Disclaimer

Nombres y personajes de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer (menos los que no salieron en la saga original). Lo único mio es la historia que va uniendo a tan maravillosos personajes.
Esto es un homenaje a una de mis sagas favoritas, sin fines de lucro, por mera distracción.
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domingo, 23 de agosto de 2009

BAILE

–¿Qué haces aquí? –solté de sopetón, sorprendida por su presencia. No necesité elevar el tono de mi voz, sabía que no era necesario con él y menos cuando había entre nosotros unos diez centímetros de distancia

–Vine a buscarte.

–¿Por qué? Y…, ¿cómo me encontraste? –fruncí el ceño, confundida.

–Te seguí –arqué la ceja, perpleja –Alice me dijo dónde trabajas, así que esperé a que salieras de la tienda y te seguí. –Pronunció alzando los hombros, quitándole importancia a sus palabras.

–O sea que ahora me acechas. ¿Sabes que eso es un delito?

–No te acecho, simplemente te cuidaba a la distancia.

–Ajá si tú lo dices… Pero no entiendo por qué me seguiste desde esta madrugada cuando abandoné el hotel. Y aclaro, no necesito una nana que me cuide, me basto yo sola para hacerlo.

–Se nota lo bien que te cuidas –pronunció con sarcasmo. Decidí no darle la réplica que se merecía, pues no pensaba armar una escenita delante de la gente. Algunas personas habían empezado a mirarnos descaradamente, en su mayoría mujeres que prácticamente estaban babeando por Stan. –Pero yo no te he seguido desde la madrugada, como dices.

–¿No? ¿Y entonces…?

–Creo que estamos empezando a llamar la atención, ¿no crees?

–Esteee…

–Sería buena idea que bailemos mientras hablamos. Supongo que no querrás llamar demasiado la atención y que alguien termine reconociéndote como la mujer que ha estado en el ojo del huracán últimamente.

No me dio tiempo ni de parpadear cuando me vi presa entre sus brazos y prácticamente arrastrada hacia un área un poco más oscura y atestada de gente. Era imposible poner por lo menos un centímetro de distancia entre nosotros. Mi corazón empezó a palpitar desenfrenadamente para mi bochorno, mientras mi traidor cuerpo era bastante consciente de la proximidad del suyo. Gemí de incredulidad cuando las notas de una vieja canción llamada “Love & Sex & Magic” empezó a sonar en el lugar. Ya estaba en demasiados problemas con respecto a Stan como para agregarle más sabor a la situación.

–¿En qué estábamos? Ah, sí… –Acercó sus labios hasta mi oreja derecha y empezó a hablarme en suave susurros contra ella. No era justo, era una tortura, bastante dulce, pero tortura al fin y al cabo. Sería tan fácil dejarme ir, pero debía luchar contra él. –Le pedí a Alice que me dijera dónde trabajabas. Ayer saliste prácticamente corriendo del hotel y dejaste olvidados tu abrigo y tu teléfono. Quise devolvértelos.

–¿Y dónde están? –La forma en que pegaba su cuerpo al mío al ritmo de la música estaba haciendo que me fuera difícil concentrarme en mis propias palabras. Hubiera sido bastante fácil negarme a seguirle el juego, pero lo último que quería era armar una escena. Dejaría que dijera lo que tenía que decirme y después lo mandaría de paseo y yo regresaría a mi mesa con VJ, Adele y los demás. Había momentos en la vida en que había qué ponerme práctica, este era uno de ellos. –No veo que traigas ninguno de ellos en este momento.

–Tu abrigo está en el guardarropa del bar.

–¿Y mi teléfono?

–Está guardado en mi chaqueta… ¿o en alguno de los bolsillos delanteros de mi pantalón? No lo recuerdo bien, ¿te gustaría buscarlo por ti misma?

–No, gracias. Esperaré a que termine la canción para que tú solito lo busques y me lo entregues. –contesté un tanto mordaz.

–¿De verdad no quieres buscarlo tú? Podría ser divertido… –me apretó más contra él y deslizó su mano izquierda un poco más debajo de mi espalda. Guardé silencio un momento, tratando de que mi respiración no se agitara en lo más mínimo.

–No sabía que te gustara este tipo de música o que supieras bailarla… –dije por decir, tratando de desviar la conversación a un terreno menos… acalorado.

–No sabes mucho de mí, como yo de ti… Pero al mismo tiempo, nos conocemos mejor que cualquiera pudiera hacerlo. –Su frío aliento chocó contra la base de mi cuello, provocándome un estremecimiento involuntario, mientras su mano derecha se posaba sobre un costado de mi abdomen, donde la blusa se había subido un poco, dejando expuesta una porción de mi piel. –¿Recuerdas nuestra primera cita, en Volterra? ¿Recuerdas aquella primera vez que bailamos juntos?

Cerré los ojos, intentando no evocar ese momento, pero de repente, empezaron a desfilar ante mi el montón de lucecitas multicolores que al unirse formaban un enorme destello blanco. Y en ese momento vi mi rostro, sonriente, con la mirada cargada de tantos sentimientos que ni siquiera podía nombrar. Era un recuerdo de Stan, era la forma en que él recordaba ese momento, era la forma en que él me recordaba; incluso, podía escuchar los acordes de esa primera canción que bailamos juntos, “As time goes by”…

–Por favor, no me hagas esto… –susurré suplicante.

–No quiero hacerte daño, sólo quiero demostrarte que nunca te he olvidado… Aunque tú sí lo hayas hecho. –su voz llevaba una ligera nota de condena, tan ligera que casi me pasa desapercibida.

–Traté de hacer lo que me pediste. Querías que te olvidara, ¿lo recuerdas? –contesté a la defensiva. Aproveché un breve momento de lucidez para levantar mi especie de barrera mental y cortar la conexión con los recuerdos de Stan, aunque sabía que ese fragmento de su memoria ya estaba alojado en la mía.

–Sí, lo recuerdo. Y por lo visto, seguiste al pie de la letra mi petición…

–No quiero hablar de… Jacob. Ya tuve suficiente con lo de anoche como para…

–No me refería a él, exactamente… –pronunció, interrumpiendo mis palabras. –Más bien hablaba de tu… “amigo”, ¿cómo se llama? ¿Vicent James?

–¿Sabes su nombre? ¿Qué? ¿Lo investigaste? –pregunté con una mueca incrédula.

–No fue para tanto, simplemente le pregunté su nombre. Porque eso de “VJ” más bien parece el nombre de una mascota.

Meneé la cabeza incrédula y sin estar segura qué tipo de respuesta se merecía.

–Entonces, ¿qué hay entre tú y él?

–Nada que sea de tu incumbencia.

–No estoy seguro… Los mensajes de texto que te envió son bastante explícitos.

–¿Leíste mi buzón de mensajes? ¡¿Pero qué te pasa?! –alcé la voz indignada, mientras una pareja que bailaba codo a codo a un lado de nosotros, nos dirigió una mirada curiosa. Me mordí la lengua, recordándome que debía portarme bien y guardar todas las formas delante de Stan. Ya había minado bastante mi autocontrol la noche anterior, no iba a permitirle que lo hiciera nuevamente y menos, tan fácil.

–Quiero asegurarme que la gente que te rodea sea buena influencia… Eso de los cigarrillos no me tiene nada contento. El olor del tabaco oculta tu delicioso aroma natural. –Sentí claramente como su nariz se deslizaba suavemente por la piel de mi cuello, haciendo que mi de por sí revolucionado cuerpo temblara nuevamente.

–N-no sé que t-t-te traes entre manos… pero no… me gusta este jueguito tuyo.

–¿Quién está hablando de juegos? Entre nosotros nunca ha habido juegos, tú lo sabes bien. Siempre sinceros, siempre la verdad por delante... Por eso quiero saber qué tiene que ver ese mocoso contigo. –No necesité preguntar a quién se refería con lo de “mocoso”. Seguramente creía que VJ era demasiado joven e inmaduro. Pero claro, junto a él, que llevaba en este mundo más de tres cuartos de siglo, el resto de la gente éramos un puñado de escuincles imberbes.

–Lo que haya entre él y yo no es asunto tuyo. Nada de lo que es mi vida ahora es asunto tuyo.

–Te equivocas, tú y todo lo que tenga que ver contigo es asunto mío. Aunque yo deseara que no fuera así, aunque tú no lo quieras, es imposible que sea de otro modo.

Dejé de bailar, sin importarme que el resto de la gente que nos rodeara chocara contra mi cuerpo por lo atestada que estaba esa parte del “Alphabet”; realmente no les prestaba atención a los pequeños empujones o a las miradas de reojo que de pronto nos lanzaban al notar que algo estaba pasando con nosotros. Todo había dejado de importarme, todo se había esfumado de repente, haciendo que las palabras de Stanislav fueran lo único en lo que podía concentrarme.

–¿Por qué? –era imposible que no notara el dolor de esa simple pregunta. Incluso yo misma reconocí la nota amarga en mi voz. –¿Por qué tienes que decirme eso? ¿Por qué tienes que aparecer ahora? ¿Por qué? ¿Por qué?

–Porque ya cometí la estupidez de alejarte de mí una vez y no pienso volver a hacerlo.

–¡Maldito seas, Stanislav! No tienes idea de cuánto te odio en estos momentos… Te odio –escupí con rencor mientras me miraba con intensidad.

–¿Por qué? –su rostro estaba a milímetros del mío, podía sentir cómo me recorrían sus frías manos a través de ligera seda de la blusa, y por ilógico que suene, su contacto parecía abrasarme ahí donde me tocaba.

–Por hacer que aún te desee… –contesté con brutal y dolorosa sinceridad, mientras su gélido aliento chocaba contra mis temblorosos labios.

Era una batalla que estaba destinada a perder, lo sabía claramente, ya no tenía caso mentirme a mi misma y luchar contra esa fuerza que representaba Stan. Desde la noche anterior había estado peleando contra él, contra mi misma, contra todo eso que él me provocaba interiormente. Yo no tenía derecho a ser feliz, no merecía ni un minuto de paz, había elegido la autoflagelación emocional como penitencia por mis pecados, por mis errores cometidos. Y ahí estaba él, representando la fruta prohibida en mi propio infierno personal.

Sladký láska

Sladký láska… Sbohem, můj sladký láska…”

Esa frase en checo me transportó más de cuatro años atrás en el tiempo. Esas fueron las últimas palabras que él me había dicho aquel día en el que alguna vez fue el jardín de la casa de mi familia. “Sbohem, můj sladký láska” fueron sus palabras antes de desaparecer dejándome con un hueco en el corazón que nunca pude reparar y por lo que siempre me sentí culpable; porque a pesar de mis esfuerzos, a pesar de mis buenos deseos, lo cierto era que mi corazón estaba defectuoso cuando se lo quise entregar a Jacob, y era un desperfecto que nadie podía reparar. O mejor dicho, que el único que podía repararlo, era el único al que debía renunciar para ser feliz. Era lo justo, era lo correcto.

Nunca quise conocer el significado de esas palabras en checo. ¿Para qué? era como agregarle más sal a la herida. A pesar de que terminé por descubrir el significado de las palabras que Stan a veces usaba para maldecir, nunca tuve la fuerza necesaria para intentar descifrar qué había querido decirme con el “Sbohem, můj sladký láska”.

Su labios a nada de los míos, sintiendo como corría por mis venas la adrenalina, la anticipación, la excitación. Involuntariamente, mojé mi labio inferior con mi lengua y su mirada ardiente siguió a detalle ese pequeño gesto. Su rostro tan cerca del mío, sintiendo como su aliento chocaba deliciosamente contra la curva de mis labios, mientras mis ojos empezaban a entrecerrarse placenteramente. Me iba a besar, estaba segura; y yo le iba a corresponder, sin duda alguna. El problema era si iba a poder soportar con toda la descarga de sensaciones que acompañaban a ese beso.

–¡Carlie! –la voz masculina parecía llegar de un lugar bastante lejano y me costaba siquiera identificar a quién pertenecía. Estaba sumida casi por completo en el embrujo de él. –¿Qué está pasando?

Una fuerte mano me sacudió ligeramente por el hombro derecho, permitiendo que me despabilara un poco. El beso murió antes de que siquiera nuestros labios se encontraran y sentí una mezcla de alivio y decepción; alivio porque no quería más complicaciones, mi instinto de supervivencia lo exigía, y decepción por la parte menos racional de mi ser, que pedía a gritos salir del largo letargo en la que se le había encerrado estos años.

–¿Quién es él? –el reclamo en la voz de VJ me despertó por completo, abriéndome los ojos a la realidad. Para mi espanto, la gente de alrededor nos había abierto espacio, contemplando casi con mórbida fascinación el posible choque que se estaba cocinando.

–Él es… mmm… ¿qué haces aquí? –solté de pronto. No me gustaba dar explicaciones a nadie.

–Te estabas tardando en regresar y vine a buscarte. –No se me escapó la mirada de reojo que VJ le lanzó a Stan, era obvio que mis intentos por salirme por la tangente no iban a dar resultados. –No me has contestado, ¿quién es él? ¿Qué significa esto?

Antes de que pudiera articular una sola palabra, Stan se me adelantó.

–Soy Stanislav y “esto” no te concierne, Vicent James.

–VJ –corrigió –¿Cómo…? ¡Ah, ya caigo! Eres el que me contestó esta tarde, cuando le llamé a ella –en el rostro de VJ se dibujó una mueca de desdén que nunca antes le había visto. Su vista se posó en mí, haciéndome sentir de pronto incómoda con la situación. –¿Te quedaste de ver con él esta noche? ¿Por eso no me devolviste las llamadas?

–¡No, claro que no! Sabes bien que perdí mi teléfono…

–No, moje láska. –Stan se llevó la mano derecha al interior de su chaqueta y extrajo de ahí mi pequeño y brillante móvil mientras esbozaba una reluciente sonrisa. Era claro que se la estaba pasando bomba a mi costa. –Lo olvidaste ayer en la madrugada en la habitación del hotel.

No hice el intento de tomar el aparato. Temía que el simple roce de mi mano con la de Stan fuera más que suficiente para revolotear mis hormonas nuevamente, y eso era lo menos que necesitaba en esos momentos.

–¿Estuviste ayer con él? ¿En un hotel? –VJ enarcó la ceja, como incrédulo de lo que escuchaba. –Creí que no te gustaba pasar la noche entera con nadie. Dijiste que no es tu estilo.

–¡VJ! –chillé intentando callarlo. No quería que hablara de mis hábitos en la intimidad, y menos en público.

–Yo que tú, tendría más cuidado con lo que dices de ella –Stan había dejado de sonreír, poniéndose serio y exudando un aura peligrosa.

Miré a mi alrededor, mortificada. A cada segundo que pasaba, más revuelo empezaba a levantarse a nuestro alrededor. Incluso observé que los guardias de seguridad que habitualmente se apostaban en la puerta, ahora se acercaban con paso decidido hacia nosotros. ¡Lo que me faltaba! Otra vez envuelta en un maldito escándalo. Tenía que salir de ahí a la voz de “ya”. Sí, al otro día me iba a largar de ahí, pero eso no quería decir que quería dejar tras de mi un polvorón que hiciera imposible que me sumiera en el anonimato inmediatamente. De por sí, aún estaba pensando la forma en que podía desaparecer sin que la policía fuera tras de mí, ya que el asesinato de Jordan no estaba aclarado y yo seguía siendo una de las sospechosas de su muerte; incluso, esa misma tarde me habían visitado los detectives encargados del caso, para averiguar más sobre lo que había salido de mi pasado en la revista.

–¿Algún problema, caballeros? –Un tipo moreno, bastante fornido y altísimo se acercó a donde estábamos, hablándonos calmadamente con una voz tan gruesa que parecía salida de ultratumba.

–Nada importante…

–No, no…

Aprovechando la distracción, di un par de pasos hacia atrás, mezclándome entre la gente. Sin detenerme ni un instante, me dirigí a toda prisa hacia la salida del “Alphabet”, lista para marcharme de una buena vez. Ok, tal vez mi actitud fuera un poquito cobarde, pero, ¡qué demonios!, yo no había empezado nada de ese embrollo. La culpa era de Stan, así que le tocaba a él salir del atolladero.

Nada más poner un pie fuera del lugar, sentí que la cabeza me daba vueltas.

Malditos mojitos”, mascullé mientras intentaba que la cabeza dejara de darme vueltas antes de emprender el camino a casa. Siendo honesta, no sólo los mojitos me habían dejado bastante atarantada, sino también los Appletinis, las Margaritas y el Tequila Sunrise. Se me había pasado un poquitín la mano con eso de las bebidas, pero era mi última noche en la ciudad, mi fiesta de despedida. Claro que la combinación de alcohol, cigarros, el golpe de viento y además, no tener más que medio vaso de sangre de cerdo y un café en el estómago durante las últimas, ¿30?, ¿40? horas tampoco ayudaba mucho a no sentirme mareada. Mi cuerpo era capaz de quemar los efectos del alcohol de mi sangre más rápido que un humano “normal”, pero había bebido bastante, así que calculé que por lo menos en la siguiente media hora u hora completa, estaría en poder de los efectos de lo que me había bebido.

Decidí que tal vez caminar un poco me ayudaría a que los efectos del alcohol se me bajaran más rápido e incluso, evitaría que tuviera una resaca de campeonato a la mañana siguiente. Sí, en alguna parte había leído o escuchado que si se te pasaban las copas en la fiesta, poniéndote a bailar se te bajaba la borrachera. Bueno, no es que me fuera a ir por las calles bailando como si fuera la protagonista de una comedia musical, así que una buena caminata podía valerme igual. Además, no traía dinero suficiente para el taxi, así que el metro era mi única opción de transporte en esos momentos.

No sé si era el hecho de que aún gente andando de un lado a otro por las aceras, o que el alcohol me inhibía hasta el grado de la estupidez, pero decidí irme caminando hasta la estación del metro que usaba todos los días para ir y venir del Bronx a Manhattan. Claro que no estaba cerca del “Alphabet”, pero no podía decirse que caminar toda esa distancia fuera a cansarme precisamente.

Me estremecí un poco y recordé que había olvidado recoger mi abrigo del guardarropa, donde lo había dejado Stanislav. Bueno, parecía que no estaba en mi destino recuperar la prenda. No es que me estuviera congelando con el frío, pues mi temperatura corporal era un par de grados más alta que los demás, pero mi abrigo era de muy buena calidad, una auténtica ganga que había adquirido en las rebajas de final de temporada del año pasado.

–Le voy a marcar a Adele para que lo recoja antes de que se vaya y… ¡Demonios! Tampoco recuperé mi teléfono… –pronuncié en voz alta, soltando una risotada sin preocuparme si alguien me escuchaba o si parecía una loca hablando sola.

Caminé y caminé, sin importarme el frío o la neblina que empezaba a humedecer la fina seda de la blusa. A medida que me alejaba de la concurrida Avenida C, las calles empezaron a parecerme más desiertas y por un momento dudé en que salirme así del bar, sin avisarle a nadie y empeñada en recorrer parte de la ciudad sola a media madrugada fuera buena idea.

Mientras seguía debatiendo conmigo misma lo acertado de mis decisiones, de pronto sentí un estremecimiento extraño, de esos que hacen que se te pongan los pelos de punta. Me detuve una fracción de tiempo, girando la cabeza de un lado a otro, buscando algo.

–Ok… creo que el alcohol me está poniendo un poquito paranoica. –Me dije a mi misma al comprobar que todo parecía tranquilo, que nadie me seguía o se me quedaba mirando. Estaba sola, atravesando la larga acera de la cuadra, rumbo a… ¿dónde demonios estaba, exactamente? Volví a lanzar una risita tonta. Tenía que empezar a poner más atención hacia dónde iba.

Seguí caminando un poco más aprisa, pues el frío empezaba a arreciar y casi podía apostar que de un momento a otro los primeros copos de nieve empezarían a caer. No quería verme sorprendida por una nevada en plena calle, así que más me valía acelerar el paso para llegar a la estación del metro. Pensé en usar mis habilidades de vampiro y emprender una carrera a alta velocidad, pero lo descarté, pues había cámaras de vigilancia policiaca en las esquinas de las calles; lo último que necesitaba era aparecer en el noticiario como un fenómeno supersónico.

Otra vez el estremecimiento al tiempo que mis sentidos se ponían alerta. Ya no eran figuraciones mías, alguien me estaba siguiendo. Volví el rostro hacia atrás, pasando la mirada de un lado al otro, de arriba abajo, sin ver a nadie, pero yo lo sentía. Me estaban siguiendo.

Recordé de pronto las palabras de Stan, “Te seguí… Alice me dijo dónde trabajas, así que esperé a que salieras de la tienda y te seguí”. Me tranquilicé un poco, lo más seguro es que fuera Stan quien me estaba siguiendo. Sí, debió de notar que me había ido del bar y había decidido ir tras de mí, pero seguramente se había imaginado que estaba bastante alterada por lo que fuera que había sucedido entre nosotros, que me había dado mi espacio para calmarme un poco y retomar donde lo habíamos dejado.

–¡Ja, ni en tus sueños! –dije en voz más alta de lo normal, con la intención de que Stan me escuchara.

¿Quién se creía que era para estarme siguiendo de esa manera? Hacía más de cuatro años que había decidido largarse, que había dicho que cada quién tenía que seguir su camino y que sería mejor que lo olvidara. Así que no tenía ningún derecho de aparecerse campantemente en mi vida y tratar de volverla a poner “patas para arriba”.

No te hagas la tonta. Tú habías decidido dejarlo incluso antes de que hablaran esa tarde. Decidiste por lo ‘correcto’, lo ‘justo’, así que tampoco puedes culparlo de haberte dejado tirada en el camino”, me recordó la voz de mi consciencia.

Gruñí, molesta al reconocer que eso era verdad. Yo había decidido seguir lo que creí era mi destino, lo que ya estaba marcado en el libro de mi vida, así que no podía culpar a Stanislav de dejarme, pues era algo que yo pensaba hacer de todas maneras, aún cuando él fue el primero en pronunciar las palabras de despedida.

Pero eso no quería decir que iba a dejar que entrara de nuevo en mi vida. No podía ser, era algo imposible. Tal vez en otro tiempo, tal vez si no fuera quien era en esos momentos, tal vez habría una posibilidad para nosotros.

Llegué a una esquina de pude leer que me encontraba en la 7ma y Cooper Square, sorprendiéndome un poco del largo trayecto que había recorrido ya. La estación del metro se encontraba ya cerca, sólo tenía que caminar un par de cuadras más hasta la 8va y Broadway, sólo era cuestión de apretar un poco más el paso; incluso con un poco de suerte, lograría esquivar a Stanislav y evitar que me siguiera hasta el Bronx. Por un momento deseé que el mito de que los vampiros no pueden entrar a un lugar a menos de que se les invite fuera cierto, de ese modo sería mucho más fácil deshacerme de él.

No podía verlo, pero podía sentir su presencia cerca de mí. Incluso me pregunté si no estaría también tía Alice siguiéndome también, pues sentía que él no venía solo. Aunque deseché la idea por completo, no me imaginaba a mi pequeña tía andando por las calles de la ciudad a pié. No, ella todo lo hacía con estilo, así que era imposible que anduviera por ahí sin su adorado Porshe amarillo de lujo.

Giré en Cooper Square para cortar camino por la Astor PI y salir más pronto hacia la mucho más transitada y alumbrada Broadway Ave. Un pequeño copo de nieve aterrizó en mi nariz, anunciando la inminente nevada. Casi por instinto, levanté la mirada hacia el cielo, observando cómo el primer rastro de nieve de deslizaba de él.

De pronto, la luz de las lámparas del alumbrado público empezaron a parpadear, antes de que el suministro eléctrico se suspendiera, dejando la calle en tinieblas. El hecho no me hubiera llamada demasiado la atención pues era común que se presentaran apagones en la ciudad. Lo que me hizo ponerme en guardia fue que a lo lejos pude observar que sólo la larga cuadra donde me encontraba casi a la mitad, se había quedado a oscuras, pues en la calle siguiente las luces brillaban a todo su esplendor.

De pronto, un nuevo sonido, demasiado cercano a mí, hizo que la adrenalina se disparara por todo mi cuerpo. Era el sonido de algo moviéndose demasiado rápido, tanto que cortaba el aire con su movimiento. Detecté un aroma, o mejor dicho dos, que me parecieron conocidos, pero sin estar totalmente segura de dónde o a quién pertenecían.

Me puse de espaldas a la pared, tratando de ver algo, alguna forma en medio de las sombras. Tenía años que no usaba todo lo que había aprendido en cuestión de técnicas de combate y defensa personal, así que en silencio recé porque esos conocimientos no estuvieran demasiado oxidados, porque algo me decía que los iba a necesitar de inmediato.

–Hola, Atena… –la suave voz femenina, seductora como el canto de una sirena, pronunció el nombre con burla. Al escuchar el “Atena”, no pude evitar el estremecimiento de terror que me recorrió por completo. Alguna vez me habían llamado así, cuando estuve en poder de…

–Volturis –pronuncié el nombre en voz alta, con crispación, al tiempo que lograba ver entre la oscuridad la silueta de dos cuerpos enfundados en algo parecido a las túnicas que usaban los miembros del clan de Volterra. Cada una de esas siluetas estaban más o menos a unos diez metros de distancia de mí, del lado izquierdo de la calle.

–Que bueno que no te has olvidado de tus… viejos amigos –pronunció la otra voz, masculina con el mismo tono socarrón. –Sobre todo cuando has decidido cambiar de vida, borrar lo que en realidad eres.

–¿Qui… quienes son…? ¿Qué buscan?

Como en un baile perfectamente sincronizado, ambas figuras bajaron las capuchas que cubrían sus rostros, develándome de quiénes se trataban.

–Atenodora… Aftón… –pronuncié casi sin voz. ¿Qué demonios hacían ahí? y sobre todo, ¿qué hacía la esposa de Cayo fuera del castillo de Volterra?

–Así es. Venimos por ti, pequeña. –A pesar de la dulzura con la que hablaba, pude detectar la nota de maldad implícita en la voz de Atenodora.

–No, gracias. Yo no tengo nada que hacer con ustedes… yo ya no pertenezco a ese mundo, ya dejé todo es atrás.

–Oh, pero sigues siendo una de nosotros –continuó la vampiresa con la misma suavidad. –Sigues siendo un vampiro, sigues regida por las reglas de nuestro mundo. Y aunque hayas intentado convertirte en una simple mortal –pronunció la palabra como si fuera un insulto –tienes el deber de proteger nuestros secretos.

–No le he dicho a nadie nada de…

–No, no lo has dicho –me interrumpió sin miramientos Aftón –pero has sido demasiado descuidada, has atraído la atención hacia ti, has permitido que la gente empiece a escarbar en tu vida, exponiendo no solo tu existencia sino la de tu familia.

–Pero, yo no…

–El que se haya publicado tu historia en una revista junto con un montón de datos y fotografías de tu familia… es bastante estúpido, ¿sabes? –Aftón de pronto me recordó al detective que me había interrogado la primera vez por lo de la muerte de Jordan –Es sólo la punta de lanza necesaria para que todo se venga a bajo. Escarbando un poco aquí y allá, en cuestión de días quedarán expuestos.

–¡Ellos no tienen nada que ver en eso! Alguien proporcionó la información, pero no fue ninguno de los Cullen, ni siquiera yo. Ya les dije, yo ya no formo parte de ese mundo, ¿por qué abría de querer que se descubriera su existencia?

–Tal vez no lo hayas hecho de forma consciente, pero lo cierto es que has sido bastante… descuidada –Atenedora me sonrió de forma un tanto despectiva, mostrándome parte de su blanca y afilada dentadura. –Tal vez tu familia te crió en una especie de burbuja de cristal y no te explicó claramente las reglas de nuestro mundo. Pero el que desconozcas la ley no te exime de tus errores, así que tendrás que acompañarlos…

–¡Claro que no!

–No te estamos preguntando si vienes o no. –Aftón dio un paso hacia mí en forma amenazante.

El corazón empezó a latirme descontroladamente, mientras mi respiración se volvía agitada. Ok, era el momento de reconocer que estaba realmente asustada, que mi peor pesadilla empezaba a arrastrarme nuevamente hacia ella.

–Será mejor que no dificultes las cosas y vengas por tu propia voluntad con nosotros… Aro se muere por verte nuevamente. –sentenció burlonamente Atenedora.

Empecé a dar pasos hacia atrás, intentando poner distancia entre ellos. Eran dos contra mí, que a pesar de que la borrachera parecía irse disipando de mi mente, aún así me sentía algo mareada. Pero eso no era excusa para doblar las manos y no dar pelea. No, prefería morir en ese instante antes de caer presa de los Vulturis nuevamente.

Uno, dos pasos hacia atrás antes de intentar emprender la loca carrera en un intento de huída. Pero como por arte de magia, Aftón se apareció frente a mí, bloqueando mi vía de escape.

–¿Tienes prisa?

Mi respuesta fue lanzarle una patada en el duro abdomen. No logré hacerle mucho daño, apenas si logré que se moviera un par de milímetros de su lugar.

–Ja, ja, ja, ¿realmente quieres pelear? –la cruel carcajada de Aftón indicaba que mi intento de defenderme realmente le parecía patético.

–No pienso dejar que me lleven así tan fácil. La única forma de que regrese con ustedes es muerta.

–Si insistes… –Aftón se encogió de hombros antes de lanzarme un puñetazo que apenas alcancé a esquivar. Bueno, estaba un poquito fuera de condición para el combate, pero al menos recordaba cómo moverme y de qué forma debía golpear para que mi ataque fuera certero.

Atenedora se quedó donde estaba, poco interesada en participar en la lucha, dejándole a Aftón en sus manos la tarea de molerme a palos.

–¿Eso es todo lo que tienes? ¡Vamos, niña! Pensé que había aprendido más cuando estuviste con nosotros… ¿O a caso esto lo aprendiste en tu casa? Con razón fue tan fácil matar a tu abuelo…

–¿Qué? –sus palabras me dejaron como congelada, sintiendo que la sangre me abandonaba por completo. ¿Carlise estaba muerto? ¡No podía ser! No podría soportar perder a alguien más.

Estaba demasiado sumida en el shock que me descuidé por completo, permitiendo que los golpes de Aftón me dieran de lleno. Una fuerte patada me dio por completo en el plexo solar, sofocándome y lanzándome por los aires contra un dispensador de golosinas. Con el choque, mi cuerpo terminó quebrando el cristal de la máquina, haciendo que éste cayera sobre mí en pedazos, una vez que mi cuerpo reposaba laxo sobre la fría acera que empezaba a cubrirse de nieve. Incluso sentí como la sangre empezaba a deslizarse por mi brazo derecho, imaginé que de alguna manera había terminado con un buen corte.

–Es hora de irnos. –Anunció Atenedora.

–¿Nos la llevamos así? La sangre…

–¿Quieres probarla? Puedes beber de ella si quieres. Al fin y al cabo, Aro la quiere convertir en una de nosotros, ¿qué más da que sea ahora o después?

–¿Tú no quieres?

–Tengo gustos más… selectos.

Estaba atontada, pero aún así entendía el rumbo de sus palabras. Aftón quería mi sangre y, al parecer, Aro me quería convertir en uno de ellos. En esos momentos, recordé las palabras de tía Alice:

Te vi convertida en uno de nosotros; te vi transformada en un vampiro al 100%... Tuve dos visiones… La primera se trataba de ti, despertando en una especie de callejón oscuro, rodeada de nieve… La otra la tuve esta mañana, al llegar a la ciudad. No sólo te vi transformada, sino también usando el atuendo de la guardia de los Vulturis…

De pronto tuve ganas de reír y lo hubiera hecho si no me sintiera tan débil. Sí, era bastante irónico que durante tanto tiempo hubiera pretendido huir de ellos, esconderme, vivir en el anonimato, renunciar a mi vida por completo, para que al final me hubieran atrapado tan fácilmente y con tan poco esfuerzo. Tanto esfuerzo para nada.

Sentí como la poca conciencia luchaba por no abandonarme del todo, pero aún así me lamenté que ni siquiera tuviera la suerte de estar completamente fuera de combate, inconsciente mientras la lengua de Aftón limpiaba la sangre que emanaba de la herida de mi brazo.

Mmm, he probado cosas mejores –se quejó.

–¿Vas a hacerlo o no? Estamos perdiendo el tiempo.

Como toda respuesta, Aftón clavó sus dientes en mi brazo herido. No supe qué me dolió más, si el desgarre de mi piel o el contacto de su ponzoña con mi sangre, pero lo cierto era que de pronto ahí donde aún goteaba mi sangre, empecé a sentir un dolor, un ardor impresionante que terminó por darme el empujón necesario hacia la inconsciencia.

–¿¡Qué demonios?!

Escuché gritos, el chirrido de unas llantas patinando sobre el asfalto y después… nada. Sólo que esta vez no supe si era la nada antes del desmayo, o era la nada antes de la muerte.

domingo, 16 de agosto de 2009

DOLOR OCULTO

Por fin conseguí la fuerza necesaria para cerrar la revista. Se la tendí de regreso a Alice, como si me quemara al rojo vivo tenerla entre mis manos.

La habitación se quedó en silencio, pero podía percibir el ambiente reinante. Bastaba con echarle un vistazo al rostro de mi tía, tan triste por mi que dolía siquiera verle; o al de Stan, que evidentemente también estaba dolido, sólo que por diferentes motivos. Incluso podía imaginar perfectamente que su mente era un hervidero de preguntas sin respuesta.

–Renesmee… –tía Alice estiró su mano su mano hacia mí, en claro intento de reconfortarme.

–No, por favor… –detuve su gesto de inmediato. Odiaba que me tuvieran lástima, aún cuando se tratara de aquellos que significaban mucho para mi –Tus recuerdos… yo estoy muy alterada y… no, por favor. –Pronuncié atropelladamente mi excusa. A pesar de mi balbuceo torpe, mi tía pareció comprender la razón de mi rechazo a su contacto, pero aún así mantuvo el gesto triste.

Ella sabía sólo una parte de toda la historia. Sabía qué había pasado con mi bebé, sabía que había terminado huyendo de mi pasado, pero no sabía el por qué o el cómo habían sucedido las cosas. Sí, quería pensar que ella no conocía toda la historia, sino apenas lo suficiente para entender mi tristeza. No soportaba la idea que conociera la clase de monstruo que podía llegar a ser yo.

–¿Te casaste? –La voz de Stan sonó áspera, teñida tanto de incredulidad como de algo parecido al dolor, al reclamo. No podía asegurarlo con certeza, en esos momentos yo tenía demasiado en la cabeza con qué lidiar. –¿Tuviste un hijo de… él?

Apreté nuevamente la quijada, sintiendo un enorme nudo en la garganta que me impedía respirar siquiera. Era una horrible tensión en todo mi cuello, en la mandíbula, que ni siquiera estaba segura de que pudiera encontrar mi voz.

–¿Por qué jamás me contaste esto? –por un momento creí que la airada pregunta estaba dirigida a mí, pero me sorprendí bastante al descubrir la mirada furiosa de Stan clavada en tía Alice. Empezó a disparar las palabras a tal velocidad que no me permitió siquiera intentar responder a sus preguntas –Pensé que éramos amigos, tenía que saberlo. Debía de saberlo…

–No es mi historia, no es mi dolor ni mis heridas –respondió con precisión Alice –Además, sus vidas ya no estaban enlazadas, ya no se pertenecían, ¿para qué complicarlo más? No se me hacía justo para ninguno de los dos contarte su vida.

–De haber sabido cómo estaban las cosas... –Expiró con fuerza, como impotente, frustrado, pero ¿por qué? –Debiste decírmelo la primera vez que vinieron a mí.

Parpadeé confundida. Ahora era yo quien estaba perdida en esa pequeña charla entre mi tía y Stan.

–¿Qué quieres decir con eso de la primera vez que fueron a ti? –intervine preguntando un poco aturdida, tratando de encontrarle lógica a la conversación.

–Jasper y yo hemos estado en contacto con Stanislav prácticamente desde que él se fue de Forks –intervino mi tía con suavidad.

–¿Por qué? –a cada segundo me sentía más liada con lo que escuchaba.

–Porque estamos en deuda con él –enarqué la ceja, contrariada.

–¡Tonterías! –Stan puso los ojos en blanco, como si no fuera la primera vez que escuchaba decir eso a Alice, y por lo visto, no le gustaban nada sus palabras. Incluso creí ver un destello de incomodidad en su mirada –Ya te he dicho que eso no es verdad.

–No es ninguna tontería. Te debo la vida, tú me ayudaste aquella noche durante la pelea con los Vulturis. Si no hubiera sido por ti, si no hubieras intervenido para ayudarme contra aquél miembro de la guardia, yo habría caído también. Jasper y yo estamos conscientes de ello y por eso tendrás nuestro agradecimiento eterno.

–¿O sea que son amigos? ¿Y papá lo sabe?

Hubiera querido preguntar más bien “¿Y mi padre permitió esa amistad?”, pero era meterme en terrenos más arenosos.

–Sí, somos amigos –respondió enfática tía Alice –Y si tu padre lo sabe o no, eso no es importante. El es mi hermano, lo adoro, pero no dicta mi existencia ni a quienes quiero en ella.

Me sorprendió un poco lo rotundo de la afirmación de mi tía. No sé, me pareció que sonó más a una declaración de independencia contra el tirano opresor. Ok, ese no era el caso de mi padre, pero debía reconocer que a veces era un poquitín obstinado con sus puntos de vista y sus decisiones.

–Entonces es por eso por lo que estás aquí, ¿verdad? –dije clavando mi mirada en Stan –Viniste en mi ayuda por tu amistad con mis tíos.

–Estas equivocada. –Me respondió devolviéndome la mirada con el doble de intensidad. Odiaba que hiciera eso, odiaba que me mirara de esa manera; hacía que el corazón me diera un vuelco que creía olvidado, que viejos anhelos dormidos trataran de resurgir. Oh, sí, lo odiaba por lo bien que me hacía sentir. –Estoy aquí por ti.

Un estremecimiento involuntario me recorrió por todas mis terminales nerviosas, un estremecimiento de anhelo y anticipación. No era justo, me estaba costando lo impensable mostrarme fría y contenida con él, y Stanislav parecía dispuesto a atacarme con sus mejores armas.

No tienes derecho. ¡Traidora!”, me gritó con desprecio mi consciencia, recordándome que mi destino era penar y cargar con mis propias culpas hasta el último día de mi existencia. Esa era mi penitencia, ese era mi castigo por ser quien era, por el montón de errores cometidos, por el enorme dolor causado a tantos inocentes…

Stan no dejaba de mirarme, expectante, como esperando alguna respuesta en específico de mi parte.

–¿Y eso qué significa? –pronuncié al fin mirándolo a la cara. En realidad me hubiera gustado decir algo muy diferente, pero sabía que no tenía derecho de pronunciar esas palabras. No merecía ni siquiera un atisbo de felicidad, ese era mi castigo. –O mejor dicho, ¿qué significa ahora? –pronuncié con una mueca casi despectiva.

–¿Qué demonios pasa contigo? ¿Quién eres? –Stanislav me tomó con fuerza por los hombros zarandeándome ligeramente en el proceso, importándole poco mi renuencia a que me tocaran.

–¡Suéltame! –mascullé entre frenética y furiosa.

–No, hasta que consiga hacerte reaccionar. ¿Qué tengo que hacer para sacarte de ese maldito letargo? Eres apenas una patética sombra de lo que alguna vez fuiste.

–¿Y a ti que te importa? Tú te fuiste hace años, tú me olvidaste y seguiste adelante. “Sin ataduras” dijiste…

–Sí, sin ataduras ni remordimientos. Eso dijimos alguna vez, pero también te dije que jamás te olvidaría y no lo hice. Por eso vine, por eso volví.

–¡Demasiado tarde! –grité zafándome de su contacto al fin. –¡A quien viniste a buscar ya no existe y nunca volverá!

–Oh, cierto –respondió con sorna –Ahora tenemos a Carlie, viviendo una vida de mentiras, excusándose en la autocompasión para…

–No te atrevas a criticarme –dije tajante, casi rechinando los dientes de coraje –¿Quién te crees que eres para hacerlo? No sabes lo qué he vivido o lo que he tenido que lidiar en estos años.

–No, pero empiezo a entenderlo… Dime, ¿por qué abandonaste a tu esposo y a tu hijo? ¿Cuándo te volviste tan egoísta como para hacerlo? –pronunció con dureza.

–¡Stan! –lo reprendió mi tía, pues yo prácticamente perdí el habla con su acusación. Sus palabras fueron como una patada directa a mi plexo solar. –No tienes idea de lo que estás diciendo…

–Yo nunca… yo no me casé con Jacob –pronuncié con la voz estrangulada, cargada de tensión y angustia –Sí, estuve embarazada de él. Sí, traté de hacer una vida con él, pero… –respiré profundamente, sentía el ardor de las lágrimas luchando por salir mientras mi obstinación se negaba a permitirlo. En las últimas doce horas había consentido que todo el control de hierro que ejercía sobre mis emociones se quebrara. Tenía que empezar a recuperarlo antes de que terminara hecho añicos. Con una velocidad que no había usado en años, me agaché para recoger mi bolso junto con las cosas que se habían salido de él y las metí tan rápido como pude antes de volver a ponerme de pie. –Yo no abandoné a mi esposo, me alejé de Jacob para no seguirle haciendo daño… Y tampoco abandoné ningún hijo, ¿sabes? Mi bebé apenas vivió unos minutos después del parto…

El silencio se instaló en la habitación, de esa clase de silencios espantosamente incómodos. Tía Alice bajó la mirada con una mueca triste mientras Stan se había quedado sin habla, casi boqui-abierto por mis palabras. Es más casi podría jurar que había palidecido más de lo que ya estaba.

A pesar del tiempo y de las distancias, hablar de mi bebé, de mi pequeño Isaiah, dolía terriblemente. Pronunciar cada palabra sobre el tema era como beber ácido muriático.

–Supongo que tengo que darles las gracias por ponerme sobre aviso –dije al fin, dando pasos hacia atrás para salir de ahí. Alargué la mano hacia mi espalda, aferrando la perilla de la puerta como si se tratara de mi tabla de salvación.

–No puedes irte –pronunció mi tía con voz casi suplicante –Aún tenemos mucho de qué hablar, tenemos qué ponernos de acuerdo en lo que vamos a hacer…

–No puedo quedarme… –dije abriendo la puerta y dando un paso a través de ella – Ya me encargaré yo sola de lo que me toca. –pronuncié dando un último vistazo hacia ellos antes de cerrar la puerta y salir prácticamente corriendo por el pasillo hacia el ascensor.

Por un momento temí que mi tía o Stanislav decidieran seguirme, tenía que poner distancia, tratar de aclarar mi mente y hacer que el dolor de los recuerdos desapareciera. Cuando al fin me monté en el taxi rumbo a mi departamento, por fin pude empezar a respirar más o menos con normalidad nuevamente.

–¿A dónde, señorita?

–Al Bronx, a Bedford Park, en la Avenida Bainbridge y la 199 Este…

El conductor me lanzó una rápida mirada curiosa a través del espejo retrovisor mientras echaba andar el taxímetro. Supuse que mi aspecto sería un completo desastre, tal como era mi interior en esos momentos. Un nuevo escalofrío hizo que me abrazara con fuerza y me regañé por la estupidez de dejar mi abrigo en la habitación de Alice, pero ¿qué le iba a hacer? No pensaba regresar por él, me sentía exhausta, sin fuerzas como para volver a hacerles frente nuevamente. O mejor dicho, para un nuevo enfrentamiento con Stanislav.

Volteé la mirada hacia atrás, observando cómo el Waldorf-Astoria iba quedando a la distancia.

¿Qué demonios había pasado? ¿Por qué terminé peleando con Stan?” pensé mientras los escalofríos me recorrían sin piedad. Tal vez fuera el frío de las cinco de la mañana, tal vez fuera el impacto de haberlo visto o incluso el montón de recuerdos enterrados que habían salido intempestivamente. O tal vez era la suma de todo, lo cierto es que lo que antes me había parecido mi perfecta y silenciosa vida anónima, ahora se desplomaba como un castillo de naipes y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo.

–Toma. –La delicada y blanca mano de Adele puso frente a mí un enorme vaso de café humeante. –Creo que lo necesitas con urgencia.

–Gracias –sonreí mientras me ponía de pie. Era alrededor de medio día y tener 30 horas sin dormir comenzaba a pesarme.

Había abandonado el Waldorf pasadas las cinco de la mañana, así que para cuando llegué a mi departamento, me di cuenta que no tenía caso que intentara dormir un poco, ¿para qué? Por lo que únicamente cambié las pantuflas por mi calzado deportivo, me peine (porque mi cabello parecía un nido de pájaros después de haberme pasado tantas veces los dedos por él) y salí rumbo al gimnasio que había a tres calles de mi edificio. Fui a mi habitual clase de yoga, necesitaba con desesperación relajarme aunque fuera por un par de minutos, poner la mente en blanco y no sentir que el mundo otra vez se me venía encima. Después de eso, ya sin tanta tensión acumulada en los músculos, tomé un bañó, me apliqué un montón de maquillaje para disimular las ojeras y salí rumbo a mi trabajo.

–Creí que anoche ibas a ir con nosotros al “Perdition” –pronunció casi distraídamente Adele, sacándome de mis pensamientos.

–Oh, sí, lo siento. Sé que habíamos quedado en eso, pero me dolía la cabeza y mejor me fui a casa.

–Ah, con razón. Se me hizo muy extraño que ayer te fueras sin despedirte de nadie.

Me encogí de hombros mientras le daba un largo trago al humeante espresso. Me escoció un poco la lengua por lo caliente de la bebida, y mi estómago emitió un vago gruñido, recordándome que también había pasado casi un día desde la última vez que había comido algo sólido.

–Supongo que esas ojeras se deben a tu dolor de cabeza, ¿no?

–Aja… –había algo en la voz de Adele que me hizo recelar.

–¿O no será también lo que salió en esa revista?

–Ah, la leíste tú también –pronuncié secamente entendiendo al fin a donde quería llegar.

–Pues claro, si nadie ha dejado de hablar de ello en toda la mañana.

Guardé silencio, limitándome a beber nuevamente mi café. No había estado al tanto de que el resto de mis compañeros estuvieran cotilleando a mis espaldas; de hecho, no me extrañaba en absoluto que lo hicieran. Era lógico, pues la revista que había sacado el reportaje sobre mi pasado era bastante popular. En el trayecto de mi casa a la boutique había tomado la decisión de encerrarme todo el día en la bodega si era necesario, acomodando lo que fuera, a pesar de que eso significaba un día más sin comisiones extras por ventas. No quería verme expuesta al escrutinio de la clientela o de los paparazi que se apostaban afuera de la tienda buscando una foto mía o una entrevista. Aunque a decir verdad, ese día apenas si habían estado esperándome tres de ellos, pues para mi buena suerte, ese mismo día una famosa pareja de actores había anunciado su separación, así que los medios habían volteado hacia el nuevo escándalo de moda.

–¿Y? –pronunció Adele

–¿Y… qué?

–¿Cómo que “qué”? ¿Es verdad lo que dice ahí? ¿Eres esa tal Rene-no-sé-que?

–No –pronuncié enfáticamente.

–Pero, mira… –no supe de dónde, pero Adele había sacado un ejemplar del tabloide. –No puedes negar que se parece bastante a ti.

–Mmm supongo –me felicité por lograr que mi voz saliera relajada. ¿Por qué no había sido capaz de mostrar tal control la noche anterior? –Aunque ella está más “llenita” que yo, el cabello es súper diferente al mío… Mira, ella lo tiene rizado y cobrizo, y el mío es lacio y rubio. –“Claro, gracias a la keratina brasileña y el peróxido” pensé –Y ella no tiene las cicatrices que tengo yo.

–Es cierto, no me había fijado –pronunció observando una foto donde yo aparecía con un vestido de tirantes, un sombrero de paja y el impresionante paisaje de las playas de La Push de fondo. Hice un esfuerzo porque mi careta de tranquilidad no se viniera abajo al recordar ese momento…

Había sido un domingo por la mañana. Yo estaba en la sala, leyendo un libro o mejor dicho, fingiendo leerlo mientras esperaba a que él saliera de la habitación. Billy Black, el padre de Jacob, había salido muy temprano esa mañana de pesca con mi abuelo, así que teníamos la casa para nosotros dos.

Yo me había despertado temprano, un tanto nerviosa y emocionada a la vez. Pero tenía que hacerme esa prueba sin que Jake sospechara nada, quería darle esa sorpresa. Sabía cuánto quería ser padre; bueno, no me había dicho nada, pero era obvio que tener un hijo propio era uno de sus más grandes sueños. Sólo bastaba con verlo con Sam Jr y la pequeña Mary, los hijos de Sam y Emily Uley.

Así pues, había entrado en el pequeño baño de la casa, con la prueba que había comprado un día antes en la farmacia frente al hospital donde Jacob iba a tomar sus terapias de rehabilitación. Había logrado ponerse en pie en dos meses, para asombro de los doctores. Creían que era todo un milagro de la ciencia, aunque nosotros sabíamos que se debía más que nada a la increíble capacidad que tenían los licántropos para recuperarse de sus heridas, y también a la enorme fuerza de voluntad y disciplina que poseía Jake. Ahora caminaba con el apoyo de un bastón, pero no dudaba ni un segundo que en un par de meses más ya no lo necesitara para nada.

Cuando vi la enorme cruz rosa pintada en uno de los extremos de la pequeña varita plástica blanca, no pude evitar derramar una lágrima de felicidad. Es más, quería pegar un grito de emoción, pero me contuve para no despertar a Jake y arruinar la sorpresa. Con cuidado, me deslicé nuevamente a la habitación que compartíamos en la vieja casa de los Black, tomé un post-it color amarillo fluorescente y con la mejor letra que pude (las manos me temblaban de la emoción) le escribí:

“¡Felicidades! Vas a ser papá. Te espero en la sala, así que ven y dame un beso.

Te quiero, R.

Pegué la nota en la pantalla de la televisión de 21 pulgadas que había en nuestra habitación y sobre ella dejé la prueba de embarazo con el resultado positivo. Salí con el mayor sigilo posible y me senté en el viejo sillón de la sala con una copia de “Cumbres Borrascosas”, uno de los libros favoritos de mamá y mío.

Esperé con paciencia a que él se despertara, intentando leer un poco, pero a decir verdad no había sido capaz de pasar de la misma página. Nerviosamente, me arreglaba el pelo o estiraba las imaginarias arrugas de mi vestido azul cielo, el cual me había puesto especialmente ese día porque sabía que a Jacob le encantaba. Era un vestido de manta, largo hasta los tobillos, con finísimos tirantes y escote en “V”. Jake decía que parecía una adorable hippie o una ninfa de los bosques.

–¿Es verdad? –su voz sonó a mis espaldas, haciendo que en el acto me pusiera de pie y me volviera a verlo.

La sonrisa de su rostro me provocó un vuelco en el corazón. Por fin empezaba a resarcirle todos y cada uno de los sacrificios que había hecho por mí; por fin empezaba a hacerlo feliz.

La emoción pudo conmigo, así que únicamente pude asentir fuertemente, pues las lágrimas me habían dejado prácticamente sin habla.

–¡Dios! ¡Es increíble! ¡Vamos a tener un bebé! –pronunció mientras me abrazaba con fuerza y me alzaba por los aires, dando vueltas conmigo por toda la pequeña habitación.

Cuando por fin volvió a dejarme con los pies sobre el piso, me abrazó con dulzura mientras depositaba un montón de besos sobre mi cara, mis labios, mis manos. De verdad que estaba loco de contento con la noticia.

–¿De verdad estás feliz? –le pregunté un poco insegura, pues sabía que todo estaba sucediendo demasiado a prisa. Si era honesta conmigo misma, el que él y yo estuviéramos juntos y con un bebé en camino, mucho se debía a mis manipulaciones.

–¿Y por qué no iba a estarlo? Te tengo a ti, estamos juntos y nuestro hijo viene en camino. ¡No creo que haya hombre más feliz en la tierra que yo en estos momentos! ¡Tenemos que celebrarlo! Cuando le cuente a los chicos…

–Espera, espera –le interrumpí en el acto. Odiaba ponerle peros a su alegría, pero algunas cosas había qué hacerlas como era debido –Por favor, no les digas nada a los demás, ¿quieres?

–¿Por qué? –preguntó perplejo

–Porque primero se lo tenemos que decir a la familia, ¿no crees?

–Bueno, cuando mi padre y tu abuelo regresen esta tarde, se los diremos.

–No me refería únicamente a ellos… –lo miré compungidamente.

–Oh, cielo… Lo siento, cariño. Supongo que no te conformarías con llamar por teléfono a tus padres y darles la noticia, ¿verdad?

Meneé en forma negativa la cabeza. A pesar de que el tratado seguía en pie, a pesar de que yo estaba con Jacob, de que vivía con él en la reserva, aún así estaba vedada la entrada a mi familia. Era algo que me dolía profundamente, pues tenía meses que no los veía, me tenía que conformar con llamarlos por teléfono. Incluso sabía que mi propia presencia era motivo de constantes fricciones entre Jacob y la mayoría de la manada. Me toleraban por ser el objeto de la impronta de su líder, pero eso no significaba que me quisieran o me respetaran. Pero era el precio que tenía que pagar; alguna vez Jacob había tenido que renunciar a su mundo, a su familia y amigos para estar conmigo. Ahora me tocaba a mí hacer ese sacrificio.

Te prometo que vamos a ir a visitar a tus padres para darles la noticia. Sólo dame un par de días para resolver unas cosas.

–Gracias –sonreí con un poco de melancolía. ¡Cómo me hubiera gustado tener a mi lado en esos momentos a mamá o a la abuela Esme! –¿Me prometes que no se lo diremos a ninguno de los chicos hasta que toda la familia lo sepa primero?

–Te lo prometo. Sabes que no hay nada en el mundo que no pueda negarte… –Jacob me estrechó con fuerza mientras depositaba sus dulces y cálidos labios en los míos. –Bueno, ¿qué te parece si nos vamos de picnic a la playa para celebrarlo?

–¿De verdad? –dije emocionada. Una de mis cosas favoritas era ir a la playa.

De verdad. Me doy una ducha rápida y después nos vamos.

–¿Y la comida? –pregunté

Compramos algo en el camino.

–Puedo prepararla y…

–No, no. Este día es especial. Hoy me encargo de mimar a mi chica favorita. –Me guiñó el ojo mientras me dedicaba una sonrisa traviesa. Sonreí, segura de que al fin llegaría la paz y la estabilidad en nuestras vidas; sólo esperaba también que con el bebé en camino, se tendiera un puente de paz entre los quileutes y los Cullen. Con eso mi felicidad sería al completo…

–Aunque no puedes negar que se parecen un poco tú y ella. –La voz de Adele me regresó al presente. –Oye, ¿no es esta la chica que vino ayer? Esa, la que compró un montón de cosas y que terminaste pasándole la venta a Erick.

Clavé la mirada en la revista mientras sentía que el color empezaba a abandonar mis mejillas. La noche anterior no me había detenido a ver del todo las fotos que habían salido; de hecho, cuando vi la imagen de Jacob, Seth y yo, fue cuando le había regresado la revista a mi tía.

–Errggg… como que sí se parece.

–¿Se parece? ¡Hello! Obvio que es ella. ¿No recuerdas su nombre? Aquí en el pie de la foto dice “Renesmee con Alice y Rosalie Cullen”. –de pronto sentí nauseas al escuchar los nombres. Era una fotografía que nos habían tomado el día de mi fatídico cumpleaños, cuando descubrí las circunstancias de mi nacimiento. De hecho, era la última fotografía que me había tomado al lado de mis amadas tías, antes de la muerte de tía Rosalie. ¿Cómo habían obtenido esas fotos? ¿Quién les había proporcionado el nombre de mi familia? Esas fotos se habían quedado en la casa de Jacob, ¿me odiaría tanto que…? No, no podía creerlo. A pesar de todo, Jacob era un buen hombre, un hombre recto y jamás haría algo así. No era su estilo. Entonces, ¿quién?

–No recuerdo su nombre…

–¿Crees que habrá venido a buscarte pensando que eras ella?

–Tal vez –pronuncié nerviosamente.

–¿No te mencionó nada al respecto? ¿No te preguntó nada?

–N-o… ¿Sabes? Cambiemos de tema, ya he tenido suficiente de esta basura en los últimos días –pronuncié atropelladamente.

–Si así lo quieres… –era obvio que Adele hubiera preferido seguir con el tema de “el escabroso pasado de Renesmee Cullen”, pero para mi alivio, empezó a contarme cómo les había ido la noche anterior en el “Perdition”. Era divertido escuchar las aventuras amorosas de Adele, pues no tenía empacho en reconocer que era una coqueta de primera y que sus relaciones duraban lo que un Alka-Seltzer en disolverse en agua.

–Resultó que el rubito francés no era ni modelo ni rubito ni francés… un fraude total.

–Bueno, ya tendrás más suerte para la próxima, Adele.

–Supongo… ¿Vas a venir esta noche con nosotros?

–No creo, yo…

–Anda, ¿qué te pasa? Tú nunca dices no a una fiesta.

–Sí, pero con todos estos líos…

–¿Y? Ni modo que te la pases escondida en un agujero eternamente. Además, si te enclaustras, la gente va a pensar que sí tienes algo por qué sentirte culpable.

–Lo que digan los demás no me importan.

–Aún mejor. No tienes por qué quedarte encerrada por lo que diga la gente. Anda, todos tenemos derecho a desestresarnos un poco.

–No sé, además VJ quiere que nos veamos esta noche.

–¿Ese torpe te invitó a salir? ¿Qué no tienen como un año que no se ven?

–No le digas así. Es cierto que no es el hombre más brillante del mundo, pero…

–Pero tiene un trasero y un abdomen de acero –finalizó Adele con una mueca de lujuria. De pronto se me ocurrió que tal vez mi chispeante y coqueta amiga haría buena química con VJ

–No me refería a eso. Iba a decir que es muy simpático y...

–Y que es un tigre en la cama ¡Grrr!

–¡Adele! Eres imposible… –entorné los ojos.

–Lo sé, y por eso soy tu mejor amiga… Entonces, les voy a decir a los demás que esta noche vienes con nosotros.

–Pero yo no he dicho que…

–No te escucho. ¡Bye!

La alta pelirroja salió por la puerta, contoneándose feliz, dejándome con la palabra en la boca. ¡Ya parece que estaba yo para fiestas!

Refunfuñé un par de cosas, un poco enojada por la actitud apabullante de Adele.

Tal vez no sea una mala idea. Podrías verlo como tu despedida de esta gente”, pronunció mi voz interior.

Le di vueltas al asunto una y otra vez. Sí, esa noche iría con mis amigos, esa noche me divertiría como nunca. Una Carlie Masen sonriente y divertida sería el recuerdo que quería dejarles a esas personas que habían compartido parte de sus vidas conmigo en los últimos años.

Oh, porque ya había llegado a una conclusión. Yo me iba a largar de ahí ese fin de semana. Iba a desaparecer y empezar en otro lugar, con otra gente, con otro nombre. Ya no me podía quedar ahí, no después de que mi pasado me explotara en la cara.

Aún no sabía cuál sería mi siguiente parada; mi plan de irme a Australia quedaba descartado por falta de fondos para ello. Así que tenía que empezar a buscar un plan B con toda celeridad; aunque lo único claro es que no podía quedarme en Estados Unidos así que mi siguiente destino tenía que ser pasando la frontera sur. ¿A dónde? Eso faltaría por decidir.

–¿Verdad que no fue una mala idea venir? –gritó Adele por encima del ruido de la música mientras sonreía coquetamente a su última conquista.

–Tienes razón –respondí con un grito también. Era viernes por la noche y el lugar estaba atestado. Habíamos ido a bailar al “Alphabet Lounge” en la Avenida C y la 7ma., uno de los clubs de moda en Manhattan. Nuestro grupo consistía en Adele, Erin, Phoebe, Nick y Jason, todos compañeros de trabajo en la boutique. Erick, enrolado en su nuevo papel de padre, había optado por no ir, pues tenía que quedarse en casa con Kevin a cuidar a los bebés.

Estábamos divirtiéndonos de lo lindo. Ello celebrando una semana de locura en el trabajo, yo despidiéndome de mi vida en la ciudad, aunque claro, eso no lo sabían ellos.

Después de que Adele me llevara el café hasta la bodega, había permanecido ahí casi hasta el cierre de la tienda, a las seis de la tarde. Dudaba que en por lo menos un mes entero hubiera necesidad de acomodar el lugar o hacerse un lío con el inventario, pues había pasado tantas horas en los últimos días ahí, que el lugar estaba más pulcro y ordenado que una biblioteca.

Adele me había convencido de ir a su departamento una vez saliendo del trabajo, pues ¿para qué dar un viaje doble hasta el Bronx? No era la primera vez que nos prestábamos algo de ropa, así que una vez más y evitando que encontrara una excusa de último minuto para no acompañarles al “antro”, me ofreció el extenso contenido de su armario para nuestra salida nocturna. Terminé usando un ajustadísimo pantalón de piel negra y una blusa manga larga tipo “wrap” de seda. Era lo único que había encontrado en el closet de Adele que me cubriera lo suficiente tanto para no dejar ver las cicatrices de mi brazo como para protegerme del frío invernal.

–¿Hablaste con VJ para invitarlo? –preguntó de pronto Adele.

–No, perdí mi teléfono, no lo encuentro. –Había notado que mi móvil no estaba en mi bolso y recordé que en algún momento de mi visita, el bolso se me había caído al piso y se habían salido algunas cosas de él, así que supuse que lo había olvidado también en la habitación de tía Alice, junto con mi abrigo. –¿Por qué?

–Porque viene hacia acá….

Giré el rostro hacia la dirección que me indicaba Adele, y efectivamente, VJ caminaba en dirección de nosotros con una sincera sonrisa. Tenía que reconocer que era un chico bastante apuesto, con su cabello castaño, sus ojos verdes y el par de coquetos hoyuelos que se le formaban en las mejillas al sonreír. Era alguien bastante sencillo y poco complicado, tal vez por haber crecido en el pequeño rancho de sus padres, cerca de Lewiston, Montana. El mismo decía ser un simple vaquero de paso por la gran ciudad.

–Hola, guapa. –Sin más, me abrazó con fuerza y me plantó un ligero beso en los labios.

–Hola, ¿qué haces aquí?

–Vine a buscarte.

–¿Y cómo supiste dónde encontrarme?

–Llamé hace rato a Jason y él me dijo qué planes tenían para esta noche –pronunció mientras saludaba a Jason, quien era amigo de VJ. De hecho, él había sido quien nos había presentado formalmente. –¿Perdiste tu teléfono?

–Sí, ¿por…?

–Es que te llamé esta mañana. Ayer te mandé un par de mensajes pero no me respondiste, así que opté por marcarte, sólo que me contestó un tipo bastante pesado…

–¿Te contestó quien? –Pregunté sin estar completamente segura de lo que estaba escuchando, pero a la vez, imaginándome de quién se podría haber tratado.

–No sé, pero era un pesado. Le pregunté quién era, pues me extrañó que me contestara alguien que no fuera tú, sobre todo una voz de hombre. No me quiso decir su nombre y cuando le pregunté por ti, empezó a interrogarme como si se tratara de un policía o tu padre… Al final me dijo algo en un idioma que no entendí, pero por la forma en que pronunció las palabras supongo que era alguna grosería.

–Oh… –fue todo lo que pude responder. Así que Stanislav andaba fisgoneando en lo que no le incumbe. Típico.

–¿Cómo estás? –susurró contra mi oído. –Imagino que con esto de la revista, las cosas se han puesto más pesadas.

–Algo así –le susurré a su vez. –Pero estoy bien, de verdad… Es más, vamos a olvidarnos de eso, ¿o.k? Esta noche tengo ganas de divertirme como nunca –pronuncié con una sonrisa mientras alzaba la copa de mi Appletini y le daba un largo trago.

–Lo que la dama quiera –pronunció mientras tomaba mi mano izquierda y me daba un ligero beso en el dorso de ella –Tus deseos son órdenes para mí.

Las siguientes horas transcurrieron al ritmo de la música, el baile y el alcohol. Era mi fiesta de despedida, aunque ellos no lo supieran, así que tenía que aprovechar al máximo mis últimos momentos en la ciudad. Probablemente, a esas horas del día siguiente yo ya estaría con rumbo a mi nuevo escondite, con otro nombre, otro look y otra historia que inventar.

A pesar de mi empeño por no dejar que el montón de problemas y dolorosos recuerdos empañaran esa noche, había momentos en que no podía evitar lanzar miradas furtivas de un lado al otro. Tal vez sería por el hecho de saber que los Vulturis estaban de caza nuevamente y ya me habían encontrado, pero lo cierto es que desde el momento en que había salido del Waldorf-Astoria esa madrugada, había tenido la sensación de que alguien me vigilaba. O.k, probablemente me había vuelto completamente paranoica pues a pesar de que nadie parecía haberme estado vigilando o siguiendo cada uno de mis pasos durante el día, no podía quitarme esa sensación de encima.

Seguí bailando sin parar con VJ, contoneándome sensualmente contra su cuerpo al ritmo de la música. Iba a extrañarlo, había sido un buen amigo durante este tiempo aún y cuando podía pasar varias semanas sin vernos; VJ había sido un buen amigo, una relación sin peligros ni sorpresas. Ambos sabíamos a qué atenernos, conocíamos los límites de nuestra relación y por eso no había sobresaltos ni complicaciones entre nosotros. Esperaba que una vez que VJ se cansara de su vida como modelo de pasarelas, encontrase una buena chica y regresara a su querida Montana, tal y como alguna vez me había platicado.

–Ahora regreso… –le dije entre susurros a VJ mientras regresábamos a nuestra mesa y tomaba mi bolso.

–¿A dónde vas?

–Necesito retocarme el maquillaje. –Le sonreí antes de encaminarme rumbo al sanitario, tratando de pasar entre el montón de gente que atestaba el lugar. A base de varios “Con permiso” y un par de empellones, me fui abriendo paso entre la multitud.

A medio camino, una sensación extraña me invadió. Ahora estaba segura, alguien me estaba vigilando, sentía la mirada fija en mí. Me quedé parada, como clavada al piso mientras empezaba a pasear la mirada de un lado al otro por todo el lugar.

¿Quién eres? ¿Quién demonios está siguiéndome?”, mascullé para mi. De pronto, como si una poderosa fuerza magnética me hiciera presa, giré el rostro hacia mi izquierda. Ahí estaba él, mirándome fijamente, con el ceño fruncido. Vestía de pies a cabeza de negro, con saco y pantalones de vestir y una camisa sin corbata, con los dos últimos botones desabrochados.

Sin detenerme a pensarlo siquiera, como si mi cuerpo tuviera voluntad propia, empecé a dirigir mis pasos hacia él, con la mirada clavada en él, como si sus ojos hubieran hecho presa de los míos. Era incapaz de desviar la mirada, incluso la música, la gente parecía haber desaparecido por completo. Era como si el mundo entero se hubiera detenido totalmente, dejándonos a él y a mí envueltos en nuestra propia burbuja de cristal.

A pesar del tiempo, a pesar de nuestro encuentro bastante accidentado la noche anterior, a pesar de mis esfuerzos por olvidarlo, lo cierto era que la fuerza de atracción entre Stanislav y yo no había disminuido en lo más mínimo; es más, podría apostar que incluso era más fuerte. Y que el cielo se apiadara de mí, porque no sabía si sería capaz de pelear contra ella.

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