Me deslicé en el asiento del copiloto y me abroché el cinturón de seguridad con las manos algo temblorosas. No era tanto por precaución o por cumplir con la ley de tránsito, sino más bien por tener algo qué hacer.
Stanislav ocupó el asiento del piloto y encendió el vehículo, cuyo motor rugió suavemente. Le miré de reojo sin dedicarle una sola palabra pues, ¿qué podría decirle después de la noche anterior? Ni siquiera encontraba un adjetivo para describirla. Además, no sabía cuál era el protocolo a segur en situaciones como esa; era una auténtica novata en esas cuestiones.
El auto empezó a avanzar suavemente por la estrecha calle antes de incorporase a una avenida mucho más transitada. Giré la vista hacia el cristal oscuro de mi ventanilla. De hecho, todos los cristales estaban ahumados, tanto que no sabía cómo era posible que Stan pudiera tener visibilidad para manejar.
“Es por el asunto del sol”, me había dicho momentos antes cuando había salido de la casa cubierto por una gruesa capa gris oscuro, a pesar de que debajo de ella iba perfectamente vestido con unos jeans negros y una camisa tipo polo del mismo color. Cuando vi la capa pensé que era para mí, por aquello de que no tenía ropa a la mano. De hecho, había tenido que volver a echar mano del guardarropa de Stanislav, quien ésta vez se había visto forzado en dejarme una camiseta y unos shorts deportivos que me quedaban bastante grandes.
Cuando leyó mi perplejidad sobre el tema, se limitó a sacar una mano bajo la capa/hábito, no sin antes cerciorarse de que no había gente alrededor que pudiera observarnos. Me quedé boquiabierta ante lo que mis ojos veían: la piel de la mano de Stanislav brillaba como si fuera un cristal.
–¿Cómo…? ¿Es en serio..?
–Sí, tan enserio como que el cielo es azul.
–O sea que los vampiros no se desintegran –dije medio en broma, esperando que sonriera, pues desde que yo había despertado, había estado bastante serio.
–No, no nos desintegramos –dijo secamente mientras se cercioraba que la puerta quedaba bien asegurada –La piel de todo nuestro cuerpo brilla intensamente con los rayos del sol. Por eso tenemos que ser discretos y no exponernos, sino nuestra naturaleza quedaría al descubierto. Cuando está nublado, podemos andar más libremente entre la gente; en días tan soleados como este, hay que ser discretos. –Dijo al tiempo que abrió la puerta de mi auto y con un ligero movimiento de la cabeza, me instó a subir.
–¿Segura que quieres volver? –me preguntó Stan, dignándose a dirigirme la palabra al fin, distrayéndome de mis pensamientos. El tráfico de Florencia a esas horas era imposible, así que avanzábamos lentamente, para desesperación de mi… ¿de mi qué? No estaba muy segura qué etiqueta sería la adecuada para Stan en esos momentos.
–No es que quiera, pero tengo qué volver… Apolo va a estar bastante pesado por mi ausencia y más vale hacerle frente de una buena vez a lo que se avecina. Además, necesito algo de ropa, no puedo ir por la vida medio desnuda.
–Supongo.
¿Qué le pasaba? ¿Por qué estaba tan seco conmigo? Bueno, tampoco esperaba poemas cursis ni odas a mi belleza o promesas de una sublime eternidad. ¿A qué venía esta especie de semi ley de hielo? Era un juego que yo también podía jugar, sin lugar a dudas.
Me repantigué más en el asiento y volví una vez más la vista hacia la ventana, pretendiendo que estaba ocupada viendo todo lo que iba surgiendo a nuestro paso. Nerviosamente, empecé a jugar con mi anillo de compromiso, girándolo con los dedos de la otra mano.
Stan masculló algo así como “kurva” y por la manera en que lo dijo, imaginé que era una palabrota en checo.
–¿Qué? –pregunté apática mirándolo de reojo casi con desdén
–¡Deja de jugar con esa maldita cosa!
–¿Cómo? –me volví por completo para mirarlo con los ojos como plato, estaba segura. ¿Qué le pasaba? Mi paciencia estaba empezando a evaporarse y dudaba poder tolerar su genio ese día. Me fijé que estaba aferrando con mucha fuerza el volante tanto que sus manos se pusieron más blancas si era posible; temí que terminara por romperlo o sacarlo de su lugar.
–Estoy haciendo un esfuerzo por no arrancarte ese maldito anillo y tirarlo por la ventana. ¡Me importa un comino si es un diamante muy raro o si vale millones! –dijo mientras daba una fuerte palmada sobre el volante y frenaba la marcha del auto. Se volvió y por primera vez en ese día me miró directamente a los ojos; me sentí algo aturdida al ver la furia y a la vez, la desesperación en ellos. –Tenemos que hablar –traté de decir algo, pero puso su frio dedo índice derecho sobre mis labios para evitar que lo hiciera –no es el lugar ni el momento indicado, pero tenemos qué hacerlo… Me revienta que Apolo esté cerca de ti, no me gusta y…
En eso escuchamos el claxon del automóvil de atrás, instándonos a continuar la marcha dado que el semáforo había cambiado de color. Con un furioso “hovno” reanudó el camino.
“Voy a tener que comprarme un diccionario de checo” pensé mientras escuchaba lo que seguramente sería otro insulto en su idioma natal.
El tenso silencio volvió a instalarse entre nosotros y por primera vez lamentaba que no pudiera conducir como un maniático a toda velocidad. El denso tráfico hacía que fuera insoportable la agonía de estar sentada ante ese vampiro tan cambiante, arrogante, bipolar, maniático…
“Y sexy, tierno, cariñoso y bastante mmm…” terminó mi mente por mi. Involuntariamente empecé a recordar la noche o mejor dicho, la madrugada anterior.
Para mi bochorno, mi respiración empezó a ser un poco más descontrolada mientras sentía cómo el rubor empezaba a apoderarse de mis mejillas hasta la piel de mi pecho. Me volví una vez más hacia el cristal, esperando que Stanislav no se diera cuenta de mi aspecto.
–¿Qué te pasa? –su voz ya no era tan brusca, pero aún así sonaba algo forzada.
–Nada… sólo que… que de ponto siento algo de calor. No se me da muy bien estar en lugares tan encerrados…
Sin más, él encendió el aire acondicionado mientras yo daba gracias en silencio por que mi mente encontró una excusa perfecta para no ponerme en evidencia delante de él. Cerré los ojos, tratando de retomar el control de mis emociones.
–Puedes dormirte un rato, si quieres. Con tanto tráfico, todavía nos queda una media hora de camino al palazzo… Supongo que estarás casada después de….
–No lo estoy –dije tajante. No le iba a dar la oportunidad de que su ego se fuera hasta la estratósfera.
–Pensé que…
–No.
Se instaló un nuevo tenso silencio entre nosotros; estaba confundida porque no entendía como pudimos haber estado tan cerca y después tan lejos.
–¿Sabes que hablas dormida? –dijo de pronto, como si nada.
–¿De verdad? –dije secamente, aunque también un poco sorprendida.
–Sí.
–¿Y no ronco también?
–No, no –esta vez, sonrió relajadamente y no pude evitar sentir una especie de vuelco en mi interior –No roncaste, de hecho, apenas si dijiste un par de palabras… fuera de eso, duermes como un ángel.
Ok, si empezaba a sonreír de esa manera y su mirada ya no era tan dura, iba a empezar a tener problemas para controlar mis emociones.
–¿Y qué fue lo que dije? –pregunté tratando de concentrarme en algo que no fuera el rostro de Stanislav o el recuerdo de sus manos acariciándome tiernamente o…
–Nada importante –su tono volvió a ser algo seco, y por un instante su rostro se puso rígido, como si hubiera recordado algo que le hubiera molestado.
–¿Nada importante? –si así había sido, ¿por qué había sacado el tema a colación?
–Sí, hablaste sobre tu… tu... tu no se qué –movió nerviosamente la mano al aire. Noté su trastabilleo, como buscando una respuesta que pudiera servir para sacarle del atolladero –¿Recuerdas qué estabas soñando? –preguntó con repentino interés.
Fruncí el ceño, ¿a qué venía todo esto de mis manías a la hora de dormir ó su interés por mis sueños?
–Mmm… pues no sé. Ni siquiera estoy segura de haber soñado algo; creo que quedé profundamente dormida después de… tú sabes –finalicé nerviosa desviando la mirada.
–Supongo que te debo una disculpa… –exhaló ruidosamente
¿Estaba arrepentido de la noche anterior?
“¿¡Qué le pasa?! No sé qué significa, pero kurva para él también”
–No hay nada qué disculpar –mi tono de voz salió seco, duro –Si sientes alguna clase de arrepentimiento, culpa o lo que se le parezca, créeme que prefiero no saberlo…
–¿Crees que me arrepiento? –su voz sonó sorprendida, mientras abría los ojos desmesuradamente y me dirigía una rápida mirada antes de volverse a concentrar en el camino.
–Pues estás diciendo que me debes una disculpa y bueno, tu humor no es precisamente el mejor…
–Mi disculpa no es por anoche –exhaló nuevamente con violencia –¡Sakra!
–¡Deja de estar maldiciendo en checo! Por lo menos hazlo en un idioma que entienda…
–Lo siento, sólo que esto es algo nuevo para mi.
¿Estaba bromeando?
–¡Por favor! ¿¡Cómo que nuevo para ti!? ¡Tuviste una hija….! –no pude evitar alzar la voz, pero estaba a punto de perder la paciencia y darle un buen puñetazo en el brazo.
–No me refería a eso… ¡Claro que eso no es nuevo para mi!
–¿Entonces…?
–A lo que me refiero es que… –suspiró mientras se salía de la congestionada avenida y se metía a un estrecho callejón para aparcar el auto.
Apagó el motor, se soltó el cinturón de seguridad y se giró en el asiento para quedar frente a mí; entrelazó su mano izquierda entre las mías mientras ponía su mano derecha bajo mi barbilla para obligarme a mirarle.
–Te debo una disculpa por mi actitud de esta mañana. Lo siento, no pretendí ser busco o frío… no después de anoche… –sus ojos me miraron con ternura mientras deslizaba su mano derecha y acariciaba con suavidad mi mejilla –Sólo que... bueno, esto es casi nuevo para mi; hace tiempo que no…
–¿Qué no estás con una mujer? –terminé rápidamente por él
–Que no estoy con una mujer humana –corrigió
–Oh… –traté de ocultar mi desilusión.
–No te voy a mentir, no soy ningún santo y he tenido algunos… episodios con otras vampiras.
Recordé a Heidi, Chelsea y Renata, las tres impresionantemente guapas vampiras, y la actitud tan efusiva y confianzuda que habían mostrado con él la noche anterior. No pude evitar sentirme algo molesta. Bueno, es que hasta Jane andaba tras él.
“Genial, de todos los vampiros que me rodean tuve que terminar enredada con el más facilote”
–Oh, bueno, después de todo, eres hombre. –dije escupiendo las palabras, como si fueran una maldición –Supongo que tienes necesidades qué satisfacer. –traté de sonar tranquilamente sofisticada.
Stanislav sonrió, pareció encontrar graciosa mi respuesta.
–Pues sí, incluso los monstruos de nuestra raza tenemos esas necedades tan básicas. Fácilmente podemos distraernos con eso…
–Ah, entonces lo de anoche fue una distracción para matar el tiempo…
–¿Podrías dejarme hablar por favor? Creo que nos estamos enredando de más –Hice el intento de hablar, pero me lanzó tal mirada que me disuadió de hacerlo o de intentarlo siquiera –Escúchame bien por favor: te ofrezco una disculpa por mi actitud tan seca de esta mañana, mi excusa es que todo me tomó por sorpresa y con la guardia baja. Desde Maia no había estado con una mujer mortal, hace tiempo que no sabía lo que era la calidez de un cuerpo tan cerca del mío… No te voy a mentir en esto: tengo un pasado tras de mi, aunque ninguna de ellas fue algo serio o significativo, más bien eran relaciones cortas, pasajeras con el único propósito de saciar ese otro instinto que puede ser tan fuerte para nosotros como el beber sangre. Tal vez sea una excusa tonta, pero es la única que tengo y es la verdad. No sabía cómo comportarme o qué decir; temía tu reacción e incluso tu rechazo… Desde que me convertí, nunca había dejado que nadie mortal o no, se acercara tanto a mi.
Me quedé callada, ¿qué podía decir? No tenía la más remota idea… Tal vez si no tuviera esa maldita amnesia sabría qué hacer, tal vez tendría más experiencia para manejar la situación, tal vez…
“No te hagas tonta, amnésica o no, no tienes la experiencia como para manejar a alguien como Stanislav. No me hiciste caso anoche, así que atente a las consecuencias de jugar a algo tan peligroso y del que no conoces las reglas.”, me regañó mi conciencia.
–Y, ¿entonces…?
–¿Qué?
–¿En dónde nos deja todo esto? –pregunté. –Obviamente, esto cambia algo entre nosotros, ¿pero qué?
Stanislav guardó silencio antes de contestar
–No puedo prometerte nada…
–¿Quieres que lo olvidemos? –sus palabras me calaron, pero logré hablar con calma. –Total, una cosa más que echarle a mi amnesia, qué más da… –traté de hacer una broma, pero Stan torció el gesto. Parecía que no entendía mi sofisticado sentido del humor.
–¡Claro que no! –masculló entre dientes.
–Entonces, ¿¡qué quieres de mí!? –grité exasperada. –No me gustan los jueguitos ni andar por las ramas, así que aclaremos todo de una maldita vez para poder regresar a casa. Apolo debe estar esperándome y…
–¿De verdad estás ansiosa por regresar junto a esa bestia? –Me tomó por los hombros, zarandeándome ligeramente.
–¡Suéltame! –le ordené mientras me zafaba con brusquedad –Apolo me importa un soberano comino, pero prefiero hacerle frente de una buena vez a él y al insoportable drama que me va a armar por irme anoche del “banquete”.
–Lo siento… –se disculpó nuevamente. –Me revienta pensar en ti junto al animal ese… No voy a dejar que le hagas frente sola, temo que pueda hacerte algo.
–No me va a pasar nada…. –dije con calma –Creo que puedo manejarlo; es algo fanfarrón, pero no creo que pueda hacerme daño.
–No lo conoces…
–¿No? Entonces, ¿cómo demonios terminé comprometida con él? –pregunté suspicaz –O ¿hay algo que se me esté escapando…?
Pude ver en su tensa mirada la lucha interna que tenía, ¿qué pasaba? ¿Había algo que me estaban ocultando?
–Sólo no te separes de mi lado cuando lleguemos al palazzo, ¿si? –fuera cual fuera aquello que había estado a punto de decirme, decidió callarlo. Estiré una mano y la posé en uno de sus fuertes antebrazos, esperando que mi don descargara algún recuerdo que me ayudara a descubrir aquello que parecía ocultarme.
“¡Maldición!, ¿es que esto solo funciona cuando se le da la gana?” refunfuñé para mis adentros, al darme cuenta que a pesar de mis esfuerzos, mi don no respondía.
Suspiré exasperada.
–Está bien… pero no contestaste mi pregunta, ¿y ahora qué?
–No lo sé… como te dije, no puedo prometerte nada y menos en esta situación.
–¿Qué situación?
–La batalla que viene, tu compromiso con Apolo, y sobre todo, que en cuanto todo termine, te vas a ir de aquí.
–¿Me voy a ir?
–Lo prometiste, ¿recuerdas?
–Si, pero creí que después de anoche, bueno, ya no…
–No importa lo que haya pasado ni lo que esté por suceder. Tienes que alejarte de todo esto, tienes que salvar tu alma; no dejes que esta oscuridad te atrape…
–Supongo que tú no vas a venir conmigo, ¿verdad?
–No puedo o mejor dicho, no debo hacerlo… No puedo dejar que estés junto a una abominación como yo. Mereces algo mejor que un monstruo.
–No lo eres...
–Lo soy, soy un asesino, que no se te olvide. Me alimento de la sangre de indefensos humanos…
–Pero anoche me contaste del club de la eutanasia y lo que haces por esas personas enfermas…
–Pero eso lo hago apenas un par de años atrás; antes me alimentaba de la manera tradicional. Y por muy “piadoso” que quieras ver lo que hago, eso no oculta lo que en realidad hago: matar gente. No soy bueno, no soy de fiar y no merezco tenerte…
–Me está empezando a doler la cabeza tratando de entenderte…
–Creo que ni siquiera yo me entiendo… Viniste a poner mi mundo de cabeza, ¿sabes? –sonrió tristemente. Entrelazó una vez más su mano con la mía; parecía que le gustaba mí contacto.
–Stanislav, lo último que quiero es obligarte a nada o que me digas aquello que no sientes… Si lo que quieres decirme es que todo fue un gran error y que preferirías hacer de cuenta que no pasó nada… bueno, está bien.
–No, no estaría bien… Tal vez si fue un error, pero por dejar que te acercaras tanto al peligro de este mundo oculto. Voy a estar a tu lado si así lo quieres y de la forma en que lo desees; para nuestra desgracia, no creo ser capaz de estar lejos de ti, pero lo haré si tú quieres.
–¿Y qué pasa si no quiero que te alejes?
–Que no lo voy a hacer, aunque sé que sería lo más estúpido y egoísta de mi parte. No me voy a alejar de ti mientras estés cerca de los Vulturi y todo lo que ellos representan, pero después…
–Después, me vas a dejar ir, ¿no?
–Así es… Y sé que me va costar, porque los vampiros somos unas criaturas bastante egoístas, y por ese mismo egoísmo me va a ser difícil dejarte ir. Pero es lo correcto, es lo justo para ti.
–¿Y Apolo?
–¿Qué pasa con él?
–¿Crees que me va a dejar ir tan fácilmente?
–No, y por eso mismo, hoy cuando lleguemos la palazzo y termines tu compromiso con él, voy a estar a tu lado.
–¡Hey! Un momento… ¿quién dijo que voy a terminar con él?
–¿¡Qué?! Dime que estas bromeando…
–No –Stanislav me miró con furia y confusión a la vez. Imaginé que debía de explicarme claramente antes de que le diera un ataque –Si me voy a ir de aquí después de que el enfrentamiento con los Cullen haya pasado, tengo que trazar un cuidadoso plan para que no sospechen nada. Tú y yo sabemos que ellos no me van a dejar irme tan fácilmente, así que no puedo darles motivo para que sospechen, y eso incluye fingir que sí me voy a casar con Apolo, pero no dentro de una semana como él quiere.
–¿Quiere que se casen ya? ¡Menos te quiero cerca de él…!
–Stanislav, por favor… déjame hacer las cosas a mi manera.
Se quedó callado
–¿Por favor?
Mutis nuevamente
–¿Por fis?... ¿si?
–Ok… –parecía que había tenido que torturarlo para que aceptara –Pero por favor, ten cuidado; trataré de protegerte como sea de Apolo, no te imaginas lo peligroso y terrible que puede llegar a ser. Tenemos que ser precavidos y fingir que nada ha cambiado entre nosotros, no podemos levantar sospechas sobre los planes de tu marcha.
–Está bien, tendré cuidado para que no noten algo raro entre tú y yo…
–¿Puedes prometerme algo?
–¿Otra cosa? Si ya te prometí que me voy a ir de aquí…
–Sí, necesito que me prometas algo más y en eso voy a ser inflexible.
–¿Qué? –pregunté suspicazmente
–Prométemelo primero
–Está bien, te lo prometo –dije poniendo los ojos en blanco –¿De qué se trata?
–Que pase lo que pase, no te vas a enamorar de mí ni vas a tratar de salvarme.
–¿Cómo?
–No quiero que pongas tu amor ni tu corazón en algo como yo, ni que pretendas salvarme de algo que soy y que no se puede cambiar. No quiero decepcionarte al ver que no consigues aquello que deseas. –Dijo tajante, poniendo nuevamente en marcha el automóvil para sacarlo del callejón y retomar la avenida por la que habíamos estado transitando con rumbo al palazzo.
Me quedé aturdida por sus palabras.
Me sentí como alguien que estuviera ahogándose en una piscina, y en lugar de lanzarle un salvavidas, decidieran poner un cartel advirtiendo el peligro.
Y sentí que la advertencia de Stan estaba llegando tarde para mí.
–¿Estás lista?
–No precisamente –respondí soltando el aire que había estando conteniendo desde que el palazzo se había hecho visible unos metros atrás.
Stan dobló a mano izquierda del imponente edificio de tres pisos para entrar por el garage subterráneo. Me sorprendió no encontrar el auto que Apolo había usado la noche anterior, sin embargo, un Ferrari azul cobalto, un Mercedes rojo y un Porsche descapotable café metálico estaban estacionados ahí.
–¿Qué sucede? –pregunté al ver que Stanislav miraba con el ceño fruncido los automóviles.
–el café es de Jane y el Ferrari se parece al de Dimitri… creo que tenemos compañía.
–¿Crees que signifique “problemas”?
–Tal vez... –suspiró ruidosamente, como si la situación le fastidiara –Probablemente mandaron la “artillería pesada” para buscarte.
–¿Qué quieres decir?
–Demetri es el mejor rasteador. Es capaz de encontrar a cualquiera en cualquier parte del mundo, aún en el mismísimo centro de la tierra; tiene unos sentidos bastante desarrollados que le ayudan en eso.
–¿Y Jane?
–Imagino que a ella la mandaron solo por si acaso…
–Por si acaso no quería volver yo, ¿verdad?
–Sí, su don es bastante atemorizante…
–Y doloroso –me estremecí al recordar la vez que Jane se le ocurrió usar su don conmigo, pretextando ayudarme en mi entrenamiento.
Stanlislav agarró mi mano y se la llevó a los labios para depositar en los nudillos un suave beso. En un parpadear se bajó del auto y lo rodeo para abrirme la puerta y ayudarme a bajar de él.
Cerró la puerta y me rodeó con los brazos.
–Recuerda, hay que ser cautelosa con Apolo y con los demás… Voy a estar cerca de ti, para cerciorarme que no te pasa nada malo.
¿Qué era aquello a lo que temía tanto? Siendo hija de Aro, el líder de los Vulturi, era inimaginable que hicieran algo contra mía, ¿verdad? A veces sentía que eran más parecidos a una familia de la mafia italiana, donde hicieras lo que hicieras, nunca podías abandonarlos si no era con tu vida de por medio.
–Te doy mi palabra que voy a portarme bien.
Stanislav me besó suavemente, si apenas un roce frío de sus labios con los míos, nada parecido a los explosivos besos de unas horas antes. Me sentí un poco decepcionada.
–Si te beso como realmente tengo ganas de hacerlo, no creo poder parar… ¿Sería mucho pedir que no beses a Apolo? Sé que tienes que fingir que todo sigue igual con respecto a él, pero trata de no mostrarte demasiado efusiva con él. No creo poder soportarlo sin intentar romperle el cuello.
Sonreí
–Trataré…
–¿Nada de besos para ese remedo de vampiro?
–Haré lo que pueda.
–¿Y sería mucho pedir que tampoco nada de coqueteos con él o con el resto de los vampiros de la guardia o cualquier humano que se atraviese por tu camino?
–No, nada de vampiros, humanos…
“No, nada de vampiros, humanos, zombies, brujos o momias revividas... Sólo tú, Jacob Black.”
¿De dónde había salido eso?
De pronto, el atractivo rostro moreno de un hombre de ojos castaños apareció en mi mente.
“Jacob Black”
La imagen me sonreía con ternura y sus ojos eran un profundo y tranquilo pozo donde parecía sumergirme; una sombra cubrió la imagen por un segundo, y después el mismo rostro volvía a surgir, pero esta vez con una mirada cargada de dolor, tanto que de solo verle podía destrozar el corazón.
“Sólo tú, Jacob Black.”
–¿Quién demonios es Jacob Black? –el rostro de Stanislav se volvió de piedra mientras su voz sonó como un latigazo cruel.
Lo miré sorprendida. No sólo había pensando en el tal Jacob, sino que había dicho su nombre en voz alta.
–¿Qué significa eso de “Sólo tú, Jacob Black”?
Lo miré sin responder, pues mi voz parecía haberme abandonado.
¿Qué podía decirle? No sabía quién era Jacob Black ni por qué de pronto su rostro vino a mi mente; lo que sí podía saber, porque una vocecita interior así me lo indicaba, es que él era una pieza fundamental en el rompecabezas que era mi vida, sólo tenía qué averiguar quién era. Y sobre todo, averiguar por qué sentía tal tristeza y un sentimiento como de traición justo cuando mi mente conjuró su rostro.