Salimos rumbo a Forks después de abandonar el auto rentado por mi tía en un paraje desolado. Tal y como lo prometió tío Jasper, condujo al tope del velocímetro, al mejor estilo de los Cullen. Durante el trayecto, apenas si hicimos dos paradas para cargar gasolina y permitirme encargarme de mis más básicas necesidades humanas. E incluso, aunque lo desaprobaba, tío Jasper se compadeció de mí y me compró una cajetilla de cigarrillos, con la promesa de que lo dejaría una vez que todo ese inmenso embrollo se resolviera.
En otras condiciones, incluso hubiera disfrutado del viaje, admirando como cambiaba el paisaje a medida que avanzábamos de un estado a otro. La mayor parte del tiempo, nos mantuvimos en silencio. Yo no me sentía con ánimos de hablar, ni siquiera para rellenar el mutismo reinante en el auto con una cháchara insulsa y superficial. Estaba demasiado ensimismada, pensando en todos los escenarios posibles que podría encontrarme una vez que llegara a Forks.
Por momentos y de forma contradictoria, el viaje se me hacía demasiado largo y angustiante, mientras que en otros, mientras veía cómo los kilómetros para llegar a Forks cada vez eran menos, sentía que íbamos demasiado a prisa, haciendo que mis nervios y mi aprensión alcanzaran nuevas cotas. Una parte de mi deseaba llegar de inmediato, comprobar que mi abuelo se encontraba sano y salvo, aún y cuando tía Alice no podía “verlo” con su don, o que no podíamos comunicarnos por teléfono a su casa. Me repetía una y otra vez en mi cabeza, como si se tratara de una especie de mantra, que mi abuelo estaba bien, que si tía Alice no podía verle era porque se había ido a pasar el día con los quileutes y por esa misma razón era que no respondía el teléfono.
Por otro lado, con forme leía cada letrero que indicaba cuánto se iba reduciendo la distancia para llegar a Forks, sentía que el tiempo corría demasiado a prisa. Tenía miedo, demasiado terror de lo que pudiera llegar a encontrarme al llegar a la pequeña ciudad. Había estado a nada de matar a Claire; había dejado a una furiosa manada de hombres-lobo clamando por mi cabeza en pago por mis pecados cometidos; pero sobre todo, había dejado la vida de Jacob convertida en un verdadero desastre físico y emocional.
Sabía que mi nota de despedida había sido corta, pero con las palabras exactas y necesarias para lastimarlo. El que yo le dijera que me había estado engañando con el cuento de ser almas gemelas intentando hacerlo feliz, había sido un golpe bajo, pero era necesario. Yo no quería que me siguiera, yo no quería que se sintiera obligado a seguir a mi lado. Yo le hacía daño, estaba destruyendo su vida e incluso, a su gente; la única salida era que cortar por lo sano, alejarlo de mí aunque eso incluyera que me odiara.
–¿Podrías apagar el cigarro, por favor? El humo me molesta
–Disculpa, tía…. –Dije aplastando casi con odio la mitad de mi cigarrillo número siete en el cenicero de la parte de atrás del Ferrarri de tío Jasper. Los nervios me ponían de mal humor, y que me “prohibieran” fumar cuando me sentía nerviosa, elevaba mi irritación un par de niveles más –Supongo que no quieres que te de enfisema pulmonar por mi culpa. –Dije con sequedad.
–Nessie… –pronunció con una nota de amonestación tío Jasper mientras me dirigía una leve mirada de reproche a través del retrovisor. Casi al mismo tiempo, empecé a sentir que mi nivel de irritación se contenía y empezaba a relajarme poco a poco.
–Tío, ¿podrías dejar de recetarme tu “valium” emocional? Sabes que no me gusta que usen sus dones conmigo.
–Pues lo necesitas. Estás demasiado alterada y…
–¡Con un maldito demonio! ¡Kurva! ¡merde! ¡Minchia! –mascullé con la quijada apretada en cuanto idioma recordé.
–¡Renesmee Carlie Cullen, tus padres no te educaron para que maldijeras como bucanero! –Tía Alice, quien iba en el asiento del copiloto, frente a mi, prácticamente se había girado sobre el asiento para mirarme fijamente con el ceño fruncido. Sabía que me estaba portando como una idiota, como una chiquilla malcriada, pero… ¡No soportaba más! Tanta tensión, tanta preocupación me tenían vuelta loca. Y para colmo, que los renos con “musiquita” de la camiseta que traía, no dejaran de encenderse a la mejor provocación, tampoco ayudaban en nada para mejorar mi humor.
–Alice, Jasper… –La voz de Stan sonó conciliadora. –Ven… –sin muchos miramientos, Stan me agarró del brazo izquierdo y me acercó a él, haciendo que recargara mi cabeza sobre su pecho.
–No quiero… –dije casi sin ganas, emberrinchada en no dejar que el don de tío Jasper ganara. Pero era imposible, porque a cada momento mi rabieta iba remitiendo.
Stan pasó su brazo derecho sobre mis hombros, y empezó a enterrar sus dedos de esa mano con ligereza entre los mechones de mi pelo. Cerré los ojos casi de forma automática, permitiendo que sus suaves caricias arrancaran parte de la tensión que cargaba.
–Trata de calmarte un poco, milovaný. Estarnos peleando entre nosotros no ayuda en nada en estos momentos. Sé que te sientes nerviosa, ansiosa y desesperada, y no solo por lo de tu abuelo, sino por tu regreso a Forks, por la posibilidad de encontrarte con… con aquello que dejaste atrás –Por la brusca pausa que hizo, casi podía apostar que había estado a punto de decir el nombre de Jacob. Me sorprendió, además, la forma en que podía percibir lo que yo estaba sintiendo en esos momentos –Todavía nos queda camino por recorrer, y estarnos gritando por tonterías no va a mejorara la situación ni hacer que lleguemos más rápido.
Reconocí que Stan tenía razón. Me estaba comportando como una estúpida niña malcriada y lejos de ayudar en algo, sólo contribuía a agregarle más nerviosismo a la de por sí tensa situación.
–Lo siento –Pronuncié mientras abría los ojos y les lanzaba una mirada contrita a mis tíos. –Me estoy comportando como una auténtica idiota, desquitándome con quien menos debería… Lo siento.
–No pasa nada –pronunció con una suave sonrisa mi tía –Supongo que todos estamos bastante tensos y… –La tía se encogió de hombros, como si no encontrara las palabras suficientes para describir cómo se sentía. Lo cierto es que ella quería mucho al abuelo Charlie, le consideraba parte de la familia. –Menos mal que decidimos no decirle nada a tu madre aún, sino…
–Sino estaría volviendo loco a papá y a todos los que vienen en el vuelo. –Finalicé por ella. Tía Alice había “visto” que mis padres venían volando de regreso al país, así que decidimos no informarles nada de lo referente a Charlie. O por lo menos, no hasta que no supiéramos a ciencia cierta qué estaba pasando con mi abuelo. No veíamos el caso poner a mi madre frenética a más de 20 mil pies de altura y a un montón de kilómetros de distancia. En cuanto estuviera de vuelta, le pondríamos al tanto de todo, mientras, tendríamos que arreglárnoslas nosotros.
–¿Por qué no duermes un rato? –dijo Stan, al tiempo que seguía desenredando mi cabello con sus dedos.
–No… –la voz me salió más débil de lo que hubiera querido, mientras los párpados volvían a cerrárseme, pesándome demasiado como para intentar tener los ojos abiertos.
–Estás agotada. Salvo por lo que duraste inconsciente después del encuentro con Afton y Atenadora, casi podría jurar que no has dormido nada en las últimas 48 horas.
–No estoy agotada, es el tío Jasper… –pronuncié mientras trataba de disimular, sin éxito, un bostezo. Se le estaba pasando la mano a mi tío, me sentía demasiado cansada. Me moví un poco, tratando de encontrar una posición más cómoda, descansando mi cuerpo sobre el de Stanislav; mientras intentaba acomodarme mejor, por enésima vez los renos brillaron y empezaron con la tortuosa letanía del “Jingle Bells” –¡Kurva! –Maldije una vez más, aunque no estaba segura si me habían entendido los demás, porque el sueño ya me había hecho su presa, ya me era imposible tener los ojos abiertos. –En cuanto me pueda quitar esta blusa la pienso quemar… –murmuré guturalmente.
–¿Cómo aprendiste a maldecir en mi idioma?
–Te escuchaba, en Italia, ¿lo recuerdas?
–Sí, pero no creí que supieras lo que significaba.
–No lo sabía… busqué el significado en Google.
Stan soltó una divertida carcajada. O eso me pareció, porque lo cierto es que me hundí en las profundidades del sueño, y el sonido de su risa fue lo último que recuerdo haber escuchado. Un sonido que me provocó un vuelco en el corazón y por ese pequeño último instante de conciencia, yo también me sentí contenta.
Me encontraba en un estrecho y húmedo camino de piedras. Todo estaba oscuro, así que estiré una mano hacia delante, la otra a un costado, buscando la forma de salir de ahí. La mano izquierda, la que estiré hacia ese costado, se topó con una maciza pared de la misma piedra sobre la que estaba de pié.
Empecé a dar pasos titubeantes, guiándome únicamente por lo que palmeaban mis manos. La oscuridad era cerrada, tanto que incluso provocaba una sensación de angustiante asfixia. Respiré lentamente, intentando que el miedo no se apoderara de mí, tenía que tranquilizarme si quería salir de ahí.
–¡Renesmeeeee!
–¿Abuelo? –pronuncié con voz fuerte. Reconocí en el grito la voz de mi abuelo Charlie. –¡Abuelo! ¿Dónde estás? ¡Abueeeloooooooooo!
–¡Neeesiiiie! ¡Neeesiiie! –El tono de su voz era urgente. El abuelo me llamaba, me necesitaba, pero ¿dónde estaba? ¿cómo podía llegar a él?
–¡Abueeelooooooooo! –respondí con la misma urgencia. Empecé a caminar más a prisa, sintiendo como la urgencia de llegar a él se iba incrementando segundo a segundo. Mi abuelo me necesitaba, estaba en peligro, estaba segura.
De pronto, escuché un par de pasos atrás de mí.
–¿Abuelo? –pregunté con un susurro helado, cargado de miedo al tiempo que giraba la cabeza hacia atrás, tratando inútilmente de ver algo en medio de esa terrible oscuridad.
–¡Neeeeeesiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiie! –El grito desgarrador del abuelo provenía del otro extremo, mientras el eco de los pasos se escuchaban cada vez más cerca tras de mí. Un escalofrío me recorrió la columna, llenándome las venas de un terror difícil de describir. Con pánico, comencé a correr, intentando alejarme del peligro que estaba segura que me acechaba, y al mismo tiempo, intentando llegar al lado de mi abuelo, cuyos gritos se volvían cada vez más escalofriantes.
En mi loca carrera, me caí un par de veces. Sentí como las afiladas piedras desgarraban mi piel sin misericordia. No me había dado cuenta de que estaba descalza hasta que los filos de las rocas del piso provocaron que mis pies descalzos sangraran a través de muchas y diminutas cortadas.
Caminé dando tumbos por lo que parecía un intrincado laberinto de piedra y oscuridad. ¿Por qué estaba sola? ¿Dónde estaban los demás?¿Por qué nadie me ayudaba ni ayudaba a mi abuelo? El aullido de un lobo resonó en la tenebrosa cavidad, provocando que se me erizara la piel.
–¡Renesmeeeeeeeee! ¡Ayuuuuuúdame! ¡No! ¡Nooooooooooooooooooooooooooo!
–¡Abuelooooooooooooooooooooooooooooo!
El grito de mi abuelo fue acompañado por un furioso bramido. ¿Qué estaba pasando? Tenía que encontrar a mi abuelo, o por lo menos la forma de salir de ahí y buscar ayuda. Corrí, y corrí, sin importarme los cortes, sin importar las caídas. Cuando estaba a punto de perder la esperanza, de pronto vi un potente halo de luz. ¡La salida! Estaba todavía a un montón de metros de distancia, pero al fin iba a salir de ahí, iba a poder ir en busca de ayuda para mi abuelo… Respiré hondo una última vez, llenando mis pulmones con el viciado aire del laberinto y empecé a correr con todas mis fuerzas, consciente de que mis perseguidores estaban pisándome los talones y si me atrapaban antes de alcanzar la salida, mi abuelo y yo no tendríamos ni una oportunidad.
Corrí como si la vida se me fuera en ello. La salida estaba cerca, sólo un par de metros más. La luz del exterior era tan potente, que estaba segura que en cuanto pusiera un pié fuera, quedaría ciega por un momento, pero eso no importaba. Tenía que salir de ahí, máxime que aquellos que me perseguían estaban apenas un par de pasos atrás de mí.
–La luz. –Pronuncié cuando estaba a un paso de la salida. Alcancé a ver a escasos metros de ahí a toda mi familia, incluso al tío Emmett, tendidos sobre el empedrado suelo. ¿Qué había sucedido? Estaba a punto de poner un pié fuera cuando algo jaló mi brazo con brusquedad. Giré el rostro, intentando ver quién me retenía, lista para dar la pelea si era necesario. A pesar de la oscuridad, pude ver un par de ojos carmesí que me observaban con sangriento regocijo al tiempo que me arrastraba nuevamente al oscuro interior.
–¡Noooooo! –grité con pavor. Pero fue inútil, no había quién me escuchara, mi grito fue acallado por el aullido de un lobo.
Abrí los ojos de repente, sintiendo que un sudor frío mojaba mi frente, lo mismo que las lágrimas hacían con mis mejillas.
–Tranquila… fue sólo una pesadilla
–Renesmee, ¿estás bien?
Mi respiración estaba bastante agitada y el repiqueteo de mi corazón se había vuelto loco. Me costó un poco darme cuenta que todo había sido un sueño, uno realmente malo. Estaba sentada prácticamente sobre el regazo de Stanislav, agarrándome de su camisa con las manos empuñadas, con desesperación. Él me abrazaba con fuerza y yo me arremoliné más contra él, tratando de que los temblores de mi cuerpo remitieran. Había sido una pesadilla horrible, demasiado vívida y angustiante; agradecí su contacto, necesitaba sentir que no estaba sola, creer aunque fuera por un instante que habría alguien que no permitiría que acabara en tal situación.
–Ella está bien, Alice. Sólo tuvo una pesadilla. –Respondió Stan a la pregunta de mi tía.
–Fue horrible…
–Lo sé… pero estás a salvo, jamás permitiríamos que sucediera.
–¿Cómo lo sabes? –dije un poco confundida. –¿Cómo sabes lo que estaba soñando?
–Me lo mostraste.
Recordé que mi madre alguna vez me había dicho que cuando yo era una bebé, le gustaba verme dormir, ya que tomaba una de mis manos y al posarla sobre su mejilla, era capaz de “ver” mis sueños, llenos de colores y formas divertidas. Supuse que de alguna forma, Stan había hecho algo parecido y por eso pudo ver mi pesadilla.
–Traté de despertarte, pero fue casi imposible, estabas profundamente dormida.
–¿Tan malo fue? –preguntó tía Alice
–Sí… soñé que estaba en una especie de laberinto bastante oscuro del que no podía salir y que el abuelo Charlie me llamaba a gritos, como si me necesitara… –la voz me salió entre cortada, mientras me quitaba de encima de Stan para sentarme correctamente sobre el asiento del auto. Aún así, Stan me rodeó con su brazo, atrayéndome hacia él, cosa que agradecí. Necesitaba su cercanía. –¿Y si es así? ¿Y si el abuelo me necesita y yo no puedo hacer nada por él?
–Todo va estar bien, vas a ver.
Supe que incluso para ella, sus palabras sonaban casi huecas. Porque lo cierto era que no podíamos estar seguros de que algo estuviera bien. Lo único que quedaba era esperar a ver con qué nos encontraríamos al llegar a Forks y rezar porque no fuera tarde para evitar un nuevo desastre.
Llegamos a Forks pasadas las ocho de la noche. Como era usual, el sol ya se había metido para dejar paso a una fría noche, con atisbos de que una buena nevada estaba por caer. Nada más leer el letrero que daba la bienvenida a la pequeña ciudad, sentí que mi estómago se encogía una vez más, y casi de forma inconsciente me arremoliné más en el asiento, en un intento de evitar que alguien pudiera verme a través del oscuro polarizado de los cristales. Tenía mucho miedo, terror de lo que pudiera encontrarme, y sobre todo, de con quién pudiera toparme.
Tío Jasper bajó la velocidad a medida que cruzábamos las casi desiertas calles de la ciudad. Parecía que el tiempo no había pasado por Forks, pues no noté ningún cambio significativo en la ciudad. La misma gasolinera, la misma farmacia con el mismo color anodino, el mismo letrero chueco que advertía que no se podía estacionar fuera de la escuela primaria de lunes a viernes entre las 8 y las 13 horas. Sí, todas y cada una de esas cosas seguían exactamente igual a como lo recordaba.
Con manos diestras, el tío Jasper deslizó el automóvil hasta el tranquilo vecindario donde el abuelo tenía su casa. La calle estaba silenciosa y a la distancia, pude observar cómo se alzaba la casa blanca de dos plantas, la misma casa que alguna vez habitó mi madre y que por un pequeño lapso de tiempo, también fue mi hogar. Sin poderlo evitar, una solitaria lágrima se deslizó por mi rostro, al recordar un montón de momentos al lado de mi querido abuelo Charlie.
–Parece que no hay nadie. –Pronunció tío Jasper mientras estacionaba el automóvil a un lado de la acera. La casa de mi abuelo era la última del barrio, y por la forma en que estaba fincada, quedaba bastante separada de los vecinos y colindando con el bosque a través del patio trasero.
–Será mejor que nos bajemos y lo comprobemos. –Dijo tía Alice mientras abría la puerta del auto y se bajaba con movimientos ágiles.
Uno a uno, descendimos del auto. No pude evitar echar una mirada a mí alrededor, con precaución. No sabía si alguien pudiera estar observándonos y reconocer a mis tíos o a mi misma. Había pasado mucho tiempo desde que los Cullen habían abandonado Forks, más no creía que el suficiente como para que la gente que les conoció en ese entonces les hubiera olvidado. Sería bastante peligros que alguien pudiera verlos y acordarse de ellos, porque entonces se darían cuenta que no habían envejecido ni un ápice; y por consiguiente, empezarían las preguntas que podían llevar a descubrir nuestro secreto y…
–Nadie abre la puerta, que extraño… –pronunció Alice, interrumpiendo mis pensamientos, mientras volvía a presionar el botón del timbre. –A esta hora ya debería de estar Ethel en casa.
–¿Ethel? –respondí confusa
–Sí, la enfermera que se queda en la noche a cuidar a Charlie.
–¿Todavía hay una enfermera que se encarga de él? Cuando estuve viviendo en la reserva, el abuelo ya no necesitaba los cuidados de las enfermeras que le había puesto inicialmente mamá.
–Oh, es que…
–¿Qué? ¿De qué me estoy perdiendo ahora?
–¿Qué les parece si tenemos esta charla dentro de la casa? –intervino rápidamente tío Jasper –Si alguien nos ve aquí afuera, podríamos parecerle sospechosos y podría hacer que terminaran llamando a la policía. Y por si no lo recuerdan, tenemos que evitar a toda costa que ustedes dos sean vistos por ellos.
–¿Y cómo entramos? –preguntó Stan –No podemos trepar por las paredes a riesgo de que alguien nos vea, ni tampoco romper un cristal.
–No va a ser necesario. El abuelo siempre tenía una llave de “emergencia” escondida en... –pronuncié mientras caminaba por el porche, con la mirada fija en el suelo. –¡Voilá! –dije triunfante mientras me agachaba a recoger la tercera debajo de la ventana. Era una roca falsa que el abuelo usaba como escondite de la llave extra. Extraje la llave del interior y rápidamente subí los escalones para abrir la puerta de la entrada.
Fui la primera en entrar a la casa, así que fui a primera en exclamar un gritito ahogado en cuanto encendí la luz y vi el estado en el que se encontraba la sala del abuelo.
–¿Qué ha pasado aquí?
–¿Qué es esto?
Los demás hablaron al mismo tiempo, haciendo casi imposible distinguir quién había dicho qué cosa. Y sinceramente, eso me tenía sin cuidado, porque lo que en esos momentos captaba toda mi atención era el revoltijo que reinaba ante mis ojos. El televisor estaba tirado en el piso; la mesa de centro había sido volteada, mientras varios portarretratos estaban arrojados de un lado a otro, dejando un montón de cristales rotos esparcidos. Inclusive pude ver un frasco de pastillas junto con su contenido, regados por el piso. Escuché cómo se cerraba la puerta a mi espalda mientras me adentraba en la casa, temblando de miedo mientras buscaba con la mirada el cuerpo de mi abuelo. Pero nada, no había rastro de él.
–Parece como si hubiera pasado el demonio de Tazmania por aquí…
–Sí, pero ¿y mi abuelo? –pronuncié mientras regresaba de la cocina, donde aparentemente no había habido desastres. –¡Abuelo! ¡Abuelo! –le llamé en voz alta, mientras subía las escaleras.
Revisé rápidamente las dos recámaras y el pequeño baño de la parte de arriba, sin encontrar rastros del abuelo. Casi como de rayo, bajé las escaleras y regresé al lado de los demás.
–No hay nadie… ¿Dónde estará el abuelo?
–¿Tal vez en la reserva? –contestó tía Alice. –Tal vez por eso no puedo verlo… Tal vez uno de los quileutes vino por él para llevarlo allá.
–Eso explicaría el aroma. –agregó tío Jasper
–¿Aroma?
–Sí, huele –respiré profundamente, detectando por fin el efluvio al que se referían mis tíos. No lo había notado al llegar, pues el rastro del aroma era débil, como si hubieran pasado varias horas desde que la casa se había impregnado del él. Mi sentido del olfato no era tan fino como el del resto de mi familia, pero si me concentraba a fondo, podía distinguir los aromas fácilmente.
–Voy a intentar llamar otra vez a la reserva –dije, intentando ignorar el reparo que me provocaron mis propias palabras. Lo importante era comprobar que el abuelo estaba bien, aunque para eso corriera el riesgo de hablar con Jacob después de tantos años de ausencia y silencio. Corrí hacia la cocina y descolgué el teléfono, sólo para comprobar que estaba muerto. No había línea, eso explicaba por qué no habíamos podido comunicarnos en todo el día a casa del abuelo. Frustrada, lancé una palabrota que hubiera hecho ruborizar hasta a un marinero borracho. Regresé con mis tíos y con Stan, mientras fruncía el ceño, decepcionada. –No hay línea, es como si hubieran cortado el servicio… No me gusta nada esto, me huele muy mal…
–Claro, huele a perro… –pronunció Stan con acidez.
–Stan… –pronuncié mirándole con una nota de amonestación. No me gustaba que se expresara así de los quileutes, con una forma tan despectiva. A pesar de todo, hubo un tiempo en que había habido paz entre ellos y nosotros, en el que incluso, nos habían ayudado en momentos difíciles.
–Creo que sería una buena idea dar un vistazo por los alrededores. –Propuso tía Alice –Por obvias razones, no podemos ni ir directamente a la policía ni aparecernos en la reserva. Si nos dividimos, tal vez podamos dar con algo que nos indique dónde está tu abuelo o qué es lo que ha pasado aquí.
–Ok, yo puedo ir a….
–No, no, señorita –interrumpió tío Jasper –Tú te quedas por si regresa tu abuelo. Alice, Stan y yo daremos una rápida vuelta por los alrededores y el bosque. –Quise protestar, pero el tío se siguió de largo, impidiendo que dijera una sola palabra –Todavía no sabemos si tu foto ya esta rodando por todas las organizaciones policiacas del país, así que es preferible evitar que alguien te vea por descuido.
–¡Stan también está boletinado y él sí va a ir con ustedes! –rezongué.
–De mí sólo tienen un dibujo, y que a decir verdad, poco se me parece. –agregó Stan. –Hazle caso a tu tío, ¿quieres? –Se acercó hacia mí, y puso su mano bajo mi barbilla, obligándome con gentileza a mirarle a los ojos. –Sé cuanto quieres venir con nosotros, pero por favor, espéranos aquí.
Asentí casi resignada. No me sentía capaz de negarle nada.
–Bien, entonces hay que darnos prisa. –apremió tía Alice mientras se encaminaba hacia la puerta principal, con Stan y tío Jasper tras ella. –Regresaremos pronto, te lo prometo… ¿sabes qué? Cierra la puerta con llave y apaga las luces. Si se supone que la casa está sola, puede ser bastante raro que de pronto esté iluminada y se vea movimiento en ella, sobre todo si hay un auto extraño estacionado afuera de ella.
–Ok… –fue todo lo que dije antes de que Stan me diera un ligero y rápido beso en los labios antes de que saliera tras mis tíos. Apagué las luces de la casa, pero mantuve la puerta entreabierta, observando como se perdían sus siluetas en la densidad de la noche mientras los primeros copos de nieve empezaban a caer del cielo.
Cerré la puerta con llave, tal y como había dicho tía Alice. Me senté en el sillón de una sola plaza de la sala, a esperar el regreso de mis tíos o la aparición de mi abuelo.
La espera se me hizo lenta, pesada. La quietud de la casa era abrumadora, el silencio era denso. Nunca me había dado miedo la soledad, pero la espera era angustiante. Y ni siquiera podía encender la televisión para que hubiera un poco de ruido, porque el aparato yacía estrellado en la sala.
Me puse de pié, y empecé a caminar de un lado al otro, inquieta. Incluso, palmeé sobre los renos de la camiseta para que empezaran con su navideña letanía. Cuando la robótica versión del “Jingle Bells” sonó por quinta vez, decidí que ya tenía suficiente. Recordé que todavía me quedaban tres cigarrillos de la cajetilla que me había comprado tío Jasper; los había guardado en el bolsillo delantero izquierdo, así que metí la mano y saqué el arrugado empaque de ahí.
Los cigarros estaban algo chuecos, pero no me iba a poner remilgosa en cuanto a la estética de ellos. Necesitaba, me urgía la relajante sensación del humo en mis pulmones. Fui por un encendedor a la pequeña cocina de la casa y rebusqué en los cajones de la alacena hasta que dí con él. Justo cuando iba a encender el cigarrillo, recordé que el abuelo Charlie había instalado en la planta baja de la casa, un detector humo bastante sensible, así que fumar ahí no era precisamente buena idea, sobre todo si quería que mi presencia pasara desapercibida por le momento.
Además, supuse que al abuelo no le encantaría regresar y encontrar su casa oliendo a tabaco. Incluso podía imaginarme cómo se pondría de furioso si se daba cuenta de que su única nieta tenía un vicio al que él detestaba.
Pero, ¡qué diablos! Los nervios me carcomían por dentro, necesitaba un cigarro. Recordé entonces que la que alguna vez fue la habitación de mamá, tenía una ventana que daba a la calle. Podía subir allá, fumarme mi cigarro mientras esperaba al regreso de los demás. Sí, incluso, podía ver cuando llegara tía Alice, deshacerme de los cigarros y ahorrarme otra de sus malas caras. Porque cada vez que yo prendía uno, la tía me dedicaba un gesto de rotunda desaprobación.
Subí a toda velocidad a la habitación, deslicé la hoja de la ventana hacia arriba y saqué medio cuerpo por ella para encender mi amada dosis de nicotina. Una, dos, tres caladas y empecé a sentirme menos tensa. Había prometido dejar los cigarros una vez que todo esto terminara, pero siendo honesta, sabía que iba a ser muy difícil que lo dejara. Durante los últimos 3 años, el cigarrillo me había ayudado a controlar otros instintos más peligrosos.
La nieve empezaba a caer con lentitud, dándome en el rostro por momentos. Le dí la última calada al cigarro antes de apagar la colilla y dejarla a un lado del borde de la ventana. Más tarde buscaría un bote de basura para colocarla en su lugar. Dí un nuevo vistazo de un lado al otro de la calle, pero no veía ni a mis tíos o a Stan acercarse. Estuve a punto de cerrar nuevamente la ventana, pero al final, decidí no hacerlo. La casa estaba demasiado oscura e incluso el ambiente se me antojaba bastante cargado. Dejaría la ventana abierta un rato, tanto para permitir que las débiles luces de las farolas entraran más fácilmente y tanto para que la habitación de mamá se oreara un poco.
Me senté un rato sobre la cama, después me levanté y caminé alredor de la pequeña habitación. No hallaba mi lugar, me sentía demasiado nerviosa y en mi cabeza no dejaba de dar vueltas una y otra vez la pesadilla que había tenido horas atrás. Quería aferrarme a la idea de que mi abuelo estaba bien, de que estábamos armando una tormenta en un vaso de agua, pero otra parte de mi cerebro (bastante cruel, por cierto), no dejaba de darle vueltas a la posibilidad de que realmente le hubiera ocurrido algo malo al abuelo Charlie.
Estaba tan ensimismada en mis pensamientos, que no vi el momento en que la enorme figura había entrado por la ventana y mucho menos, el momento en que se abalanzó sin piedad sobre mí, aprovechando que me encontraba de espaldas. El ataque me tomó por sorpresa, tanto que ni siquiera me dio tiempo de emitir un grito de ayuda. De forma instintiva, tomé una actitud a la defensiva, enzarzándome en un forcejeo con el intruso. Rodamos por el piso, cada uno emitiendo gruñidos que distaban mucho de ser humanos y más parecidos a los de dos bestias salvajes. Palpeé con mis manos una dura superficie y lisa superficie. Supuse que era su abdomen, enfundado en una ligera camiseta de algodón. Al poner mis manos sobre él, sentí el calor que emitía su cuerpo, como si tuviera temperatura. Prácticamente estaba ardiendo
Él intentaba inmovilizarme, y yo no estaba dispuesta a ponérselo tan fácil. El hombre era bastante grande y bastante pesado, y empezaba a aplastarme, haciéndome difícil respirar. Busqué la manera de poner un poco de espacio entre los dos, conseguir que dejara de comprimirme los pulmones, así que empecé a manotear sin control, con la esperanza de darle un golpe que lo aturdiera aunque fuera un poco y lograra hacerlo a un lado de mí. De alguna forma, una de mis manos terminó posándose en su cuello, y la conocida lluvia de lucecitas empezó a desfilar delante de mí antes de dejarme prácticamente petrificada de la sorpresa. Lo mismo que mi atacante, que me había librado al fin de su peso, irguiéndose en sus rodillas sobre mí, pero manteniendo sus manos sobre mis hombros.
Lo que siguió a continuación, pasó tan rápido que ni siquiera estuve segura de que de que realmente hubiera sucedido.
De pronto, la luz de la habitación se encendió.
De pronto, Stanislav estaba en el umbral, gruñendo salvajemente mientras mostraba sus afilados colmillos.
–¡Quítale tus malditas garras de encima!
De pronto, Stan saltaba sobre el otro, librándome por competo de su peso, y enzarzándose ellos en un violento forcejeo.
–¡Stan! ¡Jacob! ¡Deténganse por favor! –grité desesperada.
Ni en mis más locos sueños se me hubiera ocurrido algo así. Los dos hombres que habían marcado mi vida, enfrascados en una pelea. Vaya forma de presentarlos entre sí.
Y más valía que hiciera algo, que interviniera, porque si no los paraba y rápido, eso iba a terminar en una nueva tragedia. Una que de solo imaginarla, dolía como si me arrancaran el corazón en carne viva.