Disclaimer

Nombres y personajes de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer (menos los que no salieron en la saga original). Lo único mio es la historia que va uniendo a tan maravillosos personajes.
Esto es un homenaje a una de mis sagas favoritas, sin fines de lucro, por mera distracción.
Mostrando entradas con la etiqueta Awka. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Awka. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de abril de 2009

CELOS

–¿Vas a responderme, mujer? ¡¿Quién demonios es el tal Jacob Black?!

Stanislav me tomó por los hombros y me acercó a él, tanto que su frio aliento chocaba a milímetros de mi rostro.

–No… no lo sé…

–¡¿Es alguien de tu pasado?!

–No lo sé… –mi voz sonó apagada, mientras mi mirada estaba perdida, pues buscaba frenéticamente la respuesta dentro de nublada mente.

–¡Maldita sea! ¿Quién es? –esta vez, Stanislav me zarandeó fuertemente, tanto que sentí dolor por la presión que sus manos ejercían en mi cuerpo.

–¡No sé!... ¡Suéltame que me haces daño! –le grité enfurecida mientras que con fuerza me zafé de su contacto –¿Qué parte de “no sé” no te queda clara? ¡No sé quien es Jacob Black! ¡Ni tampoco sé por qué puedo ver con claridad su rostro o por qué su recuerdo me duele!

La fuerza de mi voz retumbó en el garaje. Instintivamente, me abracé a mi misma, acariciando con mis manos ahí donde las de Stanislav me habían sujetado con fuerza. Imaginé que a pesar de que yo era más resistente al humano promedio, me iban a quedar marcas en la piel.

–Lo siento… –la voz de Stan sonó extraña, como si realmente lamentara haber sido brusco conmigo. No me digné siquiera a mirarle; estaba molesta por su reacción y furiosa por el hecho de que mi mente no fuera capaz de retener más que pequeños atisbos de mi pasado. –No pretendía hacerte daño.

–¿No? –dije sarcásticamente, mientras mantenía el rostro ladeado, mirando hacia cualquier otra parte que no fuera él.

–Te dije que parte de mi naturaleza vampírica lleva consigo el egoísmo, ¿no? Y también debería agregar que solemos ser bastante egocéntricos.

–¿Egocéntrico tú? ¡Nunca lo hubiera creído!

–Atena… –puso su mano bajo mi mentón y me obligó girar el rostro para verle directamente a la cara –Lo siento, no quise ser tan rudo… sólo que no es muy bueno para mi ego que después de anoche, de pronto el nombre de ese Jacob se instale en tus sueños y en tus recuerdos.

–¿Qué quieres decir? –pregunté confundida, ¿de qué demonios estaba hablando?

–¿Recuerdas que te dije que hablabas dormida?

–Ajá…

Stanislav soltó mi rostro y se llevó las manos a los bolsillos traseros de su pantalón. Ahora fue él quien paseaba la mirada por todos lados sin detenerse a mirarme un solo instante.

–Cuando te quedaste dormida, yo me quedé ahí, a tu lado… –suspiró profundamente –Y de pronto, te removiste inquieta y lo llamaste… dijiste “Jacob, mi Jacob”.

–No recuerdo haber soñado nada…

–Pues debiste estar soñando con él, pues lo llamabas entre suspiros…

Nos quedamos viéndonos el uno al otro. El me miraba interrogante, mientras yo lo hacía desesperada. ¿Es que no iba a poder recuperar nunca la historia de mi vida? Había tratado de ir obteniendo información sobre quién era esta “Atena” pero nadie me contestaba claramente Sólo eran respuestas demasiado vagas; se excusaban con el hecho de que no podían forzar mi mente y que poco a poco tenía que ir recobrando mis recuerdos cuando mi cerebro lo hiciera por sí mismo, justo cuando estuviera preparado.

Había intentado que por lo menos me contaran cuál era mi dinámica familiar, cómo me llevaba con Gianna, mi hermana, cómo era mi carácter con respecto a todos estos vampiros que prácticamente me habían criado, o cómo era yo en general antes del accidente. Pero nada,  se rehusaban a usar más de una frase corta para contestar mis preguntas.

Siempre has sido tal y como eres ahora. Bueno, salvo que no eras tan remilgosa con nuestra forma de alimentarnos”, era la respuesta más larga que había obtenido de Apolo.  Cuando quise preguntarle algo a Stanislav, se limitó a decirme que antes de esto, no habíamos tenido ningún tipo de trato

La guardia está compuesta en su totalidad por 50 vampiros, pero son pocos lo que están de fijo en Volterra. Por lo general nos dispersamos alrededor del mundo para mantener bajo control a los de nuestra raza. Antes de entrenarte, no tuvimos contacto alguno. Ni tu ni yo estuvimos jamás en el mismo lugar como para habernos conocido antes.

–No sé quien es ese Jacob ni por qué sueño con él –dije volviendo al presente –Supongo que es alguien que conocí hace tiempo –dije sumiendo los hombros y con la mirada gacha.

–Supongo… –Stanislav volvió a estrecharme en sus brazos –¿Has vuelto a recordar cosas de tu pasado?  –su voz sonó casual, pero detecté la nota de interés oculta.

–No mucho, realmente. Sólo un par de retazos pero que parecen no tener relación entre si… Es como intentar armar un rompecabezas de un millón de piezas y sin saber realmente de qué figura se trata.

Stan me estrechó más fuerte contra su frío y duro pecho y depositó un breve beso sobre mi cabeza.

–Cuando menos lo pienses, tal vez más pronto de lo que crees, tendrás tu vida de regreso.

–Eso espero… –suspiré profundamente –Imagino que el golpe que me di contra las rocas cuando caí al tratar de huir de los Cullen fue baste fuerte como para dejarme sin recuerdos…

–Será mejor que entremos de una buena vez. –Stanislav me soltó de pronto y emprendió la marcha al interior del palazzo.

Me desconcertaba este tipo de cambios de humor tan bruscos de él, sobre todo aquellos que se presentaban cuando yo trataba de obtener información de mi pasado a través de él, o como en este caso, cuando hablaba de la noche en que había perdido la memoria.

No soy bueno, no soy de fiar y no merezco tenerte…

Esas habían sido sus palabras, y una pequeña vocecita en mi interior me dijo que debía tomarlas en cuenta y no dejarlas pasar por alto.

Lo seguí un par de pasos atrás, y sin poder evitarlo, empecé a recordar lo sucedido apenas unas horas antes, cuando Stan y yo habíamos estado tan cerca…

–¿Estás… segura? –me preguntó entrecortadamente mientras sus labios volvían a atacar los míos, con un beso apasionado y ansioso que me arrancó unos ruiditos lastimeros de la garganta.

–Sí… –fue todo lo que puse decir, mientras mi mente se sumía en el sopor de la excitación que corría vertiginosamente por mis venas.

Acarició la suave piel de mi mandíbula con el pulgar; instintivamente, separé mis carnosos labios, esperando saborear la frialdad tan dulce de los suyos, tal y como lo había hecho momentos antes. Fui consciente de que estaba sentada en su regazo, envolviendo su cintura con mis piernas, encajando nuestros cuerpos maravillosamente bien, igual que piezas que faltaran en un rompecabezas.

Se inclinó, ladeó su cabeza y me besó como si deseara hacerlo desde hace mucho tiempo. Fue un beso dulce, nada exigente; cerré los ojos y le rodee el cuello con los brazos, apretándome aún más contra su macizo cuerpo.

Stan gimió, como si su frío cuerpo hirviera en su interior. El deseo lo consumía, al igual que a mi, lo pude ver en el brillo de sus ojos carmesí.

Una vocecita muy lejana me decía que debía parar esto, ponerle fin al desastre que traería esto, pero mi cuerpo no obedecía. La sangre me martilleaba con furia en los oídos, agolpándose en el centro; la necesidad se apoderó de mí, ardiente e insoportablemente intensa. A medida que iba siendo consiente de cada parte de mi cuerpo apoyada en el de él, mi control se iba erosionando aún más.

Intensificó el beso y de mi garganta escapó un suave sollozo de rendición. Introdujo la lengua en mi boca, profundamente y le respondí con mi lengua sedosa. Noté los pezones erguidos bajo el algodón de su camisa, deseando con desesperación sentir sus caricias ahí. Con manos diestras, fue desabrochando uno a uno los botones de la camisa, dejándola resbalar por encima de mis hombros hasta mi cintura. Me cubrí tímida, sin estar segura si era la primera vez que estaba semi-desnuda frente a un hombre; o por lo menos, así lo sentí, como si fuera mi primera vez.

Me envolvió en la helada, pero a la vez, ardiente prisión de sus brazos. Me besó a un lado del cuello y regresó a mi boca, inclinando la cabeza primer a un lado y luego al otro, como deseando más, incapaz de saciarse. Sentí como si me ahogara, como si apenas fuera capaz de respirar, pero aún así, me negué a tomar aire. Me apretó aún más contra él y di un gritito ahogado, clavando mis dientes contra su labio inferior, al notar la dureza de su cuerpo excitado.

La pasión nos devoraba. Volvió a besarme de un modo casi salvaje, y le devolví el beso con la misma intensidad. Puso su mano sobre mi pecho derecho y me estremecí tanto por lo frío de su tacto como por el placer. Me besó el cuello abajo hasta llegar al pezón, erguido y tembloroso, lo lamió y después cubrió el seno con la boca.

Con un movimiento rápido, Stanislav se libró de la camisa y mi bikini, arrojándolos a alguna parte del chalet. De pronto, levantó mi cuerpo desnudo en sus brazos y me llevó hasta la cama.

–La puerta… –susurré suavemente, recordando que no le había puesto el seguro.

–Nadie se atreverá a entrar… –replicó el con seguridad.

Volvió a besarme y se detuvo para quitarse la camisa. Sentía que no podía esperar más, deseaba sentirlo a mi lado, satisfacer esa necesidad tan dolorosa que me embargaba. Lo vi deshacerse de las botas, desabrocharse el pantalón y recostarse a mi lado en la cama.

–¿Estás segura? ¿Estás segura que esto es lo que quieres? Si hacemos el amor… no habrá marcha atrás.

Sentí que me había quedado sin voz ante la intensidad de su mirada. Tenía que darle crédito al hecho de que a pesar de que la pasión parecía irnos consumiendo hasta la inconsciencia, aún así me daba el derecho de elegir.

Acaricié su masculino perfil con mis dedos, deteniéndome en la suavidad de sus labios. Lo besé larga y esmeradamente en la boca, siguiendo por un lado del cuello,  después por la oreja.

–Te deseo –dije en voz baja –Te necesito y nada más importa.

Alguna parte remota me advertía que eso no era verdad, que lo que pasara esta noche importaba mucho, pero en aquel momento me daba lo mismo.

Stanislav me besó, acarició mis pechos con suavidad; deslizó la palma de su mano por la zona lisa bajo el ombligo y siguió el camino más allá…

Me puse tensa al sospechar sus intenciones.

–Confía en mí. Deja que haga que nos guste a lo dos.

Sus palabras me tranquilizaron, relajándome un poco y Stan pudo situarse entre mis piernas, acariciándome con suavidad primero y después más profundamente, de un modo tan rítmico que hacía que me retorciera en el colchón con los dedos clavados en su espalda.

–Stan… por favor… no puedo… No… No puedo más.

–Relájate, cariño, tranquila. –Cambió de posición, oprimiendo  la dureza rígida de su bragadura contra la carne cálida y húmeda de mi conducto –Confía en mí y relájate.

Me poseyó con cuidado, como si buscara no lastimarme. Su rostro reflejaba un placer insoportable, pero también me di cuenta que luchaba por no perder por completo el control. Cuando llegó a la barrera de mi inocencia, se contuvo unos momentos más, permitiéndome amoldarme a él.

–Stan… –susurré vacilante, pero aún así, mi cuerpo se movía impaciente bajo el de él. –No te detengas…

–No podría… ni aunque mi existencia dependiera de ello.

Un beso ardiente y apasionado, y me penetró hasta el fondo. Solté el aliento con fuerza y después le devolví el beso, a la vez que lo tentaba con las manos, acariciaba las costillas, palpaba sus músculos y tendones, como si quisiera aprendérmelo centímetro a centímetro.

–Dios mío, Ren… Atena…

Mi respuesta inocente pero instintivamente apasionada pareció volverlo loco, impidiéndole contenerse más, como si hubiera estado absteniéndose mucho tiempo y me deseara demasiado. Retrocedió y volvió a tomarme, una y otra vez, tomándome profundamente con embates sucesivos. Me arqueé contra él, entregándome por completo al placer, sintiendo como un potente estallido en mi interior. Unos cuantos empujes más y mi cuerpo se apretó contra el de Stanislav, curvándome debajo de él, alcanzado mi propio clímax, tensa como un arco.

Stanislav me besó nuevamente, antes de rodearme con sus brazos y girar, de tal manera que dejó que yo quedara encima de él, apoyando mi cabeza sobre su duro pecho. Me sentía abrumada por la fuerza del deseo, sorprendida por el hecho de que había sido virgen, pura aunque no ingenua por la facilidad de una amante experta con la que había respondido a las caricias de Stan. ¿Qué clase de mujer había sido durante mi vida previa? No estaba segura de la respuesta.

–¿Estás bien? –preguntó Stan después de un rato. Por su tono de voz, imaginé que él estaría tan sorprendido como yo. ¿Qué podía decirle? Ahí, apoyada contra su pecho, envuelta en su frío abrazo, sintiéndome tan viva, pero a la vez tan confundida, ¿qué podía responder? Así que opté por la salida cobarde: cerré los ojos y fingí dormir. Imaginé que Stan iba a querer hablar, preguntar cosas que ni siquiera yo sabría qué contestar.

Al no obtener ninguna respuesta de mi parte, Stanislav no insistió. Sentí que cubría nuestros cuerpos con la colcha y me acercaba más a su cuerpo. Agradecí que no se apartara de mi, que no buscara romper nuestro contacto, porque a pesar de que no quería enfrentarme a él, tampoco quería alejarme de él.

El sueño poco a poco fue apresándome, haciendo que la maraña de pensamientos fuera quedando relegada en algún lugar de mi mente.

 

 

Me desperté sola. El lugar de Stanislav estaba vacío, pero aún así pude percibir su aroma en la almohada. Me dejé caer nuevamente contra la cama, desnuda mientras contemplaba las vigas del techo. Me dolía el cuerpo en sitios donde no me había dolido nunca, o por lo menos que yo recordara; el dolor suave que sentía entre las piernas me recordaba lo que había perdido la noche anterior.

Cerré los ojos mientras suspiraba profundamente y me estiraba perezosamente sobre la cama. Stanislav me había hecho el amor. Me había hecho sentir un placer inimaginable. Había sido salvaje en su deseo y al mismo tiempo, tierno. Sonreí al recordar cada una de sus caricias y mi corazón empezó a latir desbocado al rememorar el esculpido cuerpo de Stan.

–Veo que ya estás despierta –su voz tronó como si fuera un relámpago anunciando la tormenta. Abrí los ojos, encontrándome con un par de feroces ojos escarlata.

–Eerrr.. sí, acabo de despertar. –de pronto, me sentí nerviosa y un poco cohibida al ser consiente de mi desnudez. Agarré con fuerza la colcha que cubría mi cuerpo, y la apreté con fuerza contra mí, como si fuera un escudo protector.

–Ten –dejó bruscamente un bulto de ropa sobre la colcha –puedes usar esto para vestir.

–Gra… gracias –dije nerviosa, sin comprender del todo su frialdad. ¿Había hecho algo mal? ¿Es que lo que había sido para mi una experiencia inolvidable, para él era algo decepcionante?

Sin más, Stan se retiró, dejándome sola. Imaginé que en parte era para darme cierta privacidad, aunque ya me había visto tan desnuda como el día que nací, ¿entonces?... A toda velocidad, me puse el short y la camiseta que me había dejado. Me pasé los dedos por el cabello, esperando con eso no tener tan mal aspecto y verme por lo menos medianamente bien. Algo recelosa, bajé los escalones hasta la planta baja, donde Stan me esperaba apoyado contra la pared, cruzado de brazos y el semblante serio; de alguna manera, su actitud me recordó al rudo matón de una película antigua.

–Voy a entrar al baño… yo…

–Adelante

A toda velocidad, me di un baño, me lavé los dientes y me ocupé de todos y cada uno de esos pequeños rituales de higiene humana. Al salir del cuarto de baño, me percaté que a un lado de la puerta habían ido a parar, hechos un ovillo, la camisa y el bikini de la noche anterior. Al recordar cómo los había perdido, no pude evitar sonrojarme nuevamente.

–Ven –más que una petición, las palabras de Stanislav sonaron como una especie de orden militar. Él estaba rígidamente sentado en el sofá, con la mirada fija en el infinito, pero aun así era consiente de mi presencia.

Con paso decidido me acerqué a él; tenía mi orgullo y no pensaba demostrarle ni lo incómoda que me sentía ni lo mal que estaba sentándome esa actitud tan fría hacia mi.

–¿Qué pasa?

Stanislav me miró fijamente, taladrándome con la mirada. Sin voltear o parpadear siquiera, estiró la mano hacia la mesilla que tenía al lado derecho y tomó una especie de frasco que contenía un líquido rojo oscuro. No necesité esforzarme mucho para saber de qué se trataba.

Enarqué la mirada interrogante.

–Supongo que el ardor por la sed no se te ha pasado. Es de cerdo –arrugué la cara –el menú no era muy amplio y, después de todo, te viene bien.

Al escucharle hablar de la sed, sentí un picor en la garganta, recordándome esa otra necesidad que no había sido saciada la noche anterior.

A pesar de mi desagrado inicial, tomé el frasco y le di un largo trago al contenido. Pensé que iba a terminar vomitando, pero no, el sabor de la sangre empezó a calmar el ardor, aunque no del todo.

–Toma –volvió a decir, esta vez estirando su fría mano hacia mí para entregarme una cajita blanca con verde donde se leía “NorLevo”. Fruncí el ceño, confundida mientras habría la cajita y del interior sacaba una tira naranja metalizada con dos pastillitas blancas en su interior. Lo miré sin comprender –Anoche no usamos protección y bueno… tú eres hija de un vampiro y una humana…

No necesité más explicaciones. Comprendí el mensaje a la perfección: no nos habíamos cuidado y la posibilidad de un embarazo era bastante alta. Mentalmente me di un buen zape por dejar que las hormonas me hubieran hecho olvidarme por completo de esa posibilidad.

–¿Cuál es la dosis?

–Tómate una. Si te causa nauseas y la vomitas en un lapso de tres horas, te tomas la otra.

Sin habérmela tomado, ya sentía nauseas pero del miedo de haber quedado embarazada. Me aterraba la idea de enfrentarme a algo así, no me sentía preparada para ello, menos cuando no era capaz de recordar siquiera el último año de mi vida; cuando estaba preparándome a para una guerra sin cuartel y sobre todo, cuando había prometido alejarme de los Vulturis, y por ende, del potencial padre de mi supuesto hijo.

Con manos temblorosas, saqué una pastilla, la puse en mi boca y le di un trago al frasco de sangre. Tan largo que me lo terminé completamente.

–Gracias –dije por fin lo primero que se me ocurrió. –¿Cómo conseguiste la sangre y las pastillas?

–Soy un hombre de recursos –dijo sarcásticamente mientras hundía los hombros.

Nos quedamos callados; frenéticamente busqué algo que decir, algo que rompiera el bloque de hielo que se había instalado entre nosotros. ¿Qué había sucedido? ¿Se había arrepentido de lo que había pasado entre nosotros? Quería preguntárselo, pero mi orgullo y terquedad me impedían hacerlo, no iba a permitir que supiera lo mal que me estaba sentando su actitud.

–¿Qué hora es?

–Casi medio día…

–¿Tan tarde? –pregunté sorprendida –Vaya… creo que será mejor que me lleves al palazzo –dije casi frenética.

–¿Estás desesperada por regresar a los brazos de tu novio? –preguntó mordaz

–Siempre es agradable regresar a casa, ahí donde está tu corazón, ¿no? –le contesté en el mismo tono mientras me alejaba con rumbo al baño para cepillarme nuevamente los dientes. Imaginé que mi respuesta no le había sentado del todo bien, pues se quedó callado y se limitó a seguirme con la mirada. El no era el único que sabía jugar rudo.

  

 

Al entrar de lleno, aparté los recuerdos de mi cabeza. Llegamos en silencio hasta el amplio vestíbulo del palazzo. A pesar de vivir ahí, su belleza no dejaba de cortarme el aliento: era una amplia área blanca, desde el mármol lustroso del piso hasta las impolutas y níveas  paredes de donde colgaban un par de frescos de Gian Domenico Ferretti. El vestíbulo estaba rodeado de impresionantes arcos que conducían a diversas partes del palazzo, pero lo que más llamaba la atención era la imponente escalera de mármol, que al llegar al primer rellano en el escalón número diez, se dividía en dos tramos, que llevaban hasta el segundo nivel de la casa.  Justo ahí donde la escalera se dividía dos, en la pared estaba colocado el Rubens “El Juicio de Paris”, y más que una muy buena reproducción, conociendo lo que ya sabía de los Vulturis y su afición de coleccionar cosas valiosas, no dudaba ni un segundo que más bien la pintura del mismo nombre que exhibían en el Museo del Prado fuera en realidad la reproducción de la que estaba viendo en esos momentos.

–Te ofrezco una disculpa –Stanislav se detuvo de pronto y se volvió a mirarme; no tuve tiempo de detenerme, así que choqué torpemente contra él y si no fuera porque me sostuvo por el codo, hubiera ido a dar al suelo estrepitosamente.

¿?

–Por mi comportamiento… no quise lastimarte ni ser brusco contigo –Sabía a qué se refería, pero preferí guardar silencio. –Supongo que mi ego resintió demasiado que estando entre mis brazos, fuera otro quien ocupara tus pensamientos.

¿Quería decir eso que estaba celoso del tal Jacob? No me atreví a preguntarle pero tampoco sabía cómo tomar sus palabras. En el trayecto de regreso, Stanislav dejó bastante claro que fuera lo que hubiera entre nosotros, era pasajero; no hizo promesas de ningún tipo. Más bien, quien había prometido irse y evitar buscar imposibles, había sido yo.

–Esta bien… –me encogí de hombros mientras le esbozaba una leve sonrisa. No sabía qué decir, estaba bastante confundida en esos momentos; habían pasado demasiadas cosas en apenas unas horas.

Miré de un lado al otro, buscando la presencia de Apolo o de alguno de los dueños de los autos del garaje. Pero el palazzo parecía desolado.

–No hay nadie –dije en un susurro

–Tal vez estén en alguna parte del palazzo. ¿Por qué no subes a tu habitación, tomas una ducha y descansas? Mientras, voy a buscar a los demás y me entero de qué traman. La presencia de Dimitri y Jane no es fortuita.

Asentí ligeramente con la cabeza. Stan acarició ligeramente mi mejilla con su fría mano y enfiló sus pasos hacia el ala izquierda de la casa.  Me quedé parada, observando alejarse por el largo pasillo hasta doblar al fondo a la derecha; sólo entonces, que mis ojos lo perdieron de vista, me acerqué con pasos lentos hacia la escalera para subir a mi habitación.

Menee la cabeza mientras sonreía tristemente.

¿Por qué mi relación con Stan es tan complicada? ¿Por qué puedo sentirle tan cerca, pero a la vez tan lejos?” me pregunté. Aunque lo que más me preocupaba en esos momentos, era por qué mis instintos me decían que detrás de la cara que me mostraba Stanislav, había algo más. Y sobre todo, por qué ese sentimiento de desasosiego que iba creciendo en mi interior desde el momento en que el rostro de Jacob Black había emergido de la oscuridad en que estaban sumidos la mayoría de mis recuerdos.

Puse un pié sobre el primer escalón, cuando una voz que conocía bastante bien sonó a escasos pasos de mi.

–¿Te la pasaste bien? –la voz de Apolo estaba cargada de sarcasmo

–Apolo… –contesté con desdén, mirándolo casi de reojo.

–¿Qué pasa? ¿No piensas contarme qué tal fue revolcarte en la cama de Stanislav?

Me sorprendí,  pero traté de controlar mi reacción. La aparente actitud calmada de Apolo hizo que los vellos del cuello se me pusieran de punta.

–No sé de qué hablas…

–¿No? Vaya, así que ahora tienes problemas también con la memoria de corto plazo… ¿O es que la fama de conquistador de nuestro vampirito checo, es solo eso, fama? ¿Tan malo fue que ni siquiera merece la pena recordarlo?

Apolo se acercó más a mí, y pude ver sus ojos azules inyectados de sangre, mientras que su aliento apestaba a alcohol. Estaba borracho como una cuba. Borracho y bastante impertinente.

–Apolo, estas borracho y diciendo sandeces. –Le dediqué una mirada de desprecio y decidí seguir mi camino rumbo a mi habitación. No estaba de ánimo ni de humor para aguantar a mi “adorado” prometido, menos si estaba tan alcoholizado.

–¡No te atrevas a irte, pequeña embustera! –la voz de Apolo tronó furiosa mientras me agarraba con fuerza por el brazo y de un jalón me acercaba a él –¿Crees que no sé que vienes directamente de la cama de Stanislav? Tu cara de culpable te delata… Y tienes la desfachatez de venir vestida con su ropa.

–Sí, traigo ropa que me prestó amablemente después de que mi vestido terminara arruinado por las manchas de sangre de…. –ni siquiera me sentía capaz de hablar sobre el “banquete” de la noche anterior.  –Stanislav simplemente me ayudó a controlar la crisis nerviosa que me produjo la “fiestecita” de anoche. Que tu retorcida mente esté imaginando cosas que no son, no es mi problema.

–¡No me mientas! –me zarandeó con fuerza, tanto que sentí que mi cabeza iba a salir volando en algún momento –¡Todavía apestas a él!

–¡Me estás haciendo daño! ¡Sueltameeeeeee! –luché con fuerza hasta zafarme de él.

–¡Eres una cualquiera! ¡Tan remilgosa para compartir tu cama conmigo, tu prometido! A pesar de mis mimos, de tratarte como una muñequita, te portabas como una novia victoriana, negándome el placer de estar contigo, cuando en realidad, lo único que eres es una pu%$.

Furiosa por el insulto, le asesté una buena bofetada.

–¡Si no quiero estar contigo es porque me repugnas! –le grité –¡No soporto tenerte cerca de mi! ¡No me gusta estar contigo y no pienso hacerlo! ¡Primero muerta antes que permitir que me pongas un solo dedo encima!

Apolo se frotó la enrojecida mejilla.

–¿De verdad? Bien, te voy a dar gusto…

De pronto, me encontré en el piso, con Apolo encima de mi y sus manos rodeando mi cuello fuertemente. Alcé las manos, buscando defenderme, arañándolo con ganas, tratando de que me soltara y me dejara respirar.

Un sonido seco salía de mi garganta, mientras Apolo seguía apretándome el cuello con una mano, mientras con la otra me asestaba un puñetazo en el pómulo izquierdo, cerca del ojo, el cual casi de inmediato empezó a cerrarse.

Levanté la mano nuevamente, esta vez casi sin fuerzas. Empezaba a sentirme mareada por la falta de aire, y aún así, logré poner la mano en su mejilla, tratando de hacerle algún daño que lo hiciera quitar la presión sobre mi garganta y me dejara respirar.

En lugar de eso, un flashazo de imágenes salió a flote en mi mente.

Apolo estaba golpeándome, mientras yo trataba de defenderme, luchando contra él, respondiéndole al tú por tú cada golpe. Estábamos en un bosque oscuro y frío; Apolo se reía con crueldad de mis intentos por hacerle daño y eso me enfurecía aún más

–Este… berrinche, empieza a molestarme –había dicho –Ríndete de una vez y ahorrémonos esto.

–¡Primero muerta antes de irme contigo!

–Si así lo quieres…

Empezó a golpearme salvajemente, dejándome indefensa ante la potencia de su ataque. No estábamos solo, había otras tres siniestras figuras de túnicas oscuras que nos observaban impasibles, sin importarles que la bestia esta estuviera más que dispuesta a matarme.

Dimitri… Gianna…” los había llamado Apolo, pero había otro nombre que se me escapaba… El nombre del otro que no hizo ni el más mínimo intento de ayudarme.

Mi mente empezaba a sumirse en la oscuridad, pero no como esa que ocultaba los recuerdos de mi pasado, sino una oscuridad más tenebrosa, parecida a los momentos finales de una vida. El aire me faltaba, dejándome sin fuerzas para luchar contra ese enloquecido semi-vampiro.

–¡Eres mía! ¡Y si no ten tengo, nadie más lo hará! –los gritos me llegaban muy a lo lejos.

Quise luchar, pero ya no podía más. Al mismo tiempo, mi mente buscaba el nombre de aquel vampiro que había sido testigo de una paliza igual que me había dado Apolo.

“Dimitri… Gianna…

“Dimitri… Gianna…

–Sta… Stanislav… –fue lo último que alcancé a murmurar antes de sumirme en la oscuridad.

domingo, 22 de marzo de 2009

EL BANQUETE



Y ahí estaba yo, con mi precioso vestidito negro, mis zapatos de altísimo tacón, rodeada de un montón de vampiros que se limitaban a lanzarme miradas curiosas unas, perplejas otras y sólo un par de verdadero odio. Pero era todo, nadie se dignaba a hablarme, era como si yo fuera la “colada” a una fiesta a la que no era requerida.
Cerré los ojos y rememoré los acontecimientos previos.
Habíamos hecho un viaje rapidísimo desde Florencia en el Maserati Gran Turismo S de Apolo; tenía que reconocer que el auto era impresionante, con sus cuatro plazas revestidas en piel roja y el exterior negro y reluciente. Aunque la elección de colores me recordó un poco al cliché de que los vampiros dormían en sarcófagos negros forrados por dentro de satín rojo; no me quedaba la menor duda de que Apolo estaba orgulloso de ser quien era, se sentía por encima de cualquier ser viviente que había en esta tierra. Y su andar arrogante, la forma de comportarse con aquel que se atrevía a dirigirle la palabra, demostraban lo soberbio que era en general; lo comprobé con nuestra salida a comer, puesto que se había comportado así con el mesero, el del valet parking y con cuanta persona se cruzó en nuestro camino.
Stanislav no nos acompañó en el viaje a Volterra, sino que él se fue sólo en su propio auto. No era muy versada en las marcas de coches, sólo vi que el suyo era negro y que el logo eran cuatro aritos entrelazados. Tenía la esperanza de que por lo menos su auto fuera de algún color brillante y llamativo, pero no, era completamente negro hasta los interiores y los cristales. Imaginé que mi guardaespaldas estaba algo obsesionado con el color negro, digo, tal vez quería que todas sus cosas combinaran con su lúgubre humor.
La media hora del viaje se me antojó algo insoportable con la insulsa conversación de mi prometido. Definitivamente, cada día le tenía menos paciencia y más repulsa a Apolo, sobre todo porque sin importarle que fuéramos a 150 kilómetros por hora, trataba de meterme mano a toda costa ahí sentados en ese espacio tan reducido. No le di un manotazo porque me daba miedo su reacción y que terminase perdiendo el control del auto; así que me limité a regresar su indeseada mano a su lugar y recordarle que prefería que se concentrara en la estrecha carretera.
Llegamos a una amurallada ciudad, parecía sacada directamente de un cuento de la Edad Media. Parecía que el paso del tiempo se había detenido en esas estrechas calles adoquinadas. Me pegué al vidrio de la ventana para poder observar todo a mayor detalle; me sorprendió la altura de todas las casas, por lo menos de unos tres pisos cada una, hechas de adoquín y con barandales llenos de maceteros. A pesar de que ya estaba oscuro, me esforcé por ver todo lo que me rodeaba, tenía la sensación como que ya había estado antes ahí.
Bueno, se supone que ya estuve aquí, pues mi padre vive aquí, ¿no?” reflexioné. Y aunque se suponía que había visto todo esto antes, aún así sentía que era la primera vez que estaba ahí. No, sé era una sensación difícil de explicar.
Pasamos por una plaza, donde imponente se alzaba la torre con un reloj.
Y empecé a sentir una gran desesperación, una gran angustia al ver caminar las manecillas del reloj.
Y volví a mirar la torre, pero ahora en mi mente se reproducía su imagen, sólo que ahora era de día y estaba atestada de gente vestida de rojo. Yo volvía la mirada para todas partes, yo trataba de atravesar la atestada plaza, irme abriendo paso a través de la masa humana mientras el ruido de las campanas se mezclaba con el griterío de los niños.
¡Edward no!” grité primero, perdiéndose mi voz entre el rugido de la campana.
Lo vi su rostro y nunca me había parecido más bello; incluso mientras corría jadeando y gritando, pude apreciarlo. El reloj sonó y él dio una gran zancada hacia la luz.
¡No! ¡Edward, mírame!” grité casi histérica.
Y de pronto, así como vino esa visión a mi mente, así se fue. Me quedé completamente aturdida. Primero, porque el tal Edward era el mismo ángel al piano que había recordado en el restaurante.
¿Quién es él?
Y segunda, porque esa voz desesperada que lo llamaba a gritos, no era la mía. De eso estaba segurísima; entonces, si esos recuerdos no eran míos, ¿de quién eran?, y ¿por qué estaban en mi cabeza? ¿Qué me estaba sucediendo?
Estuve tentada a contarle a Apolo, quien se enfilaba al estacionamiento subterráneo de uno de los tantos edificios que habíamos pasado. Pero recordé mi decisión de no confiarle nada, pues mi instinto me advertía constantemente que había algo más atrás de su fachada de amoroso prometido.
Dejamos él auto en estacionamiento. Me sorprendió ver que a pesar de la hora, había varios automóviles igual o más lujosos que el de Apolo; casi sin pensar, busqué con la mirada el de Stanislav, más no estuve segura de reconocerlo. Alcé los hombros y dejé que Apolo me condujera por el edificio.
Entramos a una especie de ascensor que nos llevó hasta lo que parecía una recepción bastante lujosa de paredes revestidas de madera y los pisos cubiertos con lujosas y gruesas alfombras verdes. Enormes cuadros de la campiña eran parte de la decoración de la habitación que carecía de ventanas mientras unos sofás de color claro y mesas relucientes con jarrones de cristal encima de ellas completaban la decoración.
Había un mostrador alto de caoba pulida, pero no había nadie en él.
–La última recepcionista se dio de baja, están buscando una suplente ideal –dijo él como adivinando mis pensamientos.
Apolo tomó mi mano con más fuerza si era posible y emprendió el camino por un amplio y ornamentado corredor que parecía no tener fin. Pasamos de largo por varias puertas, unas más adornadas que las otras a medida que avanzábamos. Nos detuvimos a mitad del pasillo, donde Apolo despejó uno de los paneles, descubriendo una sencilla puerta de madera que daba a una especie de ante-cámara, la cual era de la misma piedra antigua y fría que el resto de las construcciones que había visto a lo largo de la ciudad. Dimos un par de pasos hacia adelante y descubrí que la antecámara desembocaba en una estancia enorme y redonda, más iluminada aunque eso no dejaba de darle un aspecto tenebroso.
En cuanto entré con toda mi gloriosa humanidad, varios pares de ojos carmesí se clavaron en mí, provocándome un estremecimiento involuntario desde la espina dorsal hasta la última de mis terminales nerviosas.
Calma, se supone que creciste rodeada de esta… de estos seres. Respira profundo y trata de controlarte. Recuerda que las bestias pueden oler el miedo”.
Salvo por tres figuras que estaban sentados en una especie de tronos de madera maciza al fondo del salón, todos los demás estaban de pie, aunque no daba la impresión de estar cansados o incómodos por eso.
Rápidamente conté a los vampiros que me observaban con bastante curiosidad. Uno, dos, tres… quince pares de ojos rojos me miraban con demasiada fijeza.
–Por fin –Tronó una voz desde el fondo de la estancia. No tuve que esforzarme demasiado para saber de dónde venía: era de una de las espectrales figuras sentadas al fondo, para ser más exacta, era el que se sentaba en el centro, como si él fuera el amo y señor del reino.
–Ese es Aro, tu padre –dijo Apolo en un imperceptible susurro mientras me apremiaba a avanzar hasta Aro.
A medida que me acercaba, su aspecto empezaba a inquietarme. Estaba vestido con una especie de túnica negra, larga. Su cabello era una larga cascada negra también, que a primera vista se podría confundir con la capucha de la túnica. No supe decir si su rostro era hermoso igual que todos los demás vampiros que nos rodeaban, pues su tez tan blanca, su piel tan fina y delicada que me recordaba al papel cebolla, contrastaba de una forma chocante con el negro de su cabello. Y no hablar de sus ojos rojos, pero turbios y empañados.
Bueno, creo que al fin pude encontrar un vampiro que no es guapo ni bonito… ¿Estará bien pensar eso del que se supone que es mi padre?
Mi padre… esa palabra se me antojaba bastante impropia y lejana para aplicarla a la siniestra figura a la que me acercaba.
–Aro –Apolo se detuvo a unos dos metros de él, inclinándose en reverencia –Aquí está Atena, tú hija…
Prácticamente me lanzó al frente mientras pronunciaba las palabras. Me resistí a hacer la reverencia, más no estaba segura de la forma en que debería saludarle o comportarme delante de él.
–Atena, hija –estiró su mano hacia mí. Su voz, a pesar de no ser tan siniestra como su aspecto en general, provocó en mí un nuevo escalofrío.
Alargué mi mano para encontrarme con la de él. El contacto con su piel me estremeció, ya que la encontré tan fría y áspera como la tiza. Mientras apretaba con fuerza mi mano, Aro cerró los ojos; pensé que lo hacía por la emoción y me la culpa me invadió por no sentir ni un ápice de emoción o ternura o algo, lo que fuera.
Y de pronto, un flash vino a mi mente, haciendo que cerrara los ojos y a la vez, trayéndome una escena de un grupo de capas oscuras que avanzaban decididamente a través de un nevado bosque; la escena en sí me provocó terror y angustia, pero duró unos segundos apenas. Abrí los ojos espantada mientras que Aro los abrió pero sorprendido. No pronunciamos palabra alguna, pero estaba casi segura de que él había visto lo mismo que yo.
–Queridos hermanos, amigos –habló Aro sin soltar mi mano y haciendo que me pusiera a un costado de él para mirar a los que nos rodeaban. Al fondo, noté el preciso instante que Stanislav arribaba al salón. Su mirada intensa se cruzó con la mía y me sentí un poco más tranquila; de alguna manera, veía a Stanislav como mi aliado, mi amigo entre todos esos vampiros –Quiero que le den a mi adorada hija Atena la bienvenida que se merece, después de una larga ausencia y de haberse enfrentado a nuestros enemigos en una terrible lucha, al igual que Gianna, a quien lamentablemente perdimos por culpa de los Cullen. –Aro hizo una melodramática pausa –Vienen tiempos difíciles, casi negros para nosotros; tenemos que afrontar la traición de aquellos que pensábamos eran nuestros amigos, aquellos a los que les tendimos la mano de forma pacífica y les abrimos la puerta de nuestra familia. No hay más traición amarga que la del amigo, pero no podemos dejar pasar por alto lo que le han hecho a uno de nosotros. La destrucción de Gianna no puede quedar impune. Estás de acuerdo conmigo, ¿verdad Félix? –Un vampiro altísimo y musculoso de pelo corto bufó con furia. No necesité más para imaginarme que él había sido el compañero de Gianna, mi supuesta hermana.
Hermana, padre, prometido. Ninguna de esas palabras me parecían familiares, o no si se las tenía que aplicar a Gianna, Aro y Apolo, quienes su nombre no provocaban nada positivo en mí.
–Así pues, les pido que se preparen para la gran lucha que se avecina –continuó –Los Vulturi somos una gran fuerza, somos aquellos que tenemos la misión de mantener y custodiar los grandes secretos de nuestra existencia. Es nuestro deber protegerlos de todos aquellos que lo amenacen, tanto sean humanos o un puñado de vampiros codiciosos que quieren volverse amos y señores de nuestra especie. Así pues, ¡ Victoria e la morte per i nostri nemici!
Los demás gritaron como extasiados la misma frase mientras empuñaban al aire las manos.
El resto de la reunión transcurrió en relativa calma, con Apolo pegado a mí presentándome al resto de los presentes. Félix, Dimitri, Chelsea, Santiago, Jade y un montón de nombres más que no significaban nada para mí. En algún momento me llevó ante Cayo y Marco, los otros dos cabecillas de la familia.
Cayo era de pelo blanco hasta los hombros y poseía una piel bastante parecida a la de Aro; sólo que su mirada a parte de roja carmesí y algo turbia, también tenía un tinte bastante diabólico y despiadado. Marco, por su parte, apenas si me dirigió una mirada. Su actitud era bastante lacónica, como si su mente estuviera en otra parte; me recordó a la estatua de algún mártir de la antigüedad.
Fui tratando de integrarme entre ellos, pero me sentía como la chica nueva y tímida del colegio; por más que trataba, no lograba sentirme cómoda en esa estancia rodeada de sanguinarios vampiros.
–¿Qué tal te la estás pasando, querida? –no necesité voltear a verla para saber que esa vocecita pertenecía a Jane.
Por educación, giré la vista hacia ella y esbocé una forzada sonrisa. No podían decir que no me estaba esforzando por portarme bien.
–Bien, gracias por preguntar. Sólo que habían dicho que era un banquete y no veo comida por ningún lado…
–Ah, eso… –esbozó una sonrisita burlona, como si supiera algo que yo no– La… comida llegará dentro de poco. ¿Tienes hambre, querida?
–No, no, sólo era curiosidad... –de pronto recordé algo –Pero ustedes no comen comida normal, ¿qué no?
–Digamos que esta noche es… algo excepcional por tratarse de ti. –La odiosa risita burlona se ensanchó más en su rostro –¿Y cómo va tu entrenamiento? ¿Lista para la lucha?
–Pues voy bien, o eso creo. Stanislav está decidido en convertirme en una máquina de ataque –dije con humor.
–Esperemos que lo logre. Tu parte en todo esto es la más importante.
–¿Por qué?
–Tienes que encargarte de Bella, es fundamental que la destruyas lo más pronto posible. De eso depende el éxito de nuestro ataque.
–¿Tan poderosa es?
–No te imaginas cuánto… sólo espero que no se te ocurra ir vestida tan elegante a la guerra, sería un verdadero desperdicio para tu guardarropa.
Miré rápidamente mi atuendo y supe que Jane se estaba guardando la pedrada y le urgía lanzármela. A excepción de Apolo y yo, todos iban vestidos informalmente; algunos con las túnicas, otros con simples jeans y camisas ligeras, como Jane. Sulpicia y Ateenodora, las esposas de Aro y Cayo respectivamente, apenas si traían unos ligeros vestidos de verano.
–Sí, bueno, me dijeron que era un banquete en mi honor, más nunca mencionaron el protocolo y la etiqueta a usar…
–Y supongo que tu novio no lo mencionó porque le encanta exhibirte como si fueras una especie de trofeo –No me pasó por alto la nota de desdén con la que habló.
–¿Tan mal te cae Apolo? –pregunté sin empacho.
–Sí… me choca su actitud tan arrogante. A veces se comporta como un nuevo rico, le falta clase.
No pude evitar reírme con ganas con su comentario.
Sí, Apolo es como el nuevo rico entre un montón de estirados millonarios de alcurnia
Mi risa llamó la atención de unos cuantos, que volvieron sus miradas curiosas hacia el rincón donde Jane y yo estábamos paradas. Un poco cohibida, pasee mi vista entre aquellos que me observaban hasta que la detuve en seco en Stanislav, quien estaba parado al otro lado de la sala, dos espectaculares mujeres a cada lado. Renata y Chelsea si mal recordaba, eran sus nombres. Renata, la espectacular belleza de piel perfecta, largas piernas y una melena castaña y lisa que le llegaba a media cintura, le susurraba algo a Stanislav, quien esbozó una sonrisa ladeada mientras me observaba fija e intensamente sin parpadear siquiera; Chelsea, por su parte, se dedicaba a rodearlo como si de un pulpo se tratara. Aparté mi mirada algo apenada, sintiéndome como un vouyerista observando un ménage à trois.
–No creo que mañana tu maestro esté en forma para darte clases… –dijo Jane con censura y algo que pude identificar como celos.
Vaya, así que Apolo tiene razón… Jane quiere a Stan para ella
–Pues si mañana no hay clases, por mi no hay problema –me encogí de hombros –No me vendría mal un descanso después de estar trabajando sin parar ni un solo día durante tres semanas.
–No pensé que fueras perezosa.
–No, no lo soy, lo que pasa…
–¡Jane! Aro quiere hablar contigo… –ambas volteamos a ver aquel que había interrumpido nuestra conversación. Se trataba de Alec, el hermano gemelo de Jane. Alec poseía un rostro igual de bello al de su hermana, así como una estatura pequeña. Su cabello rubio oscuro lo diferenciaba del pelo marrón claro de su gemela; además, la mirada del chico no era tan cínica y cruel como la de la adolescente.
Jane se alejó sin chistar para ir al llamado de mi… de Aro. Alec apenas si me dirigió una mirada y se alejó con ella, al parecer, había llegado a la conclusión de que yo no valía mucho la pena como para tratar de entablar conversación conmigo.
Poco a poco me fui quedando relegada a un rincón, pues los demás habían parecido perder interés en mí. Incluso Apolo, que prácticamente se había quedado parado como estatua a un lado del trono de Cayo, como si con eso nos diera a entender la posición de poder que poseía sólo por ser hijo de aquel.
Si bien Aro no me había llamado a su lado ni se esforzaba por mostrarse como lo haría cualquier padre con una hija raptada y amnésica, sentí su mirada continuamente fija en mí.
Bueno, no esperaba que me recibieran con fuegos pirotécnicos y una banda de guerra, pero tampoco pensé que este reencuentro familiar fuera a ser tan gélido.”
Desee que por lo menos hubiera una silla dónde sentarme y hacerme chiquita en un rincón, para pasar desapercibida hasta la hora de regresar a Florencia; me estaba aburriendo mortalmente y si las cosas seguían así, probablemente terminaría sentándome en el suelo y poniéndome a dormir un rato. Total, dudaba que alguien recordara si quiera que estuviera ahí.
Tal vez pueda ir a darme una vuelta por el edificio, ve qué había detrás del montón de puertas por lo que pasamos. Total, no me pueden acusar de fisgonear, pues si esto es de mi “papá”, por ende, también es mío”.
Empecé a caminar con cuidado hacia la puerta, sólo por si alguien se molestaba en dirigirme una mirada y detuviera mi excursión. Justo cuando estaba a punto de llegar a la ante-cámara, una voz sonó casi en un susurro a mi espalda, tan cerca que el frio aliento chocó contra mi cuello mientras unas manos igual de heladas me detenían por los hombros.
–¿Te vas, princesa?
Me giré de inmediato para quedar frente a Stanislav, quien me miraba con una sonrisita socarrona. Vestido de negro como siempre, con unos pantalones y camisa de vestir, ¿por qué no era un pecado capital verse tan bien como él en esos momentos?
–No, sólo pensaba dar una vuelta por el edificio.
–¿Te aburrimos?
–No, sólo que… bueno, no logro sentirme del todo cómoda. Para mi son un montón de extraños todavía.
–Nunca pensé que fueras tímida.
–Y no lo soy, sólo que esta situación es todo menos normal.
–¿Por qué lo dices?
–Porque… –en ese instante, alguien envuelto en una capa gris oscuro entró por la puerta a toda velocidad, empujándome hacia Stanislav, quien me sujetó entre sus brazos para evitar el fuerte choque contra él.
Di un paso hacia atrás, dispuesta a poner una prudencial distancia entre nosotros.
–¿Te molesta mi contacto?
–No, no… –dije con mayor rapidez de la deseada –digo, no, pero creo que hay dos o tres vampiritas que sí se podrían molestar –Lancé una mirada bastante directa hacia el lugar donde Chelsea y Renata estaban paradas y observándonos con interés.
–¿Celosa, princesa? –rió y me dieron ganas de borrarle la sonrisa con un buen bofetón, como el que le había asestado esa misma mañana.
–¿Yo? No veo por qué –dije altiva mientras levantaba la barbilla –Estoy a punto de casarme y no tendría por qué encelarme de ti.
–Oh, sí, la boda entre tú y el paya… digo, entre el señor Apolo.
Rechiné los dientes. La actitud de Stanislav me enervaba, mientras que a él parecía encantarle provocarme.
Nos miramos largamente, sin pronunciar ni una sola palabra. Tenía que reconocer que sí me había molestado verlo rodeado de aquellas mujeres tan espectaculares, pero no era por celos. ¡Claro que no! Solo era que… que despreciaba la actitud de Casanova de algunos hombres. Sí, eso era y nada más, porque yo no podía sentir celos de un vampiro tan irritante, tan cabezota, tan amargo, tan… tan guapo, tan sexy, tan…
¡Basta! Concéntrate” me recriminé mentalmente.
¿Sería posible que empezara a sentir algo más que irritación por mi maestro/guarura/niñero?
–Stanislav –la voz de Aro interrumpió el extraño momento entre Stan y yo. Él me dedicó una última e intensa mirada antes de ir hacia el trono de Aro. Lo observé alejarse de mi mientras yo regresaba a mi pequeño rincón donde me quedé relegada nuevamente, siendo objeto de las miradas ocasionales de los demás.


–Señor, Heidi y nuestro… banquete están llegando al edificio.
–Gracias, Afton… Supongo que la verdadera fiesta está por comenzar.
Abrí los ojos, interrumpiendo mis cavilaciones, al escuchar esas palabras provenientes de Aro y alguien llamado Afton. Bueno, al menos la comida estaba por llegar, así que si nadie me iba a hablar, por lo menos podía matar el tiempo comiéndome todo lo que estuviera disponible en el banquete.
¿Será algún tipo de buffet?” Me pregunté, pues lo cierto es que no había ninguna mesa o silla en toda la habitación. Tal vez íbamos a pasar a otra habitación donde hubiera un comedor más apropiado para la ocasión.
–Amor, ya casi es hora de empezar con nuestra celebración –dijo Apolo con ligereza mientras me rodeaba con uno de sus brazos por los hombros y me dirigía al centro del salón.
–¿Si? Está bien… –No sabía exactamente qué contestar a eso…
–Tal vez no recuerdes cómo son nuestras celebraciones y puede que al principio te resulte difícil de entender, pero yo voy a estar cerca de ti, ¿de acuerdo?
Asentí con la cabeza. ¿Acaso era una cena de esas que se usaban veinte cubiertos a la vez y tenía miedo de que lo dejara en ridículo si no recordaba cuál era el tenedor o la cuchara indicada? Sí que era bastante snob mi novio.
–Puede que sientas un ligero ardor en la garganta al principio, pero se va a calmar después –continuó.
–Pero si ya siento un ardor y si mal lo recuerdo, es por mi sed…
–Pronto todo va a pasar, te lo prometo…
¿De qué hablaba?
–Heidi –volvió a sonar al fondo la voz de Aro
–Señor, espero que esté complacido con el menú de hoy –dijo pícaramente mientras le daba un ligero beso en los labios a Stanislav, quien había estado parado a un lado de Aro.
Heidi era una verdadera belleza de melena caoba y ojos violetas. Pero del violeta que se obtiene al mezclar el rojo con el azul; imaginé que traería un par de lentillas de contacto azules, lo que le daba el color violetoso a sus ojos, mi duda sería el por qué. Iba vestida con un diminuto top negro y una minifalda azul que apenas si le cubría el trasero.
¿Renata, Chelsea y Heidi? Vaya, creo que lo de Casanova le queda corto…
En eso escuché como la puerta de madera volvía a abrirse y en momento determinado, un grupo de unas veinte personas fueron entrando uno a uno al salón, quedando al centro de él y siendo rodeados por nosotros.
Al principio no entendía qué hacían esas personas ahí, quienes estaban iguales o más confundidos de yo. Miré a mi alrededor y vi a un par de vampiros mostrando sus impresionantes y mortales colmillos.
–Es hora de la cena –susurró Apolo en mi oído y lo comprendí todo.
Esas personas eran nuestro banquete. Eran nuestra cena.

Añadir/Share

Bookmark and Share