Disclaimer

Nombres y personajes de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer (menos los que no salieron en la saga original). Lo único mio es la historia que va uniendo a tan maravillosos personajes.
Esto es un homenaje a una de mis sagas favoritas, sin fines de lucro, por mera distracción.
Mostrando entradas con la etiqueta 04. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 04. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de agosto de 2009

DOLOR OCULTO

Por fin conseguí la fuerza necesaria para cerrar la revista. Se la tendí de regreso a Alice, como si me quemara al rojo vivo tenerla entre mis manos.

La habitación se quedó en silencio, pero podía percibir el ambiente reinante. Bastaba con echarle un vistazo al rostro de mi tía, tan triste por mi que dolía siquiera verle; o al de Stan, que evidentemente también estaba dolido, sólo que por diferentes motivos. Incluso podía imaginar perfectamente que su mente era un hervidero de preguntas sin respuesta.

–Renesmee… –tía Alice estiró su mano su mano hacia mí, en claro intento de reconfortarme.

–No, por favor… –detuve su gesto de inmediato. Odiaba que me tuvieran lástima, aún cuando se tratara de aquellos que significaban mucho para mi –Tus recuerdos… yo estoy muy alterada y… no, por favor. –Pronuncié atropelladamente mi excusa. A pesar de mi balbuceo torpe, mi tía pareció comprender la razón de mi rechazo a su contacto, pero aún así mantuvo el gesto triste.

Ella sabía sólo una parte de toda la historia. Sabía qué había pasado con mi bebé, sabía que había terminado huyendo de mi pasado, pero no sabía el por qué o el cómo habían sucedido las cosas. Sí, quería pensar que ella no conocía toda la historia, sino apenas lo suficiente para entender mi tristeza. No soportaba la idea que conociera la clase de monstruo que podía llegar a ser yo.

–¿Te casaste? –La voz de Stan sonó áspera, teñida tanto de incredulidad como de algo parecido al dolor, al reclamo. No podía asegurarlo con certeza, en esos momentos yo tenía demasiado en la cabeza con qué lidiar. –¿Tuviste un hijo de… él?

Apreté nuevamente la quijada, sintiendo un enorme nudo en la garganta que me impedía respirar siquiera. Era una horrible tensión en todo mi cuello, en la mandíbula, que ni siquiera estaba segura de que pudiera encontrar mi voz.

–¿Por qué jamás me contaste esto? –por un momento creí que la airada pregunta estaba dirigida a mí, pero me sorprendí bastante al descubrir la mirada furiosa de Stan clavada en tía Alice. Empezó a disparar las palabras a tal velocidad que no me permitió siquiera intentar responder a sus preguntas –Pensé que éramos amigos, tenía que saberlo. Debía de saberlo…

–No es mi historia, no es mi dolor ni mis heridas –respondió con precisión Alice –Además, sus vidas ya no estaban enlazadas, ya no se pertenecían, ¿para qué complicarlo más? No se me hacía justo para ninguno de los dos contarte su vida.

–De haber sabido cómo estaban las cosas... –Expiró con fuerza, como impotente, frustrado, pero ¿por qué? –Debiste decírmelo la primera vez que vinieron a mí.

Parpadeé confundida. Ahora era yo quien estaba perdida en esa pequeña charla entre mi tía y Stan.

–¿Qué quieres decir con eso de la primera vez que fueron a ti? –intervine preguntando un poco aturdida, tratando de encontrarle lógica a la conversación.

–Jasper y yo hemos estado en contacto con Stanislav prácticamente desde que él se fue de Forks –intervino mi tía con suavidad.

–¿Por qué? –a cada segundo me sentía más liada con lo que escuchaba.

–Porque estamos en deuda con él –enarqué la ceja, contrariada.

–¡Tonterías! –Stan puso los ojos en blanco, como si no fuera la primera vez que escuchaba decir eso a Alice, y por lo visto, no le gustaban nada sus palabras. Incluso creí ver un destello de incomodidad en su mirada –Ya te he dicho que eso no es verdad.

–No es ninguna tontería. Te debo la vida, tú me ayudaste aquella noche durante la pelea con los Vulturis. Si no hubiera sido por ti, si no hubieras intervenido para ayudarme contra aquél miembro de la guardia, yo habría caído también. Jasper y yo estamos conscientes de ello y por eso tendrás nuestro agradecimiento eterno.

–¿O sea que son amigos? ¿Y papá lo sabe?

Hubiera querido preguntar más bien “¿Y mi padre permitió esa amistad?”, pero era meterme en terrenos más arenosos.

–Sí, somos amigos –respondió enfática tía Alice –Y si tu padre lo sabe o no, eso no es importante. El es mi hermano, lo adoro, pero no dicta mi existencia ni a quienes quiero en ella.

Me sorprendió un poco lo rotundo de la afirmación de mi tía. No sé, me pareció que sonó más a una declaración de independencia contra el tirano opresor. Ok, ese no era el caso de mi padre, pero debía reconocer que a veces era un poquitín obstinado con sus puntos de vista y sus decisiones.

–Entonces es por eso por lo que estás aquí, ¿verdad? –dije clavando mi mirada en Stan –Viniste en mi ayuda por tu amistad con mis tíos.

–Estas equivocada. –Me respondió devolviéndome la mirada con el doble de intensidad. Odiaba que hiciera eso, odiaba que me mirara de esa manera; hacía que el corazón me diera un vuelco que creía olvidado, que viejos anhelos dormidos trataran de resurgir. Oh, sí, lo odiaba por lo bien que me hacía sentir. –Estoy aquí por ti.

Un estremecimiento involuntario me recorrió por todas mis terminales nerviosas, un estremecimiento de anhelo y anticipación. No era justo, me estaba costando lo impensable mostrarme fría y contenida con él, y Stanislav parecía dispuesto a atacarme con sus mejores armas.

No tienes derecho. ¡Traidora!”, me gritó con desprecio mi consciencia, recordándome que mi destino era penar y cargar con mis propias culpas hasta el último día de mi existencia. Esa era mi penitencia, ese era mi castigo por ser quien era, por el montón de errores cometidos, por el enorme dolor causado a tantos inocentes…

Stan no dejaba de mirarme, expectante, como esperando alguna respuesta en específico de mi parte.

–¿Y eso qué significa? –pronuncié al fin mirándolo a la cara. En realidad me hubiera gustado decir algo muy diferente, pero sabía que no tenía derecho de pronunciar esas palabras. No merecía ni siquiera un atisbo de felicidad, ese era mi castigo. –O mejor dicho, ¿qué significa ahora? –pronuncié con una mueca casi despectiva.

–¿Qué demonios pasa contigo? ¿Quién eres? –Stanislav me tomó con fuerza por los hombros zarandeándome ligeramente en el proceso, importándole poco mi renuencia a que me tocaran.

–¡Suéltame! –mascullé entre frenética y furiosa.

–No, hasta que consiga hacerte reaccionar. ¿Qué tengo que hacer para sacarte de ese maldito letargo? Eres apenas una patética sombra de lo que alguna vez fuiste.

–¿Y a ti que te importa? Tú te fuiste hace años, tú me olvidaste y seguiste adelante. “Sin ataduras” dijiste…

–Sí, sin ataduras ni remordimientos. Eso dijimos alguna vez, pero también te dije que jamás te olvidaría y no lo hice. Por eso vine, por eso volví.

–¡Demasiado tarde! –grité zafándome de su contacto al fin. –¡A quien viniste a buscar ya no existe y nunca volverá!

–Oh, cierto –respondió con sorna –Ahora tenemos a Carlie, viviendo una vida de mentiras, excusándose en la autocompasión para…

–No te atrevas a criticarme –dije tajante, casi rechinando los dientes de coraje –¿Quién te crees que eres para hacerlo? No sabes lo qué he vivido o lo que he tenido que lidiar en estos años.

–No, pero empiezo a entenderlo… Dime, ¿por qué abandonaste a tu esposo y a tu hijo? ¿Cuándo te volviste tan egoísta como para hacerlo? –pronunció con dureza.

–¡Stan! –lo reprendió mi tía, pues yo prácticamente perdí el habla con su acusación. Sus palabras fueron como una patada directa a mi plexo solar. –No tienes idea de lo que estás diciendo…

–Yo nunca… yo no me casé con Jacob –pronuncié con la voz estrangulada, cargada de tensión y angustia –Sí, estuve embarazada de él. Sí, traté de hacer una vida con él, pero… –respiré profundamente, sentía el ardor de las lágrimas luchando por salir mientras mi obstinación se negaba a permitirlo. En las últimas doce horas había consentido que todo el control de hierro que ejercía sobre mis emociones se quebrara. Tenía que empezar a recuperarlo antes de que terminara hecho añicos. Con una velocidad que no había usado en años, me agaché para recoger mi bolso junto con las cosas que se habían salido de él y las metí tan rápido como pude antes de volver a ponerme de pie. –Yo no abandoné a mi esposo, me alejé de Jacob para no seguirle haciendo daño… Y tampoco abandoné ningún hijo, ¿sabes? Mi bebé apenas vivió unos minutos después del parto…

El silencio se instaló en la habitación, de esa clase de silencios espantosamente incómodos. Tía Alice bajó la mirada con una mueca triste mientras Stan se había quedado sin habla, casi boqui-abierto por mis palabras. Es más casi podría jurar que había palidecido más de lo que ya estaba.

A pesar del tiempo y de las distancias, hablar de mi bebé, de mi pequeño Isaiah, dolía terriblemente. Pronunciar cada palabra sobre el tema era como beber ácido muriático.

–Supongo que tengo que darles las gracias por ponerme sobre aviso –dije al fin, dando pasos hacia atrás para salir de ahí. Alargué la mano hacia mi espalda, aferrando la perilla de la puerta como si se tratara de mi tabla de salvación.

–No puedes irte –pronunció mi tía con voz casi suplicante –Aún tenemos mucho de qué hablar, tenemos qué ponernos de acuerdo en lo que vamos a hacer…

–No puedo quedarme… –dije abriendo la puerta y dando un paso a través de ella – Ya me encargaré yo sola de lo que me toca. –pronuncié dando un último vistazo hacia ellos antes de cerrar la puerta y salir prácticamente corriendo por el pasillo hacia el ascensor.

Por un momento temí que mi tía o Stanislav decidieran seguirme, tenía que poner distancia, tratar de aclarar mi mente y hacer que el dolor de los recuerdos desapareciera. Cuando al fin me monté en el taxi rumbo a mi departamento, por fin pude empezar a respirar más o menos con normalidad nuevamente.

–¿A dónde, señorita?

–Al Bronx, a Bedford Park, en la Avenida Bainbridge y la 199 Este…

El conductor me lanzó una rápida mirada curiosa a través del espejo retrovisor mientras echaba andar el taxímetro. Supuse que mi aspecto sería un completo desastre, tal como era mi interior en esos momentos. Un nuevo escalofrío hizo que me abrazara con fuerza y me regañé por la estupidez de dejar mi abrigo en la habitación de Alice, pero ¿qué le iba a hacer? No pensaba regresar por él, me sentía exhausta, sin fuerzas como para volver a hacerles frente nuevamente. O mejor dicho, para un nuevo enfrentamiento con Stanislav.

Volteé la mirada hacia atrás, observando cómo el Waldorf-Astoria iba quedando a la distancia.

¿Qué demonios había pasado? ¿Por qué terminé peleando con Stan?” pensé mientras los escalofríos me recorrían sin piedad. Tal vez fuera el frío de las cinco de la mañana, tal vez fuera el impacto de haberlo visto o incluso el montón de recuerdos enterrados que habían salido intempestivamente. O tal vez era la suma de todo, lo cierto es que lo que antes me había parecido mi perfecta y silenciosa vida anónima, ahora se desplomaba como un castillo de naipes y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo.

–Toma. –La delicada y blanca mano de Adele puso frente a mí un enorme vaso de café humeante. –Creo que lo necesitas con urgencia.

–Gracias –sonreí mientras me ponía de pie. Era alrededor de medio día y tener 30 horas sin dormir comenzaba a pesarme.

Había abandonado el Waldorf pasadas las cinco de la mañana, así que para cuando llegué a mi departamento, me di cuenta que no tenía caso que intentara dormir un poco, ¿para qué? Por lo que únicamente cambié las pantuflas por mi calzado deportivo, me peine (porque mi cabello parecía un nido de pájaros después de haberme pasado tantas veces los dedos por él) y salí rumbo al gimnasio que había a tres calles de mi edificio. Fui a mi habitual clase de yoga, necesitaba con desesperación relajarme aunque fuera por un par de minutos, poner la mente en blanco y no sentir que el mundo otra vez se me venía encima. Después de eso, ya sin tanta tensión acumulada en los músculos, tomé un bañó, me apliqué un montón de maquillaje para disimular las ojeras y salí rumbo a mi trabajo.

–Creí que anoche ibas a ir con nosotros al “Perdition” –pronunció casi distraídamente Adele, sacándome de mis pensamientos.

–Oh, sí, lo siento. Sé que habíamos quedado en eso, pero me dolía la cabeza y mejor me fui a casa.

–Ah, con razón. Se me hizo muy extraño que ayer te fueras sin despedirte de nadie.

Me encogí de hombros mientras le daba un largo trago al humeante espresso. Me escoció un poco la lengua por lo caliente de la bebida, y mi estómago emitió un vago gruñido, recordándome que también había pasado casi un día desde la última vez que había comido algo sólido.

–Supongo que esas ojeras se deben a tu dolor de cabeza, ¿no?

–Aja… –había algo en la voz de Adele que me hizo recelar.

–¿O no será también lo que salió en esa revista?

–Ah, la leíste tú también –pronuncié secamente entendiendo al fin a donde quería llegar.

–Pues claro, si nadie ha dejado de hablar de ello en toda la mañana.

Guardé silencio, limitándome a beber nuevamente mi café. No había estado al tanto de que el resto de mis compañeros estuvieran cotilleando a mis espaldas; de hecho, no me extrañaba en absoluto que lo hicieran. Era lógico, pues la revista que había sacado el reportaje sobre mi pasado era bastante popular. En el trayecto de mi casa a la boutique había tomado la decisión de encerrarme todo el día en la bodega si era necesario, acomodando lo que fuera, a pesar de que eso significaba un día más sin comisiones extras por ventas. No quería verme expuesta al escrutinio de la clientela o de los paparazi que se apostaban afuera de la tienda buscando una foto mía o una entrevista. Aunque a decir verdad, ese día apenas si habían estado esperándome tres de ellos, pues para mi buena suerte, ese mismo día una famosa pareja de actores había anunciado su separación, así que los medios habían volteado hacia el nuevo escándalo de moda.

–¿Y? –pronunció Adele

–¿Y… qué?

–¿Cómo que “qué”? ¿Es verdad lo que dice ahí? ¿Eres esa tal Rene-no-sé-que?

–No –pronuncié enfáticamente.

–Pero, mira… –no supe de dónde, pero Adele había sacado un ejemplar del tabloide. –No puedes negar que se parece bastante a ti.

–Mmm supongo –me felicité por lograr que mi voz saliera relajada. ¿Por qué no había sido capaz de mostrar tal control la noche anterior? –Aunque ella está más “llenita” que yo, el cabello es súper diferente al mío… Mira, ella lo tiene rizado y cobrizo, y el mío es lacio y rubio. –“Claro, gracias a la keratina brasileña y el peróxido” pensé –Y ella no tiene las cicatrices que tengo yo.

–Es cierto, no me había fijado –pronunció observando una foto donde yo aparecía con un vestido de tirantes, un sombrero de paja y el impresionante paisaje de las playas de La Push de fondo. Hice un esfuerzo porque mi careta de tranquilidad no se viniera abajo al recordar ese momento…

Había sido un domingo por la mañana. Yo estaba en la sala, leyendo un libro o mejor dicho, fingiendo leerlo mientras esperaba a que él saliera de la habitación. Billy Black, el padre de Jacob, había salido muy temprano esa mañana de pesca con mi abuelo, así que teníamos la casa para nosotros dos.

Yo me había despertado temprano, un tanto nerviosa y emocionada a la vez. Pero tenía que hacerme esa prueba sin que Jake sospechara nada, quería darle esa sorpresa. Sabía cuánto quería ser padre; bueno, no me había dicho nada, pero era obvio que tener un hijo propio era uno de sus más grandes sueños. Sólo bastaba con verlo con Sam Jr y la pequeña Mary, los hijos de Sam y Emily Uley.

Así pues, había entrado en el pequeño baño de la casa, con la prueba que había comprado un día antes en la farmacia frente al hospital donde Jacob iba a tomar sus terapias de rehabilitación. Había logrado ponerse en pie en dos meses, para asombro de los doctores. Creían que era todo un milagro de la ciencia, aunque nosotros sabíamos que se debía más que nada a la increíble capacidad que tenían los licántropos para recuperarse de sus heridas, y también a la enorme fuerza de voluntad y disciplina que poseía Jake. Ahora caminaba con el apoyo de un bastón, pero no dudaba ni un segundo que en un par de meses más ya no lo necesitara para nada.

Cuando vi la enorme cruz rosa pintada en uno de los extremos de la pequeña varita plástica blanca, no pude evitar derramar una lágrima de felicidad. Es más, quería pegar un grito de emoción, pero me contuve para no despertar a Jake y arruinar la sorpresa. Con cuidado, me deslicé nuevamente a la habitación que compartíamos en la vieja casa de los Black, tomé un post-it color amarillo fluorescente y con la mejor letra que pude (las manos me temblaban de la emoción) le escribí:

“¡Felicidades! Vas a ser papá. Te espero en la sala, así que ven y dame un beso.

Te quiero, R.

Pegué la nota en la pantalla de la televisión de 21 pulgadas que había en nuestra habitación y sobre ella dejé la prueba de embarazo con el resultado positivo. Salí con el mayor sigilo posible y me senté en el viejo sillón de la sala con una copia de “Cumbres Borrascosas”, uno de los libros favoritos de mamá y mío.

Esperé con paciencia a que él se despertara, intentando leer un poco, pero a decir verdad no había sido capaz de pasar de la misma página. Nerviosamente, me arreglaba el pelo o estiraba las imaginarias arrugas de mi vestido azul cielo, el cual me había puesto especialmente ese día porque sabía que a Jacob le encantaba. Era un vestido de manta, largo hasta los tobillos, con finísimos tirantes y escote en “V”. Jake decía que parecía una adorable hippie o una ninfa de los bosques.

–¿Es verdad? –su voz sonó a mis espaldas, haciendo que en el acto me pusiera de pie y me volviera a verlo.

La sonrisa de su rostro me provocó un vuelco en el corazón. Por fin empezaba a resarcirle todos y cada uno de los sacrificios que había hecho por mí; por fin empezaba a hacerlo feliz.

La emoción pudo conmigo, así que únicamente pude asentir fuertemente, pues las lágrimas me habían dejado prácticamente sin habla.

–¡Dios! ¡Es increíble! ¡Vamos a tener un bebé! –pronunció mientras me abrazaba con fuerza y me alzaba por los aires, dando vueltas conmigo por toda la pequeña habitación.

Cuando por fin volvió a dejarme con los pies sobre el piso, me abrazó con dulzura mientras depositaba un montón de besos sobre mi cara, mis labios, mis manos. De verdad que estaba loco de contento con la noticia.

–¿De verdad estás feliz? –le pregunté un poco insegura, pues sabía que todo estaba sucediendo demasiado a prisa. Si era honesta conmigo misma, el que él y yo estuviéramos juntos y con un bebé en camino, mucho se debía a mis manipulaciones.

–¿Y por qué no iba a estarlo? Te tengo a ti, estamos juntos y nuestro hijo viene en camino. ¡No creo que haya hombre más feliz en la tierra que yo en estos momentos! ¡Tenemos que celebrarlo! Cuando le cuente a los chicos…

–Espera, espera –le interrumpí en el acto. Odiaba ponerle peros a su alegría, pero algunas cosas había qué hacerlas como era debido –Por favor, no les digas nada a los demás, ¿quieres?

–¿Por qué? –preguntó perplejo

–Porque primero se lo tenemos que decir a la familia, ¿no crees?

–Bueno, cuando mi padre y tu abuelo regresen esta tarde, se los diremos.

–No me refería únicamente a ellos… –lo miré compungidamente.

–Oh, cielo… Lo siento, cariño. Supongo que no te conformarías con llamar por teléfono a tus padres y darles la noticia, ¿verdad?

Meneé en forma negativa la cabeza. A pesar de que el tratado seguía en pie, a pesar de que yo estaba con Jacob, de que vivía con él en la reserva, aún así estaba vedada la entrada a mi familia. Era algo que me dolía profundamente, pues tenía meses que no los veía, me tenía que conformar con llamarlos por teléfono. Incluso sabía que mi propia presencia era motivo de constantes fricciones entre Jacob y la mayoría de la manada. Me toleraban por ser el objeto de la impronta de su líder, pero eso no significaba que me quisieran o me respetaran. Pero era el precio que tenía que pagar; alguna vez Jacob había tenido que renunciar a su mundo, a su familia y amigos para estar conmigo. Ahora me tocaba a mí hacer ese sacrificio.

Te prometo que vamos a ir a visitar a tus padres para darles la noticia. Sólo dame un par de días para resolver unas cosas.

–Gracias –sonreí con un poco de melancolía. ¡Cómo me hubiera gustado tener a mi lado en esos momentos a mamá o a la abuela Esme! –¿Me prometes que no se lo diremos a ninguno de los chicos hasta que toda la familia lo sepa primero?

–Te lo prometo. Sabes que no hay nada en el mundo que no pueda negarte… –Jacob me estrechó con fuerza mientras depositaba sus dulces y cálidos labios en los míos. –Bueno, ¿qué te parece si nos vamos de picnic a la playa para celebrarlo?

–¿De verdad? –dije emocionada. Una de mis cosas favoritas era ir a la playa.

De verdad. Me doy una ducha rápida y después nos vamos.

–¿Y la comida? –pregunté

Compramos algo en el camino.

–Puedo prepararla y…

–No, no. Este día es especial. Hoy me encargo de mimar a mi chica favorita. –Me guiñó el ojo mientras me dedicaba una sonrisa traviesa. Sonreí, segura de que al fin llegaría la paz y la estabilidad en nuestras vidas; sólo esperaba también que con el bebé en camino, se tendiera un puente de paz entre los quileutes y los Cullen. Con eso mi felicidad sería al completo…

–Aunque no puedes negar que se parecen un poco tú y ella. –La voz de Adele me regresó al presente. –Oye, ¿no es esta la chica que vino ayer? Esa, la que compró un montón de cosas y que terminaste pasándole la venta a Erick.

Clavé la mirada en la revista mientras sentía que el color empezaba a abandonar mis mejillas. La noche anterior no me había detenido a ver del todo las fotos que habían salido; de hecho, cuando vi la imagen de Jacob, Seth y yo, fue cuando le había regresado la revista a mi tía.

–Errggg… como que sí se parece.

–¿Se parece? ¡Hello! Obvio que es ella. ¿No recuerdas su nombre? Aquí en el pie de la foto dice “Renesmee con Alice y Rosalie Cullen”. –de pronto sentí nauseas al escuchar los nombres. Era una fotografía que nos habían tomado el día de mi fatídico cumpleaños, cuando descubrí las circunstancias de mi nacimiento. De hecho, era la última fotografía que me había tomado al lado de mis amadas tías, antes de la muerte de tía Rosalie. ¿Cómo habían obtenido esas fotos? ¿Quién les había proporcionado el nombre de mi familia? Esas fotos se habían quedado en la casa de Jacob, ¿me odiaría tanto que…? No, no podía creerlo. A pesar de todo, Jacob era un buen hombre, un hombre recto y jamás haría algo así. No era su estilo. Entonces, ¿quién?

–No recuerdo su nombre…

–¿Crees que habrá venido a buscarte pensando que eras ella?

–Tal vez –pronuncié nerviosamente.

–¿No te mencionó nada al respecto? ¿No te preguntó nada?

–N-o… ¿Sabes? Cambiemos de tema, ya he tenido suficiente de esta basura en los últimos días –pronuncié atropelladamente.

–Si así lo quieres… –era obvio que Adele hubiera preferido seguir con el tema de “el escabroso pasado de Renesmee Cullen”, pero para mi alivio, empezó a contarme cómo les había ido la noche anterior en el “Perdition”. Era divertido escuchar las aventuras amorosas de Adele, pues no tenía empacho en reconocer que era una coqueta de primera y que sus relaciones duraban lo que un Alka-Seltzer en disolverse en agua.

–Resultó que el rubito francés no era ni modelo ni rubito ni francés… un fraude total.

–Bueno, ya tendrás más suerte para la próxima, Adele.

–Supongo… ¿Vas a venir esta noche con nosotros?

–No creo, yo…

–Anda, ¿qué te pasa? Tú nunca dices no a una fiesta.

–Sí, pero con todos estos líos…

–¿Y? Ni modo que te la pases escondida en un agujero eternamente. Además, si te enclaustras, la gente va a pensar que sí tienes algo por qué sentirte culpable.

–Lo que digan los demás no me importan.

–Aún mejor. No tienes por qué quedarte encerrada por lo que diga la gente. Anda, todos tenemos derecho a desestresarnos un poco.

–No sé, además VJ quiere que nos veamos esta noche.

–¿Ese torpe te invitó a salir? ¿Qué no tienen como un año que no se ven?

–No le digas así. Es cierto que no es el hombre más brillante del mundo, pero…

–Pero tiene un trasero y un abdomen de acero –finalizó Adele con una mueca de lujuria. De pronto se me ocurrió que tal vez mi chispeante y coqueta amiga haría buena química con VJ

–No me refería a eso. Iba a decir que es muy simpático y...

–Y que es un tigre en la cama ¡Grrr!

–¡Adele! Eres imposible… –entorné los ojos.

–Lo sé, y por eso soy tu mejor amiga… Entonces, les voy a decir a los demás que esta noche vienes con nosotros.

–Pero yo no he dicho que…

–No te escucho. ¡Bye!

La alta pelirroja salió por la puerta, contoneándose feliz, dejándome con la palabra en la boca. ¡Ya parece que estaba yo para fiestas!

Refunfuñé un par de cosas, un poco enojada por la actitud apabullante de Adele.

Tal vez no sea una mala idea. Podrías verlo como tu despedida de esta gente”, pronunció mi voz interior.

Le di vueltas al asunto una y otra vez. Sí, esa noche iría con mis amigos, esa noche me divertiría como nunca. Una Carlie Masen sonriente y divertida sería el recuerdo que quería dejarles a esas personas que habían compartido parte de sus vidas conmigo en los últimos años.

Oh, porque ya había llegado a una conclusión. Yo me iba a largar de ahí ese fin de semana. Iba a desaparecer y empezar en otro lugar, con otra gente, con otro nombre. Ya no me podía quedar ahí, no después de que mi pasado me explotara en la cara.

Aún no sabía cuál sería mi siguiente parada; mi plan de irme a Australia quedaba descartado por falta de fondos para ello. Así que tenía que empezar a buscar un plan B con toda celeridad; aunque lo único claro es que no podía quedarme en Estados Unidos así que mi siguiente destino tenía que ser pasando la frontera sur. ¿A dónde? Eso faltaría por decidir.

–¿Verdad que no fue una mala idea venir? –gritó Adele por encima del ruido de la música mientras sonreía coquetamente a su última conquista.

–Tienes razón –respondí con un grito también. Era viernes por la noche y el lugar estaba atestado. Habíamos ido a bailar al “Alphabet Lounge” en la Avenida C y la 7ma., uno de los clubs de moda en Manhattan. Nuestro grupo consistía en Adele, Erin, Phoebe, Nick y Jason, todos compañeros de trabajo en la boutique. Erick, enrolado en su nuevo papel de padre, había optado por no ir, pues tenía que quedarse en casa con Kevin a cuidar a los bebés.

Estábamos divirtiéndonos de lo lindo. Ello celebrando una semana de locura en el trabajo, yo despidiéndome de mi vida en la ciudad, aunque claro, eso no lo sabían ellos.

Después de que Adele me llevara el café hasta la bodega, había permanecido ahí casi hasta el cierre de la tienda, a las seis de la tarde. Dudaba que en por lo menos un mes entero hubiera necesidad de acomodar el lugar o hacerse un lío con el inventario, pues había pasado tantas horas en los últimos días ahí, que el lugar estaba más pulcro y ordenado que una biblioteca.

Adele me había convencido de ir a su departamento una vez saliendo del trabajo, pues ¿para qué dar un viaje doble hasta el Bronx? No era la primera vez que nos prestábamos algo de ropa, así que una vez más y evitando que encontrara una excusa de último minuto para no acompañarles al “antro”, me ofreció el extenso contenido de su armario para nuestra salida nocturna. Terminé usando un ajustadísimo pantalón de piel negra y una blusa manga larga tipo “wrap” de seda. Era lo único que había encontrado en el closet de Adele que me cubriera lo suficiente tanto para no dejar ver las cicatrices de mi brazo como para protegerme del frío invernal.

–¿Hablaste con VJ para invitarlo? –preguntó de pronto Adele.

–No, perdí mi teléfono, no lo encuentro. –Había notado que mi móvil no estaba en mi bolso y recordé que en algún momento de mi visita, el bolso se me había caído al piso y se habían salido algunas cosas de él, así que supuse que lo había olvidado también en la habitación de tía Alice, junto con mi abrigo. –¿Por qué?

–Porque viene hacia acá….

Giré el rostro hacia la dirección que me indicaba Adele, y efectivamente, VJ caminaba en dirección de nosotros con una sincera sonrisa. Tenía que reconocer que era un chico bastante apuesto, con su cabello castaño, sus ojos verdes y el par de coquetos hoyuelos que se le formaban en las mejillas al sonreír. Era alguien bastante sencillo y poco complicado, tal vez por haber crecido en el pequeño rancho de sus padres, cerca de Lewiston, Montana. El mismo decía ser un simple vaquero de paso por la gran ciudad.

–Hola, guapa. –Sin más, me abrazó con fuerza y me plantó un ligero beso en los labios.

–Hola, ¿qué haces aquí?

–Vine a buscarte.

–¿Y cómo supiste dónde encontrarme?

–Llamé hace rato a Jason y él me dijo qué planes tenían para esta noche –pronunció mientras saludaba a Jason, quien era amigo de VJ. De hecho, él había sido quien nos había presentado formalmente. –¿Perdiste tu teléfono?

–Sí, ¿por…?

–Es que te llamé esta mañana. Ayer te mandé un par de mensajes pero no me respondiste, así que opté por marcarte, sólo que me contestó un tipo bastante pesado…

–¿Te contestó quien? –Pregunté sin estar completamente segura de lo que estaba escuchando, pero a la vez, imaginándome de quién se podría haber tratado.

–No sé, pero era un pesado. Le pregunté quién era, pues me extrañó que me contestara alguien que no fuera tú, sobre todo una voz de hombre. No me quiso decir su nombre y cuando le pregunté por ti, empezó a interrogarme como si se tratara de un policía o tu padre… Al final me dijo algo en un idioma que no entendí, pero por la forma en que pronunció las palabras supongo que era alguna grosería.

–Oh… –fue todo lo que pude responder. Así que Stanislav andaba fisgoneando en lo que no le incumbe. Típico.

–¿Cómo estás? –susurró contra mi oído. –Imagino que con esto de la revista, las cosas se han puesto más pesadas.

–Algo así –le susurré a su vez. –Pero estoy bien, de verdad… Es más, vamos a olvidarnos de eso, ¿o.k? Esta noche tengo ganas de divertirme como nunca –pronuncié con una sonrisa mientras alzaba la copa de mi Appletini y le daba un largo trago.

–Lo que la dama quiera –pronunció mientras tomaba mi mano izquierda y me daba un ligero beso en el dorso de ella –Tus deseos son órdenes para mí.

Las siguientes horas transcurrieron al ritmo de la música, el baile y el alcohol. Era mi fiesta de despedida, aunque ellos no lo supieran, así que tenía que aprovechar al máximo mis últimos momentos en la ciudad. Probablemente, a esas horas del día siguiente yo ya estaría con rumbo a mi nuevo escondite, con otro nombre, otro look y otra historia que inventar.

A pesar de mi empeño por no dejar que el montón de problemas y dolorosos recuerdos empañaran esa noche, había momentos en que no podía evitar lanzar miradas furtivas de un lado al otro. Tal vez sería por el hecho de saber que los Vulturis estaban de caza nuevamente y ya me habían encontrado, pero lo cierto es que desde el momento en que había salido del Waldorf-Astoria esa madrugada, había tenido la sensación de que alguien me vigilaba. O.k, probablemente me había vuelto completamente paranoica pues a pesar de que nadie parecía haberme estado vigilando o siguiendo cada uno de mis pasos durante el día, no podía quitarme esa sensación de encima.

Seguí bailando sin parar con VJ, contoneándome sensualmente contra su cuerpo al ritmo de la música. Iba a extrañarlo, había sido un buen amigo durante este tiempo aún y cuando podía pasar varias semanas sin vernos; VJ había sido un buen amigo, una relación sin peligros ni sorpresas. Ambos sabíamos a qué atenernos, conocíamos los límites de nuestra relación y por eso no había sobresaltos ni complicaciones entre nosotros. Esperaba que una vez que VJ se cansara de su vida como modelo de pasarelas, encontrase una buena chica y regresara a su querida Montana, tal y como alguna vez me había platicado.

–Ahora regreso… –le dije entre susurros a VJ mientras regresábamos a nuestra mesa y tomaba mi bolso.

–¿A dónde vas?

–Necesito retocarme el maquillaje. –Le sonreí antes de encaminarme rumbo al sanitario, tratando de pasar entre el montón de gente que atestaba el lugar. A base de varios “Con permiso” y un par de empellones, me fui abriendo paso entre la multitud.

A medio camino, una sensación extraña me invadió. Ahora estaba segura, alguien me estaba vigilando, sentía la mirada fija en mí. Me quedé parada, como clavada al piso mientras empezaba a pasear la mirada de un lado al otro por todo el lugar.

¿Quién eres? ¿Quién demonios está siguiéndome?”, mascullé para mi. De pronto, como si una poderosa fuerza magnética me hiciera presa, giré el rostro hacia mi izquierda. Ahí estaba él, mirándome fijamente, con el ceño fruncido. Vestía de pies a cabeza de negro, con saco y pantalones de vestir y una camisa sin corbata, con los dos últimos botones desabrochados.

Sin detenerme a pensarlo siquiera, como si mi cuerpo tuviera voluntad propia, empecé a dirigir mis pasos hacia él, con la mirada clavada en él, como si sus ojos hubieran hecho presa de los míos. Era incapaz de desviar la mirada, incluso la música, la gente parecía haber desaparecido por completo. Era como si el mundo entero se hubiera detenido totalmente, dejándonos a él y a mí envueltos en nuestra propia burbuja de cristal.

A pesar del tiempo, a pesar de nuestro encuentro bastante accidentado la noche anterior, a pesar de mis esfuerzos por olvidarlo, lo cierto era que la fuerza de atracción entre Stanislav y yo no había disminuido en lo más mínimo; es más, podría apostar que incluso era más fuerte. Y que el cielo se apiadara de mí, porque no sabía si sería capaz de pelear contra ella.

Añadir/Share

Bookmark and Share