–Debería irme… debería largarme de aquí de una buena vez.
Murmuré entre dientes, sin apartar la vista de las heladas aguas del río. Llevaba por lo menos unas tres horas ahí parado, sin molestarme el hecho de que la nieve chocaba contra mí sin cesar. Pero no tenía ánimos para regresar a la cabaña y verla mientras mi mente me atormentaba con la imagen de ella en brazos de aquél. Así que prefería aguantar una avalancha si era necesario a regresar allá.
Había estado nevando durante dos días sin cesar, aislándonos de todo en medio del bosque.
Menos mal, eso significaba que los humanos habían tenido que renunciar a cualquier intento por buscarnos, librándonos por un momento de tener que encontrar otro lugar para escondernos. Tal vez con un poco de suerte, una vez que dejara de nevar, la policía reanudaría su caza por otro lado, creyendo que sería imposible que dos personas pudieran resistir la crudeza del invierno en medio de los bosques del Olympic.
Pero claro, no éramos dos personas. Renesmee podía pasar fácilmente como un simple ser humano, pero yo… yo no dejaba de ser un monstruo, a pesar de que había comenzado mi propia lucha por apartarme de la oscuridad de mi propia naturaleza.
“¿Realmente vale el esfuerzo?”, me pregunté por enésima vez.
“Lo vale si ella me ama”, me respondí con decisión.
Si ella me ama… El problema es que no lo sabía a ciencia cierta. Quería creer que sí, lo deseaba con todo mi cuerpo, con todo mí ser. Y si tuviera una, se podría decir que con toda mi alma.
Yo estaba más que seguro de mi amor por ella.
Pero de lo que no estaba seguro era de que si ella me correspondiera. Claro, una vez me había dicho que me amaba, pero no sabía si esos sentimientos habían sobrevivido al tiempo; es más, no sabía si realmente habían sido auténticos o sólo un espejismo producto de los días en cautiverio en Italia.
“Ella está confundida, ha pasado demasiado tiempo bajo el poder de ustedes”, eran unas de las tantas palabras que había dicho Edward Cullen en medio de nuestra conversación la mañana siguiente a la lucha contra Awka, Jane y los demás, “Las víctimas de secuestros llegan a sufrir del Síndrome de Estocolmo, ¿lo sabes, no? ¿Quién dice que ella no está pasando por eso? Tal vez crea que te quiere, pero sólo sea una mera ilusión producto del shock de verse a merced de un montón de sanguinarios monstruos…
»No puedes pretender alterar su vida, su futuro por algo que simplemente no es más que un simple espejismo. Si realmente te importa, márchate. Permítele tener la vida perfecta y feliz que ella merece, lejos de una existencia llena de tinieblas al lado tuyo.”
Y eso fue lo que hice. Me marché, con la esperanza de que ella pudiera ser feliz, de que tuviera todo lo que yo jamás podría darle.
“Aléjate de ella, rómpele el corazón si es necesario, pero hazlo”, esa había sido la petición expresa de su padre. Sólo que no pude ni quise hacerlo. Llámenme un bastardo egoísta o un patético soñador, pero no podía dejar que la pequeña llama de la esperanza muriera.
No podía quedarme, no podía llevarla conmigo. Tenía que dejarla seguir su camino.
A pesar de los años, a pesar de mi propia lucha, la amaba. Jamás creí que pudiera sentir algo así después de convertirme en vampiro. Era una clase de sentimientos tan abrumadores que a veces se me hacían imposibles de manejar o de entender.
Durante mi vida humana había amado a Maia, mi mujer. Su muerte había sido aún peor que la mía propia; el dolor de perderla me había llevado a la venganza, a cazar a todos y cada uno de los bastardos que habían tenido qué ver con su pérdida.
Pensé que una vez convertido en el monstruo que soy, era imposible que volviera a amar. Creí que cualquier clase de sentimiento se había secado tal y como lo había hecho mi humano corazón.
Sí, eso había creído hasta el día que ella se había cruzado en mi camino.
Sería injusto comparar a Maia con Renesmee. Fueron vidas diferentes, tiempos distintos, historias únicas. Cada una había sido importante para mí; Maía había sido mi vida, pero Renesmee era la razón de mi existencia.
No sé si es porque, como dice Alice, los vampiros sentimos de una manera mucho más intensa que los humanos, pero el caso es que...
– Jde o to, já ji miluji tak moc to bolí ...–dije en un susurro mientras lanzaba una pequeña piedra contra las heladas aguas del río Bogachiel.
Exhalé con cansancio, dándole una larga mirada al paisaje nevado que se extendía a mi alrededor.
La nieve se amontonaba por el piso, los árboles y cuanto estuviera alrededor. Desde donde estaba parado podía ver perfectamente la que alguna vez fuera la casa de los Cullen, con visibles rasgos de abandono y descuido. Todo lo que alguna vez había sido el jardín posterior de la propiedad, estaba cubierto por una fría alfombra de nieve.
Según tenía entendido, eran las peores nevadas en los últimos veintinueve años. Debía de se cierto, puesto que a primera vista, el paisaje me había recordado un poco al de mi única visita a Novosibirsk, en Siberia.
Ok, estaba divagando en tonterías, pero era un intento desesperado por poner mi mente en blanco por lo menos un segundo, librándome de la tortura de repasar una y otra vez la imagen de ella en brazos del tal Jacob.
Lo había besado, había estado en sus brazos, y había respondido a su caricia.
El lazo que la unía a mí no era tan fuerte como el que ella tenía sobre mí, pero había bastado para que yo pudiera sentirla. Y por eso sabía que no había sido un beso robado o forzado. Había sido algo surgido naturalmente.
Verla con él había sido tan amargo como la hiel. Me había dolido como mi propia muerte humana, me había llenado de furia y celos, tanto que rayaba en la locura.
Había querido apartarlo de ella, lanzarme sobre él y darle una buena paliza; hacerlo lamentar hasta el día en que nació.
Sí, me había sentido furioso, con un odio que rayaba en la bestialidad. Y por un pequeño instante, había sentido las ansias asesinas de antaño; si me hubiera dejado llevar, me hubiera lanzado contra él hasta matarlo.
Y no lo hice por ella, porque si lo lastimaba a él, a ella le dolería. Simplemente me quedé mirándolos largamente antes de dar la media vuelta y alejarme de ahí.
Ella había tratado de detenerme, interponiéndose en mi camino para detener mi marcha.
“Con permiso… Déjame pasar”, eran las únicas cuatro palabras que le había dirigido desde entonces. Me había esforzado por apartarme de su camino, evitarla a como diera lugar.
Me sentía muy dolido y temía que mi maltrecho ego hiciera que terminara por decir cosas de las que pudiera arrepentirme después.
Bueno, supongo que podía arrepentirme de no haberme largado de ahí de inmediato, tal vez tenía una vena masoquista que me hacía quedarme ahí a pesar de que escocía verla al lado del lobo. Pero no podía dejarla, y menos cuando estaban pasando demasiadas cosas a su alrededor. No podía dejarla a merced del peligro que representaban los Vultiri, es más, no podía dejarla a merced de sí misma.
Ella no estaba bien y jamás me perdonaría dejarla en la estocada. Debía de haber una forma de sacarla de esa depresión, de ese camino a la autodestrucción en el que se había lanzado de cabeza.
Quería protegerla, cuidarla, amarla, hacer que estuviera bien. Aunque aún no estaba seguro de cómo hacerlo.
Si supiera que confesarle mis sentimientos iba a ser la tabla de salvación necesaria, lo haría sin chistar. Pero no era el momento, no podía darle una carga más a su de por sí revuelta vida. Sería injusto que en esos momentos en los que estaba tan confundida, hiciera que al mismo tiempo tuviera que cargar con lo que yo sentía por ella.
Aparte, quería que ella me escogiera. Quería que si estaba conmigo fuera por libre albedrío. Hacía cuatro años había dicho que me amaba, pero al final se había quedado con él. Si en ese entonces no hubiera visto en su mirada la resolución de quedarse al lado de Black, entonces tal vez yo me hubiera quedado a pelear por ella. Tal vez hubiera echado en saco roto mi conversación con Edward y me hubiera quedado aquí. Tal vez…
“Tal vez nada. No había forma de que te quedaras, no mientras Annie te necesitara.”
Era verdad. Antes que nada, antes que Renesmee o que yo mismo, mi hija estaba primero. Ese era otro motivo por el que había tenido que alejarme. No podía comprometerme con ella cuando mi Annie me necesitaba; el proceso de su larga enfermedad y agonía habían sido sumamente duros, aún para mí que había sido su padre y la amaba tanto. ¿Cómo pedirle a Renesmee que pasara por eso también? El desgaste emocional había sido demasiado, dudo que una relación entre nosotros hubiera podido sobrevivir a ello.
Y aún después de la muerte de mi hija, había intentado mantenerme lejos de ella. Claro, no sabía de su vida, no sabía todo lo que había tenido que pasar durante el tiempo que habíamos estado separados. Sólo había tenido conocimiento de que ella se había alejado de su familia cuando Jasper me había llamado para preguntarme si Renesmee estaba conmigo. Después de eso, ya no supe nada más; Alice únicamente me había llegado a decir que no tenían noticias de ella, pero se rehusaba a comentar algo más.
Pero había sido apenas un poco más de una semana atrás que Alice me había llamado para contarme de los ataques de los Vulturi; le había agradecido que me pusiera alerta, pero era imposible que pudieran atraparme solo. Desde la muerte de Annie, había estado ayudando al clan que habían formado Emmett, Neema, los rumanos y el grupo de las Erinias. Sólo con pronunciar el nombre de éstas últimas, hacía que se me pusieran los pelos de punta.
–Gracias por la advertencia, estaré alerta – había dicho casi con descuido.
–No sólo se trata de eso… La he visto. –Había dicho casi frenéticamente Alice e inmediatamente supe de quién se trataba
–No puede ser. Tú me has dicho que no puedes verla con tu don al ser mitad humana, mitad vampiro.
–Eso es lo que me tiene aterrorizada. La he visto convertida. De alguna forma, los Vulturi han dado con ella y la van a transformar. Te necesito para encontrarla y salvarla. Ella te necesita, por favor…
Eso había bastado para dejar al grupo y unirme a Alice en Nueva York. Antes de partir, Emmett me había hecho prometerle que protegería a su sobrina y a su familia por completo.
Pero no era esa promesa lo que mantenía en Forks, porque con o sin ella, yo me había quedado para ayudar a los Cullen, para proteger a Renesmee de cualquier cosa que pudiera hacerle daño.
Siendo honesto, llevaba un buen tiempo dándole vueltas al asunto de ir tras ella, aún cuando no tenía ni idea de dónde podría estar. Incluso me había vuelto “vegetariano”, aunque me estaba costando lo indecible adaptarme a ello; pero era un sacrificio que valía la pena si con ello podía convertirme en el hombre, por así decirlo, que ella merecía.
Jamás di por sentado que sería fácil lograr que ella me aceptara a su lado; incluso estaba dispuesto a hacer lo necesario para que volviera a enamorarse de mí. Lo que definitivamente no esperaba es que Jacob Black pesara tanto en su vida.
Había sido su mujer, había cargado en su vientre al hijo de él. Lo había querido, había renunciado a todo por estar a su lado. ¿Cómo competir contra eso? Era obvio que aún había un montón de cosas entre ellos que tenían que resolver, y eso me daba miedo.
Miedo de que ella se diera cuenta de que Black era aquel a quien quería. Sí, tenía miedo de perderla definitivamente, porque eso sería peor que morir mil veces.
Sonreí un tanto burlón. ¿Quién hubiera creído que el duro Stanislav Masaryk terminaría haciendo el idiota por amor? Me había resignado a una existencia llena de maldad y tinieblas, convencido de que la redención no existía para los monstruos como yo. La felicidad, la paz era algo que me había quedado vedado el día que había abierto los ojos a mi nueva realidad, en un inmundo callejón de Praga.
Había perdido la fe, había dejado de creer. Y bastó para que Renesmee llegara a mí con la fuerza de un huracán para voltear mi existencia por completo. A pesar de mi resistencia, a pesar de que me repetía una y otra vez que no era más que una simple aventura sin ataduras ni remordimientos, terminé por morder el polvo por ella.
Mi instinto de supervivencia me decía que sería mejor que me fuera de ahí, que evitara a toda costa salir lastimado si ella decidía que no me amaba, que no había lugar para mí en su vida. Mi ego, mi amor propio me exigían que salvara la cara, que no permitiera por ningún motivo que supieran cuánto la amaba y lo que podría destruirme si ella me rechazaba.
¿Irme sin luchar y evitar exponerme al dolor de perderla definitivamente, o quedarme y jugármela por ella aún si decidiera al final que no me quiere y mucho menos me necesita? La primera opción era la salida más fácil pero también la más cobarde. Y yo podría ser muchas cosas, menos un cobarde.
Me estaba volviendo loco… Si al menos tuviera una certeza de lo que ella sentía por mí.
A veces creía que ella me seguía queriendo, que tenía miedo de reconocer sus sentimientos, pero que su amor por mi seguía ahí. En otras, sobre todo cuando el maldito lobo estaba por ahí, merodeándola como perro rabioso tras su presa, sentía que ella toleraba mi presencia sólo porque sabía que contra los Vulturi iba a ser necesario contar con toda la ayuda posible.
No quería presionarla, quería darle su espacio, evitar que una vez más tomara una decisión apresurada que le provocara una nueva ola de sufrimientos. De eso ya había tenido bastante.
Así que la pregunta era, ¿y ahora qué? ¿Qué hacer o decir?
Todo sería más fácil si pudiera hablar con ella y aclarar las cosas entre nosotros. Pero, no era el momento. Simple y sencillamente había un montón de cosas que teníamos que solucionar antes de sentarnos y hablar claramente. O por lo menos así me lo había pedido su padre.
Edward había hablado conmigo una vez más, pero esta vez no me pidió que me marchara. No, esta vez sólo me pidió tiempo para solucionar la situación tan complicada en la que estábamos metidos.
–No pretendo interferir en la elección que haga mi hija, sin importar cuál sea. Lo único que quiero es que ella sea feliz y que no se sienta presionada… Una vez intervine en su vida, pensando en que era lo mejor para ella, pero me equivoqué.
»Sólo te voy a pedir una cosa: dale tiempo, no la agobies con más carga de la que ya trae encima. Tú sabes tan bien como yo que está al borde del colapso y me da miedo de lo que pueda pasar si se le presiona aún más.
»Si realmente la amas, tal como lo he visto en tus pensamientos, sabrás esperar.
Deseé con todas mis fuerzas que pronto encontráramos al abuelo Renesmee y que Emmett neutralizara de una vez por todas al clan italiano. Que todo el caos alrededor de los Cullen se fuera solucionando para poder hablar con ella.
Quería un montón de cosas más, pero sólo había una que realmente anhelaba con locura: que ella me amara a mí.
–¿Stanislav?
La voz de Edward me sacó de mis pensamientos. ¿De qué querría hablar ahora? Casi con desgano me di la media vuelta para mirarle a la cara.
–¿Si?
–Tu teléfono… –mientras lo decía, lo lanzó con fuerza hacia mí.
Lo atrapé velozmente con mi mano derecha, un tanto confundido. ¿Me había ido a buscar para eso?
–No era mi intención, sólo que al ver que era un mensaje de Emmett…
Mientras le escuchaba, presionaba con suavidad la pantalla táctil del móvil para acceder al buzón de mensajes de texto. Rápidamente di con el mensaje de Emmett y al leerlo me quedé bastante sorprendido.
–Supongo que esto cambia las reglas del juego. Es hora de hablar con el resto de la familia; yo también tengo noticias qué darles…. Así que andando. –Pronunció con un ligero movimiento de cabeza, instándome a seguirlo.
La desaparición de Charlie apesta a lobo y a Vulturi.
Alerta a la familia, los que creíamos nuestros amigos nos han traicionado.
Sácalos de inmediato de ahí.
Emmett
Ese había sido el mensaje de Emmett y las implicaciones de él daban un nuevo giro a la historia.
Parecía que la guerra nuevamente caería sobre los bosques de Forks.