envejecer y dejar que el paso del tiempo tomara su curso natural.

¿Por qué había tenido que regresar? ¿Por qué tenía que haber vuelto precisamente con él?

Apreté la lata vacía y prácticamente la convertí en una bola de aluminio. Casi con descuido, la arrojé directamente al bote de la basura y me paré para sacar otra lata del refrigerador.

Sabía que debía concentrarme en el hecho de que Leah y Charlie habían desaparecido misteriosamente, y dado lo que me habían contado los Cullen durante nuestro encuentro en casa del jefe Swan, todo apuntaba a que los Vulturis habían regresado a la carga; y una vez más, los quileutes terminábamos implicados en la guerra entre dos clanes de vampiros.

También era consciente de que debía ponerme a investigar el asunto ese de las fotos publicadas en la revista. Nunca me había sentido particularmente atraído por esa clase de lectura, por eso no me había enterado de nada sobre el asunto, pero aún así, alguien de la reserva probablemente sí lo había visto entonces, ¿por qué no me habían advertido?

Tal vez porque saben lo que ella ha significado para ti”, respondió mi voz interior.

Resople molesto. Ello no habían lanzado ninguna acusación directa, pero yo no era ningún tonto y podía leer entre líneas: realmente creían que alguien de la tribu había estado detrás de las fotos. Y era hasta cierto punto lógico llegar a esa conclusión; las fotos de las que habló Renesmee eran las mismas que estaban en un par de álbumes que había guardado junto al resto de sus cosas, en un par de cajas que había terminado amontonando en el garaje de la casa. ¿Quién podría estar detrás de esto? Era una incógnita, pero de ninguna manera podía creer que alguno de los míos me hubiera podido traicionar de esa manera.

Tal vez alguien se había enterado de lo que estaba sucediendo en Nueva York y había reconocido a Nessie. Y tal vez ese alguien había encontrado con la forma de ganarse un dinero extra a costa nuestra. Incluso se podía pensar que ese alguien también estaba detrás de la desaparición de Leah y Charlie.

–Imposible… –murmuré mientras movía ligeramente la cabeza en forma negativa. Le di un buen trago a la fría cerveza. Claro que era imposible porque si era la misma persona quien estaba involucrada tanto en las desapariciones como en las fotos publicadas en la revista, y si mis sospechas fueran ciertas, ese alguien estaría relacionado con los Vulturis. ¡Y era imposible que un Vulturi pudiera haber estado en la reserva pasando completamente desapercibido!

Vacié de un último trago lo que quedaba de cerveza antes de ponerme de pie. Debía llamar por teléfono a los demás y convocar una reunión de inmediato.

Descolgué el teléfono y mientras marcaba las teclas del número de la casa de Paul y Rachel, observé el exterior por la ventana. La nieve empezaba a caer con más ritmo e imaginé que la temperatura ya habría bajado por lo menos unos cinco grados más. Eran pasadas las diez de la noche, la mayoría ya estaría en cama con sus esposas, e incluso algunos ya estarían dormidos. Rachel me mataría por sacar a Paul de casa a esas horas y después de un agotador día de trabajo.

Colgué el teléfono, sin terminar de marcar el número. Tenía qué pensar bien las cosas, tratar de darle un enfoque imparcial a la situación. Pero sobre todo, tenía que encontrar las palabras adecuadas para decirles que los Cullen al completo regresarían al pueblo y que era importante que no se lanzaran sobre ellos. La tregua seguía en pie, a pesar de lo que Nessie había hecho con Claire.

Y también, tenía qué pensar en lo que iba a decirle a Emma….

–¡Diablos! –maldije mientras me rascaba la frente en gesto nervioso.

Emma había sido un increíble apoyo durante estos años, ¿cómo decirle que ella había vuelto? Claro, con la naturaleza apacible que poseía, era impensable que Emma pudiera hacerme una escena, pero yo sabía que el regreso de Nessie podía hacerle daño.

Volvía preguntarme una vez más, ¿por qué ella tenía que haber regresado? Y justamente ahora, que mi vida al fin parecía normal; justo ahora que había estado dándole vueltas a la idea de pedirle a Emma que se casara conmigo.

Emma había sido mi amiga desde niños, la conocía tan bien y no sé… después de tantas cosas, creí que lo más natural era estar juntos. Ella era afín a mí en varios sentidos, comprendía quién era yo y lo que significaba ser el líder de la manada. Conocía mi mundo (no por que yo se lo hubiera contado, sino que se había enterado de forma accidental años atrás) y aunque jamás pidió una explicación, lo respetaba y sabía que era algo inherente a mi herencia quileute. Ella era increíblemente tímida y durante nuestra infancia, más de una vez tuve que defenderla de los bravucones que se reían por su forma de ser y por las horas que pasaba entregada a los libros. Se podía decir que Emma había sido una especie de “niña genio”, de la que sus padres estaban orgullosos. Incluso, a los 15 años consiguió una beca para entrar a la Escuela de Medicina de Stanford.

Cuando ella se fue, justo entró en mi vida Bella Swan y de ahí…. mi vida jamás fue la misma. Perdí todo contacto con Emma, pues nuestras vidas habían tomado un rumbo completamente distinto. Y de alguna forma, el destino nuevamente nos cruzó aquella noche, cuando Sam y los demás perdieron la vida; nunca se nos pasó por la cabeza que Sam decidiera nombrarnos a ella y a mí tutores de sus hijos. Algo realmente sorpresivo para todos, ya que dábamos por hecho que la responsabilidad recaería en Leah, quien desde la muerte de Emily Uley, había sido prácticamente una madre para sus dos hijos.

Y cuando creían que tal vez yo no volvería a caminar a causas de las heridas que recibí aquella noche, ella estuvo ahí para apoyarme y no dejarme caer. Jamás permitió que me dejara llevar por la autocompasión, jamás permitió que me sintiera derrotado o que tirara la toalla. Era inflexible y me presionaba hasta el límite, hacía que resurgieran fuerzas en mí cuando creía que ya no podía más; eso sí, jamás se mostró cruel.

–¡Vamos, Jacob! Tú puedes hacerlo… eres mucho más duro y fuerte que esto. No necesitas mi compasión ni la de nadie más, porque no eres un patético pelele que se da por vencido ante la adversidad. Tú pues hacerlo, tú puedes levantarte de esa silla si tú así lo quieres.

Una y otra vez me repetía esas palabras durante las largas y dolorosas sesiones de rehabilitación. Ella no se encargaba de mis terapias, pero siempre estuvo ahí para apoyarme. Y se lo agradecí, porque era la única que no me veía con ojos de angustia y desolación. Ella no era como los demás, que decían “No te preocupes, todo va a salir bien. Ya lo verás”, mientras en sus ojos se leía que no creían en sus propias palabras. Emma siempre tuvo fe en mí, y se lo agradecí.

Incluso, se podría decir que empecé a sentirme verdaderamente cercano a ella. Y tal vez las cosas hubieran dado para más si Nessie no hubiera decido volver y luchar por lo nuestro, o al menos así había dicho ella. Fuera como fuera, el hecho es que cualquier indicio de algo entre Emma y yo murió en el acto, pues ¿cómo fijarme en ella cuando la mujer de mi vida estaba dispuesta a pasar el resto de la suya al lado mío?

Llegué a creer que eran figuraciones mías, pues Emma jamás dio muestras de un corazón herido. Siempre tímida, siempre callada, pero aún así siguió mostrándome su amistad. Incluso, llegó a ser una especie de confidente, cuando las cosas entre la manada no estaban bien a causa de la presencia de Nessie. A Emma podía contarle todo esto, pues lo último que deseaba era preocupar a mi mujer con esas cosas; de por sí ya la estaba pasando bastante mal con el embarazo como para cargarle más mortificaciones por la tensión con los chicos.

Nunca le conté el secreto en torno a Renesmee y su familia, pero Emma era lo bastante inteligente para deducir que había algo inexplicable alrededor de los Cullen.

Jacob, recuerda que amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos hacia el mismo lado. Y mientras sea así entre ustedes, los demás se darán cuenta que sus recelos no tienen razón de ser. La aceptarán y toda esta tormenta será apenas un mal recuerdo.

–¿Realmente lo crees?

–Sí.

–¿Por qué?

–Porque tú, Jacob Black, no podrías amar a una mujer que no valiera la pena luchar por ella.

Y cuando mis sueños me explotaron en la cara, Emma estuvo ahí. Luchó por salvar la vida de mi hijo, luchó para evitar que Nessie muriera y después, incluso peleó porque yo no me dejara arrastrar por la desesperación cuando ella se fue. Sí, durante estos años Emma se convirtió en una especie de roca para mí, una amiga incondicional sin esperar nada a cambio.

Apenas meses atrás decidí darme una oportunidad con ella. ¿Por qué no hacerlo si nos conocíamos de tanto tiempo? Ella me conocía aún en mis momentos más negros e incluso compartíamos la responsabilidad de educar a los hijos de Sam. Yo ya había perdido la esperanza de que Renesmee regresara, supuse que era momento de continuar con mi vida o lo que quedaba de ella, y Emma parecía la mejor opción.

Tengo que ser honesto, principio me costaba un mundo no comparar a Emma con Nessie, aún en el más mínimo detalle. Sabía que era una bajeza pero no podía evitarlo, y para colmo, Emma siempre salía mal parada en esas comparaciones. Estaba mal, era consciente de ello pero, era difícil tener a tu lado a tu alma gemela y perderla. Por muchas bondades y virtudes que poseyera Emma, siempre sería un premio de consolación ante lo que había perdido.

Y poco a poco, de alguna forma, dejé de compararlas y empecé a preciar los pequeños detalles que hacían a Emma especial. Había empezado a encontrar encantadora la forma en que se mordía el labio inferior cuando había algo que le preocupaba, o la forma en que jugaba con la montura de sus lentes cuando estaba concentrada en algún caso médico. Era excelente con sus sobrinos, Sam jr y Mary, y con respecto a nosotros, no se mostraba exigente o posesiva. Era dulce y afable, pero eso no significaba que fuera una blandengue o que le faltara carácter. Podía llegar a ser realmente inflexible cuando era necesario.

Sí, había empezado a apreciar esas cualidades. Y por eso, había estado dándole vueltas al asunto de proponerle que nos casáramos. ¿Por qué no? No nos iba tan mal juntos, sus sobrinos me querían y yo a ellos, y… no sé, ella de alguna forma me daba paz y serenidad. Había sido insufrible después de que Nessie me dejara, no sé cómo le hizo Emma para aguantar mis momentos de depresión seguidos de estallidos de cólera.

Papá parecía contento con mi relación. Incluso una vez me dijo que al fin me había fijado en la mujer indicada, una que comprendía quién era y no me exigía hacer sacrificios inútiles.

Sí, yo creía que al fin tenía mi vida normal, que por fin había empezado a asentarme y que estaba listo para seguir adelante. Oh, pero es que la vida es una maldita bruja traicionera, capaz de borrar todos tus planes de un plumazo.

El regreso de ella, de Nessie, lo cambiaba todo. No podía mentirme, verla de nuevo había sido como recibir un golpe seco al corazón. Aunque había puesto mi mejor máscara de frialdad y había tenido que emplearme a fondo para controlar mis impulso, lo cierto es que verla había supuesto poner mi mente y mis sentimientos de cabeza.

Ella había cambiado tanto. Estaba demasiado delgada, su cabello cobrizo antes largo, ahora apenas era una melena rubia platinada. Las ojeras debajo de sus tristes ojos mostraban el cansancio.

Si estaba con él, ¿por qué se veía en ese estado? Claro, durante la charla ella había mencionado su estadía en Nueva York y el lío en el que se había visto envuelta con la muerte de un tal Jordan. Ella no aclaró y yo no quise saber la naturaleza de esa relación, pero era algo que no me cuadraba. ¿El tal Jordan habría sido una especie de venganza contra algo que el vampiro le había hecho? ¿O había sido algo meramente circunstancial? ¿Él la trataría bien? ¿Habría sido capaz de darle la felicidad que no pudo encontrar conmigo?

Estaba seguro que cuando ella me dejó, lo hizo para irse con él. Stanislav Masaryk, ex miembro de los Vulturis y el primer hombre con el que se acostó…

No pude evitar rechinar los dientes. Sí, yo sabía quién era él, aún y cuando jamás nos habíamos encontrado frente a frente antes de esa noche. Yo sabía que había dejado una huella profunda en la vida de Nessie, en su corazón, en su mente. Sí, lo había descubierto de la forma más dura, cuando ella dormía y, a pesar de haber estado en mis brazos, susurraba con desesperado anhelo su nombre.

Trataba de pensar que todo era producto de sus pesadillas, que era algo de su inconsciente que no podía controlar. Cuando soñaba con él, a la mañana siguiente ella parecía no recordar nada y se mostraba amorosa conmigo. Sí, quise convencerme de que no significaba nada, pero un día no pude más, y cuando ella susurró su nombre entre sueños, tomé su mano para posarla en mi mejilla. Y ahí lo vi, vi sus sueños, sus recuerdos o una mezcla de ambos. Y entendí que no eran pesadillas, sino algo mucho más profundo que podía siguiera imaginar.

¿Y que hice yo? Nada, ignorarlo y aparentar que todo estaba bien, impulsado por mi orgullo y mi egoísmo. Ella había decidido estar conmigo, ella llevaba a mi hijo en sus entrañas, ella decía que era a mí a quien amaba, así que ¿para qué echarlo a perder?

A la distancia, puedo ver que fue un error. Sí, un cobarde error al querer eludir las cosas importantes, aquello que no hacía más que agregar piedras en nuestro camino. Aunque yo no fui el único que le dio la vuelta a los asuntos importantes. Ella jamás quiso tocar el tema de Bella y yo.

–No quiero saberlo, no necesito saberlo… Pensar en ti y en mamá, aunque no hubieran… No, no puedo hablarlo sin que me estremezca y... ¡yiuk! Porque por donde lo vea, si papá no hubiera aparecido, entonces tú… ¡yiuk! ¡yiuk!. –Así se había negado una y otra vez cuando quise tocar el tema. Supongo que eso le dio poder para evadir el tema de Stanislav.

Y ahí estuvo él, como una sombra en nuestra relación. Era una almohada para tres, que tratábamos de ignorar, pero que cada vez iba haciéndose más fuerte, más presente entre nosotros.

Por eso siempre tuve la certeza de que me había dejado por él. Y el encuentro en casa de Charlie no hizo más que confirmar mis sospechas. Y dolió, claro que sí; fue como si me abrieran en carne viva. Verla trajo muchas cosas a mi mente, a mi cuerpo… ¿qué iba a hacer con ellas? Mi Nessie me había sacado de su vida.

Mi Nessie. ¡Que tonto era al pensar así de ella! Nunca había sido mía y jamás lo sería. Incluso, me aferraba a pensar en ella, a llamarla “Nessie”, cuando lo cierto es que ella me había pedido que ya no la llamara así, “Eso suena más propio para una niña, y yo ya no lo soy.”, me había dicho. Pero es que yo quería pensar que había vuelto a ser la misma que era antes de que fuera secuestrada. Pero aquella vez que fue a verme al hospital, después del enfrentamiento con los Vulturis, pude detectar que algo había cambiado en ella. Cuando volvió a mi, quise creer que todo podía volver a ser como antes de que todo se torciera para nosotros. A pesar de nuestros anhelos, no podemos ignorar la realidad, porque si intentamos hacerlo, al final terminará por explotarnos.

Tomé una decisión de inmediato, sin detenerme a pesarlo mucho. Agarré las llaves de la casa y sin hacer mucho ruido para no despertar a mi padre, salí en plena nevada; total, a donde me dirigía no estaba lejos.

No tenía frío, pero aún así era incómoda la forma en que la nieve caía sobre mí. Decidí acelerar un poco más el paso, aún cuando mis pies se hundían torpemente entre la nieve.

En un par de minutos llegué a la que alguna vez fue la casa de Sam y Emily Uley, y que ahora era ocupada por Emma y sus sobrinos. Por un momento dudé en llamar o no a la puerta, pues los niños de seguro ya estarían en la cama y no deseaba despertarlos; incluso, Emma podía estar dormida ya. Aunque los fines de semana acostumbraba quedarme a dormir con ella, cuando me llamó hacía rato, de laguna manera había quedado implícito el que esa noche no iría a verla.

Aún así, al final terminé por llamar a la puerta con la mayor suavidad posible. Pude escuchar ruido al otro lado de la puerta y en el fondo recé porque hubiera sido Emma y no alguno de los niños quien hubiera escuchado mi llamado.

–¿Jacob? –Abrió la puerta con cuidado, después de observar por la mirilla. Al parecer, aún no se había dormido, aunque ya llevaba puesta un pijama de franela a cuadros azules y grises. Su largo cabello negro, que me recordaba a las alas de un cuervo, lo llevaba recogido en una coleta, a la vez que todavía traía puestos sus lentes de montura negra. Supuse que habría estado leyendo.

–Hola Emm..

–¿Qué pasa? –noté cierta preocupación en su voz.

–¿Puedo pasar? Hay algo que debemos hablar.

–Sí, adelante. –pronunció mientras se hacía a un lado para dejarme entrar al interior de la casa.

Respiré hondo, dudando si después de todo, sería buena idea soltarle lo que tenía que decir.

Añadir/Share

Bookmark and Share