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Disclaimer

Nombres y personajes de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer (menos los que no salieron en la saga original). Lo único mio es la historia que va uniendo a tan maravillosos personajes.
Esto es un homenaje a una de mis sagas favoritas, sin fines de lucro, por mera distracción.

lunes, 17 de diciembre de 2012

COERCIÓN


      


Temblé, ¿qué podría querer esa mujer? ¿Qué es lo que tendría en mente?
Stan me había advertido, antes de mi primer encuentro con la Señora, que debía tener cuidado con la selección de mis palabras delante de ella, pues aprovecharía cualquier desliz, cualquier tropiezo para atraparme y tomar ventaja usando mis propias palabras en mi contra.
Con delicadeza, sujeté la cabeza de Stan y la puse sobre mi regazo, acariciando su rostro, desfigurado en una mueca de dolor. La espesa sangre se deslizaba por la piel del cuello, empapando la tela de la oscura camiseta que usaba. Las heridas no tardarían en sanar, estaba segura, pero verlo sufrir hacía que la sangre me hirviera de furia.
Maldita y desgraciada perra”, pensé, deseando por un momento echarme sobre la mujer y golpearla, arañarla, arrancarle esa maldita sonrisa malévola del rostro. Lo que fuera.
­–Puedes odiarme todo lo que quieras. Es divertido ver el odio que sientes por mí en este momento.
»Ven –me llamó con el índice de la mano derecha –Te doy una oportunidad de intentar lo que estás pensando. Apuesto que serás un dulce y fácil “bocadito” de deshacer.
–No… –Stan me agarró fuertemente por las muñecas con sus manos, mientras me miraba suplicante. El áspero tono de su voz me indicaba lo doloroso que había sido el ataque de la Señora. –moje láska, no. Es…estaré bien.
Con un suave movimiento, libré la mano derecha de su prisión, y acaricié con ella su rostro, deslizándola una vez más hacia sus heridas. Mis manos estaban manchadas con la sangre de él.
–Oh, que bella pareja, no me sentía tan conmovida desde Salomón y la Reina de Saba –pronunció la Señora con burla.
Fruncí el ceño aún más, sintiendo que mi odio crecía a medida que pasaban los segundos. La Señora permanecía de pie, imperturbable, observándonos con un brillo de diversión en su mirada. Quien pudiera verla, sin saber de quién se trataba en realidad, podía encandilarse con la belleza de la mujer; pero yo sabía que era la encarnación de la maldad, que en su cuerpo no había ni un ápice de compasión o bondad.
La observé a detalle: el lustroso cabello negro recogido en un moño francés; su delgado cuerpo enfundado en un largo vestido rojo sangre de gasa, de manga larga y cuello alto, de donde colgaba una delgada y larga cadenita de oro, con un dije ovalado de vidrio en un rojo más oscuro colgando. No llevaba ni una gota de maquillaje, no lo necesitaba, su belleza era absoluta. Parecía totalmente fuera de lugar en la iglesia, ataviada así. Supuse que tenía cierta vena melodramática, estaba vestida para impactar.
­–¿Por qué…? –la voz me salió forzada –¿Por qué ha decidido darnos la espalda? ¿Por qué justamente ahora? –no pude reprimir una nota de rabia en mis palabras. Pero estaba cabreadísima; habíamos hecho un trato, no era justo que pretendiera romperlo en ese instante.
–Yo no tengo por qué darte explicaciones. ¿Quién te crees que eres para exigirme cuentas de mis decisiones? –el desprecio en su voz, en la forma en que arqueaba la ceja izquierda, era impactante.
–Renesmee… por favor–pronunció casi suplicante, mientras lentamente, Stan empezó a levantarse, hasta quedar sentado, mientras yo permanecía arrodillada a su lado. Cerré los ojos un instante, para no ver como su propia sangre había manchado la piel del cuello. Las heridas habían empezado a cerrar, pero esa pérdida de sangre, en un Stanislav sediento, no era nada bueno; mi vampiro checo se debilitaba más.
Ese “por favor” llevaba implícito el “por favor cállate y no le sigas el juego. Evita darle un pretexto para su cólera”.
Y a pesar de la advertencia que leía en los ojos de Stan y en el tono de su voz, yo no podía parar. Quería saber por qué esa mujer pretendía dejarnos colgados a vísperas del asalto al cuartel de los Vulturi.
–No puedo confiar en alguien que ha quebrantado una de nuestras normas más antiguas.
–¡Eso es una estupidez! –No pude más, escupí las palabras antes de pensarlas siquiera, poniéndome de pie en un salto, encarándola a pesar de montón de escalofríos de pánico que me provocaban sus ojos de un azul casi cristalino, fríos, crueles. –Cuando nos vimos en el burdel, usted sabía que Stan y yo habíamos intercambiado sangre…
»Usted misma dijo que no podía beber de mi sin el consentimiento de él, porque aunque no habíamos completado el intercambio, yo le pertenecía a él. 
­–En ese instante pude haberlos matado, pero quise ser benévola con ustedes, precisamente porque no habían completado el sellamiento. Quise darles el beneficio de mi misericordia sabiendo que Stanislav había bebido de ti para sacar la ponzoña que uno de los “criados” de Aro te había inyectado al atacarte. Y, por si fuera poco, te dio de beber su sangre con tal de que pudieras recuperarte. Teniendo eso en cuenta, ¿cómo no iba a apiadarme de ustedes? –pude detectar la mordaz ironía en cada una de sus palabras, fiel reflejo de la sonrisa burlona que se asomaba por la comisura de sus labio carmesí.
 –Además –continuó –lejos de lo que puedas creer, no soy ninguna estúpida, mocosa irreverente. Decidí darles la oportunidad de escuchar lo que tenían qué decirme, porque tal vez y solo tal vez tuvieran algo que pudiera interesarme.
»Pero a pesar de saber de que era algo prohibido, aun así siguieron adelante. Nuestras leyes son pocas pero muy claras, el castigo es inevitable.
–¡Eso es una…!
–¡Renesmee, basta! –Stan alzó la voz. A pesar de que no parecía totalmente recuperado del ataque, había sacado la suficiente fuerza como para imprimirla en su voz. Se puso de pie, con menos gracia con la que lo hubiera hecho en otras circunstancias. Sin amedrentarse, se puso delante de mí, en un claro intento de protegerme, utilizando su macizo cuerpo como barrera.
–Pensé que eras más inteligente, Stanislav. –La Señora estaba implacable, sus ojos llameaban de furia y desprecio hacia nosotros dos –No puedo creer que alguien como tú, un soldado nato, un asesino con talento terminara dominado por algo tan patético como el “amor”. Después de este tiempo, creí que eras más listo, mejor que esto –su mano derecha hizo un desdeñoso ademán hacia nosotros, señalándonos mientras su perfecta boca se torcía casi con asco.
–Yo no me atrevería a decir que la conozco perfectamente, a pesar de que son un par de años los que he tenido el… honor –no se me escapó la inflexión un tanto irónica de su voz al pronunciar esa palabra– de estar cerca de su grupo. Pero con lo poco que he visto, que he ido conociendo, sé que hay algo más detrás de esta inesperada visita. Si su deseo fuera matarnos por haber roto una de las leyes más ancestrales de nuestro mundo, simplemente ya hubiera acabado con nosotros, sin necesidad de tanto espectáculo.
La Señora enarcó una ceja, lanzándonos una larga mirada y guardó silencio, a pesar de las palabras de Stan. No es que él hubiera dicho algo como para sorprenderla o avasallarla, era más bien como si estuviera estudiándonos.
Sentía el corazón repiqueteándome sin control; me mordí el labio, nerviosa, y de vez en cuando, echaba una mirada de reojo en dirección de la puerta de la sacristía. ¿Por qué los demás no venían? Los rumanos ya deberían de haber llegado a las catacumbas y haber transmitido las órdenes de la Señora a Eros y las Erinias. Mi familia debió de haber sentido el temblor minutos antes de que ella apareciera, ¿dónde estaban? ¿Qué estaría sucediendo con ellos?
–Entonces, ¿qué es lo que está buscando en realidad?
–Stanislav Masaryk, siempre tan temerario, siempre listo para el ataque, sin miedos, sin remordimientos –la mujer al fin se dignó a hablar, esbozando una sonrisa ladeada, casi burlona –Dispuesto a plantarse, sin importar quién es el enemigo. Admirable, definitivamente estúpido, pero admirable.
Y antes de que pudiera darme tiempo de respirar o parpadear, o incluso, para temer, la Señora se movió con una rapidez impresionante, hasta llegar atrás de mi y rodearme con su brazo por el cuello, apretando con facilidad, imposibilitándome moverme o respirar bien.
–¡No!
–¿No qué, Stanislav? ¿Estarías dispuesto a tomar su lugar?
–Si.
Sentí que las órbitas de mis ojos estaban a nada de estallar por la presión del brazo sobre mi frágil cuello. El pánico empezaba a correr con violencia por mis venas; me costaba respirar, y  sentía que las fuerzas empezaban a abandonarme a toda velocidad. Pero a pesar de todo, intenté gritar, evitar que Stan terminara en mi lugar.
Lo intenté, pero en vano. No podía moverme, no podía hablar, y la mente empezaba a sentirme abotargada, a punto de sumirme en una especie de bruma oscura… ¿De verdad ese sería mi fin? ¿Así, tan fácil, sin siquiera poder un poco de lucha? ¡Dios! El terror se apoderaba de mí, mientras los pulmones luchaban por recibir algo de aire, faltaba poco, casi nada para que la penumbra de la inconsciencia se apoderara de mí.
Las voces de Stan y la Señora se escuchaban tan distantes, que ni siquiera estuve segura de entender lo que decían. A pesar de mis esfuerzos, cerré los ojos, totalmente vencida y me sentí caer por un abismo tan profundo, como si no tuviera fin.



–¡Renesmee! má lásko, prosím ... zpátky se mnou ...
Abrí los ojos desmesuradamente, mientras inhalaba con fuerza, llenando mis pulmones del vital oxígeno.  El pecho me subía y bajaba con violencia, mientras con desesperación mi cuerpo buscaba llenar mis pulmones casi hasta reventar. A penas si presté atención al hecho de que el rostro de Stan parecía lívido, mientras me sostenía contra su cuerpo, rodeándome por la cintura con sus manos, impidiendo que las piernas cedieran y terminara cayendo como una muñeca rota contra el piso de la iglesia.
Quise decir algo, lo que fuera, incluso una palabrota, pero la garganta me escocía, y apenas si salió un ruidito extraño. Instintivamente, me llevé la mano derecha  al cuello, acariciando la magullada piel, comprobando que la férrea presión ya no existía.
­–S-s-stan… –Susurré con esfuerzo, intentando enfocar mi mirada, que luchaba por recuperar la nitidez, porque aun mi mirada era brumosa. Era como si el cuerpo me volviera a funcionar por partes, porque mientras las piernas parecían ser capaces de sostenerme nuevamente, los pulmones dejaban de trabajar a toda velocidad, a mi mente parecía que todavía no ponía el interruptor en “encendido”.
El cuerpo de Stan temblaba, podía percibirlo en mi mano izquierda agarrada de su antebrazo. Estaba furioso, lo sentía. Pero no sabía por qué…
Porque este demonio de mujer ha tratado de matarte, idiota”, el grito de mi subconsciente hizo eco en mi abotargado cerebro, y eso bastó para que terminara de despertar del todo. La Señora estaba cabreadísima con nosotros, nos quería quitar el apoyo contra los Vulturi, y de pasada, matarnos a Stan y a mí.
–¿¡Qué demonios quiere de nosotros?! –escupió Stan, con la voz cargada de furia y veneno.
–¿Qué quiero? –repitió la mujer, con voz distante y seca –Quiero que las órdenes y leyes que yo dicto, se cumplan a raja tabla.
»Quiero que aquellos a los que decido ayudar desinteresadamente, sean completamente honestos. No me gusta tratar con mentirosos consumados.
Ok, definitivamente me estaba perdiendo de algo. ¿A qué se refería esta mujer?
–Aparte, parece ser que le he apostado al caballo perdedor.  La mestiza ha decidido darse por vencida antes de empezar la pelea. Si ese es el ánimo del grupo, ¿creen que voy a permitir que mis hijos terminen enfrascados con el bando de los perdedores?
¿Cómo sabía que yo…? “Bebió de ti, ¿recuerdas?”. Mi subconsciente estaba en “bitch mode on”, utilizando el sarcasmo contra mi misma para sacarme del aturdimiento en el que estaba.
–Renesmee –pronunció mi nombre con desagrado –tienes dos de las características que detesto más de los humanos: la cobardía y la mentira.
–Es cierto, por un momento flaqueé, pero fue un lapso… estoy dispuesta a enfrentarme a Aro…
–¿De verdad solo fue un lapso? No estoy segura de creerte… la mentira es algo que llevas bajo la piel, algo inherente a ti.
Seguía insistiendo con lo de la mentira, ¿a qué venía todo esto?
–¿Cómo puedo fiarme de ti cuando eres capaz de mentirle a todos, a tu familia, a Stanislav, al lobo…?
–No tengo idea de qué está hablando… –realmente estaba toda confundida.
–¿A caso toda tu vida no se ha construido a base de mentirle a los demás? A tus padres, cuando decidiste irte a vivir con tu  abuelo humano con el pretexto de querer estar cerca de él, o cuando elegiste al lobo por encima de Stanislav.
»A él –señaló a Stan con el dedo índice derecho –al prometerle que seguirías con tu vida, que no te apresurarías. Al lobo, o Jacob, como le llaman, al decirle que solo le amabas a él, mientras tu corazón sangraba por el amor de Stanislav.
–Yo… bueno, a veces he sido algo flexible con la realidad de las cosas, pero…
–¿Flexible? Creo que incluso hay un nombre pare eso… Mitomanía
»Pero mi mentira favorita de tu repertorio es esa de que te habías enfermado de hepatitis al comer una ensalada contaminada… ¡C'est magnifiqué! –palmeó con burla, mientras un brillo de perversa diversión bailaba en sus ojos.
Tensé el cuerpo, ella no podía conocer tanto de mí por haber bebido de mí un poco de sangre, ¿verdad?
–Una pequeñísima gota de sangre, incluso una de tamaño microscópico basta para conocer hasta el más oscuro de tus secretos –respondió a la pregunta que no me atreví a hacer en voz alta –Pero volviendo a tu compulsiva necesidad de mentir, ¿qué pasaría si Stanislav y tu clan supieran lo que realidad pasa contigo y esa repentina fatiga que tienes? Junto con los mareos, la temperatura más alta de lo normal…
Abrí los ojos desmesuradamente, y aunque intenté decir algo, simplemente, mi voz había vuelto a esfumarse. Quería que se callara, mi historial clínico era algo que no quería discutir con nadie.
–Creo que empiezo a perderme en esta conversación
–Puedo ayudarte, Stanislav… verás, ¿recuerdas la historia del tatuaje de tu mestiza? –estaba petrificada, tanto que no supe que Stan respondió o no a la pregunta. Simplemente mi cuerpo se había quedado paralizado, y se limitaba a ser un espectador   ajeno, silencioso –Lo que no te dijo es que esa noche no salió únicamente con un horrendo dibujo en su cuerpo, sino también con algo llamado Hepatitis C.
Se hizo un silencio sordo, apenas roto por el crepitar de las llamas de las veladoras que aún seguían encendidas. Me quedé boquiabierta, mirando a la Señora¸ que parecía divertidísima a costa mía. Me quedé con la vista clavada en ella, incapaz de mirar a Stan; era una cobarde, lo sabía, pero no estaba segura de como enfrentarme a él con otra de mis medias verdades.  
En mi mente se conjuró el recuerdo de la única vez que había tenido que ir al médico, sintiéndome físicamente fatal dos o tres meses después de haberme hecho el tatuaje.  Con algo de esfuerzo, conseguí una identificación falsa  y tuve que viajar a New Rochelle para que me atendieran en una clínica de asistencia social; me mandaron hacer unos análisis de sangre. Cuando la doctora que me atendió me dio el diagnostico, realmente no me importó.  En ese entonces estaba pasando por mi periodo de autodestrucción, así que vi como una buena noticia saber que algo me haría morir antes de lo previsto.  Le di las gracias, me levanté de la silla de plástico y  me alejé de ahí lo más rápido que pude, antes de que pudiera preguntarme algo más, como el por qué yo tenía más cromosomas que el resto de los humanos. Las indicaciones así como los medicamentos habían ido a parar a la basura y empecé a hacer exactamente todo lo contrario a lo que me habían recomendado.
Jamás regresé a hacerme algún otro chequeo de rutina, pero estaba bastante consciente de que mi afición a la bebida, los cigarrillos y una dieta poco saludable no hacían nada por mejorar mi condición. Decidí olvidarlo, mandar mi pequeño problema de salud a un recóndito lugar de mi memoria.
–¿Por qué no nos dijiste la verdad? –Stan pronunció con dureza cada palabra. Estaba furioso, encabritado, colérico…  los adjetivos y sinónimos no me alcanzaban para describir su cólera.
–Se me olvidó… –dije, encogiéndome de hombros. Sonaba ridículamente infantil mi excusa, pero era la verdad… o al menos parte de ella.
–¡¿Se te olvido?!... –Stan empezó a murmurar algo en checo, a tal velocidad que no pude entender ni una sola palabra. Pero era evidente que no eran dulces palabras de amor.  Podía sentir su furia como si fuera la mía propia.
–Pensé que me curaría… después de todo, tengo un súper poder de sanación. En mi vida me había dado una gripe, y pues pensé que…
–Los mestizos tienen la cualidad de acelerar el proceso de curación de alguna herida o un golpe. –interrumpió la Señora –Pero también pueden acelerar los virus que llegan a incubarse en sus cuerpos. Lo que en un humano puede tardar años o décadas en manifestarse alguna enfermedad, en los mestizos pueden ser meses, incluso días.
»¿Nunca escuchaste aquello de “ten cuidado con lo que deseas”? Felicidades, tu deseo se esta cumpliendo: vas a morir antes de lo esperado. Tu sangre me dice que no más allá de un par de meses.
–¡NO!
Por un instante, pensé que el grito había salido de mi garganta. Pero no, me había quedado sin voz. Y totalmente en blanco, como si hubiera hecho un corto-circuito en mi cabeza, dejándome imperturbable. Era una experiencia extracorporal, donde yo podía observar a Stan, a la Señora y a mi misma, a lo lejos,  como si fuera un observador externo, el espectador de una obra de teatro bastante extraña.
 Miré el rostro desencajado de Stanislav, y me imaginé que mi mueca no sería tan distinta a la de él.  En cambio, el rostro de la otra mujer mostraba tal deleite, que me imaginé a un enorme gato persa a punto de comerse a un indefenso ratón, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.  
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!” repetía mi voz interior, como un mantra, mientras mi subconsciente me señalaba con un dedo acusador, dejándome en claro que yo solita me había metido en esto. Yo, estúpida, egoísta, autodestructiva, solo yo tenía la culpa de lo que me estaba sucediendo.  Es cierto, que a veces mis pensamientos habían llegado a ser algo suicidas pero… bueno, no era lo mismo decir que te quieres morir a enterarte que la muerte tiene fecha y hora establecida para venir por ti.
–¿Crees que puedo confiar en alguien que es capaz de mentirle incluso a aquellos que dice amar? No lo creo. En este mundo, hay tres reglas inquebrantables por las que nos regimos: la lealtad, la sinceridad y la discreción; y querida, eres un fracaso en las tres áreas. Así que nuestra pequeña alianza ha terminado
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!”, era lo único que resonaba en mi cabeza, y era como si hubiera perdido la capacidad de reaccionar. Tenía que intentar suavizar las cosas, doblegar mi orgullo y rogar si era necesario para que no nos quitara su apoyo. Pero mi cerebro y mi lengua definitivamente habían cortado la comunicación.
–¿Ha decidido quitarnos la ayuda, así sin más? –algo en el tono de voz de Stan me espabiló un poco, haciendo que prestara atención. Él ya había tratado antes con el grupo, así que la pregunta llevaba algo más.
–Sabes como son las reglas, Stanislav. Nosotros vivimos siendo invisibles a los demás; el que sepan de nosotros, que puedan interactuar con nosotros es una bendición concedida a unos cuantos a cambio de silencio y obediencia.
»Tengo que asegurarme de que el estilo de vida de mis hijos y el mio propio, siga siendo tan silencioso y anónimo como hasta ahora. Y teniendo en cuenta eso y como se han desarrollado las cosas….
El cuerpo se me crispó de pura tensión y lo entendí; rápidamente supe lo que venía a continuación.
–Curiosa elección la de Emmett. Una iglesia como guarida. Y con catacumbas en el sótano; era como si supiera que este sería el sepulcro de ustedes.
–¡No puede matar a mi familia! ¡¿Y qué va a pasar con Jake y Seth?! ¡Ellos son ajenos a todo esto, son inocentes!
–A veces, inocentes terminan atrapados en el fuego cruzado. Pero así son las cosas, no pretenderás que deje sueltos a un montón de testigos de mi existencia, fiándome de que serán capaz de guardar un secreto. Sería bastante estúpido de mi parte, ¿no te parece? Teniendo en cuenta que ellos fueron los que te criaron, y terminaste siendo una mentirosa consumada y patológica.
Sin detenerme a pensarlo, me lancé sobre la mujer, dispuesta a borrarle la burlona mueca a arañazos. Stan fue más rápido, abalanzándose sobre mí, rodeándome entre sus brazos mientras yo me retorcía furiosa entre ellos, buscando zafarme y hacerle daño a ella. Si iba a matarnos, por lo menos no sería sin dar pelea.
–¡Suéltame, Stanislav Masaryk! Voy a darle a esta p…–su manaza me tapó la boca, bloqueando mi fluido y florido vocabulario.
La maliciosa carcajada de la mujer hizo eco en la iglesia, y podía jurar que las llamas de las velas se avivaron más.
–Admiro ese carácter lleno de fuego, sin amilanarse a pesar de que todo esté perdido. Que desperdicio… Espero que mis hijos se diviertan allá abajo en cuanto reciban mi orden.
¿En cuanto recibieran su orden? ¿Nos iba a matar ella primero y después iría abajo para ordenar el exterminio de mi familia y amigos? Porque no veía que trajera algún sistema de comunicación como para ordenar a la distancia.
–No necesito ninguno de esos juguetitos que ustedes llaman tecnología para hacerme oír. De vez en cuando, basta ser un mal pensamiento para desatar un apocalipsis.
Te voy  a soltar, pero estate quieta y trata de no hacer ninguna estupidez”, murmuró Stan contra mi oído; asentí, y me liberó de mi prisión. Ok, yo trataría de no hacer una estupidez, pero temía que fuera él quien intentara hacer una con tal de ponerme a mi a salvo.
–Este fue su plan desde el principio, ¿no es así? El que decidiera prestarnos su ayuda solo fue una charada.
»Usted misma lo dijo antes, esta dispuesta a negociar con nosotros siempre y cuando tengamos algo qué ofrecerle.
–Stanislav, me ofendes. Mis intenciones siempre fueron nobles y desinteresadas. El que les retire mi apoyo, es culpa de ustedes. Si no hubieran roto una de las dos leyes más importantes que tenemos, los demás defectos de la mestiza los hubiera podido dejar pasar por alto.
»Y sé lo que intentas hacer. Crees que puedes convencerme de que te mate a ti y que a ella la deje vivir.  ¿Para qué? De todas maneras moriría en menos de un año. ¿Por qué sacrificarse por la mestiza? ¿Por qué no rogar por tu existencia?
–Solo existo por ella –Stan apretó las quijadas mientras pronunciaba las palabras, dejando entrever la furia contenida.
La Señora esbozó otra de esas sarcásticas sonrisas ladeadas. Pero no dijo nada, se limitó a lanzarnos una larga mirada, estudiándonos como si nos fuéramos un par de bichitos debajo de un microscopio.
–Supongamos, y digo “su-pon-ga-mos” que decido negociar con ustedes el destino de todo su clan. Supongamos que han logrado llegar a mi “corazón” –pronunció con ironía la palabra mientras se llevaba la mano derecha sobre el pecho izquierdo por un instante, en un gesto algo teatral–y decido darles una oportunidad de rescatar nuestra alianza.  ¿Qué están dispuestos a negociar a cambio? ¿Estarías dispuesto a renunciar a ella a cambio de salvarla?
–Si
–¡No! –grité, con fuerza, tajante. Ya había renunciado él a mí antes, y eso casi acaba conmigo. Jamás volvería a pasar por eso otra vez. Sin importar las circunstancias, no permitiría que nos alejaran nuevamente.
–¿Y tú, mestiza, estarías dispuesta a renunciar a él para salvarlo? –estuve a punto de decir que no, pero me detuve. Por salvarlo, renunciaría hasta a mi alma. –¿Y por tu familia, qué estás dispuesta a dar a cambio?
El rostro de mis padres, de mis tíos, abuelos, de Jake y de Seth, fueron desfilando uno a uno por mi mente. ¿Qué tenía yo que pudiera ser de valor para la Señora? ¿Cuál sería el pago que consideraría justo para no hacerle daño a aquellos que amaba?
–Yo… yo… –balbuceé con torpeza. ¿Qué tenía yo que pudiera ofrecerle a ese demonio de mujer a cambio de nuestras vidas y de la alianza que nos había prometido? No creía poseer algo que pudiera interesarle. Había dejado en mi cuenta de ahorros en un banco de Nueva York apenas mil ochocientos ochenta y nueve dólares con veintidós centavos, pero dudaba que le interesara mi pobre patrimonio. Aunque también tenía las joyas que la tía Rose me había dejado a manera de herencia, tal vez ahí hubiera algo que…
–No necesito ninguna baratija que pudieras ofrecerme –cortó mis pensamientos la Señora, provocándome un nuevo escalofrío de la impresión de que conociera lo que pensaba. Estaba segura que no poseía un don como el de mi padre, sino que sus “dones” partían de algo mucho más siniestro y complicado –Negociar conmigo significa renunciar a algo que realmente valga la pena tener. Si te digo que la única forma de que vivan aquellos que están allá abajo, es que Stanislav se marche en este instante conmigo y jamás vuelvas a verlo, ¿accederías al trueque?
Stan a cambio de la vida de mi familia y mis amigos. Una vida a cambio de catorce. Debía decir que sí, debía hacerlo, era mi familia… Pero el “si” jamás salió de mis labios. Apreté los ojos, mientras una solitaria lágrima se deslizaba por mi rostro. No, no podía renunciar a él…. Era como dejar que me arrancaran el corazón en carne viva. No podía, no podía renunciar a él. Me pertenecía dela misma forma que yo era suya.
¿Y qué pasará con tu familia, con Jake?¿Podrás vivir con tu consciencia si algo les pasara por no acceder a hacer este sacrificio?” No, tampoco podría lidiar con eso, así de simple. Y así de complicado.
–Si lo que quiere es que me marche con usted, entonces andando –Stan habló, tomando la decisión por mí. Rápidamente volví mi vista a él, asustada. Sentí que el  color me abandonaba por completo, mientras una sensación helada se colaba hasta lo más profundo de mí. Negué con un movimiento de cabeza, sin encontrar mi voz para gritar el “no”, sin voz para protestar.
–El sacrificio tiene que hacerlo ella, no tú. La única forma de que te marches de aquí es que ella acceda a renunciar a ti.
»Entonces, mestiza, ¿qué va ha ser? ¿Tu felicidad por la vida de tu clan?
–No… no puedo… –me dejé caer de rodillas, derrotada. –No me pida eso, no puedo… cualquier otra cosa menos eso. Estoy dispuesta a darle lo que quiera, lo que sea, menos esto…
–¡Renesmee, no! –Stan me tomó entre sus manos con prontitud, obligándome a ponerme de pie nuevamente. Creí detectar cierta nota de advertencia en su tono de voz, pero estaba demasiado asustada, demasiado desesperada como para estar segura de nada.
–¡Por fin llegamos a algo! –la Señora esbozó una sonrisita de satisfacción, mientras Stan murmuraba una retahíla de palabrotas en checo.
–Deberíamos tener algún testigo para darle seriedad a esto, ¿no creen? –continuó la mujer, casi alegre –Es obvio que separarlos sería demasiado duro para ustedes, por lo menos ahora. Y considerando que no te queda mucho tiempo de vida, sería bastante cruel de mi parte obligarlos a olvidarse el uno del otro. No quiero convertirlos en la versión vampiro de “Romeo y Julieta”.
»Tal vez debería pedirte que como prueba de que realmente puedo confiar en ti, que a pesar de todas tus faltas, todavía puedes redimirte… ¿Qué te parecería ser sincera por primera vez? 
–¿Qué quiere decir con eso? –pregunté, temiendo la respuesta que pudiera darme.
–Que me gustaría que dijeras todo aquello que has callado, sabiendo que está mal. No sé, tal vez como acto de redención, podrías decirle al lobo que su padre tuvo una aventurilla estando casado y que uno de los lobos de su manada, era en realidad su hermano.
Me quedé de piedra. ¿Cómo diantres sabía esta mujer tanto? ¿Con qué clase de demonio estábamos tratando?
­–También podrías decirle que su nueva mujer está embarazada y que si no se lo dijo, fue por que tú regresaste. La patética mujercita tiene miedo de que se quede a su lado por obligación.
» Podrías decirle a Stanislav cuantos hombres pasaron por tu cama intentando llenar el vacío que él había dejado.
–¡¿Hombres?! –
–No… Stan no…
“¡Carajo!”, ¿es que no pensaba callarse esta mujer? Y no habían sido tantos hombres en mi vida…
–¿Hubo más a parte de Black y el tal VJ?
–Stan no… solo una vez, una tontería sin importancia… no…
La respiración de Stan se volvió un auténtico bufido rabioso. Triple carajo. No era el momento del Stan Celoso. No podía ponerme a explicarle mi historial amoroso durante los años que no estuvimos juntos. Y esa “única vez” de la que obviamente no me salvaría de explicarle, apenas si había sido un estúpido ligue en una muy estúpida borrachera. Pero no había habido nada más.
– Podrías decirle a tu familia la verdad sobre tu salud. A tus padres les encantaría saber que su “pequeñita” morirá pronto gracias a la desenfrenada vida que llevaba...
»Oh, qué bien, tenemos compañía… acérquense.
Giré el rostro en dirección a la puerta que llevaba a través de la sacristía. Ahí parados estaban tío Emmett, mi padre y Eros. ¿Qué tanto tiempo llevarían ahí? ¿Qué tanto habrían escuchado? Por el ceño fruncido de papá y mi tío, pude imaginar que habían escuchado bastante.
Eros les dio un par de empujones a papá y a Emmett, haciendo que avanzaran hasta nosotros.
Lo que hayas escuchado, prometo explicártelo después”, pensé, sabiendo que papá escucharía con su don.
–Así que tú eres el padre de la mestiza.
–Y usted la líder de las Erinias.
La Señora no respondió, simplemente se limitó a contemplar por un momento a mi padre antes de decir:–Eros, ¿qué esperas?
–Lo siento, Madre… –hizo una pequeña reverencia antes de patear a papá en la parte interna de las rodillas, haciéndolo a caer sobre ellas en el piso. Enterró los dedos con brusquedad entre los mechones cobrizos de la cabellera de papá, obligándolo a ladear la cabeza, dejando expuesto el cuello.
Quise moverme hacia ellos, defender a mi padre, pero era como si una fuerza invisible me sujetara, impidiéndome dejar mi lugar. Busqué con la mirada frenética la de Stan y la de tío Emmett, y supe que a ellos les pasaba lo mismo.
La Señora se inclinó hacia el cuello de papá, y sin mucha ceremonia, clavó sus colmillos en mi padre. Cerré los ojos, intentando ignorar la escena, pero podía escuchar como los labios de la mujer succionaban la sangre de papá. La Señora estaba cobrando su cuota por permitir que papá la viera.
Para cuando me atreví a abrir los ojos, papá ya estaba de pie, cubriéndose la mordida en el cuello con la mano. Sanaría pronto, pero odiaba que papá hubiera tenido qué pasar por eso. Y de pronto, mi mente tuvo un chispazo de lucidez, ¿qué hacía mi padre ahí?
–Como dije, necesito testigos de nuestra negociación.  Y quienes mejor que tu padre y tu tío para que den fe de lo que aquí pactemos, ¿no crees?
Guardé silencio, mirando alternativamente los rostros de los demás. Quería preguntar qué estaba pasando allá abajo con el resto de la familia, pero no me atreví a abrir la boca. Algo me decía que era preferible acabar con lo que fuera que la Señora tuviera en mente y que las preguntas las dejáramos para después.
–Edward Cullen, el padre de esta pequeña aberración en nuestra raza… –pronunció con desprecio, estudiando con detenimiento a papá –Aro está obsesionado con tenerte en la guardia, como parte de su colección de “talentos”. –No era una pregunta, la mujer sabía de perfectamente de lo que hablaba.
»Bien, supongo que estarás al tanto de las faltas de tu hija. Es increíble que no le hayan explicado las reglas por las que nos regimos. Me pregunto si no deberían recibir los padres un castigo también por el descuido en su educación. Eso sería justo, ¿no crees, Eros?
–Si así lo cree, Madre...
–Pero estoy dispuesta a mostrar algo de piedad, y concederles, por el momento, el perdón. Claro, siempre  y cuando estén dispuestos a pagar el precio que pido por ello.
Mi padre frunció el ceño aún más, visiblemente molesto. Algo en el brillo de sus ojos dorados me dijo no estaba precisamente contento, y no se debía únicamente a lo que pudo haber escuchado antes. Algo había pasado allá abajo, estaba segura; tal vez los rumanos ya habían hecho el anuncio de que nuestra alianza estaba anulada.
En mi mente se empezaron a barajar toda clase de imágenes y posibilidades, unas más lúgubres que las otras. Estaba tan ensimismada en mis pensamientos, que me llevé un susto de muerte cuando escuché el grito de papá.
–¡Aaaargh!
Lo vi caer de rodillas nuevamente, llevándome las manos a la cabeza, enterrando sus dedos en su cabello. ¿Qué estaba pasando? Nunca había visto a mi padre así, literalmente retorciéndose del dolor, pero ¿por qué…? Y entonces recordé cuando había intentado utilizar mi don en la Señora. Mi cerebro había recibido algo parecido a una descarga eléctrica, provocándome un intenso dolor.
–De tal palo, tal astilla. Tu hija trató de utilizar su don conmigo, igual que tú. Pero por lo menos ella tuvo la buena educación de presentarse primero, y tú, pequeña sabandija, directo al ataque.
La mujer soltó otra de esas carcajadas odiosamente diabólicas. Se la estaba pasando bomba a costa de nosotros, era evidente. ¿Es que tantos años de encierro ya la habían hartado y al toparse con nosotros, había decidido que seríamos su nueva diversión, sus marionetas para movernos y destruirnos a su antojo?
–Emmett, levanta a tu… “hermano” y terminemos con esto.
Impulsivamente, di un paso en dirección de mi padre, con la firme intención de ayudarle a incorporarse nuevamente. Pero ella me detuvo con un seco: –He dicho Emmett.
Mi tío ayudó a papá. Podría apostar que lo veía más pálido de lo normal, y su mirada  parecía totalmente desenfocada. Quise decir algo, hacer algo pero temía que mis acciones llevaran a la Señora a hacerle daño a Stan, a mi padre o a mi tío.
–Bien, mis condiciones para perdonar las afrentas de tu clan, Emmett, son bastante sencillas.
–¿En esas condiciones se incluyen respetar el pacto de las Erinias en nuestra lucha contra los Vulturi? ¿Y qué hay de los demás? ¿También incluye respetar nuestras vidas?
–¡Vaya, quieres el paquete completo! ¿No sabes que aún en los vampiros, la codicia no sienta bien?–respondió con mofa –En fin, supongamos–prosiguió la Señora –que además de perdonarles el castigo a la muerte verdadera a Stanislav y Renesmee, decido que mis hijos podrán acompañarlos mañana en su marcha a Volterra. Pero el precio que exijo es algo sencillo y no está a negociación. Lo toman o lo dejan.
Ese “o lo dejan” me sonaba bastante a que si decíamos que no, la masacre Cullen y aliados empezaría en un abrir y cerrar los ojos.
–¿Qué es lo que quiere a cambio? –la pregunta hosca de mi padre era una señal de que se iba recuperando del ataque.
–La vida de la mestiza.
Se hizo un silencio sordo. Incluso, estaba segura que todo el oxígeno se había consumido. La respiración se me había parado, junto con el latido del corazón y el sentido del oído. ¿Había escuchado bien?
–¡No!
–¡No!
Las voces de mi padre y Stan resonaron en eco, cortando al fin el silencio sepulcral que nos habíamos sumido. ¿Quería mi vida a cambio de los demás? ¿Matarme ahí mismo, dejar que mi sangre lavara las “ofensas”? Era algo bastante medieval, a decir verdad.
–No puede matar a mi sobrina…
–Nadie ha dicho nada de matar. Y te recuerdo que puedo matarla a ella o a todo este maldito pueblo con solo quererlo.
»Todos ustedes han estado demasiado obsesionados con evitar que ella se convierta completamente; incluso ella detesta la idea de terminar abrazando nuestra naturaleza. Su corazón latiente es lo que más valoran, así que si quieren que me haga de la vista gorda y siga esta pequeña alianza como si nada hubiera sucedido, simplemente pido un sacrificio en gesto de buena voluntad. Y qué mejor que entregándome la vida humana de la mestiza.
»Bajo ninguna circunstancia podrá ser convertida, a menos que yo lo ordene. Y si eso llegara a suceder, si un día decido que le daré el regalo de la eternidad,  su conversión la haré yo. Entonces, a partir de ese momento, cuando su corazón deje de latir, me entregará su vida humana y prestará vasallaje en mi clan durante el tiempo que yo lo decida.
¿Vasallaje? ¿Y eso qué demonios significa en la jerga vampírica?”. No estaba segura de entender.  O sea, según la Señora, me quedaban pocos meses de vida y nadie podía convertirme, bajo ninguna circunstancia (imaginé que eso incluía mi sentencia de muerte) a menos que ella así lo ordenara. Y ella sería quien llevaría a cabo mi conversión a monstruo.
–Eros, explícale a nuestra scories petite lo que significa el honor de prestar vasallaje en el clan.
–Significa tener el privilegio de honrar y servir  a Madre en todo lo que ella dicte, de la manera que lo requiera, cuando sea y como sea.  Los vasallos de Madre no conocen más familia que ella, no adoran nada más que ella, solo existen para servirla, para arrodillarse en su presencia. Su mundo empieza y termina a los pies de nuestra Señora.
–¿El precio por su ayuda, por “perdonar” nuestras supuestas faltas es que mi hija se convierta en su esclava? ¡Jamás!
–Es un pequeño sacrificio qué hacer en pro de un bien mayor…
–¡Renesmee es mía!
–Y ustedes me pertenecen a mí, así de sencillo. Desde el inicio de los tiempos…
–¡Acepto! –grité, interrumpiendo las protestas de los demás. Sentí los cuatro pares de ojos clavados de mí, cada uno con uno reflejando una distinta gama de emociones –Acepto darle mi vida humana, acepto que solo usted sea quien pueda convertirme.
Ella estaba exigiendo que nadie me convirtiera, y si me quedaban unos cuantos meses de vida, ¿qué más daba que aceptara ser su esclava vampira? La única forma que eso sucediera es que ella exigiera mi conversión, pero la mujer me consideraba un bichito insignificante, así que podía esperar sentada antes de que la Señora decidiera llevar a cabo mi transformación. Era evidente que lo único que quería era asegurarse de que nadie pudiera salvarme de la muerte. Yo era un soldadito desechable: una vez que llevara a cabo la misión que me había encomendando respecto a Marco, entonces yo sería prescindible. Y había dejado muy en claro que nos consideraba a los “mestizos” una mera abominación que debía ser erradicada.
Así que si apenas viviría un par de meses, aceptar no me costaría nada. No era como si me estuviera pidiendo que me fuera en ese instante con ella en calidad de esclava.
Con solo aceptar significaba tener el apoyo de las Erinias para atacar a los Vulturi y salvar a Charlie. Significaba salvar a mi familia, a mis amigos… lograr que Jacob regresara a La Push y que encontrara la manera de hacer funcionar las cosas con Emma. Tenía que regresar con su familia, saber que se convertiría en padre y que al fin tendría la vida, la felicidad que se merecía.
Y sobretodo, que podría estar con Stanislav cada día de los que me quedaran de vida. Pedía lo que quedara de mi vida, no me exigía alejarme de él, no tenía que renunciar a él.
–Bien, entonces no hay nada más que decir. La mestiza ha aceptado, será mía cuando yo así lo decida y por el tiempo que yo quiera.
–¡Hija, no puedes hacer esto! ¡No puedes aceptar esta locura!
–Renesmee, no puedes hacernos esto.
–Papá, Stan, ya lo decidí... lo siento, tomé una decisión que solo es mía.  Si lo que quiere es la promesa de convertir mi corazón latiente, pues ahí la tiene.
Y si según ella, mi final está más cerca de lo que pensaba, entonces el gusto le va a durar muy poco
–No hay mejor forma de cerrar un pacto de honor que con la sangre. Es lo que exige la tradición.
Puse los ojos en blanco. Ya sabía lo que esta mujer esperaba de mí, así que llevé mis labios sobre la herida donde un par de noches atrás había bebido la Señora. Usé mis dientes para reabrir el corte, cubierto por una costra en señal de que empezaba a sanar el corte. Succioné con fuerza, logrando que saliera un buen brote carmesí. Instintivamente, desvié mi mirada hacia Stan, como esperando su comprensión y su permiso, después de todo, mi sangre ya no me pertenecía únicamente a mi.
Tendí el brazo hacia ella, y giré el rostro. No quería ver sus labios sobre mi piel, no quería ver el brillo de triunfo en sus ojos. Detestaba estar en esa posición, pero no había otra salida. Nos había acorralado, presionado, para lograr nuestra rendición.
Con esfuerzo, traté de poner la mente en blanco, pero no pude. Así que me concentré en repasar el bello momento que había vivido con Stan antes de que este demonio disfrazado de mujer apareciera en el umbral de la iglesia.  Stan me había llamado “Señora Masaryk” y así me sentía, como su esposa, su mujer, su compañera… aunque fuera por poco tiempo.
La Señora liberó mi brazo, después de un tiempo que se me hizo eterno. Con la otra mano, cubrí la herida, intentando frenar el pequeño brote de sangre.
–Tu turno, mestiza.
Fruncí el seño, confundida. ¿A qué se refería a que era mi turno? ¿Iba yo a morderla o qué?
–No tendrías tanta suerte. Beberás mi sangre, pero no de mí.
Abrí los ojos como plato, totalmente perdida. ¿A qué rayos estaba jugando?
La Señora tomó entre sus manos el dije que pendía de la cadena que adornaba su cuello. Con un rápido movimiento de sus manos, soltó la esfera de vidrio rojo y quitó la parte de arriba, como si se tratara del corcho de una botella de vino; fue entonces que noté que no era una simple joya, sino un vial. Y por el color, indudablemente el contenido era sangre.
–Toma. Bébela –extendió el pequeñísimo recipiente hacia mi. Lo agarré, pero no tanto porque me lo hubiera ordenado, sino que estaba tan pasmada que no supe qué más hacer. Contemplé el pequeño recipiente de cristal, alternando la mirada hacia el rostro de la Señora.
–Oh, por favor…. ¿te has vuelto sorda o idiota? ¡Bébelo!
Di un último vistazo a los todavía más confundidos rostros de Stan, papá y Emmett, y preparándome para el agrio sabor de la sangre de vampiro, respiré profundamente y me empiné el contenido del pequeño recipiente.
La sangre se deslizó espesa por mi boca y después por mi garganta, dejando un sorpresivo sabor dulzón, indescriptiblemente delicioso.
Extrañamente, sentí que el corazón empezaba a latirme más rápido, que mi respiración se aceleraba mientras un escalofrío recorría una y otra vez cada una de mis terminales nerviosas. Tal vez estuviera volviéndome loca, pero sentía el ritmo furioso con el que mi sangre corría por mis venas.
La Señora esbozó una sonrisa ladeada, mientras me miraba con divertido deleite.
­­–Bien. Supongo que el trato sigue en pie. –Nos miró alternativamente a Stan y cada uno de los Cullen, como estudiando las reacciones claramente reflejadas en nuestros rostros –Será mejor que me marche. Después de todo, ya no tengo nada más que hacer aquí.
»Stefan y Vladimir se quedarán a su lado para pelear contra Aro.
Madre, permíteme acompañarte –intervino Eros, avanzando hasta la mujer. No dejaba de sorprenderme que un vampiro como él, tan intimidante, fuera capaz de someterse con tal facilidad a la Señora. Detuvo su avance a un par de pasos de distancia de ella, y con una reverencia, como pidiendo permiso para hablar o acercarse un poco más, prosiguió:–Permíteme ir a tu lado para protegerme.
Oh, oh” No presté atención a la respuesta de la Señora, pues empecé a templar incontrolablemente. Algo andaba mal conmigo, muy mal. Empecé a tener dificultad para respirar y cada uno de los 206 huesos de mi cuerpo empezó a dolerme, como si una ráfaga de descargas eléctricas viajara a través de ellos sin control.
Quise pedir ayuda, pero de mi garganta apenas salió un gemido lastimero. Mi cuerpo colapsaba, se convulsionaba y yo estaba aterrada, sin saber qué pasaba. ¿Realmente sería sangre lo que bebí? ¿Estaría envenenada?
Un par de manos me sostuvieron, pero no pude ver de quién se trataba. Todo era borroso, mi vista parecía empañada por una espesa neblina. Los pulmones los sentía como de plomo, sin poder llevar el suficiente oxígeno a ellos. Por mi mente pasó la idea de vomitar, expulsar de mi cuerpo aquello que la Señora me había hecho beber; el problema es que la comunicación entre mi cabeza y el resto de mi persona parecía estar cortada. Diablos, el dolor era insoportable. Y no solo los de los huesos, sino de todos mis órganos internos. Era como si mi riñón derecho hubiera decidido dar un paseo por el área de la pelvis. Algo se removía dentro de mí, como si cada hueso, cada órgano, cada célula hubiera decidido tomar su propio rumbo y dejar de trabajar en equipo para pelearse entre ellos mismos.
–¡Renesmee!
–¡Nessie!
–¡¿Qué diablos le han hecho?!
Escuchaba las airadas voces, pero no podía identificar a quién correspondía cual. Una malévola y divertida carcajada femenina resonaba a modo de respuesta, mientras mi cuerpo se contorsionaba de forma antinatural, y yo apenas si podía emitir un débil gemido tras otro.
–Estará bien –creí escuchar la voz de la mujer.
–¿Por qué? ¡Ya tenía lo que quería! Renesmee había accedido a sus deseos.
–No tengo por qué rendirle cuentas a nadie…  –las voces parecían irse desvaneciéndose a cada seguro. Sentí terror. No solo no veía, sino que también estaba a punto de quedarme sorda.
Algún día, ella poseerá algo que tal vez yo deseé. Y entonces, tal vez llegue el momento de volver a negociar.
Realmente no estaba segura de haber escuchado esas palabras, porque llegaron a mí como si fueran el susurro de un secreto por parte del viento.
El cuerpo se me puso completamente tenso, e inexplicablemente, a mi mente se me vino la imagen de unas manos pálidas sosteniendo entre ellas la ramita seca de un árbol caído. Un dolor insoportable atravesó todo mi cuerpo, desde las plantas de los pies hasta el cráneo; al mismo tiempo, la imagen de mi mente se amplió y las pálidas manos tuvieron dueño, o mejor dicho, dueña: la Señora, y sin muchos miramientos, con insana diversión, partió la ramita con violencia; pero la ramita que sostenía se había convertido en mi cuerpo.
Tal vez fue por el dolor físico o por lo horrible de las imágenes que se habían apoderado de mi mente, pero de mi garganta salió un desgarrador gruñido, tan violento que sentí que el sonido iba quemándome por dentro a medida que salía por mi boca.
La última nota de ese bufido se llevó lo que quedaba de aire en mis pulmones así como los últimos vestigios de consciencia. Todo se sumió en insonoras tinieblas; todo mi alrededor se desintegró, ya no sabía qué sucedía, quién estaba o no a mi lado. Lo único que podía sentir eran oleadas de dolor, pero ya no tenía voz para protestar, ya no era capaz de moverme o respirar
 ¿Ese había sido mi fin? ¿Así había acabado todo? Ni siquiera fui capaz de contestarme eso, incluso, mi voz interior me había abandonado.  




Abrí un ojo. La cabeza me martillaba como si hubieran jugado un partido de fútbol con ella. Y ni hablar del resto de mi cuerpo. Sentía que los huesos los tenía hecho polvo.
Mi rostro estaba sobre una larga y fría plancha de piedra. ¿Dónde estaba? Con esfuerzo abrí el otro ojo y frente a mí había otra superficie como en la que estaba acostada. Tardé un par de segundos para procesar que se trataba de una tumba, algo polvorienta y despostillada por el tiempo. Probablemente, yo estaba encima de una igual, pero ¿por qué?
Con un poco de esfuerzo, apoyé las manos sobre la fría roca y empecé a levantarme. Me sentía extraña, por decirlo de alguna manera. Era como si estuviera despertando después de un largo sueño. Logré incorporarme hasta quedar sentada, y mecánicamente, empecé a mover mi cuello de un lado a otro, mientras me tomaba las manos tras la espalda, en un intento de poner en marcha mis engarrotados músculos. 
“¿Dónde jodidos estoy?”, pensé, mirando a mi alrededor, en busca de alguien, quien fuera y me explicara qué estaba pasando.
“Tal vez debería ir a explorar por ahí”. Sí, esa podría ser una buena idea. Me puse de pie, esta vez apoyándome en la cruz que adornaba la tumba.
“¿¡Qué demonios…?!”, abrí los ojos como plato, observando la mitad del crucifijo en mi mano. El trozo de roca debería de pesar por lo menos unos 30 kilos, y ahí estaba yo, sosteniéndolo con una mano como si se tratara de un pedazo de utilería hecho a base de poliestireno.
–Al fin has despertado, princesa.
La voz me tomó por sorpresa, provocándome un sobresalto y haciendo que dejara caer al suelo la piedra tallada; ésta apenas si sufrió daño con el estrellón, demostrando lo sólido del material. Entonces, ¿cómo es que lo había podido romper tan fácilmente al apoyarme en él?
–Creí que dormiría para siempre. Empezaba a pensar en usar la táctica del “Príncipe Azul y Blanca Nieves” y venir a besarte para sacarte de tu sueño.
Me giré en busca del dueño de esa voz. Estaba a un par de metros de mí. Lo miré y su belleza, si es que así podía calificar a ese pedazo de hombre que tenía delante de mí, me dejó sin aliento.  Si quería besarme, ¡adelante! Aunque se me ocurrían cosas más interesantes que podíamos hacer que sólo limitarnos a un sencillo beso.
Me quedé alelada, observándolo casi babeante como se acercaba a mí con una sonrisa y una mirada llenas de alivio. Al fin estaba tranquilo; no podía explicar cómo es que lo sabía, pero algo en mi me lo decía.
Que hermoso.”, pensé con un suspiro. Y aunque sus ojos me parecían de un extraño color entre café y rojizo, no noté nada raro en ellos.
Me pareció una eternidad los pocos segundos que tardó en recorrer la distancia que nos separaba. Me envolvió en su abrazo y depositó un beso en mi cuello, mientras  yo llenaba mis pulmones con el delicioso aroma que desprendía su pecho. Tan delicioso que se me hacía agua la boca; quería morderlo, probar su sangre y…
¿Probar su sangre?” ¿De dónde había venido eso? Ok, oficialmente, estaba completa y totalmente confundida. ¿Por qué estaba en esa especie de cementerio? ¿Quién era este adonis que me provocaba los más extraños pensamientos? Pero sobre todo, ¿qué rayos me había pasado?
–¿Cómo te sientes? Freyja dijo que tal vez te sintieras un poco confundida cuando despertaras.
¿Freyja? ¿Y esa o ese quién era? Sentí que abría los ojos tanto como un personaje de caricaturas.
–¿Quién eres? –solté con la voz más aguardentosa que jamás había escuchado. Y al fin caí en cuenta en que no tenía ni idea de quién era él y ahí estaba yo, dejándome abrazar y besar por él sin el menor empacho. Era extraño, debía sentirme abochornada por dejar que un extraño me acariciara de tal manera, pero algo me decía que no estaba mal. Y ese algo, una especie de voz interior, me decía que me daría una buena paliza si me movía un milímetro siquiera y me separaba de él.
Ahora fue su turno de abrir los ojos como plato. Mi pregunta lo había desconcertado.
–¿No sabes quién soy? ­¿De verdad? ­–me miró entre incrédulo, sarcástico y preocupado. –¡No otra vez!
–¿Otra vez? ¿De qué hablas? ¿Qué me ha pasado?
–Freyja nos advirtió que podías estar algo perdida cuando volvieras en ti. Pero nunca mencionó que pudieras terminar amnésica una vez más.
Mis ojos se abrieron a un más. Al paso que iba, iba a terminar con cara de caricatura japonesa. “…nunca mencionó que pudieras terminar amnésica una vez más ” Esa frase bastó para encender un pequeño chispazo en mi cerebro. Algo, una idea, un recuerdo querían salir a flote…
–Stan… –susurré. Stan, él era Stan. Y fue como si jalara un pequeño hilo y de un tirón, se viniera completa la hilaza de recuerdos. –¡Diablos! ¿Qué me pasó? Lo último que recuerdo anoche fue la Señora  y… la sangre que bebí… y… y…
–Estuviste inconsciente casi veinte horas.
–¿Qué? ¿Qué hora es?
–Faltan un par de minutos para las seis de la tarde.
            “Y menos de cuatro horas para ir contra los Vulturis”, mi mente terminó por él.
–¿Qué fue lo que me pasó?
–Te desvaneciste completamente. Por un momento llegamos a creer que esa maldita mujer podía haberte envenenado.
»Pero nos aseguró que no te pasaba nada. Que al contrario, solo te había dado un pequeño empujón para que estuvieras lista para esta noche. No sé qué significa eso, pero deseaba matarla, si hubiera sido posible. Y tu padre y Emmett se sentían igual.
¿Un pequeño empujón? Y entonces, recordé lo sucedido con la cruz de piedra.
Finalmente, me solté de su abrazo y me agaché con rapidez a recoger el pedazo de cruz que yacía a mis pies.
–¿Podría referirse a esto? –le pregunté, sosteniendo la piedra tallada con una mano, y dándome el lujo de lanzarla y atraparla como si se tratara de un muñequito de peluche. Stan frunció el ceño, y yo agregué: –Al despertar, me apoyé en ella para levantarme de la lápida donde estaba acostada y la rompí.
 –No es posible. Eres fuerte, pero no tanto…
–No tanto para destrozar algo así y cargarla como si nada –terminé por él –Soy más fuerte que un humano, pero esto es más que eso. Es la fuerza de un…
–De un vampiro.  –Esta vez fue él quien terminó la frase por mí.
Nos miramos fijamente, y pude ver en su rostro, en sus ojos que se preguntaba lo mismo que yo, ¿sería posible que con el solo hecho de beber un poco de la sangre de la Señora hubiera bastado para terminar convertida en lo que todo lo que mi familia había luchado para que no sucediera?
–No –respondió Stan de repente –Tus ojos no han cambiado, y tu corazón no ha dejado de latir. Siente –tomó mi mano con la suya y ambas terminaron apoyadas sobre mi pecho izquierdo. Sentí el rápido ritmo bajo mi piel,  sin poder evitarlo, lancé un suspiro de alivio.
Pero aun así, eso no explicaba la repentina aparición de mi súper fortaleza. Y pensándolo bien, ya no me sentía cansada, ni débil. Rápidamente, eché un vistazo hacia las heridas que había tenido en el brazo con tanto corte, estaban completamente cerradas.  No había ni una costra, la piel estaba regenerada. Me curaba rápido, sí, pero no a esa velocidad.
¿Qué rayos me estaba pasando? ¿Qué me había hecho esa mujer?
–Cariño, creo que será mejor buscar a los demás. Quieran o no, Eros y hermanas van a tener que explicarnos que está pasando contigo.
Asentí, completamente de acuerdo.  Porque si la sangre de la Señora me había convertido momentáneamente en una especie de wonder-woman medio vampira, quería saber cuánto tiempo duraban los efectos, y sobre todo, qué precio tenía qué pagar por esa ayuda extra. 

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