Disclaimer

Nombres y personajes de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer (menos los que no salieron en la saga original). Lo único mio es la historia que va uniendo a tan maravillosos personajes.
Esto es un homenaje a una de mis sagas favoritas, sin fines de lucro, por mera distracción.
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domingo, 6 de septiembre de 2009

DEVELACIONES.


Mi corazón palpitaba desenfrenadamente, tanto que llegué a pensar que podría salirse de mi pecho de un momento a otro. Lejos de avergonzarme de ello, sentí que esa reacción de mi cuerpo era lo más natural dado el momento.

Con presteza, mientras la boca de Stanislav seguía devorando la mía al tiempo que emitía algunos murmullos incoherentes, mis manos desabotonaban su camisa, en busca de poder deslizarse por su perfecta piel de mármol. La caricia de mis manos le arrancó un nuevo gemido enardecido, haciendo que sus propias caricias alcanzaran nuevas cotas de pasión y necesidad.

Las sábanas se habían convertido en un revoltijo que apenas si me cubrían de la cintura hacia abajo. Me deleité redescubriendo la maciza topología del cuerpo de Stanislav, recorriendo su piel lentamente con mis manos, como si mi cuerpo quisiera darle a entender que a pesar del tiempo, a pesar de todo, seguía recordándolo tan bien como si apenas hubiera pasado un día desde la última vez que estuvimos juntos. Él, sin apartar la vista de mí, hacía lo mismo, al tiempo que me obligaba lentamente a recostarme sobre la cama, posando con suavidad mi cabeza en las mullidas almohadas.

El terminó sentado a horcajadas sobre mí, apoyando su peso sobre sus rodillas y brazos procurando que mi cuerpo no terminara cargando el peso del suyo.

–Te he extrañado, no tienes idea de cuánto. –Volvió a susurrar y pude notar la sinceridad que envolvía sus palabras.

–Yo también. –respondí sin dudarlo, honesta y un poco sorprendida de que no hubiera dudado ni un segundo en expresarlo en voz alta. Durante años había tratado de no pensar en él, de olvidar todo lo que pudiera recordármelo siquiera. Pero no tenía sentido fingir más: el regreso de Stanislav a mi vida era algo tan grande, que me daba miedo sentirme así, tan bien, tan… tan feliz.

Tomé su rostro entre mis manos, acariciando con mis dedos sus hermosas facciones. Por primera vez en mucho tiempo empezaba a sentirme como Renesmee, como lo que alguna vez fui y no como la triste caricatura llamada “Carlie Masen” que había tenido que inventar para sobrevivir en la oscuridad.

Stanislav besó mis labios, mi barbilla, mi cuello. Centímetro a centímetro depositó besos a lo largo de mi piel, sin detenerse ni un momento, con adoración. Sentí sus húmedos labios deslizarse a lo largo de mi clavícula y después, seguir hacia mi hombro izquierdo. Como si fuera un baldazo de agua helada, abrí los ojos como plato mientras me envaraba entre sus brazos.

–No… –quise apartarlo y cubrir mi desnudez al mismo tiempo.

–¿Qué sucede? –preguntó él al notar mi actitud y el desenfrenado intento de tapar mi cuerpo, o mejor dicho, las cicatrices que habían destrozado años atrás la piel de mi brazo izquierdo, desde el hombro hasta un par de centímetros arriba del codo. No me atrevía a mirarlo a la cara, me daba miedo encontrarme con su mirada de repulsa ante lo grotesco de mis heridas. Pero más miedo me daba explicarle el por qué de esas heridas. El miedo y la vergüenza eran más potentes que cualquier ducha helada para bajarle la libido a cualquiera.

–Renesmee, ¿qué sucede? –Volvió a preguntar, dejando que me sentara sobre el colchón, aferrándome a las sábanas como si se trataran de un escudo protector del que dependiera mi existencia entera. Ahora fue él quien tomó mi rostro entre sus manos, tratando de que le mirara. –Mírame, por favor… ¿Qué pasa?

–Yo… ¡lo siento, no puedo!....

–Shh… no pasa nada. No haremos nada que no quieras, no pienso forzar nada que tú no desees…

El tono consolador de Stan estaba a punto de hacer que me viniera totalmente abajo. Él creía que me había arrepentido, que de alguna forma me estaba forzando a estar con él.

–No, no entiendes… –me pronuncié desesperada, impotente. Me sentía como un sediento en medio del desierto al que al fin le ponen un vaso de agua enfrente para arrebatárselo justo antes de darle el primer sorbo. –¡Soy un monstruo! –dije al fin mirándolo a la cara, mientras de manera casi mecánica me llevaba una mano sobre las cicatrices, como si con el gesto pudiera ocultarlas de su vista.

–¿Lo dices por las cicatrices? –su voz era pausada, como la de alguien tratando de acercarse a un animalito herido. Yo agaché la mirada, nerviosa e incómoda –Renesmee, no sé qué habrá sucedido, pero tú eres preciosa para mí, siempre lo serás.

–No… no… –meneé la cabeza, agitada. No era simple cuestión de estúpida vanidad femenina, era algo que iba más allá de mi consciencia y mi alma.

–No sé qué habrá pasado, pero… escúchame bien –Stan posó su mano en mi barbilla, obligándome a mirarlo de frente –:tú sigues siendo perfecta para mí. Con cicatrices, sin ellas… sigues siendo tú, eso es lo que cuenta.

–¡No lo entiendes! –Me zafé de su contacto con brusquedad –¡No son las cicatrices lo que me avergüenzan, sino lo que significan!.. Es el recuerdo de la clase de monstruo que puedo ser, de lo negro que puede llegar a ser mi alma si bajo la guardia por un maldito segundo.

–No te entiendo. ¿Qué fue lo que te pasó? ¿Fue Jacob? ¿Por qué te hizo daño?

–¿¡Jacob!? –no comprendí a qué había sacado a colación su nombre.

–Reconozco las heridas de un licántropo cuando las veo… ¿Qué pasó para que te hiciera daño? Creí que te amaba más que a su vida, que preferiría morir antes de lastimarte. –Su voz sonó seca, con un dejo de furia contenida.

Entendí el rumbo que empezaban a tomar los pensamientos de Stanislav, pues su rostro era un claro reflejo de la furia que empezaba a bullir en su interior.

–Jacob no… él no me hizo esto… –la voz me salió apenas en un susurro mientras una solitaria lágrima se deslizaba por mi mejilla derecha. –Él jamás hubiera podido… él no me hubiera hecho daño, aunque lo mereciera…

–¿Entonces? ¿¡Qué sucedió?!

–¡No me toques! Por favor –detuve su intento de volver a abrazarme –no creo ser capaz de controlar mi don en estos momentos –pronuncié en una rápida explicación.

–¡Al diablo con eso! No me dejes fuera de esto, por favor… –A pesar de mi renuencia, tomó mis manos entre las suyas con firmeza –Es obvio que eso que haya pasado no te deja seguir, es lo que te tiene sumida en este letargo amargo. Tienes qué sacarlo, tienes que empezar a cerrar tus heridas…

Cerré los ojos con fuerza, mientras pequeños retazos de mi memoria aparecían fugazmente: una noche cerrada, un bosque en la penumbra. Una llovizna tan ligera parecía más bien un suave rocío. El olor a sangre y el lobo color chocolate gruñendo embravecido.

–¿Quién es ese lobo? ¿Qué pasó esa noche?

No necesité preguntar para saber que Stan había visto mis recuerdos. Mi pasado me ponía bastante alterada emocionalmente, y en ese estado, me era prácticamente imposible mantener mi don a raya.

–¡Ya regresé! No creí que… ¿¡Pero qué está pasando aquí?!

Stanislav y yo giramos al mismo tiempo nuestras miradas hacia la puerta de la habitación. Ahí estaba Alice, vestida con un suéter de cuello tipo ruso color azul, unos jeans y botas altas, mientras su rostro era una cómica mueca de incredulidad y sorpresa. De cada mano colgaba una bolsa de plástico blanco, como las que se usan en los supermercados para entregar la mercancía, además, en la mano izquierda traía una bolsa de papel café, de la que se desprendía un aroma a hamburguesa con papás fritas. Agradecí su oportuna interrupción. No me gustaba hurgar en mis heridas del pasado.

Como todo buen caballero, Stanislav se movió a prisa para cubrir mi cuerpo con las sábanas. En otros momentos, probablemente me hubiera reído de la situación, donde él y yo parecíamos un par de lujuriosos adolescentes atrapados en el asiento trasero del auto.

–Es una estupidez que pregunte, ¿verdad? –siguió mi tía, sin darnos oportunidad de replicar nada. –Te dejé con ella para que intentaran arreglar las cosas, pero… ¡Por Dios, Stanislav! Pensé que serías un poco más sensato, no tenemos tiempo para… ¡para esto! –Mi tía nos miró con más detenimiento y dio una profunda inhalación antes de proseguir con su torrente de palabras –¿¡Qué le hiciste?! ¿Se quiso pasar de listo contigo?

–¡No!

–¡No!

Respondimos al unísono. Sentí que un nuevo rubor se apoderaba de mi cuerpo por completo. Claro que Stan no se había propasado conmigo. En honor a la verdad, yo había estado más que dispuesta a dejarme llevar por él.

–Ella no está llorosa así nada más por que sí…. Y aquí pasa algo raro –pronunció entrecerrando sus ojos, paseando su mirada del uno al otro interminablemente –¿Por qué tú tienes de pronto buen color y mejor semblante? Y tú, Stan… ¿qué le pasó a tu brazo? ¿Por qué tienes una mordida?... ¡Hablen! –protestó enérgica, al ver que ninguno de los dos emitía palabra alguna.

De pronto me sentí parte de un sueño demasiado surrealista, ¿en qué momento había pasado de estar en brazos de Stanislav a estar llena de remordimientos y después, a terminar sintiéndome como una niña pequeña siendo reprendida por sus travesuras? Era casi ridículo.

–La alimenté de mí. –Pronunció con calma Stan mientras se ponía de pie y se abotonaba la arrugada camisa negra.

–¿Qué hiciste que?

–Dejé que bebiera mi sangre. Estaba mal, tú la viste. Era necesario que se recuperara cuanto antes.

–Oh, perfecto. Ahora tú también estarás débil y hambriento… No puedo dejarlos solos ni un solo minuto porque se comportan estúpidamente. Se anulan mutuamente el buen juicio…. A ver, niña, tú al baño. Necesitas una ducha fría. Y tú, Stanislav, ponte a hacer algo, sentadillas, abdominales o lo que sea, pero que también se te bajen los… “ánimos”. ¡En el acto! –palmeó sus manos al aire, para darle fuerza a su orden al ver que no hacíamos el menor intento de movernos. – No tenemos todo el tiempo del mundo.

¿En qué momento se había vuelto tan mandona tía Alice? Su gesto no dejaba lugar para ningún “pero” o intento de llevarle la contraria. Lo más rápido que pude, salí de la cama medio envuelta en las sábanas y me dirigí con el rostro gacho hacia el baño.

–Ten. –Pronunció la tía mientras me extendía sin mucho miramiento, una de las bolsas de plástico. Enarqué la ceja, confusa. –La única tienda que está abierta al amanecer es Walmart, así que tendrás que conformarte con la ropa que te compré ahí.

–¿Y la otra ropa, la que traía puesta? –dije recordando la ropa que Adele me había prestado.

–La blusa estaba hecha girones y el pantalón tenía una rasgadura desde el trasero hasta medio muslo derecho. Dudo que te sirvan de algo.

–¡Me va a matar Adele! Adoraba esos pantalones de cuero.

–Renesmee, te escapaste por los pelos de caer nuevamente en manos de los Vulturi esta noche, ¿de verdad te preocupa lo que esa tal Adele pueda enojarse por unos pantalones? –preguntó mi tía casi son sarcástica incredulidad.

–Déjala, Alice. –Intervino Stanislav –Si en estos momentos lo que necesita es preocuparse únicamente por su ropa, que así sea… Ya ha tenido que lidiar con bastante, déjala tomar un respiro.

Miré agradecida a Stan. Sí, yo misma reconocía que comparado a todo lo que había sucedido en las últimas horas, lo de un conjunto de ropa bastante maltratado era una estupidez, pero necesitaba un respiro, aunque eso significara preocuparme por el menor de todos mis males.

Me metí al baño y tomé la ducha tal y como lo dictó mi tía, aunque no fue precisamente una ducha helada, sino un rápido regaderazo con agua tibia. Lo hice en un tiempo récord, pues según las palabras de Alice, no teníamos más tiempo que perder. Supuse que había algo urgente por delante, algo que había hecho que mi usualmente tranquila y comprensiva tía se pusiera mandona y de mal humor. Me pregunté qué sería lo que ahora se nos vendría encima.

Envuelta en la toalla, limpié el vapor del humo del agua caliente que se había adherido al espejo del baño. Contemplé mi reflejo fijamente, y me sorprendí un poco de mi propia imagen. Ya no me veía tan pálida y ojerosa como usualmente lo estaba, incluso mis mejillas tenían el viejo rubor que me caracterizaba en el pasado. Casi mecánicamente, me llevé los dedos entre los húmedos y revueltos mechones de mi melena, en un intento de desenredarla y peinarla lo mejor posible; me fijé que las raíces habían crecido unos milímetros, dejando al descubierto el natural tono cobrizo de mi cabello; era como si mi viejo “yo” luchara por salir a la luz a través de la falsa imagen que había creado para protegerme. Me pregunté si sería posible hacerlo, si alguna vez podría volver a ser quien una vez fui.

No lo creo.”, respondió la odiosa vocecita interior de mi cabeza. Y como para recordarme que nada podía ser igual, mis ojos se dirigieron irremediablemente a las feas cicatrices de mi brazo.

Sí, no podía ser la misma pues incluso mi cuerpo había cambiado. No sólo tenía esas cicatrices en el brazo, sino también mi frustrado embarazo había dejado sus propias huellas. Mis alguna vez álgidos y perfectos senos, ahora estaban un poco caídos y con un par de estrías, las cuales también me habían salido en el bajo vientre. Incluso ahí, tenía otra cicatriz, producto de… Cerré los ojos, no quería recordarlo, pero aún así, mi mente trajo parte de esos retazos que apenas recordaba aquella noche.

–¡El niño viene en mala posición y con el cordón enredado en el cuello! Jacob, no creo que pueda salvarlos a los dos.

–Emma, por favor. Tienes que hacerlo. Los necesito a los dos. –A pesar del dolor que me arrastraba a constantes periodos de inconsciencia, la voz de Jacob teñida de desesperación me caló en lo profundo. Todo era mi culpa; el peligro que corría nuestro bebé, su dolor, todo era culpa mía y a pesar de eso, él se preocupaba por mí.

–Trataré, pero… Jacob tienes que decidir por la vida de quién debo luchar con mayor ahínco.

Sacudí la cabeza con furia, intentando desvanecer esos recuerdos. No quería pensar en ello, dolía demasiado y en esos momento necesitaba pensar con claridad para hacerle frente a lo que fuera que estuviera por venir.

Con decisión saqué el sencillo par de jeans, una camiseta manga larga de un color verde que me recordaba al guacamole y un sencillo juego de ropa interior de algodón blanco. Sólo cuando estuve completamente vestida, caí en cuenta en mi vestimenta. Tía Alice tenía que estar de broma.

–¿De verdad? –pronuncié sarcástica mientras abría la puerta con una mano y con la otra hacía un exagerado gesto hacia la blusa que me había puesto.

–Lo siento, es todo lo que pude encontrar a las seis y veinticinco de la mañana.

–No quiero sonar como una malagradecida o como una snob pero, ¿y el montón de ropa ridículamente cara que compraste en la boutique? ¿No podías haberme prestado un suéter o una blusa de esas?

–Sí, hubiera podido hacerlo si no hubiéramos tenido que salir tan intempestivamente de Nueva York y por lo tanto, no hubiéramos tenido que irnos sin siquiera hacer el check-out del hotel y dejar toooooooodo nuestro equipaje en la habitación de él.

Bufé molesta. No era que me quejara de la ropa de Walmart o que no agradeciera el hecho de que tía Alice se hubiera molestado en conseguirme ropa y alimento a media madrugada, pero…

–Tía, pero ¿de verdad no pudiste encontrar algo más? ¡Por favor! ¡Son renos, con lucecitas y música de fondo!

La blusa que mi tía había comprado, no sólo era de un horrendo verde “aguacate-navideño”, sino que traía tres renos plastificados con su respectivo gorro estilo Santa Claus. Debajo de cada reno, había una especie de led rojo, que se iluminaba al más mínimo movimiento, lo que le daba un efecto cursimente nerd. Pero lo peor de todo, como lo había descubierto cuando tuve que agacharme a recoger una de las etiquetas de la ropa, que se me había caído al suelo, es que al hacer movimientos bruscos, se activaba de debajo del reno de en medio (el que supuse sería la representación de “Rodolfo el Reno”) algún mecanismo que hacía que empezara a sonar “Jingle Bells” al ritmo de tres aguardentosas y robóticas voces.

Me acerqué con cuidado hasta un costado de la cama, buscando con la mirada mis botas negras. Supuse que por ahí andarían, pues mi tía no había incluido un par de zapatos nuevos, pero sí un par de calcetines blancos, en lo que me trajo de Walmart. Las localicé debajo del cobertor que se había caído de la cama, así que me senté sobre ésta y empecé a calzármelas con rapidez.

–Estamos cerca de navidad, toda la tienda está atestada de cosas con alusión a ella. –pronunció mi tía a modo de explicación. –Era eso o presentarte desnuda ante tus padres después de tanto tiempo.

–¿Mis padres? –pronuncié sorprendida. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que les había visto y temblaba de imaginarme nuestro reencuentro. ¿Cómo me recibirían después de largarme y prácticamente desaparecer de sus vidas? ¿Me harían algún reproche? ¿Se sentirían dolidos conmigo? Pero sobre todo, ¿papá me volvería a dirigir la misma mirada de decepción que me dio la última vez que lo vi?

–Sí, tus padres. Logré contactarlos hace horas, antes de que te encontraras con los Vulturi. Vienen volando hacia acá, o mejor dicho, hacia Seattle. Quedamos de reunirnos en Forks.

–¿Qué les dijiste?

–¿Qué más? Que te había encontrado y que estabas metida en bastantes líos.

–¡Tía!

–Lo siento, pero a estas alturas ya no podemos andarnos por las ramas, con tantas mentiras y medias verdades. Sinceramente, ese ha sido el problema fundamental de todo esto, el que no se atreven a enfrentar la verdad tal vez por miedo de lastimar a alguien más o por miedo de reconocer lo que verdaderamente quieren. Miedo y mentiras, la combinación perfecta para los problemas.

–¿Qué te dijeron papá y mamá? –pregunté intentando pasar de largo la crítica implícita en sus palabras.

–Que iban a tomar el primer vuelo que encontraran de regreso a casa. Ellos te extrañan, y no tienes una idea de lo que han sido estos años sin saber de ti. –La voz de mi tía salió con un dejo de reproche, y una vez más me pregunté qué le sucedía, por qué de pronto parecía molesta conmigo. –Desde el día que desapareciste, prácticamente sin dejar rastro, ha sido una agonía para Edward y Bella. Es como verlos morir cada día que pasa sin tener noticias tuyas.

Guardé silencio y bajé la mirada, avergonzada ante las duras palabras de tía Alice.

–Alice, no seas tan dura. –Intervino Stan al fin, que se había quedado todo ese tiempo de pie, apoyado contra la puerta todo ese tiempo.

–Lo siento, pero tengo que decir lo que pienso… –pronunció enfáticamente –Has sido insufriblemente egoísta con tus padres y con nosotros, tu familia.

–Yo no…

Intenté protestar, pero mi tía iba como hilo de media, sin dejarme hablar siquiera.

–Te largas, sin una sola explicación, importándote un comino el sufrimiento y la preocupación que nos causaste. Entiendo que la pérdida de tu hijo fue un golpe demoledor, pero ¿por qué la pagaste con tus padres? ¿Por qué pagarla con todos los demás? Te fuiste, y decidiste borrarnos de un plumazo como si no te importáramos o como si nos odiaras lo suficiente como para pretender que nunca existimos en tu vida.

»Y no sólo eres egoísta, sino también obstinadamente inconscientes. Te crees toda dureza, toda madurez, pero lo cierto es que no dejas de ser una cabezota insensata. Te advertí del peligro que corrías, te pedí que nos dejaras ayudarte, ¿y cuál fue tu respuesta? Salir huyendo, tal y como acostumbras, exponiéndote de forma bastante estúpida al peligro.

–Ok, supongo que tienes razón, y siento que te hayas enojado por eso, pero…

–¿Enojada? No, no estoy enojada, ¡estoy furiosísima! ¡¿Tienes idea de lo mal que la pasé pensando en que no iba a llegar a tiempo para ayudarte?! ¡Me estaba muriendo por dentro, desesperada de imaginar en que no lograra hacer algo para evitar que mi visión se cumpliera a raja tabla! En lo único que podía pensar era en la imagen que tenía de ti, despertando en medio de esa oscura y helada calle. Y en tus padres, ¿cómo iba a decirles lo que había pasado? ¿Cómo iba a poder verles a la cara cuando les había jurado cuidarte y mantenerte sana y salva por lo menos hasta que ellos regresaran al país?

Tenía que reconocer que mi tía tenía toda la razón. Había actuado de forma bastante estúpida esa noche, y mi única excusa era la buena borrachera que me había puesto. Aunque también tenía razón en lo otro, en que había sido una egoísta en la forma en que me había ido sin dejar rastro algún para aquellos que me querían. Pero, ¿qué más podía hacer? Tenía demasiado dolor, demasiados remordimientos, demasiadas cosas con qué lidiar que… no sé, simplemente escogí lo más fácil en ese momento.

–Lo… lo siento. –Las palabras me salieron un tanto remilgadas. No se me daba bien pedir perdón ni expresar mi arrepentimiento por las tonterías que llegaba a cometer. –Mi excusa es que se me pasaron los tragos y… no sé, no medí el peligro.

–Ayer traté de ser paciente, de ser comprensiva porque apenas era la primera vez que nos veíamos después de tanto tiempo pero… ¿Alcohol? ¿Cigarros? Renesmee, ¡tienes que parar! Y no quiero ni imaginarme lo que van a decir tus padres con lo del tatuaje…

–¿Tatuaje? –Enarcó una ceja Stan, curioso. Supuse que eso no lo había alcanzado a ver momentos antes, cuando habíamos estado el uno en los brazos del otro.

Supuse también que, quien había terminado por desvestirme mientras estuve inconsciente había sido la tía Alice. Y en cierta forma, hasta me pareció lógico, pues por muy que pareciera de acuerdo en que Stanislav regresara a mi vida (había mencionado algo así como que nos había dejado a solas para que solucionáramos las cosas entre nosotros), esto no quería decir que se iba a volver tan permisiva como para permitir que Stan y yo termináramos en la cama bajo sus narices.

–Sí, tengo un tatuaje en… por ahí. –Miré alternativamente de uno al otro. Tía Alice tenía aún el ceño fruncido, mientras Stan me miraba más bien curioso. –Una de las tantas experiencias humanas que quise probar. –dije a modo de explicación, encogiéndome de hombros.

Guardamos silencio. Era como si hubiera varias cosas por decir, pero sin saber exactamente pro dónde comenzar o cómo abordar determinado tema. Yo, en particular, me sentía en una especie de montaña rusa emocional, pues había pasado por toda una gama de sentimientos en un lapso de tiempo demasiado corto.

–Vamos a quedarnos aquí hasta que llegue Jasper –pronunció al fin mi tía, después de ese pequeño pero incómodo silencio. Levanté la mirada al escuchar el nombre de mi tío y no pude evitar emitir una pequeña sonrisita de ternura al evocar su rostro en mi mente. Realmente estaba pasando, realmente iba a ver pronto a mi familia.

En el fondo de mi corazón, ese había sido mi más grande anhelo, poder volver a ver a mi familia, poder abrazarlos a todos y sentirme querida. Sí, era mi mayor deseo, pero sabía que las circunstancias de mi pasado podían empañar ese sueño. Me pregunté qué tanto sabrían mis tíos y mis abuelos sobre lo que había sucedido aquella noche en la reserva; no pude evitar que mi cuerpo se estremeciera por completo ante el derrotero de mis pensamientos.

–Hablé con él hace un par de horas, mientras veníamos hacia acá de Nueva York –prosiguió la tía con su explicación. –Por suerte, había localizado a Peter y Charlotte cerca de Nashville, así que no tardará en llegar aquí. Saldremos cuanto antes a Forks, tenemos que empezar a averiguar quién…

–Espera un momento –le interrumpí –Ustedes se van a Forks y yo me quedo en ¿dónde…?

–No, todos vamos para allá. Jasper, tú, Stan y yo salimos hacia Washington en cuanto sea posible.

–¡No! –chillé frenética –Yo no puedo regresar, ¡es imposible!

–Tienes qué hacerlo. Debemos investigar quién filtró la información a la prensa sobre ti, sobre todos nosotros. No sólo corres peligro tú, sino que si no cubrimos las huellas, pueden llegar hasta nosotros y sabes lo que eso significaría.

–Sí, sí, lo entiendo… ¡pero yo no puedo ir! No dudaría ni un momento que debajo del letrero de “Bienvenidos a Forks” abajo esté otro más con mi foto y una leyenda en letras enormes de “Se busca. Enemigo público número uno de los quileutes

–No exageres, Renesmee. El que las cosas no hayan funcionado con Jacob no te convierten en la “enemigo número uno”, como dices.

Me puse de pie y empecé a caminar de un lado a otro por la pequeña habitación del hotel. Empezaba a sentirme lívida nuevamente.

–¿Qué sucede, Renesmee? –pronunció Stan, preocupado.

–No puedo volver. No puedo…

–Renesmee, debes hacerlo. Si queremos llegar al fondo de todo, si queremos evitar darles una nueva excusa a los Volturi para declararnos la guerra, tenemos qué volver. –La voz de tía Alice sonó un poco más calmada. Al parecer, el pequeño estallido de enojo empezaba a disminuir.

– No tienes idea de lo que me estás pidiendo… –enterré el rostro entre las palmas de mis manos, con la voz rota de desesperación.

–¡Explícanos entonces! –bufó Alice –¿Qué pasó para que te niegues a volver? Te limitas a decir “no puedo” o “no debo”, pero nos dejas en las mismas. –La tía apresó con fuerza mis antebrazos, obligándome a descubrirme el rostro. Vi en su mirada cargada de decisión, no pensaba dejarme huir nuevamente, como ella decía. –Habla, no nos dejes de lado… Lo que haya sido, lo que haya pasado, nada cambiará el hecho de que te amamos.

–Ja, yo no estaría tan segura… –Pronuncié con cierta ironía y cansancio. Sí tal vez había llegado el momento de hacerle frente a mi pasado, el problema era ¿cómo? –Si supieras…

Las lágrimas cristalizaron mis ojos, pero respiré tan profundo que me caló, en un intento por evitar que salieran a flote, aún cuando sentía tal ardor punzante en los lagrimales.

Con pesadez, rompí el contacto con tía Alice y caminé prácticamente encorvada hasta dejarme caer con suavidad en el borde de la cama en la que había despertado minutos antes. Apoyé los codos sobre las rodillas, sentándome en forma poco femenina, pero que demostraba la tristeza y la derrota que empezaba a recorrerme por entero.

La habitación me pareció más pequeña, más sofocante, llena de un silencio sordo. Yo sabía que ellos estaban esperando que hablara; imaginé que de alguna forma estaban dándome el tiempo necesario para acomodar mis ideas y encontrar la forma de iniciar mi historia.

–Tía, tú conoces parte de mi historia, ¿verdad? –Dije levantando al fin la mirada, posándola en la pequeña figura que se encontraba de pie a escasos tres pasos de donde yo estaba. Tía Alice asintió con suavidad a mis palabras. –Y no sé cuanto conozcas tú, Stanislav, pero supongo que más vale que sea yo quien te la cuente –le dirigí una fugaz mirada antes de clavarla en un punto imaginario del opaco piso de vinilo imitación madera.

–¿Por dónde empezar? –Continúe –No sé… tal vez debería comenzar un poco por cómo fue mi vida después de que me dijeras adiós aquella lluviosa tarde en Forks.

»Nos quedamos un par de semanas en Forks antes de mudarnos a otro lugar, a una ciudad pequeña de Canadá, cerca de la frontera, con tal de poder estar al pendiente de mi abuelo humano, el padre mi madre. Yo no quería irme, no después de todo lo que había sucedido, no dejando a Jacob malherido por mi causa, con peligro de que terminara condenado para siempre en una silla de ruedas. Pero tampoco quería llevarle la contra a mi familia, porque después de todo, gracias a mí habíamos perdido a tío Eleazar, a tía Rose y a varios de nuestros amigos, sin contar que había hecho que tío Emmett nos abandonara en busca de vengar la desaparición de su compañera.

–Renesmee, eso no es verdad.

–Tía, por favor… déjame terminar antes de que me arrepienta de contar esta historia que me duele tanto. –Le detuve, alzando mis manos al aire para enfatizar mis palabras. Temía que con las interrupciones pudieran minar mi decisión ahora que había empezado a contar en voz alta aquello que ni siquiera me había permitido pensar en los últimos años. –En fin… Había decidido ser la mejor hija, la mejor sobrina, la mejor nieta, la mejor amiga… lo que fuera. Ya había cometido demasiados errores por los que otros habían terminado pagando las consecuencias, así que lo mínimo que podía hacer entonces era portarme bien, acatar las reglas, ser un modelo de conducta.

»A pesar de que no estaba realmente convencida, respeté la decisión de mi familia y me mudé con ellos. Pero no podía irme y hacer de cuenta que Jacob no existía, pues al fin y al cabo, le había elegido a él. Él era mi destino, él era mi verdadero camino y… después de todo, Jacob ya había sacrificado y perdido demasiado y eso también era culpa mía.

»Mientras estuve lejos, no perdí el contacto con Seth Clearwater, otro de los quileutes cambia-formas de la reserva. Él era mi único amigo ahí, el único que no me había condenado por lo sucedido aquella noche en medio de la pelea. Seth siempre ha sido una persona con un corazón enorme y puro, sin dobleces, así que en él podía confiar plenamente para que me mantuviera al tanto de la salud de Jacob. Gracias a Seth sabía cómo iba evolucionando, podía conocer lo determinado que estaba Jake para no quedarse atado de por vida a una silla de ruedas (el temor más grande que tenía su padre, Bill). Y también supe que había alguien más que estaba dispuesta a hacer todo por Jacob, a tratar de hacerlo feliz si se le presentaba una oportunidad.

»Una noche, en medio de una de las tantas llamadas telefónicas con Seth, él me preguntó:

Nessie, ¿todavía amas a Jake?

–¡Seth!, ¿qué clase de pregunta es esa?

–Lo siento, sé que es demasiado personal pero… Tú sabes cuanto los aprecio a ti a Jacob y cuánto lamento que todo haya terminado como terminó… No sé, a veces me pregunto si luchar por aquello que creemos que es lo debe de ser sea lo correcto o si debemos darnos la oportunidad de seguir un camino que no ha sido trazado.

–Creo que no te sigo, Seth. ¿Qué quieres decir? O mejor dicho, a dónde quieres llegar…

–Es que… –pude escuchar el resoplido frustrado contra el auricular. Era obvio que estaba intentando decirme algo, pero no sabía como hacerlo –¿Sabes? Olvídalo, es una tontería.

–No, no lo es. Dímelo, por favor… Sino te estaré molestando toda la noche y mañana y el día después de mañana y el que sigue, con tal de que me digas que es lo que está rondando en esa cabeza tuya, Seth Clearwater.

»Seth respiró hondo antes de decirme que Emma Young, la hermana de Emily Uley y al parecer, la médico de cabecera de toda la manada quileute, y Jacob estaban empezando a formar entre ellos un lazo que iba mucho más allá del que se establece entre un doctor y su paciente o ente dos buenos amigos. Habían pasado juntos los momentos más duros de la recuperación de Jake y al parecer, la experiencia los estaba acercando más de lo inimaginable.

Me choca terminar como el chismoso, pero creí correcto decírtelo. Creo que tú y Jacob nunca han tenido realmente una oportunidad de hacer funcionar las cosas y, bueno no sé… Por eso te pregunté si todavía lo querías, porque si es así tienes todo el derecho de luchar por él, pero sino… sino, será momento de que ambos busquen su propia felicidad, sin importar lo que viejas leyendas digan. Incluso, tú podrías ir tras aquel vampiro que…

–¡No! –lo interrumpí, pronunciando la negativa con contundencia. –Él… él es letra muerta en mi vida, no tiene caso tocar ese tema. Y sobre lo de Jacob y la tal Emma, bueno, supongo que tengo qué agradecerte por ponerme al tanto de la situación.

»Me despedí de Seth y durante el par de días siguientes, en mi cabeza no dejaba de dar vueltas una y otra vez las noticias sobre Jacob. ¿Realmente estaba empezando a olvidarme? ¿Realmente iba a darse una nueva oportunidad con la tal Emma Young? Primero me sentí incrédula, después dolida y al final, furiosa. Sí, estaba enojada porque yo había elegido lo correcto, lo que tenía que hacer, lo que se esperaba, entonces ¿por qué Jacob parecía no tomarlo en cuenta? Me había costado casi el alma bloquear cualquier recuerdo de Italia o de Stan. No me permitía ni siquiera pronunciar su nombre o evocar su imagen. No, no podía hacer ninguna de esas cosas porque la sentía como una traición más hacia Jacob, así que por más que me costara, por más difícil que fuera, tenía que aprender a encerrar mis recuerdos y no dejar que salieran a la luz nunca más. Además, si al final Jacob terminaba casado con otra que no fuera yo, eso significaba que había elegido mal, y no. Eso era algo que no podía permitirme. Era algo que no podía ni siquiera pensar, porque, ¿no habían sido un montón de malas decisiones por mi parte lo que nos había hecho perder tanto? Yo quería mi final feliz, lo necesitaba casi con locura, no podía darme el lujo de que no fuera así. Un futuro sin Jacob significaba tantos sacrificios en vano.

»Después de meditarlo una y otra y otra vez, terminé tomando una pequeña mochila y metiendo un par de prendas en ella. No sabía por cuánto tiempo me iría o qué iba a pasar una vez que estuviera frente a él, pero lo único que me importaba era enfrentar a Jacob y saber la verdad… O no, a la distancia, creo que puedo ser honesta y decir que iba con la espada desenvainada, dispuesta a recuperar lo que era mío. Si hay algo de lo que siempre he adolecido es de ser bastante cabezota, terca y con un orgullo que envenena.

»Hablé con mis padres, y a pesar de su renuencia inicial y horas de intentos de persuasión por mi parte, terminaron por aceptar que fuera un par de días a Forks. Así que, con una mochila y un montón de nervios tras de mí, regresé a casa del abuelo Charlie, para intentar que mi futuro perfectamente planeado no se fuera por la borda.

–Recuerdo ese día que te marchaste. Entre besos y abrazos, nos prometiste que regresarías en un par de días. –Pronunció melancólica tía Alice, sin moverse ni un milímetro de donde estaba. –Pero esos días se convirtieron en ¿cuánto? ¿Tres meses? Antes de que regresaras a casa.

–¿Te llevó todo ese tiempo hacer que Jacob regresara a ti? –la voz de Stanislav sonó como sorprendida, haciendo que mi amor propio se sintiera atacado.

–¿Qué? ¿Crees que mis habilidades femeninas son tan pobres que tardé tanto para hacer que Jacob volviera contigo? Para tu mayor información, así –chasqueé los dedos al tiempo –volvimos a estar juntos.

–¡Claro que no! –enunció molesto –Es que no puedo creer que el muy… tonto estuviera dispuesto a perder todo ese tiempo contigo. ¡Za všechny ty roky, byl bych dal své nesmrtelnosti na jeden den s ty!

Tía Alice esbozó una suave sonrisa como de comprensión ante las palabras de Stan. Odiaba cuando hablaba en checo, pues no entendía qué era lo que decía. Imaginé que era más fácil para él expresar aquello que pensaba con intensidad en su lengua materna.

–Continúa, Renesmee –insistió tía Alice.

De pronto, entrar en los detalles de lo que fue mi vida con Jacob se me antojaba bastante violento, sobre todo teniendo enfrente a Stanislav. Porque ¿cómo decirle, como contarle cómo fue estar en la intimidad con otro que no fue él? Además, porque a pesar de mis esfuerzos, el fantasma de Stan siempre estuvo metido entre Jacob y yo, como un molesto tercer pasajero que ninguno de los dos se atrevía siquiera a nombrar.

–Supongo que puedo resumir que al regresar descubrí que efectivamente, Emma veía a Jake de la misma forma en que mi madre mira a papá o como tú miras a Jasper. Emma Young estaba estúpida e irremediablemente enamorada de Jacob, era fácil leerlo en su rostro, en la forma en que le miraba. Yo me propuse a evitar a toda costa que Jake pudiera siquiera corresponderle aunque fuera en la mitad de ese amor.

»Tal vez alguien menos egoísta, alguien más noble, se hubiera apartado y dado la oportunidad a Jake de entregarse a alguien que lo amara por completo, alguien que le quisiera única y exclusivamente a él desde el principio. Pero yo no era noble y sí muy mezquina, así que usando todas mis armas, jugando al juego de la seducción que había aprendido tan bien, eché toda la carne al asador y fui por él. Se volvió no sólo una lucha por mi destino, sino también un acto movido por el orgullo y el amor propio. Supongo que nos hago un flaco favor al decir exactamente con cuánta rapidez logré enredar nuevamente en mi vida a Jacob, pero así fue. En un mes, yo ya estaba instalada en La Push, con mis cosas y como la mujer de Jacob Black.

»No me importó el dolor que le causé a Emma, yo lo veía como “mi Jacob”, era mío, yo tenía derecho de proteger lo que por derecho divino era para mí. Deseaba con todo el corazón la oportunidad de pelear de frente con Emma, odiarla con toda mi alma, luchar por alejarla de Jacob, pero no pude. Emma, con un corazón realmente más noble que cualquiera, se apartó del camino sin chistar, sin decirle ni una sola palabra de sus sentimientos a Jacob. Como descubrí después, ella ama a Jacob desde niña, siempre le había querido en silencio. El año que mi madre llegó a Forks, fue la última vez que Emma regresó a La Push. Cuando escuchó de labios del propio Jacob la forma en que hablaba de mamá, se dio cuenta que alguien más había ganado lo que ella siempre había anhelado: el amor de Jake. Emma, después de eso, sólo regresó para la boda de Emily y para su funeral.

»Si Emma hubiera sido una persona resentida como Leah o por lo menos hubiera presentado algo de pelea desde el principio, hubiera sido increíblemente fácil odiarla pero, no. Ni siquiera tuve eso como pretexto para acallar mi consciencia por interponerme así, por romperle el corazón a ella. La huella de tristeza en la mirada de Emma se convirtió en una nueva culpa que pesaba sobre mi consciencia.

»De sobra está decir que mis padres, o mejor dicho, papá puso el grito en el cielo cuando le anuncié que me iba a vivir con Jacob a la reserva. Mi padre nació en un tiempo donde el mundo era más conservador, una época donde las costumbres eran muy diferentes, más estrictas. Y a pesar de su condición inmortal, de ver pasar ante sus ojos un siglo lleno de cambios radicales y constantes, aún así, mi padre no aceptaba la idea de que yo me fuera a vivir con Jake.

­­­–¿¡Cómo que te vas a ir a vivir así como así con Jacob?! ¡Claro que no puedo permitir que mi hija viva en pecado con un hombre! –Había explotado furioso, a través de la bocina del teléfono. Sí, sabía que actuaba cobardemente, pero había preferido decírselo así, una vez instalada en casa de los Black. Los Cullen tenían vedada la entrada a la reserva, así que no creía que papá se apareciera junto con el abuelo Carlisle y el tío Jasper con escopetas en mano a exigir la reparación de mi honor.

»Durante más de una hora, me aguanté el chaparral de retahílas de mi padre, explicándome por todas las formas y medio posibles, su posición. Cubrió todas las cuotas, desde que “las chicas decentes no hacen esas cosas” hasta el “vivir sin la bendición de un sacerdote no hace mucho por la salvación de tu alma”. Pero a pesar de su furia, yo ya había tomado una decisión y nada ni nadie me iba a hacer cambiar de opinión.

Papi, te amo muchísimo –dije al fin, cuando pareció que la mente de papá se había tomado un descanso antes de seguir pensando en más ideas del por qué no debía de irme a vivir con Jacob sin haber pasado por el registro civil primero. –y siempre te amaré, pero es hora de que empiece a tomar mi propio camino. Jacob y yo queremos estar juntos, ya hemos… ya hemos tenido que sufrir demasiado para poder estar bien, para cumplir nuestro destino. Entiendo que tal vez esta no era la forma en que pensabas que iban a suceder las cosas, ni lo que tú deseabas para mí. Pero, ¿sabes? Soy feliz y eso es lo que cuenta.

¿Es así? ¿Realmente eres feliz, Renesmee? –me preguntó mi padre y yo respondí que sí. –Vaya… Yo, bueno, no es fácil que me entre a la cabeza la idea de que mi niña… Pero, ¡demonios! Jacob debió de haber venido a pedir tu mano a la casa, hablarme de sus intenciones para contigo, tal y como Dios manda.

»Sonreí ante las ideas algo chapadas a la antigua de papá, y le prometí que en cuanto Jacob estuviera mejor de sus heridas, iríamos a ver a la familia y a cumplir con el protocolo “según Edward Cullen”. Mi madre no se puso tan difícil, pero tampoco estaba que bailaba de la alegría por mi decisión de mudarme a La Push.

Es un poco injusto, ¿sabes? –pronunció triste –De todos aquellos en tu vida, soy quien menos tiempo he podido disfrutarte. No sé, tal vez el que los primeros días de tu vida no hubiera podido estar junto a ti… tal vez por eso siempre fuiste tan independiente, sin necesitarme del todo realmente.

»Si papá no había logrado hacerme llorar con sus regaños, mi madre si había logrado que me sintiera tristemente miserable. Porque en cierta forma tenía razón, siempre había sido muy independiente, pero eso no quería decir que no la necesitara. ¡Claro que no! Incluso en esos momentos, llorando a mares con el teléfono en la mano y con la mirada fija expectante de mi suegro, deseaba que mamá estuviera a mi lado y me dijera que todo iba a estar bien.

»Jacob sí quería que nos casáramos, que hiciéramos las cosas de forma convencional, pero yo era la que ponía resistencia. Mi argumento principal es que yo quería que mi familia estuviera a mi lado en mi boda, que mi padre fuera el que me entregara en el altar, que mi madre, mi tía y mi abuela se encargaran de todos y cada uno de los detalles. ¿Cómo hacerlo si tenían prohibida la entrada a la reserva? Y no era algo que fuera a cambiar, porque yo sabía que los quileutes, a excepción de Jacob y Seth, veían a los Cullen como los culpables de todas sus desgracias. Y si a mi me toleraban, era única y exclusivamente por se el objeto de la impronta de su líder, pero eso no significaba que tuvieran que quererme o siquiera respetarme.

–¿Por qué aceptaste entonces irte con él? ¿Por qué dejar tu familia, tu vida, e irte a meter a una parte donde no eras precisamente bienvenida? –inquirió Stan.

–Lo hice porque era mi forma de demostrarle a Jacob que esta vez iba en serio. Él ya había renunciado a todo una vez con tal de estar a mi lado, él ya había peleado, sacrificado demasiado, y era justo que por una vez, lucharan por él. Además, yo no podía pedirle que dejara a su gente, porque me di cuenta que él había nacido para ser su líder, para guiarlos, para ser la cabeza de su pueblo. Jacob lo lleva en la sangre, es algo inherente a él. Su legado, sus ancestros, sus costumbres, todo es parte de él. Al verlo como el jefe de la tribu, pude darme cuenta lo que debió dolerle haber tenido que alejarse de la reserva durante tantos años con tal de estar a mi lado, y me juré que no permitiría que eso pasara nuevamente. Mi lugar era al lado de Jacob, aunque eso significara tener que renunciar a mi propio legado. Pero era un sacrificio que prefería hacer yo, antes de matar parte del espíritu de Jacob pidiéndole abandonar una vez más a su familia y a su pueblo.

»De una forma u otra, fuimos acoplándonos a vivir juntos, a empezar nuestra vida en La Push. Decidimos seguir viviendo en la pequeña casa de los Black, pues la salud de Billy, el padre de Jacob, se había empezado a debilitar bastante. A Jake le preocupaba dejarle solo, pues mientras una de sus hermanas vivía en Hawaii y rara vez les visitaba, Rachel, la otra hermana, vivía en una casa apenas justa para ella, su marido y sus dos pequeños hijos.

»Sinceramente, no me enloquecía precisamente la idea de vivir en una casa que realmente no era mía y con un suegro que alguna vez me dejó bastante claro que hubiera preferido mil veces que su hijo hubiera puesto su mirada en la joven Doctora Emma Young que en mí, pero aún así acepté vivir con ellos. Jacob había tenido que aguantar durante años la animadversión de tía Rose, así que supuse que era mi turno lidiar con un suegro gruñón.

»Habían pasado poco más de dos meses cuando descubrí que estaba embarazada. Sentí un poco de miedo, porque había sucedido demasiado rápido y…

–¿Y?

–Y de cierta forma, eso también había sido algo manipulado de mi parte… Le había dicho a Jacob que estaba tomando la píldora y… y no era así. Traté de darle todo el paquete completo de felicidad absoluta a Jacob y…. Pero es que yo sabía cuánto quería un hijo, era fácil leerlo en su cara cada vez que jugaba con sus sobrinos o con los hijos de los difuntos Sam y Emily Uley. Esos niños habían quedado, según instrucciones en el testamento de Sam, bajo la tutela compartida de Emma y Jacob, así que era normal que los niños estuvieran casi todos los días metidos en casa de los Black. Cuando Jacob los veía, se le iluminaba la cara, y podía pasarse horas y horas jugando con ellos. Así que…. Pensé que darle sus propios hijos, empezar realmente una familia juntos, iba a ser la guinda del pastel en nuestro cuento de hadas.

»En ese momento, creí que realmente empezaba a ser feliz. Un bebé en camino, mi propia familia, ¿qué más podía pedir? Bueno, lo único que necesitaba era que mi otra familia, los Cullen pudieran estar a mi lado, compartir mi alegría con ellos. Le pedí a Jacob que fuéramos a ver a mis padres para darles la noticia y así lo hicimos.

–Apenas si estuvieron un fin de semana con nosotros. Esa fue la última vez que te vi, antes de encontrarte en Nueva York hace dos días.

Asentí delicadamente. Sí, habían pasado años antes de volver a ver a mis tíos y a mis abuelos. A partir de ese viaje, la vida empezó a torcerse nuevamente, a pesar de mis esfuerzos de que no fuera así.

–A veces me pregunto si no hubiera sido más fácil si le hubieras hecho caso a papá –Dije de pronto, mirando desapasionadamente a Stan.

–¿De qué hablas?

–“Aléjate de ella, rómpele el corazón si es necesario, pero hazlo –pronuncié, imitando la forma de hablar de mi padre –Eso fue lo que te dijo, ¿no?

–¿Pero, cómo lo sabes? ¿Te contó? –no cabía duda de que Stan estaba sorprendido. No esperaba que estuviera al tanto de esa conversación entre él y papá.

–No, no me lo contó. Por accidente, “robé” ese recuerdo de él… Cuando le di la noticia del bebé, me abrazó y, no sé, supongo que pensó en ello mientras me tocaba y yo terminé “escuchando” esa parte de su memoria. A penas si fue eso, pues en cuanto ambos notamos lo que estaba sucediendo, rompimos de tajo el contacto. Cuando estuvimos a solas, quiso explicarme qué había sido eso, qué habían hablado ustedes dos exactamente, pero yo no le permití que me lo contara, ¿para qué? Dudaba que nuestras vidas pudieran enlazarse nuevamente. Además, tú seguías siendo un tema tabú en mi vida, así que rehuía de cualquier cosa que pudiera recordarme a ti. No le encontré caso saber qué había pasado, no cuando yo ya había empezado una nueva vida, con Jacob y la pequeña familia que estábamos creando.

»Sabía que mi familia temía un poco por mi embarazo, pues cuando mi madre me tuvo a mi casi muere en el parto. Apenas si papá logró inyectarle su ponzoña cuando el corazón de ella casi había dejado de latir. A si qué, ¿qué tipo de embarazo tendría yo? ¿Qué clase de bebé saldría de la mezcla de dos razas enemigas por naturaleza, aún cuando yo era sólo semi-vampiro? El abuelo Carlisle aprovechó para hacerme un rápido chequeo, que tranquilizó a todos, ya que en teoría, todo marchaba sobre ruedas. Mi bebé era humano, no estaba envuelto en esa especie de membrana de piel de vampiro en la que en su momento, yo estuve protegida en el vientre de mamá. Ellos… no….

Volví a ponerme de pié, inquieta, demasiado ansiosa. La familiar sensación de asfixia volvía a apoderarse de mí, tal y como sucedía cada vez que el pasado quería regresar a mí.

–No puedo continuar. Necesito… necesito mi bolso. ¡Necesito un maldito cigarro!

–Creo que se quedó en Nueva York –pronunció Stan –No recuerdo que lo tuvieras contigo cuando te sacamos de ahí.

–Toma –con un movimiento rapidísimo, tanto que no pude notarlo siquiera, la tía extendía hacia mí dos cajitas pequeñas. La miré confundida. –Parches y goma de mascar con nicotina.

–No entiendo…

–A partir de hoy dejas el vicio.

¡Qué momento elegía mi tía para decidir que yo no fumaría más! Iba a ponerme hiperventilar de un momento a otro, necesitaba la relajante sensación del humo del tabaco inundando mis pulmones.

Ignoré las cajitas, y me di media vuelta hacia la ventana. Descorrí un poco las cortinas y me sorprendí ver que ya era de día. ¿Qué hora sería? No tenía la más remota idea, realmente había terminado por perder la noción del tiempo. De pronto me pregunté qué habrían pensado mis amigos la noche anterior, cuando me había desaparecido del “Alphabet” sin decirle nada a nadie. ¿Qué dirían en mi trabajo cuando vieran que no me presentaba a trabajar ese día? ¿Alguien se preocuparía por mí? Tal vez Adele o VJ, pero no estaba segura de ello.

–¿Qué sucedió después de que visitaste a tu familia? ¿Qué fue lo que pasó para que terminaras así? –La voz de Stan sonó a mis espaldas y supe que se había acercado lo suficiente a mí; tanto que su mano se posó con suavidad en mi hombro derecho, obligándome con suavidad a girarme y mirarle de frente. Entrelazó esa misma mano con la mía, apretándola ligeramente instándome a seguir con mí relato.

–Pasó que… las cosas se complicaron demasiado. Nada más regresar a la reserva, empecé a tener problemas con mi embarazo. –Exhalé con violencia el aire de mis pulmones, sintiendo la tensión apoderarse de mí, clavándose en mi cuello hasta casi sentí que se podía romper de un momento a otro. –Era como si mi cuerpo rechazara a mi bebé… Tuve varias amenazas de aborto y… –esbocé una sonrisa triste, forzada –En una de esas maravillosas ironías de la vida, tuve que ponerme en manos de Emma Young. Ella manejaba la pequeña clínica de La Push al tiempo que trabajaba en el hospital de Forks. Emma conocía el secreto de la manada, más no el mío propio, pero eso bastaba para saber que mi bebé no era como el de los demás.

»Me ordenó reposo absoluto por los próximos meses, tenía que evitar cualquier movimiento brusco o sobresaltos que pudieran afectar a mi bebé. Tenía mucho miedo, llegué a pensar que si algo le pasaba a mi hijo, sería como una especie de castigo por los pecados cometidos. Porque yo le había causado dolor a otros, como a Emma, que había tenido que callar su amor por Jacob e incluso, había terminado por cuidar de la mujer que le había arrebatado al hombre que amaba. O a los quelutes en general, porque yo sabía que mi presencia les desagradaba, ya que al tenerme cerca, su instinto natural no les permitía que cesaran sus transformaciones. Los miembros mayores, lo que ya tenían una familia, eran quienes más estaban en contra de la situación, porque ¿a quién le gusta quedar como congelado en el tiempo, mientras sus parejas y sus hijos envejecen? Era duro para ellos imaginarse siquiera el hecho de que podrían sobrevivir a aquellos que amaban y más detestaban que sus hijos corrieran con la misma suerte.

Cerré los ojos un momento, pues los recuerdos eran demasiado pesados para mí. De pronto sentí como Stan me envolvía en sus brazos protectores, haciéndome sentir reconfortada. De alguna manera supe que, gracias a nuestro contacto, Stan podía ver mis recuerdos en su mente.

–Seguía rajatabla todas y cada una de las recomendaciones de Emma. Amaba a mi hijo, iba a luchar con uñas y dientes para que él naciera bien, aunque eso significara que tenía que quedarme en cama y prácticamente inmóvil durante el resto de mi embarazo. Y entre el montón de cosas a las que había que renunciar, una de ellas era a la caza; fue una decisión bastante estúpida, ahora lo sé pero… en ese momento creí que era lo correcto. Yo no podía andar corriendo por los bosques tras animales salvajes, era riesgoso para mi bebé. Y tampoco podía recurrir a la sangre de cerdo o de res conseguida en alguna carnicería, en primera porque a mi suegro le parecería de lo más asqueroso encontrarse con su refrigerador repleto de frascos llenos de mi “comida”. En segunda, porque ese remedio me recordaba demasiado a ti, Stan. Nunca antes me había alimentado por otro medio que no fuera la caza, no hasta aquella mañana en Florencia, después de que tú y yo…

»En fin, creí que era lo suficientemente fuerte mentalmente para vencer a la sed, creí que con la comida humana bastaría para mantenerme fuerte para mi bebé. No sé, supuse que el amor de madre, el deseo de que mi hijo estuviera bien sería capaz de vencer mis propias debilidades. Pero, como dije antes, fue una estupidez, porque dejé que la sed se fuera acumulando lentamente. Había encerrado a la bestia, pero no la había controlado, sólo logré incrementar su descontrolada y furiosa naturaleza.

Con el dorso de la mano derecha, limpié con furia las lágrimas que corrían por im rostro. Lo que seguía de la historia era la parte que más dolía, la que más vergüenza y dolor me causaban.

–¿Recuerdan la fotografía que salió en la revista, esa donde aparezco junto a Jake y a Seth?

–Sí –pronunció en un susurro bajo Stan mientras tía Alice asentía con suavidad.

–Bueno, esa foto fue tomada el día de la fiesta de cumpleaños de Seth… Nos invitó y aunque Jacob al principio se había negado a que fuéramos, entre nuestro querido amigo y yo terminamos por convencerle. Yo ya tenía cinco meses, ya me sentía fuerte y estaba desesperada por ver algo más que las mismas cuatro paredes de mi habitación. También, sabía que Jacob necesitaba distraerse un poco, pues prácticamente él se había recluido junto conmigo durante ese tiempo.

»”Este embarazo es de los dos y yo quiero pasar todo a tu lado. Si tienes que estar en reposo, encerrada en casa, yo también lo haré. Es lo justo”, había dicho con decisión, a pesar de que tenía que dividir su tiempo entre nosotros, el taller mecánico y sus terapias de rehabilitación, sin contar sus deberes como líder de la manada.

»Ese día había amanecido particularmente hermoso, de esos pocos días en que el sol ilumina por completo el cielo de Forks. Creí que iba a ser un día especial, algo me decía que ese día iba a ser importante… A pesar de que en los últimos días, la manada había detectado la presencia de vampiros cerca de Forks y la reserva, aún así la fiesta se llevó a cabo.

»Todo transcurría con normalidad, hasta que la pesadilla llegó en el cuerpo de una niña llamada Claire.

–¿Te refieres a Claire, la sobrina de las hermanas Young? –preguntó Alice

–Sí, esa misma Claire, el objeto de la impronta de Quil, otro miembro de los quileutes.

»Llegó a la playa cerca del atardecer, acompañada de su madre y de Quil. Como escena de película de terror, en ese momento el viento empezó a arreciar, arrastrando con él no sólo el característico aroma húmedo y salado del mar, sino también el efluvio de Claire… Fue como darme un encontronazo contra un muro de concreto a unos 100 kilómetros por hora. Todo dejó de importarme, lo único que quería era a ella…

–Pero tú ya habías convivido antes con ella, y no habías sentido nada parecido. ¿Por qué, entonces?

–Algunas mujeres, durante su embarazo sufren de antojos como por el chocolate o los quesos o cosas tan extrañas como comer tierra… Mi “antojo” era la cálida y apetitosa sangre de Claire, una niña de diez años. La quería, la necesitaba. Era una necesidad punzante; incluso podía jurar que era capaz de distinguir la forma en que la yugular se movía al compás de cada latido de su corazón.

–La tua cantante… –pronunció Stan, usando el término que los Volturi usaban para describir casos como esos, cuando el aroma, el sabor de un humano se volvía obsesivamente irresistible para un vampiro, borrando todo control y dejando que el monstruo borrara por completo la poca humanidad que pudiéramos tener.

–Las horas siguientes fueron una verdadera tortura. Mi sed ardía, había pasado demasiado tiempo sin alimentarme, tratando de controlar a mi bestia interna. Y tenía que fingir que me encontraba bien, que no me pasaba nada porque ni modo que dijera “¿saben qué? Me muero por clavarle los dientes a Claire. O se la llevan o me dejan darle una mordidita”; de por sí, la manada recelaba de mí, así que demostrarles mi propia debilidad era como darles la razón y provocar más pleitos entre ellos y Jacob, quien siempre terminaba por defenderme y ponerse de mi lado, aún y cuando le dolía tener que tomar partido contrario al de sus hermanos.

»Además, estaba obstinadamente decidida a no permitir que el monstruo me dominara, tenía que demostrar que yo era capaz de mantener mi humanidad intacta, a pesar de mis orígenes, a pesar de mi naturaleza. Sabía que era la única forma de lograr que con el tiempo, la reserva me aceptara, porque no quería que temieran a mi bebé o le rechazaran por mi causa. No, yo podía hacerlo, yo era capaz de controlarme. Por mucho que se me hiciera “agua la boca” cada vez que Claire pasaba cerca de mi, yo tenía que pasar la prueba.

»La noche nos tomó por sorpresa junto con un montón de nubes que empezaban a cubrir las estrellas y la luna. Supuse que esa noche abría tormenta, a pesar de que horas antes el cielo había estado completamente despejado. Yo me empezaba a sentir cansada y rezaba porque pronto pudiéramos regresar a casa, donde podría encerrarme y no salir de la habitación sino hasta que se me pasara esa repentina locura por beber de Claire.

»Claire y su madre empezaron a despedirse, pues la niña de diez años tenía sueño. Incluso a mí se me escapó un bostezo, pero estaba feliz de que la “tentación” estuviera por desaparecer.

Nosotros también nos vamos. –Anunció Jacob –Nessie también tiene que descansar. A pesar de que se ha portado bastante bien estos meses, más vale no extralimitarnos.

Oye, ¿por qué no se va ella con Claire y su madre y te quedas tú otro rato? –propuso Seth con una sonrisa alegre –Viejo, tú también necesitas un poco de diversión de vez en cuando, últimamente no te vemos más que en el trabajo o en los bosques… –pronunció haciendo referencia al otro “trabajo” que tenían los miembros de la manada. –¿Qué dices, Nessie? ¿Le das permiso a Jacob de quedarse otro ratito?

»La idea me llenó de pánico, ¿alargar un poco más la tortura? No sonaba nada bien, pero también era consciente de que Jacob merecía un momento de diversión; era la primera vez desde que habíamos vuelto a estar juntos, que lo veía realmente relajado.

Sí, quédate, Jake. Yo me puedo ir con ellas, es una distancia bastante corta a pie y Emma dijo que podía empezar a hacer un poco de ejercicio, que sería bueno para el momento del parto. Te prometo que en cuanto llegue a casa, me meto a la cama a descansar. Además, eres el líder, ¿qué van a pensar si te salgo con que no quiero que te quedes? No, se vería muy mal que el Alfa terminara siendo mangoneado por su mujer…

–Lo que ellos digan, no me importa. –Pronunció mientras con sus largos brazos me rodeaba el abultado vientre. –Tú eres mi dueña, tú eres mi vida entera. Tú y este pequeñín que viene en camino.

»Sonreí con ternura, tal como lo hacía cada vez que Jacob se ponía a platicar con nuestro hijo a través de mi redondeado vientre. Temerosos de lo que pudiera pasar, habíamos decidido saber el sexo de nuestro bebé con anticipación; era un niño y habíamos acordado llamarle Isaiah, como el abuelo materno de Jake.

»Así que, con la promesa de irme a la cama en cuanto llegara a casa, emprendí el regreso acompañada de Claire y de su madre. A medio camino, la llovizna nos sorprendió, así que decidimos acelerar un poco el paso para evitar terminar empapadas.

»Sólo que e lagua había vuelto algo resbaladizo el piso y Claire, descuidadamente tropezó con una piedra, cayendo al suelo y haciéndose un buen corte en la rodilla. Estaba oscuro, la lluvia empezaba a hacer un poco más complicada la visibilidad pero… aún así pude distinguir cómo brotaba la sangre por la herida de la niña, haciendo que el aroma cegara por completo mis sentidos, mi raciocinio.

–¡Renesmee! –gimió tía Alice, y comprendí que ella se podía imaginar hacia dónde se dirigía ahora la historia.

–¿Sabían que la mente es tan poderosa qué, cuando alguien pasa por una experiencia bastante traumática, el cerebro es capaz de bloquear todos los recuerdos, haciendo que uno olvide por completo lo sucedido? Pues así fue para mí… no recuerdo bien todos los detalles, pero aún y con mi embarazo, yo seguía siendo mucho más fuerte que Claire y su madre… A la mujer la dejé inconsciente y… –empecé a temblar incontrolablemente. Sentía la amargura quemándome la garganta y cómo mi cuerpo se ponía helado –arrastré a Claire entre los bosques… y la mordí.

–¿Las cicatrices de tu hombro…? –la voz de Stan sonó fría, como si él fuera capaz de sentir el mismo velo helado que cubría mi cuerpo y mi alma en esos momentos. Aún estaba en sus brazos e intenté separarme de él, pero no lo permitió. Por el contrario, me abrazó con más fuerza, como si quisiera compartir conmigo ese dolor. Si hubiera sido posible, él hubiera cargado con todos mis remordimientos, mis culpas y miedos.

–Quil. Él fue quien nos encontró y quien me arrebató el pálido y laxo cuerpo de Claire de las manos. Prácticamente la había dejado seca; unos segundos más, y lo que hubiera encontrado habría sido su cadáver.

»El ataque de Quil fue furioso. A pesar de no recordarlo con claridad, lo sé por la magnitud de mis heridas y porque… ¡Dios! ¡Duele demasiado! –respiré nuevamente, tratando de librarme de la asfixia provocada por mi propia angustia –Ufff.. De alguna manera, salí prácticamente volando, cayendo estrepitosamente sobre mi vientre. Creo que Jacob llegó a tiempo, antes de que Quil acabara conmigo o no sé… sólo recuerdo el dolor y que de alguna manera, en medio de las tinieblas que cubrían mi pensamiento, fui concisente de que algo no estaba bien. Algo caliente empezaba a deslizarse desde mi entrepierna. Palmeé y pude sentir mi propia sangre. Estaba perdiendo a mi niño, en medio del bosque, con una lluvia torrencial y entre dos lobos, uno más que listo para matarme, y el otro preparado para morir por mí.

–Tuve pequeños lapsos de conciencia, pequeños fragmentos de lo sucedido esa noche. Lo que recuerdo con claridad es la voz de Emma preguntándole a Jacob a quién debía de salvar, pues era poco probable que el bebé y yo pudiéramos sobrevivir. No estoy segura si escuché o no la respuesta…

»Desperté la mañana siguiente, en una aséptica y minúscula habitación desconocida. Al principio, pensé que todo había sido una horrible pesadilla, que nada había pasado y que mi bebé estaba bien. Sólo que, de repente sentí un frío helador que se colaba a mi corazón, y sin pensarlo me llevé las manos hacia mi barriga. Necesitaba sentir a mi bebé moverse, asegurarme de que estaba bien pero… ya no estaba. Ya no había esa pequeña vida dentro de mí, ahora yo estaba hueca.

»Jacob estuvo a mi lado cuando desperté. Su rostro desencajado, su mirada desolada lo decían todo, era como si hubiera envejecido diez años en una sola noche… Pero yo no quería creerlo, yo quería escucharle decir que efectivamente, todo había sido una pesadilla, que mis peores temores no eran verdad.

–Isaiah, era un niño precioso, a pesar de ser tan pequeño…

–No, cállate…

–Luchó con todas sus fuerzas, era un guerrero pero… Lo siento, cariño.

–¡No! ¡Nooooo!

–Apenas vivió unos minutos… Emma trató de hacer lo mejor para los dos.

–¡No quiero escucharte!, ¡Es mentira lo que dices! ¡Nooooooooo!

»Me puse histérica. Jacob necesitó de toda su fuerza para evitar que yo me levantara y me hiciera más daño. Tuvieron que sedarme, al grado de dejarme hecha una muñeca rota. Cuando creyeron que podía soportarlo, me relataron que no sólo el golpe que había recibido al caerme en el bosque (de cara al mundo, con tal de proteger el secreto de los quileutes más que nada, la versión oficial fue que me había caído mientras paseaba por el bosque cercano a la casa de los Black) había hecho que las cosas terminaran tal como lo hicieron. Emma había analizado la sangre de Isaiah, y descubrió que su propia sangre estaba envenenándolo. Mi bebé jamás había tenido una oportunidad de sobrevivir. Aunque nadie lo dijo en voz alta, aquellos que sabíamos el origen de Jake y el mío, entendimos que ese envenenamiento partía de intentar mezclar dos naturalezas enemigas. Los vampiros machos estaban cargados de ponzoña, la cual era un veneno rápido y letal para los licántropos. Poniéndolo en términos llanos, era como mezclar ácido nítrico y glicerina en un pequeño recipiente.

»También me dijeron qué, como secuela de ese accidente y al traumático parto que había tenido, las posibilidades de que yo volviera a embarazarme era de apenas un cinco por ciento. Prácticamente había quedado estéril.

»A partir de ahí, supe que ya jamás sería la misma. Estaba muerta por dentro, consumida por el dolor, la amargura y los remordimientos. Había estado a punto de matar a Claire, había demostrado la clase de monstruo que podía llegar a ser… La muerte de mi propio hijo había sido mi castigo. Dos niños inocentes víctimas de mi horrible naturaleza… Me encerré en mi dolor, dejando a un lado a Jacob. Ya no podía acercarme a él, ¿qué podía darle que no fuera dolor? Hijos ya no, mi cuerpo ya no podía. Y aunque hubiera sido posible, yo no estaba dispuesta a pasar por lo mismo. ¿Quién me aseguraba que si hubiera otro embarazo, mi cuerpo no lo rechazaría? ¿Quién podía jurarme que el intentar mezclar nuestros genes no daría como resultado otro niño que no pudiera sobrevivir al parto? Yo no podía darle hijos a Jake, y esa era una de los fundamentos básicos de la impronta: elegir a la pareja ideal para pasar el gen a la siguiente generación.

»Jacob no la estaba pasando fácil, tratando de lidiar con su dolor, tratando de acercarse a mí a pesar de mi rechazo, y además, teniendo que hacerle frente a los reclamos de la manada. Los demás querían mi cabeza en bandeja de plata, o por lo menos que me largara de ahí. Jacob no podía dejarme, así que estaba dispuesto a renunciar a sus deberes para con su pueblo.

»Y yo no podía permitir eso. No podía dejar que Jacob terminara de aventar por la borda toda su vida por alguien como yo, que ya no tenía nada que darle. Él, en su gran corazón, hubiera renunciado son chistar a su familia, a sus amigos, a sus tradiciones por mi, aunque en el proceso se viera desgarrado por dentro. Él era el Alfa, él estaba orgulloso de su herencia milenaria, de ser quien era.

»Una tarde, tres semanas después de esa fatídica tarde, aproveché que él aún estaba en el taller y que mi suegro había salido a casa de Sue Clearwater. Tomé algo de dinero que había estado ahorrando para “emergencias”, y con sólo lo que llevaba puesto en esos momentos, decidí irme. Sabía que si me iba sin decir una palabra, Jacob se preocuparía e intentaría ir tras de mí, así que tomé una pequeña hoja de un block de hojas de la cocina y le dejé una nota:

Jake, lo siento, pero ya no puedo seguir contigo. De verdad lo intenté, creí que podría hacerte feliz, pero no es así. Quise engañarme con el cuento de que tú y yo éramos almas gemelas, la pareja perfecta del otro. Y fue un terrible error.

Espero que algún día puedas perdonarme por todo este desastre, pero sobre todo, espero que encuentres a quién sí pueda amarte como te lo mereces.

No me busques, no pienso regresar. Vuelvo con los míos, a donde pertenezco y donde mi corazón siempre ha estado.

R.

»Y sin siquiera mirar atrás, me marché.

–¿Por qué no supimos nada de esto? No lo comprendo.

–Porque yo misma le supliqué a Jacob que no les dijera nada. Si ustedes se enteraban, hubieran ido en el acto a Forks y las cosas estaban demasiado mal con la manada. No quería que buscaran un solo pretexto para hacerles daño, para crear nuevos conflictos. Ni siquiera permití que le avisaran a Charlie en cuanto sucedió todo. Temí que su corazón no pudiera resistirlo o que terminara contándole todo a mamá… Sólo cuando me sentí fuerte físicamente y le conté que había perdido a mi bebé. Me ahorré toda la explicación escabrosa, limitándome a decir que había sido una especie de aborto espontáneo. A pesar de no estar totalmente de acuerdo, aceptó guardar silencio y permitir que fuera yo quien les dijera a ustedes lo de mi pérdida.

»Al abandonar la reserva, me dirigí de regreso a casa, con ustedes… Cuando llegué, me encontré con mis padres únicamente, el resto de ustedes habían salido esa noche de caza. Ellos se sorprendieron al verme ahí, sola y con el aspecto de un zombi.

»Les conté lo sucedido y… a medida que avanzaba el relato, pude ver en los ojos de mis padres la decepción e incluso, la repulsa por mis actos. Desde que tengo uso de razón, a pesar de venir de una familia de vampiros, lo único que he escuchado es que ser un vampiro brutal es malo, que es una debilidad dejarse arrastrar por la oscuridad de nuestra naturaleza. Y a sus ojos, yo me había convertido en aquello que desdeñaban, un monstruo irracional, incapaz de luchar contra la maldad que hay en mí… No pude soportar la condena en su mirada, a pesar de que se esforzaban en ocultarla… Si ni siquiera mis padres parecían tenerme piedad por mis pecados cometidos, ¿qué me quedaba entonces? A media noche, ustedes no habían regresado y utilizando el viejo truco de disfrazar mis pensamientos cantando en mi cabeza “La Marsellesa”, me escabullí como un ladrón, dispuesta a desaparecer. Si mis padres no habían podido estremecerse de horror por lo sucedido, ¿qué iba a pasar con ustedes? Ya había tolerado demasiadas miradas de terror y asco en la reserva, ya no podía más. Decidí que lucharía con toda mi alma por no volver a caer presa de mis instintos, iba a demostrarme a mi misma que no era un maldito animal.

»Apenas si llevaba conmigo doscientos dólares y el guardapelo que mamá me había regalado en mi primera navidad. Vagué errática de ciudad en ciudad, tratando de borrar mi rastro. Cuando llegué a Chicago, fue cuando me corté el pelo casi al ras y lo teñí de rubio, el primer tinte que encontré en una farmacia. Además, encontré una casa de empeño y dejé ahí el regalo de mamá. Me dolió hacerlo, pero tenía que ser práctica: necesitaba el dinero y era muy probable que jamás volviera a verles. Incluso llegué a pensar que respirarían tranquilos al librarse de su monstruosa hija.

–¡Eso es una locura! Aunque hubieras masacrado a todos los habitantes de la reserva, Edward y Bella jamás te hubieran dado la espalda, jamás habrían dejado de adorarte. –Tía Alice se acercó hasta donde Stan y yo estábamos parados, y con suavidad tomó mi rostro entre sus manos –Ninguno de nosotros es perfecto, ninguno de nosotros estamos libres de pecado, así que nadie puede reclamarte nada. Todos llegamos a ser presas de nuestra debilidad en algún momento… ¿Sabes? Por mucho tiempo te buscamos, y una de las pistas nos llevó justamente a Chicago. Tu padre encontró esa casa de empeño de la que hablaste y recuperó el guardapelo. Jamás ha perdido la esperanza de entregártelo de nuevo.

Moje krásná láska, tanto dolor, tanto pesar en soledad. Jamás permitiré que vuelva a suceder…

–Ahora entiendo por qué dijiste que no podías darle hijos a nadie, que no podías estar con nadie. Realmente tienes miedo de acercarte a alguien y hacerle daño.

Asentí ligeramente, mientras me limpiaba los rastros de las lágrimas de mis mejillas.

–En los primeros meses, en mis momentos más oscuros, realmente consideré incluso matarme –Stan y mi tía se quedaron paralizados de la sorpresa. –Pero nunca encontré el valor suficiente para hacerlo por mí misma. Hubiera sido demasiado fácil ponerme frente a un tren, o hacer que alguien me pegara un tiro pero ¿por qué iba a dejar que alguien más cargara con el peso de mi muerte en mi consciencia? Yo sabía lo que era eso, así que no podía permitir que alguien sufriera algo así. No le encontré caso a vivir una eternidad en medio de las tinieblas, pero me daba miedo enfrentarme a la muerte y a lo que hay después de ella… No sé, como una especie de inspiración se me ocurrió que la parte humana de mí era sensible al dolor, las heridas y las enfermedades, así que ¿por qué no ayudarle un poco a la parca sin cometer un pecado más o sin cargarle mi muerte a un tercero? El alcohol a la larga puede provocar cirrosis, el cigarro enfisema pulmonar… Y tatuarse en lugares con dudosa higiene podía acabar en una hepatitis que a la larga puede ser letal. Iba a vivir a toda prisa, como un mortal cualquiera, experimentando todo aquello que pudiera hacerme sentir humana aunque fuera por un momento…

–¡Renesmee, qué voy a hacer contigo! –protestó mi tía. –Supongo que Carlisle tendrá que checarte en cuanto estemos con él. Eso de la hepatitis no me gusta nada.

–Supongo que no debería decirte que padecí hepatitis tipo A hace un par de meses. Ya no puedo donarle sangre a nadie. Pero lo del tatuaje no tuvo nada que ver, fue que comí una ensalada infectada con el virus. Fuera de eso, mi hígado está bien.

–Por eso estás tan pálida y baja de peso. –Agregó Stan –Renesmee, tienes la capacidad de una caricatura para cuidar de ti misma.

–¡Claro que no! Lo he hecho en los últimos años y no me ha ido tan mal…

–Se nota…

–¡Hey, niños, niños! –interrumpió mi tía. Me hizo gracia que, ella siendo físicamente más pequeña e incluso luciendo más joven que nosotros dos, nos llamara “niños”. Aunque probablemente, eso éramos para ella, teniendo en cuenta que había nacido varias décadas antes que nosotros.

–¿Entienden por qué no puedo regresar a Forks? Mi sola presencia bastaría para desatar un nuevo conflicto con los lobos, y no quiero eso.

–Y no permitiremos que eso pase, pero es necesario ir allá. Tenemos que averiguar quién está detrás de lo de las fotos… No quiero parecer paranoica, pero de alguna forma siento que eso está relacionado con la aparición de los Vulturi.

–Tal vez tengas razón, pero aún así… –inhalé profundamente, dejando que mis pulmones se embragaran con el aroma que despedía el duro pecho de Stan. Agradecí en silencio que él pudiera pasarse la eternidad en la misma posición sin cansarse, porque de pronto se me ocurría que no había mejor lugar en ese momento que sus brazos. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía reconfortada. Hablar me había hecho mucho bien, me había quitado un enorme peso de encima. –En todo caso, no es necesario que me acerque a La Push, ¿verdad? Incluso, podríamos intentar averiguar algo a través del abuelo Charlie. –Mis palabras perdieron fuerza al pronunciar la última oración. Recordé de pronto algo que Aftón me había dicho horas antes, “Con razón fue tan fácil matar a tu abuelo…”. Había creído que se refería al abuelo Carlisle, pero un presentimiento helado me hizo cambiar de parecer.

–Tía, ¿te has podido comunicar con el abuelo Carlisle?

–Sí –contestó extrañada ante la urgencia de mi voz. –Él y Esme estaban con Charles y Makenna. Hablé con ellos mientras fui al Walmart y a comprarte la hamburguesa. En cuanto supieron que te había encontrado, me prometieron que tomarían el primer avión de regreso a Seattle… ¿Por qué la pregunta? ¿Qué pasa?

Empecé a maldecir en inglés, checo, español y cuanto idioma recordé mientras al fin rompía el abrazo de Stan.

–¿Qué pasa, milovaný?

–De pronto recordé algo que me dijo Aftón. Empezó a burlarse de la poca batalla que le estaba presentando y me preguntó que si eso lo había aprendido en casa, porque con razón había sido tan fácil matar a mi abuelo… Creí que estaba hablando de Carlisle.

–Pero no es posible. Hablé con él mucho después de haber abandonado Nueva York. Entonces… ¡Oh!

–Sí, ¡oh! Tal vez se estaban refiriendo a Charlie…

Sentí tal aturdimiento que creí que me iba a desvanecer. Por primera vez en mucho tiempo, recé porque estuviera equivocada; que las palabras de Aftón hubieran sido más que un intento por distraerme.

Tía Alice cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera entrar en alguna especie de trance extrasensorial. Vi que fruncía el ceño frustrada, una y otra vez.

–No puedo verlo –anunció con voz helada. –Su destino ha desaparecido de mi don. Es como si estuviera alguno de los chicos de la manada con él en estos momentos o… –la voz de tía Alice se apagó, aunque no necesité ser telépata como mi padre para adivinarlo. La otra razón por la que el abuelo Charlie hubiera podido desaparecer del radar de mi tía era porque estuviera muerto. Apreté los labios con furia. Mi frágil y humano abuelo era la última persona que merecería la mala suerte de caer presa de los Vulturis. Esperaba con todo mi corazón que no fuera así, porque con el cielo de testigo, si la maldita mafia de vampiros italianos se atrevía a hacerle daño, mi furia sería implacable. La bestia que había intentado dormir por años volvería cobrar vida y esta vez no intentaría ponerle ni un solo freno.

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