Disclaimer

Nombres y personajes de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer (menos los que no salieron en la saga original). Lo único mio es la historia que va uniendo a tan maravillosos personajes.
Esto es un homenaje a una de mis sagas favoritas, sin fines de lucro, por mera distracción.
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lunes, 23 de marzo de 2009

LA SED

Abrí los ojos horrorizada, sin estar completamente segura si lo que estaba a punto de presenciar era algo real o producto de una pesadilla.
–Atena, es hora de elegir tu platillo… –la voz socarrona de Apolo me llenó de asco. ¿Cómo era posible que hablara así de algo que era tan… horrendo, tan espantoso?
Las pobres personas empezaron a dar gritos espantosos de terror, incrédulos y a la vez horrorizados. Esos gritos eran tan horribles, tan escalofriantes que parecían más propios de un animal herido que de un ser humano.
–¡No por favor!
–¡Aaaaaah!
–Merci, s'il vous plaît
Intenté dar un par de pasos hacia atrás, retroceder del horror que estaba apunto de ver mis ojos, pero unas manos me apresaron por mis antebrazos como si fueran garras de hierro, impidiéndome avanzar.
–Querida, no te puedes ir, este festín es en honor tuyo…
Estaba muda de la impresión. Aunque quería gritar que no, que yo no quería semejante atrocidad y menos que dijeran que era por mi, mi voz se negaba a salir; así que frenéticamente sacudí la cabeza en señal de negación.
Levanté mi mirada azorada y vi a los demás vampiros enloquecidos de frenesí, dispuestos a acabar con los pobres inocentes que no entendían exactamente lo que sucedía, pero que a la vez, eran concientes que sus vidas iban a terminar en unos pocos segundos.
Jane, Afton, Chelsea, Aro, Cayo… todos y cada uno tenían una mirada que provocaba que los pelos se pusieran de punta. Si el odio, el horror y todo aquello que representaba lo más oscuro de esta tierra tuviera un rostro, sin duda podría ser el de cualquiera de esas criaturas monstruosas; tal vez la hermosura de su rostro era lo que los hacía más terribles.
Miré frenética hacia la salida, pero Santiago y Dimitri la bloqueaban. Eran como dos sendos bloques de mármol imposibles de mover, dejándonos atrapados en esa pesadilla a esas veinte indefensas personas y a mí.
Una de las víctimas, una mujer menuda de unos treinta y tantos años, a pesar del terror que sentía, obvio por la forma en que temblaba su cuerpo, miraba embelesada el rostro perfecto de Alec; la mujer me recordó a las polillas, que a pesar de que significan su muerte, no pueden evitar acercarse al fuego.
–¿Sientes el ardor en tu garganta, verdad? Sientes que cada vez el fuego se va extendiendo cada vez más por tu garganta. Sientes que el ardor se va incrementando de forma incontrolable. Tu sed es insaciable, quema, duele… ¿no es así?
Me llevé las palmas de las manos a mis oídos, para taparlos y evitar que las palabras de Apolo llegaran a lo más profundo de mi psique. Quería evitar a toda costa la tentación que estaba empezando a tomar fuerza en mí.
–¡Mírame! –me giró hasta quedar de frente a él, quise cerrar los ojos, pero me zarandeó tan fuerte que terminé abriéndolos, quedando atrapada en su maliciosa mirada –No puedes resistirte a tu verdadera naturaleza; esto es lo que eres, esto es lo que siempre has sido, no puedes negarlo…
–¡No! ¡No!
Pero mis gritos fueron ahogados por otros más espantosos; volteé rápidamente hacia atrás y vi cómo el baño de sangre había empezado. Grité espantada, aterrorizada…
Félix tenía aprisionada a una pobre chica entre sus brazos mientras le clavaba vorazmente los colmillos en el cuello; vi como un chorro de sangre corría a través de la blanca piel del cuerpo de la mujer, mientras sus ojos estaban vidriosos de la agonía y el terror.
–Vas a ser una buena niña, ¿verdad amor? –la odiosa voz de Apolo se hizo más intensa, más profunda mientras ponía una mano en mi barbilla y me obligaba a mirarlo fijamente. De pronto, las ganas de luchar y salir corriendo de ahí; el deseo de ayudar a esas pobres víctimas a escapar del horror me fueron abandonando, dejándome laxa, sintiéndome como una marioneta con las cuerdas rotas –Vas a “brindar” con nosotros, vas a apagar esa ardiente y dolorosa sed. Esta noche abrazarás a tu verdadero instinto, seguirás el curso de tu propia naturaleza.
–Sí… –pronuncié como una autómata. De pronto el horror había desaparecido, la mirada atormentada de todos esos inocentes, sus gritos de súplica, todo eso había sido borrado por arte de magia. Ya no era conciente de ello, ahora lo único que ocupaba mi mente era la necesidad, el ansia de aplacar la sed que segundo a segundo se volvía más dolorosa, más acuciante. El aroma óxido de la sangre se iba colando por mi nariz, nublando mis sentidos pero apremiando mi necesidad de ella. Sentía no solo la garganta reseca, sino también los labios y la lengua; como si hubiera estado vagando por el árido desierto sin llegar al oasis prometido.
–Mi hermosa Atenea… –ronroneó satisfecho Apolo –Elige tu víctima, sacia tus instintos…
Asentí suavemente mientras me liberaba de la prisión de sus manos.
Una vocecilla sonaba a lo lejos de mi mente
“¡No!” gritaba mi vocecita con debilidad pero desesperadamente. Pero no era suficiente para detenerme, el ansia de sangre era lo que me controlaba ahora; sonreí con malicia mientras con mi lengua acariciaba mis filosos colmillos, cortándomela en el proceso; saboreé mi propia sangre y sonreí satisfecha. La cena estaba lista.

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