Conté mentalmente hasta veinte antes de pegar el grito.
–¡Ya puedes bajar de ahí, Stanislav!
En un parpadeó, estaba delante de mí, primero en cuclillas para después erguirse en toda su perfecta gloria.
–¿Te divertiste jugando a Tarzán? –continúe, sonriendo con sarcástica burla.
–¿Cómo?
–Digo, quiero pensar que de pronto te dio un irrefrenable deseo de ponerte a brincar entre los árboles como Tarzán, y no que en realidad te pusiste a espiar mi conversación con Emma.
–No te estaba espiando, sólo te estaba cuidando. Tu padre dejó órdenes precisas de que no te quitara el ojo de encima.
–Pero apuesto que eso no implicaba que te husmearas en lo que Emma y yo hablamos.
–Tal vez no, pero es mi deber cuidarte, y a como están las cosas con los lobos, lo siento, yo no me fío de ninguno de ellos. Por muy amigos que los puedas llegar a considerar, no me imagino dejándote sola y a merced de una raza tan voluble.
–Emma no es un lobo y es totalmente inofensiva.
–No me lo creo… aún las aguas mansas se pueden volver turbias cuando menos te lo esperas.
Guardé silencio por un momento, sin saber qué decir. Por más que intentaba, no podía imaginarme a Emma convertida en una fiera; al contrario, siempre me había parecido tan pacífica como un cachorrito recién nacido.
–Supongo que escuchaste todo… –dije al fin.
Stan asintió a modo de respuesta, ahorrándose las palabras.
Empecé a andar de regreso a la cabaña, sin mirar atrás para asegurarme que Stan me seguía; no era necesario hacerlo, estaba segura que era cosa de nada que me diera alcance y acoplara sus pasos a los míos.
–Y supongo que tendrás tu propia opinión sobre lo que escuchaste –continúe al fin.
–No.
–¿De verdad?
–¿Por qué te extraña? Lo que hayas hablado con esa mujer no tiene nada que ver conmigo.
Otro silencio.
Nos acercábamos a la cabaña, y a decir verdad, se me antojaba poco regresar a ella. Era volver a sumirme en la agonía de la espera de noticias de lo que sucedía en Denali, o con el tío Emmett o con lo que decidieran los Vulturis. Estaba harta del ambiente de ansiedad reinante en la cabaña. Necesitaba un respiro antes de regresar y pasarme las horas contemplando en silencio a tía Alice en espera de lo que sus visiones pudieran rebelarnos.
–¿Me acompañas a dar un paseo por ahí? –pronunció Stan, moviendo ligeramente la cabeza para instarme a acompañarlo.
Pasamos de largo la cabaña; tía Alice ya no estaba afuera, supuse que habría regresado al interior. Me sentí mal por ella, prácticamente obligada a no dejar de vigilar lo que sucedía a kilómetros de distancia. Sólo le quedaba observar, sin poder hacer nada más para ayudar a los otros.
–¿Vamos a seguir con lo del entrenamiento? –pregunté, recordando lo que habíamos dejado a medias antes de la visita de Seth y Emma.
–Si quieres… aunque si no te importa, me gustaría dar una caminata primero. Necesito estirar un poco las piernas.
Lo miré de reojo, suponiendo que eso de que necesitaba estirar las piernas era alguna especie de broma. Pero el rosto de Stan se mantuvo sereno, sin un atisbo de sonrisa siquiera.
Anduvimos buen rato en silencio, rodeados únicamente por los sonidos propios del bosque. No intenté buscar conversación, segura de que había algo que Stan quería decir, y más segura estaba que tenía relación con lo que había conversado con Emma.
Esperé paciente a que él fuera el primer en pronunciar palabra; gracias al lazo que compartíamos a raíz del intercambio de sangre, sabía que algo lo turbaba, había algo que le estaba provocando cierta ansiedad. Me pregunté qué sería, pero decidí no presionarle, si había algo que Stan tuviera qué decirme, me lo diría sin chistar.
Prácticamente habíamos llegado a la orilla del río cuando por fin rompió el silencio entre nosotros.
–¿Es verdad lo que le dijiste a Emma? ¿Es cierto que no vas a pelear por recuperar al tal Black?
–Stan… –la voz me salió con un dejo de cansancio, poniendo los ojos en blanco, mostrando así que realmente no estaba segura de querer tener ese tipo de conversación con él.
–¿Qué sientes por él? –insistió –¿Qué quieres de el?
Aunque su voz era calmada y su rostro no perdía ni un ápice de serenidad, en sus ojos café-rojizos detecté un brillo de urgencia e inquietud. Stan ansiaba escuchar la respuesta, pero al mismo tiempo, era como si temiera lo que pudiera oír de mí.
–Pensé que habías dicho que lo que había hablado con Emma no tenía qué ver contigo.
Esta vez, Stan no pudo disimular la nota atormentada de su mirada. Sentí que el corazón se me encogía. Aunque trataba de no demostrarlo, le dolía que tratara de evadir una respuesta directa a sus preguntas. Pero yo tenía miedo del derrotero al que nos podía llevar esa conversación. Era una grandísima cobarde.
–¿Podrías contestar a mis preguntas? Por favor…
–Está bien –pronuncié dando un largo suspiro que demostraba mi derrota. Había sido la forma en que había pronunciado el “por favor” que había terminado con mi resistencia. Stan rara vez pedía las cosas, era más fácil que tomara lo que quisiera avasallando a quien se le pusiera por delante. Pero en esos momentos, con la mirada un tanto atormentada, con la voz derrotada, simplemente acabó con mi renuencia. –No, no pienso ni pretendo hacer nada para regresar con Jacob.
–¿De verdad?
–Sí. Escuchaste cuando se lo dije a Emma… no sé por qué lo preguntas.
–Tengo que estar seguro de que lo dices sinceramente. Necesito saber qué es verdad, que Jacob Black ha quedado atrás, que ya no hay lugar para él en tu vida.
–¿Por qué? –Lo increpé, molesta. No creía que hablar de Jacob con Stan fuera correcto. Mi historia con Jake era algo que nos incumbía únicamente a él y a mí. Si nunca había querido tocar el tema de Stanislav con Jacob, ¿por qué debería de hablar con Stan de lo que viví o lo que sentí al lado de Jake?
–Porque necesito comprender el significado de la forma en que lo ves cada vez que estás junto a él.
–¡Yo no veo a Jacob de ninguna forma en particular!
–Miéntete si quieres, pero así es.
–¡Claro que no! Lo único en lo que pienso cuando lo veo es en todo lo que lo lastimé, en todo el daño que le he hecho… Tal vez lo que crees ver no es más que el remordimiento de no haber podido ser la mujer que se merecía y…y … ¡Arrgh! No, lo siento, no quiero hablar de esto, no puedo hablar de Jacob contigo… No tiene sentido, así que no entiendo por qué quieres escarbar en esa parte de mi pasado.
Nos miramos fijamente, con la respiración irregular. Yo empezaba a sentirme alterada, ansiosa y con una especie de miedo corriendo por mis venas; de esa clase de miedo nacido de la anticipación, de la espera a algo decisivo que puede cambiar el curso del destino. Y sabía muy bien que esos sentimientos no eran míos únicamente, eran de Stan también; gracias a nuestro lazo, podía saber lo que estaba experimentando en esos momentos.
Stan tomó mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo a la cara.
–¿Quieres saber por qué? Es porque… porque te amo. Y me duele vete junto a él, me vuelve loco pensar que aún puedas amarlo; es como si me arrancaran la piel sólo imaginarlo.
Me estremecí. Era la primera vez que escuchaba a Stan decírmelo.
Stanislav me miraba con desesperación, como si fuera un prisionero a punto de alcanzar la libertad después de un largo martirio.
Di un paso hacia atrás, trastabillando en el intento de poner distancia entre nosotros.
–No… no es verdad. –pronuncié con voz ahogada
–¿? –Stan me miraba confundido, sin entender mi reacción.
Empecé a sentirme frenética, asustada y con ganas de salir corriendo lo más lejos de ahí.
–Tú no me quieres… no es cierto.
–Claro que sí, sino ¿por qué crees que regresé? ¿Por qué crees que me quedé, aún cuando me duele profundamente verte al lado de Jacob? Sólo por ti, sólo tú eres quien me retiene aquí.
– No puedes amarme… –repetí con voz débil –Por favor, no lo digas… no lo repitas. No me amas. No puede ser…
–¿Por qué? ¿Dejaste de amarme?
–Tú me rompiste el corazón… cuando yo te dije lo que sentía por ti, tú simplemente te fuiste. Me dejaste ahí…
“me dejaste con el corazón roto, igual que el alma”, terminé la frase en mi cabeza
–Me fui porque tenía que ser así, yo no era bueno para ti en ese entonces… Además, si yo no me iba, tú me ibas a dejar primero. Cuando regresaste, lo supe. Supe que habías elegido quedarte con él.
Tenía razón, había elegido a Jacob, había elegido la vida que estaba perfectamente planificada desde un principio para mí. Había elegido hacer lo correcto, hacer lo que todos esperaban que hiciera.
–Con una sola palabra tuya, me hubiera ido contigo. Con la más mínima señal de tu parte yo me hubiera quedado a tu lado. Hubiera mandado al diablo todo por estar contigo… Pero simplemente, decidiste que no, que mi amor no era más que una mentira, que no era suficiente y… te fuiste.
–Me fui para que siguieras con tu vida, quedarte a mi lado era imposible. ¿Qué podía darte yo entonces? Tenía que regresar con mi hija, se lo debía. No quería arrastrarte a vivir a mi lado, cuidando de Annie durante los años más duros de su enfermedad; no podías regresar a Europa, con los Vulturi preparando la revancha. ¿Cómo condenarte a vivir escondiéndote de ellos, alejarte de tu familia, además de cargarte con el stress emocional que implica cuidar de un paciente con Alzheimer?
»Era demasiado para ti, una niña que apenas empezaba a vivir, que apenas empezaba a entender lo que era la vida…
–Otra vez con el asunto de la edad… ¿Por eso le hiciste caso a papá?
–Lo dices como si yo fuera tan dócil como para dejarme mangonear tan fácilmente –esbozó una sonrisa un tanto burlona, como si la idea le pareciera sarcásticamente divertida–Tu padre y yo llegamos a un punto común: no era bueno que estuviera a tu lado.
Cerré los ojos mientras flexionaba los brazos por lo alto, enterrando los dedos en mi cabello.
No sabía qué hacer con eso y menos en esos momentos. No sólo era la angustia por la espera de noticias de lo que sucedía en Denali y la desaparición del abuelo, ni el montón de cosas que habían ido sucediendo en los últimos días. Tenía miedo, miedo de lo que pudiera pasar, miedo de lanzarme de lleno y volver a sufrir, miedo de hacerle daño porque yo no era buena.
–Entonces….
–Entonces… ¿qué? –dije, abriendo los ojos con lentitud, tratando que los engarrotados músculos de mi cuerpo se relajaran aunque fuera por un momento. Luchaba por no dejar que las lágrimas salieran, pero podía sentir el picor que provocaban en mis ojos por el esfuerzo de detenerlas. –¿Qué quieres que te diga? No puedes venir y decirme que me amas cuando han pasado tantas cosas… no es tan sencillo.
– Haz dejado de amarme entonces…
–¡No he dicho eso! –la voz salió más chillona de lo que esperé –Es sólo que… ¡diablos! Me arrojas esto cuando estoy parada no sé donde, cuando hay tantas cosas con las que tengo que lidiar y… no puedes esperar a que simplemente corra a tus brazos y sea así tan sencillo…
»Ha pasado tiempo, ha pasado tanto que… ya no soy la misma persona que conociste en Italia. He cambiado… y… y…
Tenía que decirlo. Tenía que ser honesta con él. Había tomado la decisión de retomar las riendas de mi vida, dejas atrás las mentiras y las verdades a medias.
Stan guardó silencio, paciente, esperando que tomara aire y que recompusiera mis ideas. Yo misma era consciente de que no estaba de lo más brillante, tropezándome con mis propias palabras.
–Tengo miedo. Tanto que estoy petrificada –dije al fin, después de una breve pausa.
–¿De mi? –lo dijo como si la idea lo lastimara, haciendo que el corazón se me encogiera. Me miraba atormentado, dolido, pareciéndome desvalido. Hubiera querido abrazarlo, consolarlo, borrar la tristeza de sus ojos.
–De mí, de ti… de todo.
»Tengo miedo de volverte abrir el corazón y sufrir, tengo miedo de acercarme demasiado a ti y arruinarte la vida, causarte daño, porque para eso parece que tengo talento innato.
–Eso no es cierto. Tú nunca podrías hacerme daño. Serías incapaz de ello.
–¿No? Eso díselo a los quileutes, ellos son testigos de los destrozos que dejo a mi paso –pronuncié con una triste sonrisa forzada –No soy buena, lo he ido comprobando de la forma más dura....
»Preguntaste que qué podrías darme entonces, y yo te hago la misma pregunta, ¿qué podría darte yo ahora, cuando mi alma está tan fragmentada que no estoy segura de poder recoger todos los pedazos de ella? Estoy rota por dentro y dudo que alguna vez pueda sanar, que pueda acercarme a alguien sin miedo a no ser bueno para él. Tengo miedo de ser feliz porque sé que si lo logro, entonces la vida me cobrará todas y cada una de las facturas. Todo terminará por explotarme en la cara y… simplemente ya no puedo más. Ya no puedo soportar más dolor en mi vida.
»Debí hacerte caso cuando nos conocimos. Eras todo un mujeriego, alguien que no quería compromisos, que me pidió que no me enamorara de él ni tratara de salvarlo si no quería llevarme una decepción por no lograrlo, quien me dijo una y otra vez que era mejor alejarnos… Y del que me enamoré como una estúpida sin remedio.
Enterré el rostro entre mis manos, llorando desconsoladamente. Era difícil ponerle voz a mis más profundos miedos, a mi dolor. La declaración de amor de Stan tenía tintes agridulces. Deseaba con todo mi ser abrirme a ella, pero el miedo era más fuerte… no podía dar ese paso, era un acto de fe y esa se me había terminado hacía mucho tiempo. .
–Renesmee… –con suavidad, puso sus manos sobre mis brazos, obligándome a descubrir mi rostro. No tenía fuerzas para resistirme, así que lo dejé hacer.
Me rodeó con sus firmes brazos, apoyando mi cabeza en su macizo pecho. Con suavidad, deslizó de arriba a bajo una de sus manos por mi espalda, reconfortándome. De una forma un tanto ilógica, sentí el dulce calor que desprendía su frío cuerpo, haciéndome sentir de regreso a un lugar que había añorado durante mucho tiempo.
–¿Quieres que me vaya? –preguntó quedamente.
–No –contesté sin titubeos, encogiéndome interiormente al imaginarme esa posibilidad. No podía irse, no podía dejarme. Lo necesitaba.
–No me daré por vencido –dijo mientras besaba mi frente. –Voy a luchar por ti, por nosotros… Volverás a tener fe, te demostraré que mereces ser feliz y que yo puedo darte esa felicidad.
»Voy a probarte que mi amor por ti es sincero, que te amo… que siempre lo he hecho, aunque nunca lo hubiera expresado con palabras. Miloval jsem vás od začátku a budu tě milovat navždy
Levanté la mirada. No había entendido el significado de las últimas palabras de Stan, pero las había dicho de tal manera que me habían estremecido hasta la médula. Como a cámara lenta, posó su mano bajo mi mentón y elevando mi rostro hacia él. Su rostro acercándose al mío, su frío aliento chocando contra mis labios. Sentí que el aliento me fallaba al ver cómo él inclinaba la cabeza al igual que una especie de cosquilleo en el cuerpo y el latido irrefrenable de mi corazón. Cerré los ojos, deleitándome con esa cálida sensación, como el abrazo del sol en una tarde de verano.
Y seguía atónita cuando Stan, de hecho, me besó. Él me hizo abrir los labios con los suyos y tomó mi boca con una seguridad aplastante y salvaje que me dejó helada, inmovilizando todos los átomos de mi cuerpo con magnífica eficacia. Me abracé a él, estrechándome contra él y manteniéndome firme, con los pies vagamente sobre la tierra, inconsciente de mi propia existencia.
Una ola de calor invadió mi cuerpo hambriento, hinchando mi pecho, enervando mis sentidos y enviando una corriente de sangre cosquilleante por todo mi ser. Mientras la lengua de Stan recorría cada recoveco de mi boca buscando los puntos más sensibles, una cruda excitación de alta intensidad comenzó a recorrerme, convenciéndome de que estaba a punto de incendiarme.
Lentamente, fuimos separando nuestros labios, pero sin romper el círculo protector del abrazo. Me acurruqué más contra él, negándome a alejarme del refugio que significaba para mi atribulada mente. De repente, una ráfaga de recuerdos aparecieron en mi cabeza, proyectándose como una película; recuerdos de nuestro tiempo en Italia. Eran tanto suyos como los que yo había guardado en el rincón más profundo de mi cerebro. Supuse que estaba tan vulnerable emocionalmente que mi don se había echado a andar y por primera vez no me importó.
Probablemente tenía una vena masoquista, pues me negaba a romper el contacto y por ende, suspender la “transferencia” de recuerdos de la mente de Stan a la mía. Pero simplemente no podía. Eran recuerdos de una época donde fui feliz, sin tantas ataduras, sin tantas cadenas ni remordimientos. Simplemente era una mujer al lado del hombre que había amado más que a su propia existencia. Era la felicidad que se me había negado, a la que probablemente jamás volvería a tener derecho.
Suspiré melancólica. Si tan sólo el tiempo se hubiera podido detener en ese momento, si esa pequeña burbuja de felicidad jamás se hubiera roto. Si hubiera… pero el “hubiera” no existe, sólo quedaba ceñirse a la realidad y espera que el futuro no fuera tan sombrío como el pasado.
El resto del día, pasé en una especie de letargo melancólico. Después de nuestra plática, apenas si habíamos cruzado palabras Stan y yo. Era como si entendiera que necesitaba tiempo para asimilar todo lo que habíamos hablado.
De una forma un tanto infantil, la única forma que se me ocurrió de estar a solas, de escapar de la incisiva mirada de tía Alice y de la tentación de dejarme llevar por el deseo que provocaba en mí Stanislav, terminé encerrándome en la habitación.
Traté por todos los medios poner la mente en blanco, fracasando estrepitosamente. A mi mente venía lo que había hablado con Emma, la confesión de Stan sobre sus sentimientos por mí, los recuerdos de mi vida con Jacob. Cualquier decisión que tomara, afectaba irremediablemente a los tres.
“… El amor siempre estará presente en tu vida, pero habrá demasiadas lágrimas de por medio; dos hombres jugarán un papel importante, tu destino está enlazado al de ellos de forma irremediable.
»Mientras estés con uno, el otro seguirá presente en tu vida, no podrás separarte de él. Son tres destinos que se vienen unidos desde vidas pasadas, son tu karma, un círculo que no tiene fin…”
Recordé a la gitana que había leído mi futuro en la plaza de Volterra, la noche de mi primera y única cita con Stanislav. Había dicho que nuestros destinos estaban enlazados, un círculo sin fin… Pero debía tenerlo, debía de haber una forma en que detuviera el dolor.
–Si dejara de existir, sólo así se detendría… –Murmuré casi inconscientemente.
Me estremecí. No sé de donde había salido, pero sacudí la cabeza intentando despejar ese pensamiento casi suicida. Lamenté no tener a la mano ni una cajetilla de cigarrillos o una pastilla de Alprazolam.
Me hice un ovillo, abrazando fuertemente la almohada para calmar los temblores de mi cuerpo, la desazón de mi interior. De alguna manera, terminé por quedarme dormida, cansada física y mentalmente, tanto que mi cuerpo había cedido al sueño profundo.
Sólo que el descanso no duró; el grito de tía Alice me despertó como si me hubieran tirado un baldazo de agua fría en la cara.
Me desperté desorientada, con el corazón latiéndome como poseído a causa del susto. Me levanté a prisa, sin importarme que mi pelo estuviera todo revuelto o que estuviera descalza, protegiéndome los pies del frío piso únicamente con un par de calcetines rosados.
–¿Qué sucede? –dije casi agitada, no tanto por la carrera, sino que en el corto trayecto de la habitación a la sala se me ocurrieron varias posibilidades. Una era que los Vulturi nos hubieran atacado por sorpresa, la otra que al fin hubiéramos tenido noticias de Denali.
Stanislav ya se encontraba ahí, abrazando el crispado cuerpo de tía Alice. Por un momento sentí el aguijón de los celos, recordando mis iniciales sospechas de que entre Stan y mi tía había algo más que una simple amistad. Me reñí mentalmente, no era momento para eso.
–¿Qué sucede? –repetí nuevamente –¿Tía? ¿Stan? –los miré alternativamente, esperando que cualquiera de los dos me diera una respuesta.
–Lo vi… en Denali…
El corazón me palpitó más a prisa al comprenderlo. Si no me daba un infarto sería todo un milagro. Sentí como la sangre empezaba a abandonarme, dándome con toda seguridad una palidez casi sepulcral.
¿Quién habría sido? ¿Alguno de mis abuelos? ¿Tío Jasper? No quería ni pensar que pudiera ser mamá o papá. No lo resistiría. No, era algo que definitivamente no podía soportar…
–Carmen… la tomaron por sorpresa y… ella no fue la misma desde la muerte de Eleazar. Se limitaba a existir, era como si con la muerte de su pareja, hubiera muerto ella también.
»No estaba preparada para luchar, no podía enfrentar un ataque así… fue muy fácil para los Vulturi terminar con Carmen.
–¿Y los demás?
–Siguen peleando… Son cinco italianos, pero son muy fuertes. Están dando la pelea…
Tía Alice se soltó de los brazos de Stan, dejándose caer sin gracia sobre el sillón. Volvió a cerrar los ojos, supuse que para regresar sus visiones al campo de batalla. Me senté a un lado de ella, con el corazón en la boca, expectante a cualquier cambio de su semblante.
–Oh…
–¿Qué sucede?
–Kate…
–¿Tía Kate también…?
–No, sólo está herida. Garrett la ha ayudado a tiempo… –abrió sus ojos, como buscando un respiro de lo que su don le mostraba. –Dios mío, vienen dispuestos a todo para acabar con nosotros.
Esa noche fue una muy larga, esperando a que tía Alice anunciara el fin del combate y el resultado del mismo. Estaba desesperada por saber si mi familia estaba bien, si los miembros de la guardia Vulturi habían sido derrotados. Decidí guardarme mi angustia y mis preguntas, no deseaba presionar a mi tía; su don era agotador y agregarle encima mi inquietud no servía para nada.
Cerca del anochecer, supimos al fin que todo había terminado. Habían acabado con tres de los Vulturi, mientras los otros dos habían corrido como ratas al ver la batalla perdida. Tía Kate estaba herida, pero se recuperaría. Mientras que tía Carmen… Era duro perder un miembro más de la familia.
Me sentía triste, pero al mismo tiempo, mi vena egoísta se alegraba de que no hubieran sido mis padres o alguno de los Cullen los caídos en batalla. Sabía que estaba mal sentirme así pero… Lo lamentaba, de verdad que sí, pero era un alivio saber que los Cullen no habían perdido un miembro más a causa de los Vulturi.
Papá llamó por teléfono, para darnos la triste noticia que ya sabíamos. Prometió que regresarían de inmediato; supuse que llegarían durante las primeras horas de la mañana siguiente. Sentí alivio, pronto volvería mi familia, listos para hacerle frente a cualquier cosa nos deparara el futuro.
Pero sobre todo, pronto podría aclarar con papá de una buena vez y por todas el misterio que era para mí aquella conversación que años atrás había sostenido con Stanislav. Estaba dispuesta a llegar al fondo del asunto y descubrir qué tanto había afectado el curso de mi propia historia.